Lana(10)

La voz sonó tan cercana que por un momento creyó escucharla en la misma estancia donde ella estaba. Dio un respingo y buscó de donde procedía la pregunta. Sentía que su cara se había puesto roja, el rubor se siente cuando sube, porque quema tu piel. Cuando fue a ponerse de pie…

-Tranquila, he sido yo.-dijo la misma voz.-aquí en la ventana.-esta vez, elevó el tono.

Lana miró entonces hacía el ventanal de su salón. Entonces se percató de la presencia de su vecino, en el edificio de enfrente. Un hombre de unos 30 años, moreno, pelo corto. Su piel era blanca, de un color pálido. Era alto y delgado. Y tenía una mirada…una mirada profunda y oscura.

Lana observó y analizó la situación. Utilizó la misma mirada crítica que utilizaba en su trabajo. Aquel vecino estaba haciendo lo mismo que ella hacía cada noche con la madre de aquellos cuatro chiquillos o con la pareja que esperaban a su bebé en breve. Solo que él había dado ese paso que ella nunca se atrevió a dar. En su cara no veía ninguna maldad. Al menos para tener la edad que parecía tener.

-Eran mis padres, hacía casi un mes que no los veía.-dijo Lana acercándose tímidamente a la ventana.

Se sintió super extraña. Nerviosa incluso. Hablar con alguien del “mundo exterior”, tener la posibilidad de entablar una conversación con alguien nuevo. Todo aquello era extraño y nuevo.

-Yo tengo a los míos muy lejos.- dijo el vecino bajando la cabeza.

Lana pudo observar entonces que los dos se sentían igual de solos. Pero recordó haber visto esa misma mañana a gente andando por su piso, vio varias personas.

-Perdona la intromisión, esta mañana había varias personas en tu casa. No sé si lo…

-Si, han venido a hacerme el test.-dijo antes de que Lana pudiese terminar de explicar lo que vio.-llevo un par de días algo congestionado, mi jefe me dijo que me quedase en casa y que iban a venir a hacerme la prueba. Estoy limpio por ahora. Pero es cuestión de tiempo.-dijo entonces con un tono de rabia, negando con la cabeza.

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-No digas eso, hombre. Hay que ser optimista. No creo que todos vayamos a pillarlo.- dijo Lana, quitando hierro al asunto.

-Bueno, todos, no sé, los sanitarios…seguramente todos.

-Ahhh,¿eres sanitario?.-preguntó sorprendida ella

-Si, trabajo en una clínica privada. En la del Dr. Costa. Está a pocos minutos de aquí.-dijo empezando a gesticular, indicando con las manos la dirección a seguir.-¿Más o menos te ubicas?

Lana hacía unos segundos que había empezado a ver solo sus gestos. Le llamaban mucho la atención sus manos…

-Ey!

-Perdón, si, si sé donde está..-dijo Lana, volviendo a la realidad.- Creo que es una de las clínicas privadas asociadas al seguro de mi empresa. Me suena mucho el nombre.

-Seguramente, trabajamos con muchas aseguradoras. Pasa muchísima gente por allí. Por eso te digo que, seguramente, todos caeremos.

-Perdona si no te puedo contestar a muchas cosas, pero veo la tele y las noticias solo lo imprescindible. Es lo mejor para mi salud mental. Intento entretenerme en otras cosas, incluso he dejado de entrar tanto como antes en las redes sociales.

-Es lo mejor que has hecho, está el mundo muy loco por la red.-dijo él entre risas.-según dicen, ha subido la adicción a las apuestas online desde que ha empezado todo esto. Imagina como va todo.

Lana se dio cuenta entonces de todo lo que se estaba perdiendo. Pero no se arrepintió para nada, sus hermanos le iban contando algunas cosas, y ella alucinaba igualmente que con ese dato que le había dado el vecino, pero seguía sin conectarse por completo al mundo online, le daba bastante miedo en aquellos momentos.

Miró el reloj y se dio cuenta de que era casi la hora de almorzar. No quería despedirse del vecino, pero sabía que, por suerte o por desgracia, lo volvería a encontrar en cualquier momento.

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-Oye, ¿hacemos una cosa?.-se atrevió a decir, después de pensarlo un rato.-porque me voy a almorzar ya y esta conversación me está gustando mucho…¿podemos vernos más tarde o vas a salir?-dijo Lana, riéndose al terminar la frase

-Bueno, había pensado salir esta noche, ya sabes, picotear algo y después a la discoteca.- sonrió el vecino.-perfecto, nos vemos por aquí….¿tu nombre?…

-Uy, verdad, no nos hemos presentado siquiera.-se ruborizo de nuevo Lana.- mi nombre es Lana, y ¿el tuyo?

-Que bonito nombre, Lana.-la miró intensamente.- mi nombre es Abraham.

-Perfecto, Abraham, por aquí nos vemos

Después de almorzar, Lana pensó en echarse un ratito en la cama. La excitación de la mañana la había trastocado y estaba algo cansada. Se preparó una infusión y se dirigió a su habitación. Cuando se dispuso a correr las cortinas, para gozar de un ambiente más oscuro para descansar, se fijó en el balcón de Abraham. Verdaderamente, el edificio de enfrente, era un edificio de lujo. Ahora que lo pensaba, este chico debía tener unos padres muy generosos y bastante adinerados que le ayudarían con su alquiler, porque seguro que aquel apartamento, en ese sitio y en las condiciones que lo tenía (lo poco que había podido observar Lana), costaría un dineral.

La música relajante, la infusión y el cansancio de la mañana hicieron que Lana durmiese una siesta como las de antaño, sin miedos ni preocupaciones. Cuando la alarma de su móvil la despertó pensó, ese día más que nunca, que había sido muy buena idea poner la alarma…porque habría dormido tres días igual de bien que esa horita, que se le hizo bien corta.

Tuvo que ducharse para espabilarse un poco, porque no terminaba de aclarar sus ideas. El cansancio mental hacía mella en Lana y, de vez en cuando, se le notaba claramente. Tras la ducha, pasó por el salón y, disimuladamente, miró hacia la ventana…tampoco quería que nadie notase que estaba deseando hablar de nuevo con su recién conocido vecino. Pero las cortinas del apartamento de Abraham permanecían cerradas a cal y canto.

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Y así permanecieron el resto del día.

A las siete y media sonó el teléfono, como de costumbre, con una “Videollamada del grupo Familia” en la pantalla.

Lana no sabía si contar o no aquella novedad en su vida. Tampoco sabía si considerarla novedad, o siquiera considerarla. Solo había sido un rato de charla, por el momento solo se quedaría en eso.

Por tanto, decidió no decir nada en el grupo. Manu estaba charlatán e hizo reír a todos con sus ocurrencias, así que la videollamada fue bastante corta, en comparación con otros días, ya que Nana no quería que Manu molestase a sus tíos.

Todos estuvieron compartiendo impresiones de sus padres, ya que Sebas había tenido el detalle de llamarlos a todos en el ratito que estuvo en la casa familiar, y todos pudieron verlos. Coincidieron en que se les veía afectados, que este encierro no les estaba viniendo bien…pero también coincidieron en que seguro que a nadie le estaba viniendo bien.

Lana, normalmente, atendía las videollamadas desde el móvil, y tenía la costumbre de ir andando mientras hablaba…en uno de esos paseos, y de soslayo, miró a la ventana de Abraham y se sorprendió al verlo allí, como esperando.

Sus hermanos terminaron pronto, Manu no dejaba hablar a nadie, tras despedirse de ellos, Lana se asomó a su ventana y preguntó:

-Buenas noches, ¿llevas mucho esperando?.- bromeó.

-Buenas noches, creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.

La frase impactó, ambos lo sabían, pero, para quitarle hierro…Abraham empezó a reír. Él no sabía el efecto que habría producido en Lana, a lo mejor le sentó mal…o muy bien….

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-¿Que tal tú tarde,Lana?.-retomó la conversación él.

-Bastante aburrida, decidí echarme la siesta, con eso te lo digo todo.-resumió Lana.

-Vaya, ¿No te gusta el cine?¿No ves series ni nada de eso?.-preguntó extrañado Abraham

-De vez en cuando veo alguna peli, pero no todos los días, porque voy a terminar asqueando la tele.

-No es para menos, Lana.-asintió con la cabeza él.- vamos a tener tiempo para muchas pelis

-¿Tú crees que pasaremos mucho más tiempo encerrados?

-Creo que si, no pinta muy bien la cosa.-dijo apesadumbrado.-en toda Europa, eh, no solo en España…

-Pues,vaya, tela…me iba a mi pueblo este mes,¿sabes?.-bajó la cabeza Lana, recordando sus proyectos, su sueño ahora hecho añicos…

-Bueno, piensa en lo más importante…tu vida. Siempre que estés viva, podrás volver a tu pueblo. ¿Es muy bonito o qué?.-curioseó él

Aquella pregunta hizo viajar a Lana. Al mismo tiempo que describía cada rincón precioso de su pueblo, podía sentir el viento azotándole en la cara, el olor del mar en las mañanas frescas de otoño, el miedo que pasaba cuando la luz de los relámpagos iluminaba su dormitorio entero…y ella se despertaba y no podía volver a dormir, y pasaba la noche oyendo las olas romper con aquel poder que admiraba y temía a partes iguales. Pudo sentir los adoquines mojados bajos sus pies, en las tardes cuando volvía de casa de alguna amiga, con la que había estado haciendo los deberes del cole…o el perfume de aquellas flores que crecían en el parque frente al ambulatorio. Era embriagador.

-Realmente…mereces volver y disfrutar de tu pueblo el resto de tu vida..-le dijo sorprendido Abraham.-no te ves la cara cuando hablas de tu pueblo, chica…cambia tu expresión y se te ilumina…todo!

-Es que me encanta.-confesó Lana.-me he llevado casi tres años peleando y negociando con mi jefe para que me cambie mi contrato y lo ponga al 100% teletrabajo…y ahora que lo había conseguido, pasa esto.

Al igual que minutos antes, Lana había brillado de pura ilusión hablando de la belleza de su pueblo, ahora todo eso se convirtió en oscuridad y tristeza. Se volvió opaca y estuvo a punto de cerrar la ventana.

-No es por pecar de optimista….ey!…mirame!.-elevó el tono él, para llamar la atención de Lana.- pero, no has podido irte, ya podrás…pero, el destino es el destino. Y aquí estamos. Nos hemos conocido en estas circunstancias. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo ahí enfrente?

Lana echó cuentas rapidamente…

-Unos ocho años, más o menos, ¿por qué?

-Porque yo llevo diez años viviendo y trabajando aquí, y jamás te había visto..-ambos se sorprendieron.-pero, te digo más, es que jamás había abierto este balcón para asomarme. Lo tuve que limpiar cuando empezó el confinamiento, y ahora he puesto aquí hasta una mesa y una silla, para poder desayunar aquí tranquilamente. Si alguna vez quieres acompañarme, desayuno a eso de las ocho cada día.- terminó con un gesto cordial de invitación, parodiando una reverencia.

-Pues,mira, no es mala idea. .-pensó Lana.- al menos podría compartir mis malos modos de “recién despierta” con alguien más que conmigo misma.- bromeó.

-Ahhh, nooo, ya tengo bastante con los míos!!!.-contestó riéndose Abraham

Lana no podía creer que fuesen las once de la noche. Se le había pasado la hora de la cena, la hora de la lectura y hasta la hora de llamar a sus padres, menos mal que esa misma mañana había podido verlos. Pero eso no se lo perdonaba.

Cuando cerró la ventana, dispuesta ya a irse a la cama, se dio cuenta que estaba eufórica y llena de energía, imposible meterse en la cama con el propósito de dormir. Se preparó algo ligero de cena y se lo comió mientras veía una película.

Era una película que había visto un millón de veces, menos mal, porque le daba rabia cada vez que intentaba ver algo en la tele pero no podía concentrarse. Y eso le estaba pasando en esos momentos, no podía ni estar atenta a la película. Solo podía pensar en la conversación con Abraham. En hablar con él de nuevo, en lo a gusto que se sentía hablando con él. En aquella primera frase… “creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.”…

Solo había sentido una vez aquello que dicen que es el amor. Fue en aquel primer noviazgo de juventud, con Jose, cuando ella creyó que estaba enamorada…pero siempre que lo pensaba, llegaba a la misma conclusión, “si hubiese estado enamorada, no habría dejado a Jose”. Ella misma ratificaba sus palabras cuando veía a su hermano Edu y a Nana, juntos desde muy jóvenes…por eso Lana pensaba que ella aún no conocía el amor.

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Nota de la autora: Lana se sorprende a si misma en este capítulo. Se conoce un poco más al dar la oportunidad, no solo al vecino, sino a si misma también, de conocer alguien nuevo…entablar conversación con él e incluso poder pensar en él durante mucho tiempo. Cosa impensable en su vida «normal».

Todos recordamos aquellos días como un período «fuera de lo normal» en nuestras vidas. Todo lo que pasaba era extraordinario. Y aquello de hablar con los vecinos a través de las ventanas no fue una excepción. Y lo de conocer vecinos que vivían junto a nosotros desde siempre, tampoco.

Sigo queriendo pensar que todo pasa por algo. Y esto también…espero que os esté gustando. Hacédmelo saber!

Lana(9)

Sin darse ni cuenta, había pasado casi el mes de marzo. Ya casi andaban rozando el día 30, y seguían con la sensación de que todo se había paralizado hacía 15 días. Es curioso, pero esa percepción duraría mucho tiempo.

Lana seguía su rutina, con ella conseguía no pensar mucho en el mundo exterior. Todo lo que pasaba más allá de sus puertas y ventanas era desolación en su cabeza. Cuando pensaba en “fuera”, solo podía visualizar su pueblo, su playa y, por supuesto, a sus padres, sanos y salvos, esperándola.

Todo esto que estaba ocurriendo, y que parecía una mala pasada del destino, a veces le hacía sentir pánico. Se sorprendía muchas veces limpiando de manera compulsiva, su cocina brillaba ya del exceso de limpieza. Se podía comer en su suelo. Sus cristales eran los más transparentes del edificio. Había leído hacía tiempo que aquellos comportamientos compulsivos eran normales en situaciones desesperadas. En encierros.

La incertidumbre de no saber cuando se iba a terminar aquello. El no poder bajar a la calle con total libertad. El abrir la puerta de su casa, para secar el suelo recién fregado, con miedo. El tener pesadillas casi cada noche. Era agotador.

Eran muchos los días en los que tenía que obligarse a levantar de la cama. La sola idea de hacer lo mismo cada día, por hacerlo. Sin ninguna obligación…

En la empresa habían empezado los trámites del erte. Cuando recibió el correo en el que se comunicaba aquello y el teléfono empezó a sonar, los mensajes del grupo de trabajo…todos se veían despedidos ya. No sabía como explicar aquella circunstancia a sus compañeros. Silenció el grupo durante dos días. Cuando volvió había más de diez mil mensajes.

Lana entró, dejó un mensaje de calma, un enlace de Internet donde se explicaba lo que era un proceso de erte y pidió por favor a todos que hiciesen yoga.

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A partir de entonces, el trabajo se fue reduciendo, ya no había encargos que hacer, y el contacto con el gerente también. Unos pocos correos a la semana. Igual pasó con las llamadas telefónicas.

Con sus hermanos siguió haciendo las videollamadas, era una salvación la mayor parte de los días.

Muchos días se sumaban sobrinos y cuñadas. Con lo cual era un sucedáneo de reunión familiar.

En una de ellas, Lana mencionó la idea de llamar a Sebas a la hora que su madre le dijo que iba cada día, para poder ver a sus padres.

Edu les dijo que él llevaba un par de semanas queriendo ir, cuando le preguntaron sus hermanos que por qué no había ido aún, les confesó que los cuatro habían pasado el dichoso virus. Un cliente se lo había contagiado y ya se habían hecho el test tres veces, pero aún les daba, solo a dos ya, positivo.

No estaban muy mal, solo a Nana le había dado fiebre muy alta. El resto no habían pasado de los 38º. Pero Nana estaba muy débil. Todos los días llamaban al hospital, al estar todos contagiados en casa, no los admitían en el centro. Dos enfermeros, vestidos de “astronauta” habían acudido a casa. Les habían hecho pruebas para comprobar que, los que estaban peor, no tuviesen neumonía. Por el momento, nada de eso. En el caso de empezar con la neumonía, se llevarían al que fuese para la uci.

Así desbloqueó Lana un nuevo miedo en su vida. “Que ningún miembro de mi familia muera por el covid”. Que buen año, este 2020, pensó.

La idea de contactar con Sebas y así poder ver a sus padres, no dejaba de rondarle la mente. Una tarde, después de hacer la cena, entró en la app y buscó el contacto de Sebas.

-Hola, Sebas, creo que no me recordarás. Soy Lana, la hija pequeña de José Núñez, del matrimonio que en el paseo marítimo, frente a la cala grande.

El mensaje se marcó como recibido a los pocos segundos, Lana esperó algo más y enseguida se marcó con el doble stick azul. Sebas lo había leído.

Pero pasarían casi dos horas hasta que recibió la contestación. Estaba leyendo, tratando de distraerse para no estar mirando continuamente si Sebas contestaba o no.

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-Hola, Lana, buenas noches. Si te recuerdo, estuviste por aquí hace poco, además tus padres me hablan de ti cada día. Ellos están muy bien, si era eso lo que querías saber.

-Gracias!!!, no, Sebas, eso lo sé, hablo con ellos cada día. Solo quería preguntarte si era posible que te llamase un día de estos cuando estés allí, en su casa, para poder verlos por vídeo llamada.

-Hombre, yo creo que sería posible, claro. Pero no se lo vayas diciendo a todo el mundo, que desde la entrevista en las noticias, todo el mundo me llama. Hay muchas personas mayores en el pueblo, Lana. Más de las que nos imaginamos.

-Si, me hago una idea. Bueno, ya tú me dices cuando podemos hacer la vídeo llamada. Te lo agradezco enormemente, Sebas. De verdad. Estás haciendo una labor que me encantaría poder hacerla yo.

-Es muy dura, Lana, no se la deseo a nadie. Muchos días llego y las personas no me abren la puerta. Tengo que llamar a los bomberos, para que abran la puerta. Y a lo mejor es solamente que se durmieron, pero el susto no me lo quita nadie. Es muy satisfactorio ver como ellos me esperan, porque soy el único contacto con el mundo que tienen, pero es duro.

-Lo entiendo. Pero me encantaría estar allí. El encierro sería otra cosa con ellos cerca.

-Bueno, Lana, ya queda menos para poder salir.

Los días iban pasando con la lentitud que pasa el tiempo cuando haces algo obligatorio o que no te gusta. Las tardes se hacían eternas. Lana se dio cuenta de que no tenía suficientes libros en su biblioteca particular para tantos días. Había descubierto un rincón en su salón donde daba el sol a determinada hora de la tarde. Tomaba su libro, el que estuviera leyendo en ese momento, y se tumbaba al sol. La mayor parte de las veces, terminaba simplemente relajándose. Dormitando. El sol le daba un estado de relajación especial. Era como una droga. Después de aquel ratito diario, se sentía muy bien.

En esos ratitos pudo observar mucho por su ventanal. Sabía que estaba mal. Pero aquello se había convertido en el deporte nacional. Había visto hasta intercambiar comida de ventana a ventana entre vecinos que, probablemente, ni se conociesen.

Comenzó a observar a una pareja que vivía enfrente, dos pisos más abajo. Ella estaba embarazada. No dejaba de pensar en esa situación. ¿Cómo se afronta esa época de tu vida en la que te ven más médicos que nunca sin pisar el hospital por peligro extremo? ¿ O sin poder salir a pasear?, se supone que las embarazadas deben andar por su salud y la del feto. Un millón de preguntas similares se le ocurrieron, sabía que nunca se las haría a aquella chica de la cual no sabía ni su nombre, pero fantaseaba con hablar con los vecinos, igual que muchos otros lo hacían.

En uno de esos ratos, estaba Lana observando a otra vecina. Una madre de familia que llevaba adelante ella sola a cuatro hijos, uno de ellos en silla de ruedas. A Lana le producía una ternura profunda cuando esta mujer terminaba de acostar a todos sus hijos y salía a su balcón a fumarse el único cigarro del día, mientras lloraba en silencio a oscuras y creyendo que nadie la veía. Bueno, al menos no la veía nadie que la quisiese.

Andaba embargada por esa ternura cuando se sintió observada. Serían las diez menos algo de la noche. Cuando buscó la mirada que la observaba, se percató en el piso justo frente al suyo. Una sombra, de la cual no se distinguían facciones ni detalles, la miraba tranquilamente, igual que ella había estado observando a aquella madre en su momento de desahogo personal.

Se sintió muy incómoda, por lo que cerró la ventana, la cortina, la persiana y porque no había nada más que cerrar, sino lo habría cerrado también.

Nunca había visto nadie en aquel piso. Bueno, a decir verdad, nunca se había fijado en sus supuestos vecinos de enfrente. No sabía siquiera que allí vivía gente.

Aquella noche se fue a la cama con la intriga, pero también con el propósito firme de no cambiar sus hábitos de observación porque alguien la miró esa noche…

Al día siguiente, como cada día al levantarse, abrió todas las ventanas para ventilar el piso. Se puso a preparar el desayuno al ritmo de Adele a todo volumen. Mientras estaba tomándose el café pudo ver varias personas de un lado a otro en el piso de enfrente. Pero no le prestó más atención. Siguió con sus cosas. Cuando estaba terminando de revisar los correos, a eso de las once de la mañana, sonó su teléfono. Cuando miró la pantalla para saber quien la llamaba, vio que era una vídeo llamada de Sebas.

Los nervios le hicieron saltar de alegría y hasta se olvidó de como descolgar el teléfono.

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-Holaaaaa!!!.-gritó con alegría Lana

Al otro lado de la pantalla, un poco pixelados, los rostros de sus padres sorprendidos la miraban con emoción

-¿Lana?.-dijo su madre confusa.-¿Esa es mi niña, Sebas?

-Si, Carmela, esa es tu niña.-dijo riéndose el agente.

-Lanaaaaa.-gritó su madre sin poder contener el llanto

-Ay, que mujer esta.-dijo entonces su padre,abrazando a su mujer.-¿Cómo estás, mi niña?

-Bien, papá, estoy muy bien.-dijo sacudiendo las lagrimas de sus mejillas.-aburrida, pero muy bien de salud y ahora muy contenta de poder veros. ¡¡¡Os quierooo!!!

-Nosotros también,cariño, te queremos mucho

En aquella primera vídeo llamada, primera de muchas, se hicieron un resumen rápido de aquellas semanas encerrados,aunque hablaban cada día y había poco que contar, lo más importante era verse.

Cuando terminaron aquellos intensos diez minutos, Lana cayó en el sillón devastada. Hecha un mar de lágrimas, con mil abrazos frustrados en su pecho y un millón de besos que guardaría para el reencuentro. Una mala sensación que le hacía pensar…¿Y si es la última vez que los veo?…Al menos había podido comprobar que sus padres estaban bien de salud. Vio a su padre algo demacrado, pero, ¿quién no estaba demacrado ahora?

Al incorporarse, mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo, escuchó de repente:

-¿Hacía mucho que no los veías?

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Después de muchos días, al menos para mí son muchos, vuelvo a dejaros aquí un retazo de la historia de Lana. En este capítulo, en el que vemos un recuerdo de los efectos que aquel confinamiento dejó en nosotros (pánico, miedos nuevos, no querer saber nada de las noticias…), también recordamos aquella relación que se empezó a crear de «ventana a ventana» y sus variantes.

La verdad es que aquella experiencia que vivimos es digna de ser recordada, por mucho que nos pese.

Espero que os guste y perdonad la ausencia. La salud manda. ¡Que tengáis una buena semana!

Lana(8)

La semana del 16 de marzo empezó con la consabida noticia del confinamiento en todo el país. Cierre de todos los edificios oficiales, incluidos centros educativos, ambulatorios y demás.

Lana despertó con la alarma de cada mañana. Tuvo que incorporarse y espabilar un poco para darse cuenta de que seguía dentro de la misma historia donde se había quedado dormida la noche anterior.

Decidió llamar al gerente, para saber el plan de actuación que iban a seguir en aquellas dos semanas de encierro.

La conversación fue corta y concisa. Los mandamases habían decidido que se sacase el trabajo contratado y con un tiempo límite. El resto, podían parar estos quince días. Se iban a enviar por correo electrónico las contraseñas y demás permisos para entrar al CRM de la empresa desde casa, desde los equipos personales de cada empleado, para seguir la actividad.

Lana desayunó tranquilamente y se asomó a la ventana. Hacía calor y se veían algunos despistados por la calle. Todavía no habían dicho por la tele quien podía salir y en qué casos, así que no era cosa de juzgar….además tampoco tenía ganas.

Se dispuso a encender el portátil cuando sonó el teléfono. Vio en la pantalla “Mamá movil” y lo descolgó enseguida.

-Hola,mamá.-intentó parecer animada.-¿qué tal estáis?

-Hola, cariño, aquí estamos.-dijo su madre abatida.- sin poder salir…Lana, cariño, ¿has ido al trabajo?

-No, mamá, estamos todos confinados, vamos a trabajar desde casa.

-Madre mia, Lana, ¿ahora que vamos a hacer?

-Mamá, han dicho que solo son dos semanas, tú tranquila, ¿vale?…

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Lana terminó la llamada intentando animar a sus padres, aunque ella misma estaba más que convencida de que el dichoso confinamiento no se quedaría en dos semanas. Ojalá todo fuese tan bien como para salir de nuevo de aquí a dos semanas, pensó mientras veía por la ventana a su vecina de abajo saliendo a tirar la basura.

Ahora si, la calle estaba desierta. E impresionaba. Daba miedo. Otra cosa que daba miedo.

La verdad es que estaba descubriendo un montón de nuevos miedos que ni siquiera sabía que existían. Miedo a que le pasase algo a sus padres y no poder ir ayudarlos. Miedo al silencio que ahora reinaba en la calle. Miedo al caos. Miedo…

Pasaron tres días y la rutina de Lana en su confinamiento se empezó a marcar. Desayuno, algo de ejercicio, ducha, correos, trabajo, cocinar, almorzar, televisión,leer,televisión, cena, leer, dormir.

Poco más, bueno, olvidé poner el tiempo de videollamadas con sus hermanos. Descubrieron esa distracción, que bien servía de terapia de familia, en el primer fin de semana, cuando Robe la llamó y Lana le preguntó si había hablado con Edu. Robe le dijo que habló con él en los primeros días, pero ya no más. Lana colgó y entró en el grupo de la familia y le dio al botoncito de videollamada.

Hubo quien no lo cogió, pero los tres hermanos si. Así empezó todo.

Cada día compartían al menos veinte minutos de charla. La mayor parte de los días casí no había que contar, al fin y al cabo estaban confinados, no había mucha novedad en sus hogares….las tareas de los niños, los métodos de cada profesor/a para hacerles llegar dichas tareas y para recogerlas. Los problemas que iban surgiendo en el terreno laboral, Robe tenía empledos a su cargo y no sabía que iba a pasar con el negocio si este confinamiento seguía. Si dos semanas ya eran mucho tiempo para mantener cerrado un restaurante, no quería imaginar más tiempo.

Por días iba aumentando la actividad de la gente en las redes sociales. Los videos, los tutoriales, la gente contando sus experiencias y cantando o bailando. El uso de las redes subió como la espuma, estaba claro que eran la válvula de escape de casi todo el mundo.

Al mismo tiempo que transcurrían los días, también se iban descubriendo nuevos detalles del virus que los había llevado a esta situación. Venía de lejos, desde China, se propagaba muy rápido y fácil y había que estar fuerte para no caer muy enfermo por culpa de esos “bichitos”.

Se empezaron a crear bulos de todo tipo sobre el virus. Gente que inventaba efectos secundarios sacados del mismo cerebro de Stephen King, otros que decían que lo habían traído los extraterrestres, para terminar con la población humana del planeta.

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Lana solo tuvo que salir una vez de casa. Para comprar algunos alimentos y mascarillas. Se cruzó con algunas personas del barrio y pudo comprobar en primera persona el miedo que todos compartían a esas alturas. Todo el mundo guardaba la distancia que habían indicado en la televisión, todos llevaban mascarilla, incluso vio alguna persona con dos, muchos llevaban también pantalla protectora en la cara. Los guantes y las bolsas de plástico eran habituales en todos los comercios.

Lana dejó fuera de casa los zapatos y al entrar, se desnudó y lavó toda la ropa que había usado en la calle. También lavó, en la medida de lo posible, los alimentos que traía. Toda limpieza era poca ante lo desconocido.

Las llamadas con sus padres eran diarias y preocupantes. Llevaban fatal estar encerrados, juntos y discutiendo las 24 hrs del día. Necesitaban ver a alguien. Además, necesitaban algunos medicamentos, ya que ambos tenían diferentes tratamientos. Su doctora les había llamado, a titulo personal, para saber como andaban. Les había pedido que no saliesen. Tanto ella como sus colegas del ambulatorio estaban tratando de conseguir un método con el que hacerles llegar las medicinas.

El día 26 de marzo de 2020 todos pendientes de la televisión, iban a decir si podían volver a la normalidad, Lana pensó que aquello de ver las noticias era una perdida de tiempo, viendo los titulares ya sabía que iba a seguir confinada…ya no quería pensar ni cuanto tiempo más. Se puso a cocinar, de espaldas a la pantalla, mientras esta parloteaba ella picaba la cebolla y el pimiento de su sofrito.

De repente escuchó un nombre conocido y el nombre de su pueblo. Corrió hacia el salón, en la pantalla, una reportera desde el estudio entrevistaba, mediante videollamada, a un hombre uniformado de policía local. ¡Era Sebas!, resulta que Sebas se encargaba de llevar las medicinas a las personas mayores del pueblo, casa por casa, incluso les hacía otros recados.

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Lana no sabía cuando, pero sin darse cuenta, empezó a llorar. Ver a aquel hombre que conocía desde su juventud, hacer un acto tan altruista y lleno de bondad, le llenó el alma de esperanza.

Se levantó para llamar a su madre, pero la pantalla se iluminó con el nombre de “Robe” en ella.

-Ey!!, ¿has visto a Sebas?.-dijo Robe sorprendido.-Lana,¿estás ahí?¿oye, estás bien?

-Siii, solo me he emocionado un poco, Robe, tranquilo.-respondió Lana secándose la cara.

-Pues, normal, si es que es para emocionarse.-Robe también parecía emocionado.-Sebas es un gran tío!

-Creo que tengo su teléfono por aquí, voy a mandarle un mensaje de agradecimiento.

-Yo creo que también lo tengo.-pensó Robe.-después echo un vistazo y te digo, hermana.¿Qué tal ha ido el día?

Lana no pudo evitar reírse ante aquella pregunta. Robe se sorprendió ante aquel gesto de su hermana. En los breves segundos que duró la sonrisa en su boca, Lana pudo ver el montón de cosas que hacía en su día a día “normal”.

-Pues…igual que el de ayer, el de antes de ayer y el de mañana…igual.-Lana aprovechó la risa de su hermano para beber un sorbito de la copa de vino que se había servido antes de hacer el almuerzo.

-Eyy!!..¿Qué haces bebiendo?.-exclamó Robe

El sorbito de vino estuvo a punto de salir por la nariz de Lana al mismo tiempo de una risotada por su boca. No podía creer que su hermano mayor preguntase aquello en serio. Miró fijamente la pantalla para intentar descifrar si era broma o no.

-Es que me he quedado sin agua y esto era lo único que quedaba en la despensa.-vaciló Lana.

-Que bien preparada tienes esa despensa, pequeña.-dijo Robe, guiñando un ojo a Lana.- Bueno, voy a llamar a los abuelos, a ver como van y si han visto a Sebas.

-Venga, dentro de un ratito los llamaré yo. Un beso a los niños y a Susana. Cuando quieras, tengo otra botella sin abrir.-dijo Lana, levantando su copa.

-Acepto, hermana…ojalá mañana nos podamos tomar dos botellas de esas, todos juntos.

La rueda de prensa diaria que ofrecía el gabinete de crisis terminó con la ilusión de quien todavía pensaba que el día 30 sería el último de encierro. El Congreso de los diputados autorizó la petición del gobierno de ampliar el estado de alarma y, por tanto, el confinamiento.

Los aeropuertos cerrados, los transportes marítimos cortados, los viajes entre provincias prohibidos, miles de personas multadas por saltarse el estado de alarma..y todos los días, miles de nuevos contagios, ucis saturadas, muertos…una pesadilla que no tenía fin.

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Ya por la noche, después de pasar la irritación de tener que estar 15 días más confinada….pero con el sentimiento de que aquello el estado de alarma no iba a terminar tan pronto…llamó a sus padres, dispuesta a alegrarles un poco lo que quedaba de día con el asunto de Sebas.

-Buenas noches, mamá-dijo alegre Lana.-¿Cómo estás, guapa mía?

-Hola, hija…aquí estamos, muy aburridos, Lana. Ya no sabemos ni que hacer.-dijo su madre bastante apagada

-Oyeee, no quiero escucharte así.- intentó no llorar al hablar a su madre así.- si os desanimáis, os va a parecer que el tiempo corre más lento.

-Si es verdad, cariño.-pensó su madre.-pero a veces, no lo puedo remediar. Esto no lo hemos vivido nunca y es muy duro para nosotros. Cada día nos enteramos de alguien que cae malo aquí en el pueblo. ¿Has visto a Sebas?, que buen hombre, nos trae las medicinas a casa, que cariñoso y amable, de verdad…

-Siii, lo he visto, vaya corazón de oro que tiene ese policia, mamá!

-Si que es verdad, hija, viene casi todos los días solo para preguntarnos como estamos y si necesitamos algo, es muy buena gente.

-¿y a qué hora va,mamá?.-empezó Lana a maquinar…

-Pues, mira, suele venir al mediodía, sobre las doce y media o así, pero es que va por todo el pueblo, no creas que han dejado ellos de trabajar.

-No, mamá…ellos no pueden, son servicios esenciales.

Imagen de Sabine van Erp en Pixabay

Nota de la autora: Esta semana, Lana ha llegado un poco más tarde. Todo tiene su por qué y más cuando se trata de la salud de un ser querido.

Nos situamos ya en pleno marzo’20, removiendo aquellos recuerdos dormidos, aquellos días en los que salíamos a nuestras ventanas y balcones a aplaudir a unos servicios esenciales que hoy parecen no ser necesarios. Aquellos días en los que pensábamos que todo aquel desastre nos devolvería a la normalidad siendo mejores…y a día de hoy, comprobamos cada día lo equivocados que estábamos.

Poco a poco, Lana y su familia van viviendo, como todos vivimos en aquel año, un confinamiento que fue muy duro en algunos casos. No os quiero adelantar nada, pero a partir del próximo capítulo, se aproxima un giro inesperado de la historia.

Espero que lo disfrutéis y mil gracias por esperar por Lana y por mi. Eva.

Como curiosidad, os cuento que mucha gente me piden los enlaces a los capítulos anteriores, por eso, dejo por AQUÍ el primer capítulo de Lana. Ojalá os enganché tanto como a mi!!

Lana(7)

La semana fue pasando caóticamente, Lana tenía la sensación de estar muchas veces dentro de una película de la que era solo una mera espectadora. Cuando llegó a la oficina,el lunes por la mañana, fue directamente a la reunión con el gerente. En aquella reunión, en la que estaba todo el personal que había acudido a trabajar, se trataron un montón de diversos asuntos, como siempre, pero había uno de ellos que estuvo muy presente y que se habló durante mucho rato. Juanma, uno de los chicos del departamento de creatividad, estaba enfermo, pero tan enfermo que estaba ya en el hospital, entubado por una neumonía bastante grave que venía arrastrando desde la semana que pilló libre a finales de Enero para ir a visitar a un familiar a Toulouse. El gerente estuvo comentando que había hablado cada día, desde el jueves que Juanma había sido ingresado, con su esposa. Ella le iba informando. En uno de esos momentos en los que Lara creía disociar y verlo todo desde fuera, decidió preguntar por qué tanta agitación ante una baja.

-Es normal en esta época del año pillar una gripe que te deje secuelas y la vayas arrastrando el resto del año, no sería la primera baja por eso.

-Si, Lana, así es.- dijo pacientemente el gerente.- pero Juanma está muy mal. Saben que tiene neumonía, pero no saben porque sigue empeorando cuando le están administrando el tratamiento correcto.

-He visto en las noticias que….-intentó decir una compañera de contabilidad…

-Bueno, ya estamos con las noticias.- exclamó algo alterado el gerente.- vamos a centrarnos en lo que tenemos aquí, porque en las noticias se están diciendo muchas tonterías, creo yo.

La reunión terminó en ese punto. El gerente llamó a Lana a su despacho y los demás compañeros se fueron marchando cada uno a su punto de trabajo.

-Lana, ¿qué tal la familia?.-preguntó el gerente al tiempo que se sentaba e invitaba a Lana a hacer lo mismo.

-Bien, ya sabes, deseando que vuelva al pueblo, normal…después de tantos años…

-Lana, no te voy a mentir, lo de Juanma me preocupa bastante. He cortado la reunión porque si se me va de las manos, podemos entrar en una histeria colectiva que no nos lleve a nada bueno..- mostraba la preocupación en sus ojos.- tengo amigos por “allí arriba”.-dijo, refiriéndose a altos cargos.- y lo que me dicen no es nada halagüeño, pero no pueden hacer saltar una alarma sin saber como va a responder el pueblo.

En otro momento de disociación, Lana creyó estar soñando. ¿Realmente de qué estaba hablando su jefe?¿Alarma?..no entendía nada.

-Un momento.- dijo Lana, saliendo de su ensueño.- ¿esa alarma es por la neumonía?¿o de qué estamos hablando ahora?, porque me he perdido hace rato.

-Lana…¿ves la televisión en algún momento de tu día a día?¿has visto la tele en casa de tus padres?

Imagen de Claudia en Pixabay

Lo pensó por unos momentos…solo había visto películas y programas deportivos, durante el fin de semana, más películas, alguna serie…pero los informativos, los pasaba, prefería no enterarse de las guerras, las masacres y demás desgracias…al menos en estos momentos de su vida, no quería llenarse de pena ajena.

-Si te digo la verdad, la he visto poco y nada de informativos…

-Vale, ¿has escuchado algo de un virus que ha aparecido en China?

-Ahhh, si, lo escuchamos el primer día, pero apagué la tele, no quiero que mis padres piensen que van a enfermar.- confesó Lana.

-Ay,Lana…tu eterno empeño de proteger a todo el mundo…ese virus está arrasando China, hay sitios en los que llevan ya un mes confinados…

-¿Confinados?¿Encerrados?.-preguntó asustada Lana

-Si, encerrados, pero para todo. No pueden salir de casa, solo para lo más imprescindible. Hay miles de muertes cada día, y todavía no sabemos nada sobre ese supuesto virus.-dijo el gerente echándose las manos a la cabeza.- esto es una locura, Lana, hasta han cancelado el Mobile World Congress.

-Bueno, creo que debemos tener tranquilidad ante todo. Somos los que debemos dar ejemplo aquí. No sé, en el caso de que llegue a España ese virus, nos enteraremos a tiempo para no contagiarnos todo Cristo. Allí, en China, son muchísima gente. Es normal que se contagien muchos. Estadísticamente, es normal.

-Lana, ya ha llegado, tanto en Canarias como en Baleares hay turistas contagiados…en otros puntos del país también hay más gente contagiada-dijo contrariado el gerente.-al menos esa información nos ha llegado.

Después de unos minutos de incómodo silencio, Lana se levantó..

-Bueno, voy a seguir currando,¿no?.- dijo en tono divertido, para romper el momento que se había creado.

-Ok, Lana.-respondió el gerente.- ¿Qué día tienes decidido irte?

-Creo que el viernes 26 estaría bien, así puedo pasar el primer finde en mi casita.

-Muy bien, vamos a trabajar un poquito y lo vamos viendo, Lana.- el gerente levantó la cabeza de los documentos que tenía en la mesa, guiñó el ojo a Lana y siguió con semblante serio.- Ojalá puedas hacerlo como lo planeas.

Lana salió del despacho mucho más confusa de lo que entró. Al llegar a su despacho, practicamente vacío ya, se sentó frente al ordenador y tecleó la palabra “virus”….la sorprendente cantidad de millones de resultados la dejó anonadada. En su cabeza se asentaron palabras que fueron resonando mucho en aquellos días siguientes…coronavirus, confinamiento, muerte…palabras que se repetían en todos los artículos en los que Lana cliqueaba para tratar de informarse.

La semana fue pasando, sin más novedad que la incertidumbre que crecía en la oficina al mismo tiempo que las noticias en las diferentes pantallas en las que cada cual se informaba sobre lo que pasaba en el mundo.

El miércoles a última hora, fuera del horario laboral, todo el personal recibió un email que rezaba tal que así:

“Se informa a todo el personal de la empresa de la reunión con carácter de urgencia que se celebrará mañana a las nueve en punto de la mañana en el despacho de nuestro gerente, D……”

Con ese mensajito de “buenas noches”, ¿Quién era capaz de dormir?

-Buenos días, mamá, ¿Qué tal estáis?

-Buenos días,cariño.-respondió su madre somnolienta al otro lado del aparato.- que tempranito llamas hoy, ¿no, Lana?

-Si, lo siento, ¿os he despertado?

-No, estoy preparando el café, vamos a desayunar ahora. ¿Cómo va el trabajo, hija?

-Bien, mamá, como siempre.- Lana empezó a dudar si hacer la pregunta o no.- Oye…

-Dime,cariño, ¿qué te pasa?…¿tú crees que no sé ya que te pasa algo?…vamos, Lana..

No había quién engañase a su madre, estaba claro.

-Mamá, ¿hay mucha gripe por el pueblo?¿muchos resfriados o algo así?

-Bueno, mira, ayer estuvimos en el ambulatorio y nos dijo el enfermero que había mucha gente enferma, que estaban cayendo con la gripe muchísima gente. Es que no es normal estos calores que están haciendo hija…

-Si que es verdad, mamá.- dijo escondiendo su preocupación Lana.- hablamos esta noche, ¿vale, mamá? Y así hablo con papá también. Un besote a los dos.

-Vale, cariño, después hablamos. Besitos!!

Lana no consiguió lo que iba persiguiendo en un principio, pero logró algo. Al menos sabía que había muchos enfermos en el pueblo, pero era gripe, o al menos eso le había dicho el enfermero a sus padres.

Realmente el clima no acompañaba, hacía mucha más calor que en años anteriores. En la costa podía sobrellevarse, pero en la ciudad el calor era asfixiante en algunos momentos del día.

Salió con tiempo suficiente para comprar por el camino un bollito de crema, de esos que tanto le gustaban, e ir tranquilamente comiéndoselo por la calle, de camino a la oficina. Y que la gente la mirase como cuando era una mocosa y se iba comiendo el pan que su madre le mandaba a comprar.

Llegó a la oficina, entró en su despacho y de lejos vio llegar al gerente. Se dispuso a salir para saludarlo, pero vio que iba bastante acelerado y hablando por teléfono. Lo dejó pasar.

A las nueve en punto se cerraba la puerta del despacho del gerente. Dentro del despacho, unas quince personas esperaban con curiosidad el comunicado urgente…

-Os he convocado aquí hoy para daros una noticia.- empezó a decir el gerente con gesto grave y tono serio.-es una pésima noticia, pero debéis saberla, claro está. Anoche, a eso de las ocho y cuarto de la tarde, Juanma empeoró, su respiración fue colapsando y falleció. Siento decíroslo así, pero no encuentro otra manera.

El revuelo en la oficina fue unánime. La confusión que llegó después fue acallada por el gerente…

-La mujer de Juanma y su hija han sido ingresadas también. Empezaron a tener síntomas el lunes. El martes ya no pude hablar con ella, estaba entubada, hablé con el padre de Juanma. Y él me ha ido informando de todo. Por lo que le han dicho los médicos, ha sido el virus…

-Pero…yo he estado en contacto con él antes de darse de baja…¿tengo el virus ese?.-preguntó un compañero de creatividad.

-Según dicen, si lo tuvieses, tendrías síntomas ya.- le respondió una chica de recepción.- pero yo voy a ir al hospital en cuanto salga, no vaya a ser…

-¿Podemos ir juntos?.-dijo otra compañera.-a ver si lo vamos a tener todos..

Lana miró a su gerente y decidió hablar y tratar de tranquilizar al personal.

-A ver, por favor..-intentó hablar por encima del bullicio que se había formado.-vamos a guardar la calma. Si nos hubiésemos contagiado, estaríamos visiblemente enfermos. Al menos, eso dicen, tendríamos tos, fiebre y nos costaría respirar. Aquí estamos todos bien, ¿no?

-Si, creo que estamos todos bien..-respondió el gerente.-gracias, Lana, por tu calma y rigor. Vamos a intentar trabajar. Nos vamos a ir informando de lo que ocurre, intentad que sea de fuentes fiables, nada de rumores. Y al final de la jornada, nos reunimos de nuevo, vemos si estamos bien y seguimos.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Con ese ánimo de cooperación, que realmente siempre reinaba en la empresa, siguió adelante la semana.

El mazazo de la muerte de Juanma fue una losa que difícilmente pudieron superar. Las siguientes noticias, más duras si caben, decían que no podían acudir a su velatorio ni a su entierro. Lo cual los sumió en un clima de confusión y preocupación más grande.

El fin de semana llegó como un respiro. Un poquito de aire fresco entre tanto aire viciado, tanto rumor y tanto dolor que se iba acumulando en la oficina.

No ayudaba para nada el deber de estar informada en todo momento de lo que sucedía en torno a un virus desconocido de procedencia más desconocida todavía y que lo único que dejaba a su paso era muerte.

El día 9 de marzo había cientos de contagiados en España, confirmados, por coronavirus. Empiezan a surgir noticias de comunidades autónomas que van a suspender las clases en todos los niveles educativos. Solo por dos semanas. Hay al menos veinticinco muertos.

Empezar la semana con tal noticia era, cuanto menos, machacante.

Pero había que seguir.

Lana había estado en contacto con sus padres y hermanos durante el fin de semana. Su madre le había contado que había ido al piso a ventilarlo y limpiarlo un poco. Se le oía con tanta ilusión que podía pararse el tiempo y toda aquella marabunta que las rodeaba cuando hablaba de todo lo que rodeaba a la vuelta de su pequeña al pueblo.

-Cuando yo esté allí no hará falta que vayas a limpiar,mamá, ¿lo sabes,no?.-tentaba la suerte Lana.

-Si,claro, por eso lo hago ahora, hija mía. Tú tranquila.

El día 10 de marzo se acumulan otras tantas muertes en todo el país. Se suspenden las clases durante dos semanas en más comunidades autónomas y hasta se cancelan las Fallas de Valencia. Así mismo, los partidos de fútbol tendrán que celebrarse sin público.

Cada día era un nuevo “cartelón” de noticias a cual más digna de confusión.

Y además era como ver y sentir que el círculo se iba cerrando en torno a todo lo que Lana quería.

La semana se tornaba pesada y espesa. Empezaba a sonar a broma pesada todo aquello. El mismo día que salta la noticia de la suspensión de las clases en buena parte del país, Carla, la otra recepcionista, dice por el grupo de Whatsapp de la empresa que empezó a tener tos en mitad de la noche, le subió rápido la fiebre y decidió irse a urgencias. Cuando les llegaron las fotos de los pasillos de urgencias atestados de gente, los audios de Carla, explicando que llevaba esperando dos horas por una radiografía….un texto en el que decía que la habían ingresado en una planta medio vacía, donde el personal iba vestido de astronauta…todo era tan surrealista, que daba mucho miedo.

Sin querer saberlo, todos sabían que terminaría pasando lo que pasó. Dia 15 de marzo de 2.020.

Inicio del confinamiento en España.

Imagen de Barbara Rosner en Pixabay

Nota de la autora: lo que se veía venir, llegó. Efectivamente, el covid llega a la vida de Lana, como llegó a todas nuestras vidas. De imprevisto, poniéndolo todo patas arriba y desmontando la versión de la historia que nosotros, entre todos, habíamos montado.

La confusión inicial fue tremenda. En el punto de la historia en el que nos encontramos, lo va a seguir siendo. Y va a provocar cositas por varios flancos en la historia de Lana.

Por si hay alguien despistado por aquí que quiere leer la historia desde el principio, AQUÍ dejo el link de Lana(1). A partir de ahí, podéis encontrar todos los capítulos de esta historia.

Como siempre, espero que os guste. Hacédmelo saber, por favor. Gracias por seguir ahí.

Lana(6)

Al día siguiente pudo sentir que el tiempo se le escapaba entre los dedos. Le dio la sensación de que , por muy rápida que hacía las cosas, no le daba tiempo de nada.

Intentó ir a despedirse de su hermano mayor, pero le fue imposible salir del pueblo. Por la mañana temprano, cuando quiso bajar a la playa, antes de que se despertasen sus padres, topó con la sorpresa de que su madre ya estaba esperándola con todos los útiles de limpieza preparados y lista para salir hacia el piso. Le causó tanta pena, que no pudo decirle que no.

A la media hora de estar limpiando en el piso, Lana le preguntó a su madre si recordaba que día se iba…y su madre le dijo que no, que creía que en dos días se iría…si pena le había dado a primera hora verla preparada para limpiar su piso, más pena le produjo decirle que se iba aquella misma tarde, después de almorzar.

La reacción de su madre fue inmediata. Tenían que terminar de limpiar e irse a preparar la ropa que seguía tendida, para que no se le olvidase nada. No podía creer que Lana no le hubiese dicho nada antes, eso no se hacía. Lana se quedó parada en el salón y vio como su madre daba mil vueltas a su alrededor, recogió, secó, terminó de limpiar y guardó en menos de diez minutos, haciendo posible que se fuesen a tiempo para tomar algo en el bar de Santi, bajar al mercado y preparar la comida, incluyendo el almuerzo y algo de cena para que cuando Lana llegase a la ciudad no tuviese que comprar nada en la calle.

Además de la típica bolsa en la que su madre metía todo tipo de cosas, desde un cuarto de jamón serrano a una toalla bordada, que llevaba guardada varias décadas en el armario del dormitorio principal, pero la había bordado su abuela. Todo eso se lo explicaba cuando Lana llegaba a casa y la llamaba para decirle que había metido una toalla por equivocación en la bolsa…”No, hija, de equivocación, nada”.

Pues, en esas estaba, preparando las bolsas con la ropa, que Lana ya había dejado medio listas la noche anterior, cuando su madre entró muy rápida y nerviosa en el dormitorio de Lana y le dijo que tenía que salir urgentemente, que le había encargado una empanada a Luisa y no sabía para que día se la encargó. Así que iba a comprobar si el encargo era para hoy o para el lunes.

Imagen de Hans en Pixabay

Lana escuchó a su padre reírse después de que su madre saliese corriendo a la panadería. Se sentó en el borde de la cama e intentó poner sus ideas en orden.

Sabía que no podía vivir sin su familia, pero en la ciudad estaba sola, aunque no se sentía así, la verdad. Sus padres la visitaban de vez en cuando, sus hermanos habían ido al principio, pero ya hacía tiempo que no iban a su casa, “la vida es complicada con hijos”, le había dicho alguna vez su cuñada Nana. Por eso ella acudía al pueblo cada vez que podía, e iba a verlos. No quería perder el contacto con los suyos.

De repente el teléfono sonó, su teléfono, casi siempre lo cogía con premura, porque suponía que sería por temas laborales. Pero esta vez la voz de su hermano Rober, le preguntaba cariñosamente cuando se venía definitivamente al pueblo, al tiempo que le pedía que no se olvidase de ir a verlos, que la habían visto hacía dos días y ya la echaban de menos, los niños no paraban de hablar de su tía Lana… que no tardase…

Incluso le hizo cuestionarse la vuelta a su casa en la ciudad. Pero, cuando se paró a pensar en todo lo que tenía pendiente por hacer y resolver en la casa…no pudo dejarse llevar por sus deseos infantiles de no hacer nada y quedarse siempre en la playa. Tuvo que seguir haciendo la maleta, resignada.

Un ratito después de haber salido, la madre de Lana, regresó con un paquete en la mano y una bolsa con pan caliente. El almuerzo estaba listo desde anoche y solo faltaba freír unas cuantas patatas para acompañar.

Lana había terminado ya con la ropa. Estaba en el salón, viendo la tele con su padre y charlando sobre el futuro. A su padre le inquietaba que si Lana trabajaba desde el pueblo perdiese la oportunidad de seguir ascendiendo en la empresa. Literalmente, le daba la sensación de que dejaban de contar con ella.

Ella tuvo que aclararle que iba a hacer el mismo trabajo que hacía en la oficina, pero que ahora, tras algunos años de adaptación de los equipos y los programas que utilizaban para trabajar, se podía hacer desde casa. No iba a perder nada. Y había luchado mucho por venirse al pueblo y seguir trabajando en la empresa. Así le quitó toda la inquietud y miedo a su padre. De repente, su madre dejó caer el paquete de la empanada en la mesa y los asustó.

-Ufff…-dijo secándose el sudor de la frente- que se la encargué para hoy, y yo ni me acordaba que tú te ibas hoy, figurate como tengo yo la cabeza…me haces perder el sentido, hija mía…oye, ¿aquí nadie pone la mesa o qué?

Se encaminó a la cocina, mientras padre e hija se quedaron atónitos mirándola. Eran solo las doce de la mañana, ¿para qué quería esta mujer la mesa preparada?

Tras aclararle a su madre que aún era temprano, con las risas que aquello trajo, Lana se sentó de nuevo con su padre en el salón. El tiempo que pasaba con él siempre le parecía poco. Su relación con él era de absoluta confianza y complicidad. Sus caracteres eran muy parecidos y no podían evitar discutir alguna vez, pero la mayor parte de las veces sus reacciones eran iguales, sus bromas las mismas y sus risas iban de la mano cuando se terciaba reírse.

El tema del trabajo quedó zanjado, pero, como todos los padres, el de Lana seguía temiendo por su hija. Con sumo cuidado, se atrevió a preguntarle por el tema del amor, la pareja, sus preferencias. Lana no tenía secretos. Era muy clara cuando le preguntaban por este tema.

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No tenía pareja porque era muy recelosa de su intimidad, le costaba meter a alguien en casa. Compartir sus momentos de soledad, esos valiosos momentos en los que disfrutaba de una peli, de un baño o incluso de escuchar desde su cama como tronaba allí fuera, en la calle…los disfrutaba demasiado en soledad.

Su padre le insistía en lo bonito que era tener alguien con quien hablar y desahogarse cuando llegas del trabajo, o disfrutar cuando por fin tienes vacaciones y decides ir de viaje. Todo se enriquece, según él, si lo haces con tu pareja.

Ni siquiera nombraba el término “novio”, por miedo a meter la pata. Cuando le preguntó a Lana si podía decirlo así, ella le dijo que si, que le gustaban los chicos.

-Si me gustasen las chicas igualmente te lo diría, papá, no te preocupes.- dijo mientras preparaba la mesa, ahora si, para el almuerzo.- pero no aparece el adecuado. Han cambiado mucho las cosas, papá.

A Lana le costaba un mundo conocer chicos fuera de su circulo de amistades, que se reducía a un par de vecinos y los compañeros del trabajo, que eran cuatro o cinco (los más cercanos), sin contar con el gerente.

Incluso se había instalado una de esas aplicaciones de ligues, siguiendo el consejo de una de sus compañeras de curro, pero el experimento resulto ser un fiasco total. Conoció a un par de chicos, bien parecidos, con estudios, con ganas de salir y conocerla, con ganas de otras cosas también…y con arena en el cerebro, porque esas perlas que salían de sus bocas no podían ser producto de otra cosa, más que de la arena.

Así llegó a la conclusión de que conocería a su media naranja cuando el destino quisiese, pero que aquello de forzar las cosas con aplicaciones del móvil no era buena idea. Manejaba las redes sociales, tenía miles de “amigos” por todo el mundo, pero todos sabían los límites de Lana. Y quien no los sabía,ya estaría bloqueado, seguro.

El asunto es que ella ya casi rozaba los cuarenta y no tenía un compañero de vida. Y aquello preocupaba a su padre, le preocupaba que no tuviese compañía y la fuerza interior que aportaba tener pareja cuando ellos faltasen. Al fin y al cabo, a partir de cierta edad, ese es el principal miedo de los padres. Cuando ellos se vayan, ¿qué pasará?.

Ese fue el tema de conversación sobre el que giró el almuerzo. Después de recoger la mesa, la madre de Lana preparó infusión o café, según el gusto de cada uno. La hora de irse se acercaba y siempre era duro marchar del pueblo.

Cuando dieron las cinco, Lana empezó a sacar los bultos de su dormitorio. Se dio cuenta entonces de las bolsas que su madre había acumulado encima de la maleta, comida, ropa, hasta un álbum de fotos…”esta mujer está loca”, pensó Lana.

-Bueno, tú como siempre, Mamá.- salió del dormitorio poniéndose la chaqueta.- como si me fuese al Congo….chiquilla, que estoy a menos de hora y media de aquí. ¿para qué quiero un álbum de fotos?,a ver…

-Siempre te puede apetecer ver fotos de cuando eras pequeña o jovencita.- su madre hizo el amago de coger el álbum.- mira…

-No, mamá, déjalo.- le tomo dulcemente las manos.- no me puedo entretener más, que voy a llegar muy tarde a mi casa.

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Como era de esperar, los ojos de su madre se pusieron brillantes. Las despedidas eran lo peor. Incluso peor que empezar a trabajar el lunes. Incluso peor que no ver ni pisar la playa en un mes, que sería lo que iba a tardar en volver.

Su madre la abrazó.

-Que ganas de que digas “mi casa” y solo tengas que ir andando, cariño.- sollozó pegada al pecho de Lana.

-Venga, mujer, no se lo pongas tan difícil.- dijo el padre de Lana al ver que esta empezaba a llorar.

-Ay,papá, cada vez es más difícil.

Mientras metía todos los paquetes en el maletero y se despedía una vez más de sus padres, Lana no pudo evitar llorar. Tampoco quería evitarlo. Disimular nunca fue lo suyo.

Se enganchó como a un clavo ardiendo al consuelo que les quedaba: en menos de un mes estaría de nuevo por allí. Intentaría hacer la mudanza más importante de una vez. Su madre se había quedado con las llaves del piso por si Lana tenía que enviar a alguien con paquetes para meterlos en el piso.

Todo iría fluido. Y en menos de un mes estaría de nuevo bañándose en su mar.

El viaje fue tranquilo, no había mucho tráfico y pudo llegar incluso antes de lo que pensaba. Abrir la puerta de su casa y pensar que tenía que meter toda aquella vida en cajas fue un mazazo que no esperaba.

Dejó la maleta y los paquetes, cerró tras de si la puerta y buscó su sillón favorito para hundirse y llorar un poco más. Pensó que sus padres estarían esperando su llamada, así que marcó en su móvil y les dijo que ya estaba en casa. No muy convencidos, porque la encontraban “rara”, se creyeron aquello de “estoy cansada por el ajetreo de todo el día”.

Sabían perfectamente lo que pasaba.

Lana decidió levantar, como siempre hacía. No le gustaba alargar demasiado el dolor, la pena y todos aquellos sentimientos que le trajesen malas vibraciones. Se llevó la maleta a su dormitorio, sacó la ropa y la colocó en el armario. Preparó el pijama, se duchó y fue sacando el contenido de las bolsas que su madre había preparado misteriosamente. El álbum lo dejó sobre la mesa del salón, ya sacaría un ratito para verlo.

Toda la comida la fue colocando en su sitio en la cocina. Una muñeca…una vieja muñeca que hacía mil años que Lana no veía, compañera de su infancia, lavada un millón de veces y sacudida otro millón para quitarle la arena que traía de la playa. Una muñequita de trapo, con el pelo de lana roja, un traje de corazones y “zapatos” con lacitos.

Podía tener fácilmente 35 años aquella muñeca. ¿cómo había conseguido su madre conservarla?

El esfuerzo por no llorar ante aquel recuerdo hecho juguete fue titánico. Pero lo superó recordando las veces que había rodado por la playa con ella de la mano. Las veces que se había peleado con sus amigas por aquella muñeca. O las veces que su madre la castigó sin la muñeca roja…aquella miscelánea de ideas le ayudó a no llorar de nuevo.

Finalmente, se sirvió una copa de vino y decidió calentar la empanada. Cenaría mientras que veía una película, al fin y al cabo, era sábado. No tenía ni intención ni ganas de salir. Pero podía acostarse tarde. 29 de febrero de 2.020.

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Nota de la autora: Hoy Lana ha llegado un poco tarde, pero ha llegado. Supongo que no queréis escuchar mis problemas, porque todos tenemos. Así, me quedo con lo positivo…terminé el capítulo, y pudo publicarlo. Quizás es un pelín más largo que los anteriores. Pero lo merece, Lana ha vuelto a casa con pena, pero con toda la ilusión de hacer su mudanza y, por fin, volver a su paraíso particular.

Como siempre, espero que lo disfrutéis. Mil gracias por vuestro apoyo incondicional. Besos!

Lana (1)

No podía quitar de su cabeza la idea de volver a pasear cada mañana por la orilla de la playa, de su playa, de aquella playa que la vio crecer y madurar y que también vio sus últimas lágrimas antes de irse. El retorno se le antojaba feliz, pero al mismo tiempo le producía gran incertidumbre.
Lana había pasado los dos últimos años luchando con el jefazo de la empresa donde trabaja, el motivo: el teletrabajo. En una sociedad competitiva, moderna, conectada al 100% del tiempo…¿Por qué no podía trabajar desde su ordenador, instalado donde ella quisiese?
En los tres meses anteriores a la decisión final, había demostrado que podía hacer todo su trabajo desde casa. Había acudido a reuniones en la sede muy esporádicamente. Y también podía haberlas seguido e interactuado desde su salón. Al final, tanto el departamento de recursos humanos como el propio gerente, habían dado su brazo a torcer y habían elaborado la modificación del contrato de Lana. En el se recogían las nuevas condiciones. Teletrabajo. Reuniones presenciales una vez al mes. No perdía nada, ni cargo, ni sueldo ni nada.
El departamento del que Lana se hacía cargo era un caramelo, casi todo el trabajo se hacía online. Tres personas trabajan con y para ella cada día. Ellas seguirían en la oficina, todo estaba probado y pensado.
A menos de un mes de la mudanza que la llevaría de vuelta al pueblo costero que la vio nacer, Lana no podía pensar en otra cosa más que en el mar. Esa conexión que tenía con el mar desde pequeña. Poder meter sus pies en el agua fría por las mañanas y sentir que el mundo era menos duro…A menudo sus sesiones de relajación y/o diferentes terapias iban acompañadas del sonido de las olas. Ese sonido tan gratificante. Le hacía sentir que la rodeaba. Le hacía sentir que estaba en medio del mar. Le hacía sentir mar.

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Recordaba perfectamente los gritos de su madre en la muralla de la playa. Su madre sabía que siempre la encontraría allí. Si se hacía tarde y Lana no llegaba, solo tenía que asomarse a la muralla y allí estaba. Paseando, sentada en la orilla, bañándose…Lana en cualquiera de sus variedades.

Lana nació en un pueblo marinero. En 2020 Lana iba a cumplir 38 años, los iba a cumplir en su pueblo, después de muchos años, y rodeada de los suyos. Con un poco de suerte, como pillaba en verano, incluso sus amigos y amigas de la infancia podrían felicitarla.

Lana nació en una familia humilde. Su padre era pescador, ahora ya jubilado, y su madre, como el 80% de las mujeres del pueblo, trabajaba en la planta de envasado de pescado a pocos kilómetros del pueblo. Su infancia fue muy feliz. Ella y sus hermanos fueron niños muy queridos, igual que ahora lo son sus sobrinos, y corrían todo el día de la playa a la casa, con toda la pandilla….así de casa en casa. Muchos se hicieron novietes. Solo una de las parejas perduró en el tiempo. Lana solo salió con un chico del pueblo, Jose.

En la mayor parte de los casos, una vez que terminaban el instituto y debían escoger facultad o trabajo, dado que las dos cosas suponían salir de la zona de confort que era el pueblo…empezaba la desunión. Muchos escogieron hacer alguna carrera en la capital. Otros se fueron a la aventura, a descubrir que querían hacer realmente en la vida. Un porcentaje muy pequeño se quedó en el pueblo y ayudó a perpetuar algunos oficios que se hubieran perdido de no ser por ellos. Lana eligió estudiar algo que nadie quería. Todos le decían que aquello de la informática y el marketing no tendría salida. Que era una perdida de tiempo.

Casi les cuesta un disgusto a sus padres. Por creer a aquellos que decían eso. Lana se sentó con ellos a solas y les pidió seis meses. Solo necesitaba seis meses de estudios para saber si aquello realmente podría suponer un futuro estable para ella. Tendría que salir del pueblo, si. Tendría que hacer el esfuerzo de trabajar y estudiar al mismo tiempo para ayudar a sus padres en los gastos que la carrera conllevaba. Pero, si a los seis meses ella no veía nada….se lo diría a sus padres y le devolvería el dinero invertido.

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Gracias a la capacidad de convicción que siempre ha tenido Lana, y que bien le sirve en su puesto de trabajo, sus padres no pudieron negarse.

Aquel verano, después de la graduación, fue legendario. Aquella pandilla que había crecido cual raíces de árbol centenario iban a separarse… así que el último verano juntos no podía ser de otra manera. Festivales, comilonas, barbacoas, cenas familiares, la famosa verbena del pueblo. Cualquier excusa era buena para salir y celebrar.

Llegó la última quincena de agosto y las caras fueron cambiando. El ambiente se fue volviendo raro, espeso, melancólico. Las fiestas no se alargaban, se iban convirtiendo en reuniones intimas. Se iban haciendo pequeñas, porque solo se quedaba quien quería despedirse. Y las despedidas son duras. Al final siempre se quedaban los mismos cuatro gatos….Amalia, Sebas, Yure, Lidia y Manolo, además de Lana. Siempre hablaban de proyectos, de lo mucho que les iba a tocar estudiar en los próximos años, de lo mucho que iban a echar de menos aquellas calles, aquel aire marino, aquel ambiente tranquilo en el que vivían cual pececillos en un acuario de pocos litros. Ahora debían salir a mar abierto. Y enfrentarse a la vida de verdad.

Lana fue la primera en despedirse. El día 31 de agosto pilló el bus que la llevaría a la estación de tren y de allí a perseguir sus sueños en la gran cuidad. Atrás dejó a sus padres abatidos, a su hermano mediano, que seguía viviendo allí, igualmente muy preocupado. Y a la pandilla hecha añicos y lista para seguir perdiendo pedacitos cada día.

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Los primeros años de Lana en la gran ciudad fueron duros. Recordaba, todavía con tristeza, los primeros días de facultad en los que no conocía a nadie. Además no encontraba trabajo. La habitación en la que mal vivía en el piso compartido con otros dos estudiantes era pequeña y asquerosa. Tuvo muy malos momentos en los que solo tuvo su propia mano para secar sus lagrimas. Momentos en los que tuvo que usar esa misma mano para plantar un bofetón a algún aprovechado y correr por calles que, aún veinte años después, eran un laberinto para ella.

Había hecho con sus padres el trato de los seis meses, pero se fue dando cuenta de que sería poco tiempo. Por fin encontró un trabajo que le permitía estudiar el tiempo suficiente como para aprobar. Trabajaba por las tardes, sirviendo meriendas a las señoronas a las que trataba tan bien que al poco tiempo empezó a recoger suculentas propinas, que recogía con una gran sonrisa y un enorme “Gracias”, que hacía las delicias de las ricachonas, faltas de educación. Ganaba bastante para ayudar a sus padres en el alquiler de la habitación. Y además podía comprarse algunos caprichos. Empezó a ahorrar para su primer ordenador.

El trato de los seis meses salió tal y como ella esperaba. Fue la primera vez que Lana vio que podría hacer todo lo que se propusiese en la vida. Todo. Preparó una mochila, se fue a la estación y sacó un billete de vuelta al pueblo. A pasar las vacaciones de Semana Santa con sus padres. Las de navidad las pasó sola. Estudiando. Y trabajando más que nunca, cubriendo vacaciones de otras camareras. Y también llevándose las propinas de ellas. No hay mal que por bien no venga.

Al llegar al pueblo, después de un viaje agotador, fue directa a la playa. Se quitó los zapatos, los calcetines, dobló el bajo de sus vaqueros y se metió un par de pasos en la orilla. Primero sintió el fuerte latigazo del frio, que la recorrió de arriba a abajo, hundió los dedos en la arena y a punto estuvo de caerse de bruces, la relajación que se fue extendiendo por su cuerpo…esa sensación de que ya no pasaba nada, estaba en casa, los problemas se quedaron allí…esa conexión que no conseguía encontrar en ningún otro sitio…algo habitual interrumpió todo este cúmulo de sentimientos…¡¿Lanaaa?!…

Su madre la llamaba confusa desde la muralla. Nadie sabía que Lana venía de vacaciones. Era una sorpresa, pero no pudo evitar ir antes a la playa que a su casa. Necesitaba mojar sus pies, era como si en estos seis meses se hubiesen secado…recordaba perfectamente haberle dicho eso a su madre cuando esta la abrazó finalmente al lado de la muralla. Entre lagrimas, su madre, le preguntó si ya se venía para siempre…Lana la abrazo muy fuerte y le dijo que ya después le contaba, en casa, con papá.

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Aquella noche, en la cena, después de haberse duchado de nuevo en su casa, en la casa de sus padres. Tomó la más grande y dura decisión de su vida, y después de comunicarlo a sus padres, fue más duro aún.

Lana había decidido seguir los estudios, terminar. Aquello le gustaba, le gustaba cada día más. Todo lo que estaba aprendiendo sobre el marketing, todo lo que podía aplicar en un montón de aspectos de la vida. La gente que estaba conociendo. El ambiente que rodeaba ahora su vida. Todo era muy positivo, le gustaba y le empujaba a seguir. Les rogó que fuesen a ver donde vivía ahora, ya que se había cambiado, había conseguido una habitación luminosa y más grande gracias a una amiga de su tutora en la facultad, con la que compartía charlas y en la que había confiado para decirle que vivía en una ratonera apestosa…a los pocos días, la tutora llegó y le dio un papelito con un número de teléfono, le dijo que llamase y preguntase por Maribel. Era la dueña del piso compartido. Una dulzura de persona que le facilitó todo el proceso de la mudanza, incluso le perdonó el mes de fianza, por estar el curso ya empezado. Las propinas sirvieron para ese primer mes.

Lana estaba deseando que sus padres viesen como vivía ella en la gran ciudad, les hizo prometer que la primera semana de verano irían a verla, a pasar con ella unos días. Lo prometieron entre lágrimas y rabia, ellos estaban convencidos de que su niña volvía para quedarse y llorar su fracaso en el pueblo. Algo no les dejaba comprender que Lana quería volver, quería terminar sus estudios y vivir de algo que ellos no comprendían. Pasaría tiempo antes de que lo comprendiesen.

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Hasta aquí el primer capítulo de la historia de Lana, el relato en el que estoy trabajando ahora. Tengo algunos capítulos ya escritos, a falta de revisión, y los iré subiendo.

Para poneros en contexto, corre el 2019, Lana prepara su vuelta al pueblo para seguir trabajando desde allí. Ya diciendo que la historia empieza en 2019…y nos adentramos en aquel 2020, que ahora nos parece lejano, podéis esperar cualquier cosa, ¿no es así?…pues, ¡vamos a por ella!.

Como siempre, espero que os guste.

Vendaval.

Imagen de Nicolaus Wagner

Fue llegando poco a poco. Al principio no llegaba a ser ni brisa. Era como un soplido muy suave que no podía ni permitirse el lujo de levantar una mota de polvo. A tempranas horas, cuando aún nadie paseaba, comenzó a tomar fuerza…y de airecillo pasó a brisa.

Para cuando el mundo empezó a despertar, la arena ya era volandera. Aunque todavía no había llegado a su punto álgido, el aire sabía que ya no tenía límite. En apenas tres horas, la playa parecía cubierta por una fina capa de terciopelo que el viento ondeaba a su antojo, sin mirar en perjuicios ni roturas…eso no era un problema. Ya vendría alguien a arreglar sus destrozos.

Algunos despistados se atrevían a pasear por las calles, ya desiertas ante el peligro de vendaval que acechaba la zona. Todos ellos huyeron al comprobar que aquello no tenía pinta de terminar bien ni pronto. Hasta los más viejos del lugar aseguraron que aquella tormenta dejaría secuelas para muy largo plazo. Los cristales rotos, se cambiarían y reemplazarían. Pero hay cosas irremplazables en la vida.

A media tarde, sonaban las sirenas por toda la ciudad. Las autoridades habían prohibido salir de casa, a no ser que hubiese una causa muy necesaria. El viento azotaba la costa como un gigante con un látigo en sus manos, implacable, no dejaba antena en tejado ni banco anclado al suelo. La arena campaba a sus anchas por toda la ciudad y ya había colonizado las terrazas y balcones, como si fueran pequeñas playas que, una vez llenas de ella, quedaban en calma. Los truenos no tardaron en llegar. No cayó ni una gota de lluvia, pero la tormenta eléctrica hizo temblar ventanas y provocó varios cortes de luz antes del apagón completo.

Precioso fondo de pantalla…

El silencio reinó entonces. Y la ciudad anduvo fantasma. Latente, porque había vida en su interior, pero rota, desgastada, hundida, muerta por fuera.

Antes de anochecer, el viento fue amainando, hasta que paró por completo. Algunas cabezas asomaron a las ventanas, como sin creérselo aún. Como si hubiesen creído que aquella tormenta duraría para siempre. Nada es para siempre. Algunos aconsejaron tener prudencia, el cambio de mareas provoca estos cambios colaterales…pero no fue así. Todo había pasado.

Calma, silencio. Parecían una bendición para los sentidos, menos para la vista, porque cuando acertabas a ver aquel panorama: roturas de todo tipo, elementos que el viento había arrastrado y dejado en otro punto, sin luz, todo cubierto de arena. La recuperación iba a llevar tiempo y paciencia. Pero seguro que se conseguía, con la ayuda de todos.

En muy poco tiempo, un acontecimiento así había podido devastar todo aquello de un «soplido». Increíble, pero cierto.

Imaginaos por un segundo que la ciudad es una persona. El vendaval es una decepción, un engaño, un amor roto, una pérdida irreversible. La arena podría ser la pena, adentrándose y acomodándose en cada uno de los poros de todos los tejidos del cuerpo, doliendo hasta al respirar. Los truenos, evidentemente, es la rabia que se siente al no poder hacer nada, esa misma que te lleva a luchar hasta que te hayas en la oscuridad de la tragedia. El silencio, siempre llega, la reflexión, el momento de pensar y convencerte de que saldrás y seguirás con aquello a las espaldas.

Girl’s Silhouette In Sunset With Her Long Hair Blowing In The Wind by Miquel Llonch

Todos somos en algún momento una isla frente a un inmenso mar dispuesto a devorarnos a fuerza de olas, fruto de una tormenta en la que el viento nos parte en dos y nos deja irreconocibles, pedacitos de nosotros mismos por culpa de un rayo que nos partió y aún no sabemos como recomponer.

Espero que os haya gustado. A los que seguís por aquí, gracias. Vuelvo después de más de un año. Y espero haber unido mis trocitos con más fuerza esta vez. ¡¡Buen día, buen finde!!

Faro Isla de Mouro, espectáculo natural by Julio Herrera

La suerte (2)…

Tres meses más tarde, Maya, apareció como si nada hubiera pasado. Volvió siendo la misma muchacha sonriente y luminosa que Fede recordaba del instituto, aunque ambos ya pasaban de los 25 años. No sabía muy bien cuando había vuelto, pero una tarde de verano sonó el teléfono y la voz de Maya hizo que saliese el sol de nuevo en la vida de Fede. Ambos compartieron el verano como si nunca lo hubieran hecho. Salieron, entraron, cenaron, comieron, disfrutaron…pero siempre desde el respeto mutuo, sin besos, alcohol, drogas ni sexo.

Jamás hubo reproches, ni recuerdos de aquella época oscura. Se dedicaban a disfrutar sin compromiso. Hasta que un día Maya le preguntó a Fede si podía dormir con él.

Fede sabía perfectamente lo que iba a pasar. Y pasó. Tuvieron una de las mejores noches de sexo de toda su relación. Y les gustó tanto a los dos que decidieron que debía seguir pasando.

Se convirtió en una costumbre que Maya saliese con él, algunos días si, otros no….pero a la hora de dormir, ella llegaba y , como una pantera, sigilosa se colaba en su cama y ambos disfrutaban hasta que ella decía que se iba. O no. O se quedaba.

Todas las costumbres van cambiando con el paso de los días, los meses…y esta también, como no. Maya empezó a controlar los movimientos de Fede. Empezó a querer estar presente en todos los momentos de su vida. Fede hacía mucho que no estaba enamorado. Había sufrido mucho por Maya. Y nadie, ni siquiera ella, se lo había agradecido. Ahora solo quería sentirla cada noche, sentir su deseo, su piel ardiente que parecía estar hecha a medida para él, no pedía nada más a cambio. Cuando ella empezó a querer dejarle entrever que estaba en su vida «a tiempo completo» de nuevo, él ya no tenía tiempo para aquello.

Mensajes a todas horas, llamadas inadecuadas en horas de trabajo, video llamadas para comprobar donde estaba… Fede bromeaba al principio, después dejó de contestar. Y Maya empezó a montar broncas. Fede empezó a evitarla, sacrificando incluso el sexo con ella. Maya intentó establecerse en su casa, pero Fede no cedió. Maya puso distancia. Fede pudo respirar.

Maya era como una serpiente…escurridiza, tóxica, aparecía y desaparecía…Fede sabía que estaría así cada día si no hacía algo al respecto. Pero tampoco podía «abandonarla».

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No sabría decir muy bien cuando volvió Maya a su cama, pero aquella noche el que había bebido era él. A los dos días otra vez…y el sábado de nuevo.

Hoy era martes, laborable, y anoche Maya volvió a su cama. Lo extraño es que no estuviese, como cada mañana, preparando el desayuno y llamándole desde la cocina. Estuvo pensando toda la mañana en ella. Aunque quería convencerse, como si fuese verdad, de que no le importaba lo que hiciese Maya con su vida, realmente temía por ella. Ya no bebía ni se drogaba, pero temía que se fuese de nuevo, o que alguien le hiciese daño. No sabía de donde le venía aquel temor, pero no podía evitarlo. Cuando pensaba en todos los años que habían pasado desde aquella excursión en la que pudo compartir con Maya sus miedos y frustraciones, no podía dejar de pensar en todo lo que habían sentido el uno por el otro.

Tras dos semanas sin saber nada de Maya, llamó a su casa, a la misma casa familiar en la que mil veces habían reído y llorado, en la que habían compartido confidencias y peleas. Contestó al teléfono su hermano, Fede preguntó como estaban todos y si sabía donde estaba Maya. La respuesta dejó a Fede helado. «Maya ya no vive aquí, Fede, me extraña mucho que no te haya dicho que lleva unos diez meses viviendo con su prometido. Han querido vivir juntos antes de casarse. Ya tienen fecha de boda para el año que viene»

Después de aquel jarro de agua fría, esperó a que Maya le llamase o le mandase algún mensaje. Pero estaba de nuevo esperando lo imposible.

Algo le ardía en el pecho. La rabia le hacía llorar por las noches, en la oscuridad de su salón, iluminado solamente por la pantalla de su televisión encendida para nadie. Su móvil solo estaba encendido en horas de trabajo, y no sonaba para otra cosa que no fuesen asuntos laborales. Su monótona vida había pasado a ser gris. Los días pasaban como si fuesen una tira cómica, siempre igual, pero sin gracia. De casa al trabajo, del trabajo a casa. Incluso pensó en irse de copas cada noche, pero no tenía ganas ni fuerza de emborracharse y seguir viviendo aquello en lo que se había convertido su vida.

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No entendía como había podido transcurrir así su vida. Por qué su vida había sido una historia sin final feliz, girando alrededor de alguien con la que se había sentido incluso mal por haber jugado con sus sentimientos, pero la cual había jugado con él sin compasión.

Quiso morir. Hubo una mañana en la que despertó agotado, no había dormido por la noche. Le quemaban las mejillas de tanto llorar y el pecho por la ansiedad. Esa maldita ansiedad que le acompañaba últimamente a todas horas. Ni siquiera las pastillas que le había recetado su doctor le hacían efecto. No podía dormir. Los compañeros del trabajo le decían que tenía mala cara, ojeras, incluso que había adelgazado. Él no se veía, no conocía a aquel que se asomaba al espejo cada mañana. Había entrado en un bucle que le estaba costando la salud. No dormía. Trabajaba. No comía bien. Y vuelta a empezar.

Ese día se dijo así mismo que no podía seguir así. Y volvió a casa de Maya. No podía siquiera pronunciar su nombre sin derramar lagrimas. Espero a la hora del desayuno en el trabajo y se acercó a su calle. Había cierta agitación. Cuando fue a salir de su coche, escuchó que se abría la puerta de la casa y empezaba a salir gente. No. Aquello no era posible. ¿Hoy? ¿Tenía que ser hoy?¿Por qué todas las casualidades con Maya eran igual de decisivas?. La vio salir vestida de novia, de blanco impoluto, aunque ella ya no fuese pura y limpia. Aunque la simbología no significase nada en aquel caso. La miró desde lejos y pudo ver la belleza que había en ella, esa que nunca había sido importante para él. Su pelo negro, sus ojos brillantes y rasgados, expresivos siempre. Su cintura marcada por aquel corpiño de encaje. Aquella piel que él solo recordaba ardiente, lucía radiante y morena, hermosa. Y sobre todo, su risa, aquella risa que, en ocasiones le parecía escandalosa, aquella que le despertaba a veces y que ahora se le había tornado imprescindible en su cabeza, por su ausencia.

Se dio la vuelta por temor a que ella le viera. Se subió al coche y condujo sin pensar en volver a su puesto de trabajo. Se refugió en una apartada colina, a unos kilómetros de casa. Allí buscó un «escondite» donde nadie le escuchase gritar y llorar…quería gritarle a la vida por qué había sido todo así. Pero ahora si sabía por qué. Todo este tiempo había estado buscando a Maya, dándole espacio en su casa, en su vida, en su corazón…porque era todo para él. Porque la amaba por encima de todo y todos. Porque la necesitaba en su vida. Porque necesitaba cuidarla, preocuparse por ella y cada paso que daba en su vida. Porque quería que no fuese «su vida», sino «nuestra vida». Porque aquel primer mes de sus vidas en común no debería haber cesado por su tontería…Porque no había sabido apreciar la suerte que había tenido contando con Maya en su existencia. Una vez un amigo le dijo que la suerte era un invento de alguien que se había cansado de luchar. Exacto. La suerte…

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Sol@.

Hace tiempo que quiero hablarte. Hace mucho que quiero contarte cosas que no ves. No las ves simplemente porque no quieres. Desde hace mucho ya no respiras para vivir, lo haces porque es un acto reflejo y tu cuerpo sigue haciéndolo, no por tu voluntad.

Quisiera decirte que la vida es mucho más de lo que tú estás sintiendo. Que la vida regala momentos a los que tú les vuelves la cara, porque piensas que no te los mereces. Casi no recuerdas cuando tu paso por este mundo se volvió tan doloroso, pero seguro que jurarías que fue justo al nacer.

La vida duele, si. Pero algunas más que otras.

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Hay vidas punzantes, sin tregua, sin espacio para coger aire. Sin resuello. Una pelea continua. Estrés, dolor, ansiedad, pena, malos pensamientos, malos actos, enfermedad…

Hay vidas que te llevan, casi sin sentirlo, a la más miserable soledad, aún estando rodeado por miles de personas. Te arrastran a ese estado de la mente en el que no ves nada positivo, nada bueno, nada que pueda llenar ese vacío en tu pecho. Nada.

Esas vidas en las que tu cabeza todo el día está encerrada en una tormenta. Entre rayos y truenos, muchos truenos. Todo el día pensando, todo el día maquinando…pero nada bueno. Críticas. Insultos. Malas palabras. Palabras hirientes. E incluso malas acciones.

Daño. Solo quieres hacer daño. Todo el que la vida te hace a ti. Y así andas. Sol@.

Creyendo que tienes amigos, cuando esas personas te utilizan a su antojo. Pensando que nadie te quiere, para alimentar ese odio que no te deja acercarte a los que te aman de verdad. Llorando y engordando problemas que no deberían serlo, porque no son tuyos. Y haciendo daño a quien jamás te lo haría a ti.

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Pienso en como hacerte salir de esa tormenta. Pero, de repente, me doy cuenta que la tormenta eres tú. Has hecho tan grande tu daño, tu dolor…que ya nadie puede hacer nada por ti.

Seguirás sol@. Hasta que quieras. Hasta que ahuyentes las nubes negras que oscurecen tus pensamientos y sentimientos. Esas mismas que no dejan que quien te quiere de corazón se acerque a tu lluvia, aunque sea para llorar contigo.

Doña Concha

Foto de hildrethphoto en Flickr.

Concha ya no estaba cansada.

Simplemente un día se levantó tranquila. Sin ese cansancio que hacía años la tenía en un sin vivir. Ese cansancio de quien espera lo que nunca llega. Ese cansancio que sufre quien quiere pero no puede. El mismo que Concha había sentido en su pecho hasta aquel bendito día en el que ya no lo sintió más. Ni ella sabía el porqué, pero es que tampoco le preocupaba.

Había pasado toda su vida con aquella inquietante sensación de quien tiene el pan en el horno y siente que se va a quemar de un momento a otro. Esa ansiedad alojada entre su pecho y su garganta, que muchos días no la dejaba respirar tranquila y que era la culpable de su hermosa melena blanca.

En los días en los que todavía compartía responsabilidades con su difunto marido eran también aquellos días en los que las mujeres que eran madres, eran madres,padres y todo lo que hubiera que ser. Pocos eran los hombres que cumplían con todos sus deberes paternales, no solo los de proveer de alimentos y demás necesidades básicas a su familia. Y su difunto marido no era de esos pocos.

No había tenido una mala vida. La verdad. Los ratitos que salía a pasear bajo el sol, recordaba aquellos mismos parajes en los días de su juventud, una juventud plena y feliz, en la que sus padres no dejaban que ella tuviera ninguna escasez. Todo estaba cubierto. Eran una buena familia. Su padre tenía un buen empleo y en su casa no faltaba de nada. Su mente añada renqueaba, pero todavía recordaba momentos como el día de su primera comunión, con tanta liturgia, tanta tradición…una pequeña recepción después de la ceremonia y toda la tarde jugando con sus amigas en un parque cercano. La vida ha cambiado tanto. Tanto que ella ni la conocía.

Ahora todo es la fiesta, los regalos, muchos invitados (a más invitados, mejor), mucho gasto…a veces imposible de asumir. Todo material. Esa era la clave, lo tenía comprobado, en cualquier evento, fuera de la índole que fuera: lo material era lo importante.

La vida, esa que ya no conocía, le había dado la oportunidad de ser madre. Por dos veces, como si la primera no hubiera quedado harta…

Tenía dos preciosas hijas, al menos habían sido preciosas en su niñez, que a su vez le habían hecho abuela otras tantas veces.

Su hija mayor, Conchita, era una señora seria, demasiado seria para Concha, que se tomaba su vida como si fuera una cuestión de guerra. Su casa estaba regida por estrictas normas, su vida era de un marcado estilo marcial y en ella no había ni un minúsculo hueco para ir a ver a su madre, aunque si pasaba por la puerta de su casa cada domingo de camino a misa. Pero después de misa, tocaba el vermú con las amigas, y aquello era muy importante.

Sus nietos y nietas, por parte de Conchita tenía tres,dos chicos y una chica, solo hacían aparición, cuasi fantasmal, el día de sus respectivos cumpleaños. Bueno, también el día de Reyes. Hace muchos años, ya había perdido la cuenta, celebraban la navidad allí juntos. Sus dos hijas, los yernos y todos los nietos y nietas. Pero Conchita dijo que aquello ya no se llevaba, que ella iba a empezar a ir a un hotel a pasar las cenas de Navidad, que allí podría ver a sus amigas y los niños lo pasarían mejor. Claro, en la casa de la abuela, los niños se aburren, es normal.

Si tuviera que prepararle el bocadillo para el cole ahora, no le iba a quitar ni la pimienta del salchichón a la señorita, seguro.

Uy, salchichón. No sabía ya ni cuantos meses habían pasado desde la última vez que comió salchichón. Su médico le había prohibido los embutidos, a lo sumo “unas cuantas rodajitas de jamón serrano del bueno, Doña Concha” , le había dicho aquel jovencito.

Cada vez hacían los médicos más jóvenes.

Y cada vez le quitaban más cosas de la lista de “Permitidos”. Para un placer que le quedaba, y se lo administraban también.

Bueno, se lo administraba ella misma, que era (como a sus hijas les gustaba presumir) autosuficiente, autónoma y muy capaz de hacerlo todo en su casa. Y fuera de su casa, también. Ella organizaba sus menús y sus pastillas semanalmente, llevaba apuntado todo en una agenda: sus citas médicas, cuando le tocaban análisis o controles. Todo.

Pyxabay

Estaba convencida que aquello era parte del éxito en la vida de sus hijas. La organización que, desde pequeñas, les enseñó a tener. Pero nunca lo admitirían para ella. En fin…

Pilar era la pequeña, poco menos de dos años de diferencia con Conchita, pero también un mundo de distancia en cuanto a carácter. Pilar estaba más apegada a su madre, si. Muy apegada. A menudo su abuela paterna, de puros celos, le decía que aquella niña iba a enfermar por estar tanto tiempo pegada a ella. Que no era natural. Pero solo Concha supo del placer de criar a esta segunda hija que pareció nacer solo para ella. Una niña paciente, obediente y que entendía lo que su madre le quería decir con solo mirarla. Una niña con la cual compartió confidencias, frustraciones (que no fueron pocas) y vivencias cuando tuvo una edad que a Concha le pareció prudente para ello.

Pilar era diferente. Era sensibilidad, era solidaridad, era bondad y nobleza. Pilar era todo corazón.

Cuando le dijo a su madre que se iba en misión humanitaria con una ONG a una aldea perdida de África, a esta no le supo a novedad, sabía que tarde o temprano aquella bondad tendría que explotar por algún lado. Estuvo en un poblado, malviviendo, llena de piojos y enfermedades, más de dos años. Cuando volvió, la propia Concha fue a recogerla al aeropuerto en taxi. Toda la ilusión que llevaba ella por encontrarse con su hija fue la misma que su hija traía en pena y frustración. Concha la llevó a su casa, hizo que se duchara, dejó que llorara todo lo que tenía que llorar, alimentó aquel maltrecho cuerpo lleno de cicatrices y hasta veló sus noches de pesadillas y gritos. Hasta que estuvo mejor. Hasta que un día se levantó y, como si no hubiera pasado nada, sonrió por una tontería.

Habían pasado tres meses. Los mismos en los que Concha había adelgazado, envejecido y hasta adoptado la pena de su hija. Tres meses. Borrados en aquella sonrisa.

Decidió volver a su casa, claro. Tenía que retomar su trabajo. Y su vida.

Y lo hizo, pero sin pararse a recoger ni un escombro de la barbarie que había formado en aquellos tres meses. Sin pararse a contarle a su madre porqué lloraba todas las noches antes de dormirse, o porqué lloraba muchos días cuando le ponía el plato de comida por delante, o porqué había tirado su teléfono a la basura. Tampoco se paró jamás a preguntarle a su madre si estaba bien, parecía que solo le importaba que estuviese. Parecía.

Concha estuvo en tratamiento después de aquello. Pero, para variar, ni Conchita ni Pilar se habían enterado. Muchas veces pensaba que, cuando ella muriese, sus hijas no sabrían ni que enfermedades tenía. Creía fervientemente que era así. No lo sabían, seguro.

DappleHack

La cuestión es que la vida de Pilar ahora había cambiado. Seguía siendo buena, pero ahora… a nivel local. Aquello le hacía gracia a Concha. Si había que ayudar a alguien, Pilar tenía que saber de donde era, porque no iba a ir a cualquier sitio ni nada de eso… como si hubiese hecho todos los kilómetros de su vida en aquel viaje a África y ya con eso, pues le convalidaban los demás viajes. Si había que ayudar a alguna familia que vivía a 300 kilómetros, Pilar llamaba a algún amigo de otra ONG, se las apañaba para acotar su ayuda al pueblo donde vivía. Como si la ayuda se pudiera medir en metros o algo así.

La vida la había cambiado, estaba claro. También había cambiado el apego que tenía hacía su madre. Rara era la semana en la que la llamaba una vez. Casi siempre los domingos por la mañana, a eso de las doce, le preguntaba como estaba, si se tomaba todas sus pastillas, si había comido algo prohibido…todo por protocolo, como decía Concha, «como si fuera también mi médica». Todo eso, cuando la llamaba. Que ya era raro.

En ningún momento pudo volver a disfrutar de aquella relación de complicidad de la que gozaban ambas, en primer lugar por que no se veían apenas, aún viviendo en el mismo pueblo, y en segundo lugar por que Pilar tenía una pareja muy absorbente, como a ella misma le gustaba explicar. Como si fuera normal. Como si fuera tolerable. Como si todos tuviéramos una pareja así.

Al principio de empezar en esa relación, Pilar iba un día en semana a casa de Concha. Pero su novio no dejaba de llamarla por teléfono, mandarle mensajes y pedirle que volviese a casa.

Incluso un día, a los diez minutos de llegar se levantó para irse y su madre le preguntó “¿Dónde vas tan pronto?,no has tomado ni café”…a lo que Pilar le respondió, tomándole ambas manos entre las suyas, que su novio le había amenazado con irse si seguía prestándole tanta atención a su madre.

Así que aquel era el panorama. Pero ya no le preocupaba nada. Sabía cosas que sus hijas ni imaginaban que ella conociera. Sabía que su nieto mayor, Pablito, tenía novio y fumaba porros. Sabía que su nieta Aitana, la segunda por parte de Pilar, se había sacado el carnet de conducir.

También sabía que su hija Pilar había recibido maltrato por mucho tiempo, pero jamás pudo hacer nada por ella. Pilar cerró sus puertas y se “comió” su problema ella sola. Ni siquiera sus hijos, a los que mandó a un internado, pudieron ayudarla.

Cada uno lleva la vida como puede. Eso está claro. Pero también está claro que todos tenemos unos orígenes y estas hijas no lo saben o no quieren saberlo. Concha no tiene mucha más tinta en su tintero, y seguramente le gustaría poder llenar esas pocas hojas que quedan en blanco de historias bonitas con ellas, que fueron en su día lo más bonito que ella pudo tener.

Pero esta vida. Esta que nos rodea, llena de problemas, ruido, preocupaciones ajenas, idioteces varias…esta vida, seguro que no deja que ni Conchita ni Pilar escuchen lo que su madre les pide a gritos. Por que, por mucho que Concha aquel día despertase tranquila y feliz, su pan sigue dentro del horno. Y no sabe cuando se le va a quemar.

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Espero que os guste. A partir de ahora, voy a organizar, como Doña Concha, mi blog. Y los lunes intentaré traeros las novedades literarias que vayan surgiendo y los jueves intentaré dejaros una reflexión, texto, opinión, relato. Lo que se me vaya ocurriendo.

Esta semana os lo dejo hoy, viernes. Para que tengáis todo el fin de semana para reflexionar. Creo que es un bonito tema, triste, si. Pero atemporal también. No dudéis en dejar comentarios y compartir. Y por supuesto, podéis suscribiros y saber al instante que he publicado algo.

¡¡Buen fin de semana!! ¡¡Y no dejéis de leer!!