
Concha ya no estaba cansada.
Simplemente un día se levantó tranquila. Sin ese cansancio que hacía años la tenía en un sin vivir. Ese cansancio de quien espera lo que nunca llega. Ese cansancio que sufre quien quiere pero no puede. El mismo que Concha había sentido en su pecho hasta aquel bendito día en el que ya no lo sintió más. Ni ella sabía el porqué, pero es que tampoco le preocupaba.
Había pasado toda su vida con aquella inquietante sensación de quien tiene el pan en el horno y siente que se va a quemar de un momento a otro. Esa ansiedad alojada entre su pecho y su garganta, que muchos días no la dejaba respirar tranquila y que era la culpable de su hermosa melena blanca.
En los días en los que todavía compartía responsabilidades con su difunto marido eran también aquellos días en los que las mujeres que eran madres, eran madres,padres y todo lo que hubiera que ser. Pocos eran los hombres que cumplían con todos sus deberes paternales, no solo los de proveer de alimentos y demás necesidades básicas a su familia. Y su difunto marido no era de esos pocos.
No había tenido una mala vida. La verdad. Los ratitos que salía a pasear bajo el sol, recordaba aquellos mismos parajes en los días de su juventud, una juventud plena y feliz, en la que sus padres no dejaban que ella tuviera ninguna escasez. Todo estaba cubierto. Eran una buena familia. Su padre tenía un buen empleo y en su casa no faltaba de nada. Su mente añada renqueaba, pero todavía recordaba momentos como el día de su primera comunión, con tanta liturgia, tanta tradición…una pequeña recepción después de la ceremonia y toda la tarde jugando con sus amigas en un parque cercano. La vida ha cambiado tanto. Tanto que ella ni la conocía.
Ahora todo es la fiesta, los regalos, muchos invitados (a más invitados, mejor), mucho gasto…a veces imposible de asumir. Todo material. Esa era la clave, lo tenía comprobado, en cualquier evento, fuera de la índole que fuera: lo material era lo importante.
La vida, esa que ya no conocía, le había dado la oportunidad de ser madre. Por dos veces, como si la primera no hubiera quedado harta…
Tenía dos preciosas hijas, al menos habían sido preciosas en su niñez, que a su vez le habían hecho abuela otras tantas veces.
Su hija mayor, Conchita, era una señora seria, demasiado seria para Concha, que se tomaba su vida como si fuera una cuestión de guerra. Su casa estaba regida por estrictas normas, su vida era de un marcado estilo marcial y en ella no había ni un minúsculo hueco para ir a ver a su madre, aunque si pasaba por la puerta de su casa cada domingo de camino a misa. Pero después de misa, tocaba el vermú con las amigas, y aquello era muy importante.
Sus nietos y nietas, por parte de Conchita tenía tres,dos chicos y una chica, solo hacían aparición, cuasi fantasmal, el día de sus respectivos cumpleaños. Bueno, también el día de Reyes. Hace muchos años, ya había perdido la cuenta, celebraban la navidad allí juntos. Sus dos hijas, los yernos y todos los nietos y nietas. Pero Conchita dijo que aquello ya no se llevaba, que ella iba a empezar a ir a un hotel a pasar las cenas de Navidad, que allí podría ver a sus amigas y los niños lo pasarían mejor. Claro, en la casa de la abuela, los niños se aburren, es normal.
Si tuviera que prepararle el bocadillo para el cole ahora, no le iba a quitar ni la pimienta del salchichón a la señorita, seguro.
Uy, salchichón. No sabía ya ni cuantos meses habían pasado desde la última vez que comió salchichón. Su médico le había prohibido los embutidos, a lo sumo “unas cuantas rodajitas de jamón serrano del bueno, Doña Concha” , le había dicho aquel jovencito.
Cada vez hacían los médicos más jóvenes.
Y cada vez le quitaban más cosas de la lista de “Permitidos”. Para un placer que le quedaba, y se lo administraban también.
Bueno, se lo administraba ella misma, que era (como a sus hijas les gustaba presumir) autosuficiente, autónoma y muy capaz de hacerlo todo en su casa. Y fuera de su casa, también. Ella organizaba sus menús y sus pastillas semanalmente, llevaba apuntado todo en una agenda: sus citas médicas, cuando le tocaban análisis o controles. Todo.

Estaba convencida que aquello era parte del éxito en la vida de sus hijas. La organización que, desde pequeñas, les enseñó a tener. Pero nunca lo admitirían para ella. En fin…
Pilar era la pequeña, poco menos de dos años de diferencia con Conchita, pero también un mundo de distancia en cuanto a carácter. Pilar estaba más apegada a su madre, si. Muy apegada. A menudo su abuela paterna, de puros celos, le decía que aquella niña iba a enfermar por estar tanto tiempo pegada a ella. Que no era natural. Pero solo Concha supo del placer de criar a esta segunda hija que pareció nacer solo para ella. Una niña paciente, obediente y que entendía lo que su madre le quería decir con solo mirarla. Una niña con la cual compartió confidencias, frustraciones (que no fueron pocas) y vivencias cuando tuvo una edad que a Concha le pareció prudente para ello.
Pilar era diferente. Era sensibilidad, era solidaridad, era bondad y nobleza. Pilar era todo corazón.
Cuando le dijo a su madre que se iba en misión humanitaria con una ONG a una aldea perdida de África, a esta no le supo a novedad, sabía que tarde o temprano aquella bondad tendría que explotar por algún lado. Estuvo en un poblado, malviviendo, llena de piojos y enfermedades, más de dos años. Cuando volvió, la propia Concha fue a recogerla al aeropuerto en taxi. Toda la ilusión que llevaba ella por encontrarse con su hija fue la misma que su hija traía en pena y frustración. Concha la llevó a su casa, hizo que se duchara, dejó que llorara todo lo que tenía que llorar, alimentó aquel maltrecho cuerpo lleno de cicatrices y hasta veló sus noches de pesadillas y gritos. Hasta que estuvo mejor. Hasta que un día se levantó y, como si no hubiera pasado nada, sonrió por una tontería.
Habían pasado tres meses. Los mismos en los que Concha había adelgazado, envejecido y hasta adoptado la pena de su hija. Tres meses. Borrados en aquella sonrisa.
Decidió volver a su casa, claro. Tenía que retomar su trabajo. Y su vida.
Y lo hizo, pero sin pararse a recoger ni un escombro de la barbarie que había formado en aquellos tres meses. Sin pararse a contarle a su madre porqué lloraba todas las noches antes de dormirse, o porqué lloraba muchos días cuando le ponía el plato de comida por delante, o porqué había tirado su teléfono a la basura. Tampoco se paró jamás a preguntarle a su madre si estaba bien, parecía que solo le importaba que estuviese. Parecía.
Concha estuvo en tratamiento después de aquello. Pero, para variar, ni Conchita ni Pilar se habían enterado. Muchas veces pensaba que, cuando ella muriese, sus hijas no sabrían ni que enfermedades tenía. Creía fervientemente que era así. No lo sabían, seguro.

La cuestión es que la vida de Pilar ahora había cambiado. Seguía siendo buena, pero ahora… a nivel local. Aquello le hacía gracia a Concha. Si había que ayudar a alguien, Pilar tenía que saber de donde era, porque no iba a ir a cualquier sitio ni nada de eso… como si hubiese hecho todos los kilómetros de su vida en aquel viaje a África y ya con eso, pues le convalidaban los demás viajes. Si había que ayudar a alguna familia que vivía a 300 kilómetros, Pilar llamaba a algún amigo de otra ONG, se las apañaba para acotar su ayuda al pueblo donde vivía. Como si la ayuda se pudiera medir en metros o algo así.
La vida la había cambiado, estaba claro. También había cambiado el apego que tenía hacía su madre. Rara era la semana en la que la llamaba una vez. Casi siempre los domingos por la mañana, a eso de las doce, le preguntaba como estaba, si se tomaba todas sus pastillas, si había comido algo prohibido…todo por protocolo, como decía Concha, «como si fuera también mi médica». Todo eso, cuando la llamaba. Que ya era raro.
En ningún momento pudo volver a disfrutar de aquella relación de complicidad de la que gozaban ambas, en primer lugar por que no se veían apenas, aún viviendo en el mismo pueblo, y en segundo lugar por que Pilar tenía una pareja muy absorbente, como a ella misma le gustaba explicar. Como si fuera normal. Como si fuera tolerable. Como si todos tuviéramos una pareja así.
Al principio de empezar en esa relación, Pilar iba un día en semana a casa de Concha. Pero su novio no dejaba de llamarla por teléfono, mandarle mensajes y pedirle que volviese a casa.
Incluso un día, a los diez minutos de llegar se levantó para irse y su madre le preguntó “¿Dónde vas tan pronto?,no has tomado ni café”…a lo que Pilar le respondió, tomándole ambas manos entre las suyas, que su novio le había amenazado con irse si seguía prestándole tanta atención a su madre.
Así que aquel era el panorama. Pero ya no le preocupaba nada. Sabía cosas que sus hijas ni imaginaban que ella conociera. Sabía que su nieto mayor, Pablito, tenía novio y fumaba porros. Sabía que su nieta Aitana, la segunda por parte de Pilar, se había sacado el carnet de conducir.
También sabía que su hija Pilar había recibido maltrato por mucho tiempo, pero jamás pudo hacer nada por ella. Pilar cerró sus puertas y se “comió” su problema ella sola. Ni siquiera sus hijos, a los que mandó a un internado, pudieron ayudarla.
Cada uno lleva la vida como puede. Eso está claro. Pero también está claro que todos tenemos unos orígenes y estas hijas no lo saben o no quieren saberlo. Concha no tiene mucha más tinta en su tintero, y seguramente le gustaría poder llenar esas pocas hojas que quedan en blanco de historias bonitas con ellas, que fueron en su día lo más bonito que ella pudo tener.
Pero esta vida. Esta que nos rodea, llena de problemas, ruido, preocupaciones ajenas, idioteces varias…esta vida, seguro que no deja que ni Conchita ni Pilar escuchen lo que su madre les pide a gritos. Por que, por mucho que Concha aquel día despertase tranquila y feliz, su pan sigue dentro del horno. Y no sabe cuando se le va a quemar.

Espero que os guste. A partir de ahora, voy a organizar, como Doña Concha, mi blog. Y los lunes intentaré traeros las novedades literarias que vayan surgiendo y los jueves intentaré dejaros una reflexión, texto, opinión, relato. Lo que se me vaya ocurriendo.
Esta semana os lo dejo hoy, viernes. Para que tengáis todo el fin de semana para reflexionar. Creo que es un bonito tema, triste, si. Pero atemporal también. No dudéis en dejar comentarios y compartir. Y por supuesto, podéis suscribiros y saber al instante que he publicado algo.
¡¡Buen fin de semana!! ¡¡Y no dejéis de leer!!
