Fue llegando poco a poco. Al principio no llegaba a ser ni brisa. Era como un soplido muy suave que no podía ni permitirse el lujo de levantar una mota de polvo. A tempranas horas, cuando aún nadie paseaba, comenzó a tomar fuerza…y de airecillo pasó a brisa.
Para cuando el mundo empezó a despertar, la arena ya era volandera. Aunque todavía no había llegado a su punto álgido, el aire sabía que ya no tenía límite. En apenas tres horas, la playa parecía cubierta por una fina capa de terciopelo que el viento ondeaba a su antojo, sin mirar en perjuicios ni roturas…eso no era un problema. Ya vendría alguien a arreglar sus destrozos.
Algunos despistados se atrevían a pasear por las calles, ya desiertas ante el peligro de vendaval que acechaba la zona. Todos ellos huyeron al comprobar que aquello no tenía pinta de terminar bien ni pronto. Hasta los más viejos del lugar aseguraron que aquella tormenta dejaría secuelas para muy largo plazo. Los cristales rotos, se cambiarían y reemplazarían. Pero hay cosas irremplazables en la vida.
A media tarde, sonaban las sirenas por toda la ciudad. Las autoridades habían prohibido salir de casa, a no ser que hubiese una causa muy necesaria. El viento azotaba la costa como un gigante con un látigo en sus manos, implacable, no dejaba antena en tejado ni banco anclado al suelo. La arena campaba a sus anchas por toda la ciudad y ya había colonizado las terrazas y balcones, como si fueran pequeñas playas que, una vez llenas de ella, quedaban en calma. Los truenos no tardaron en llegar. No cayó ni una gota de lluvia, pero la tormenta eléctrica hizo temblar ventanas y provocó varios cortes de luz antes del apagón completo.
Precioso fondo de pantalla…
El silencio reinó entonces. Y la ciudad anduvo fantasma. Latente, porque había vida en su interior, pero rota, desgastada, hundida, muerta por fuera.
Antes de anochecer, el viento fue amainando, hasta que paró por completo. Algunas cabezas asomaron a las ventanas, como sin creérselo aún. Como si hubiesen creído que aquella tormenta duraría para siempre. Nada es para siempre. Algunos aconsejaron tener prudencia, el cambio de mareas provoca estos cambios colaterales…pero no fue así. Todo había pasado.
Calma, silencio. Parecían una bendición para los sentidos, menos para la vista, porque cuando acertabas a ver aquel panorama: roturas de todo tipo, elementos que el viento había arrastrado y dejado en otro punto, sin luz, todo cubierto de arena. La recuperación iba a llevar tiempo y paciencia. Pero seguro que se conseguía, con la ayuda de todos.
En muy poco tiempo, un acontecimiento así había podido devastar todo aquello de un «soplido». Increíble, pero cierto.
Imaginaos por un segundo que la ciudad es una persona. El vendaval es una decepción, un engaño, un amor roto, una pérdida irreversible. La arena podría ser la pena, adentrándose y acomodándose en cada uno de los poros de todos los tejidos del cuerpo, doliendo hasta al respirar. Los truenos, evidentemente, es la rabia que se siente al no poder hacer nada, esa misma que te lleva a luchar hasta que te hayas en la oscuridad de la tragedia. El silencio, siempre llega, la reflexión, el momento de pensar y convencerte de que saldrás y seguirás con aquello a las espaldas.
Girl’s Silhouette In Sunset With Her Long Hair Blowing In The Wind by Miquel Llonch
Todos somos en algún momento una isla frente a un inmenso mar dispuesto a devorarnos a fuerza de olas, fruto de una tormenta en la que el viento nos parte en dos y nos deja irreconocibles, pedacitos de nosotros mismos por culpa de un rayo que nos partió y aún no sabemos como recomponer.
Espero que os haya gustado. A los que seguís por aquí, gracias. Vuelvo después de más de un año. Y espero haber unido mis trocitos con más fuerza esta vez. ¡¡Buen día, buen finde!!
Faro Isla de Mouro, espectáculo natural by Julio Herrera
Aquella mañana, Fede, se dio la vuelta en su cama temiendo encontrar a Maya de nuevo entre sus sábanas. Siempre se decía que iba a ser la última vez, pero llega el finde, las copas, las fotos, la locura y ella termina «llevándoselo a su terreno», aunque, curiosamente, su terreno sea la cama en casa de Fede.
Pero no estaba, hoy Maya, para romper la norma, no se había quedado a despertar a Fede con un café y sexo matutino. No sabía si echarla de menos, porque era verdaderamente buena en la cama. Prefirió no pensarlo mucho más, se levantó, se duchó y se puso a desayunar, pensando que, en breve, Maya estaría llamando o enviando mensajitos con emojis, de esos que le gustan tanto a ella.
Maya y Fede se conocieron en el instituto. Ella acababa de aterrizar en España, procedente de México. Se encontraba sola, las chicas la miraban recelosas, los chicos la miraban raro. Cuando hablaba en clase, todos (o casi todos) se reían. Era diferente, por eso, su prioridad era pasar desapercibida. En la clase de al lado estaba Fede. El jugaba en otro nivel. Era el líder de los chicos, se hacía todo lo que él quería, cuando él decía y como él decía.
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Por esa razón, el día que a Maya le tocó hacer una exposición en el salón de actos, frente a todo el alumnado y profesorado, con motivo del Día del Planeta y, habiendo empezado a hablar, todos empezaron a reírse…Maya creyó que el mundo se derrumbaba a sus píes sin remedio alguno. Los profesores siseaban, mandando a callar a todos aquellos que se burlaban de ella. Maya seguía en el escenario, con la cabeza gacha y sin querer seguir leyendo su discurso acerca de la destrucción provocada por el hombre en el bosque amazónico. Entonces, más bien con todo su afán de protagonismo que en papel de salvador, Fede se puso de pie y le gritó e increpó a sus compañeros y compañeras. Les dijo que parasen ya las burlas contra Maya, «La chica lo está pasando fatal, ¿no la veis?…¿Cómo os sentiríais allí arriba ahora mismo?»
Siguió con su defensa al ver que todos y todas se callaban…pero no sintió la mirada de Maya. Ella ni siquiera lo había visto en aquellos cuatro meses de infierno que llevaba vividos entre las paredes de aquel instituto. Ni siquiera había caído en aquel chico larguirucho y desgarbado que ahora la defendía como si fuese su hermano. Ni siquiera sabía como se llamaba.
«¡Fede!».- dijo la profesora de Educación física- siéntate ya, nos ha quedado claro tu mensaje. Gracias por defender a tu compañera Maya.
Ahora si sabía como se llamaba. Tenía que buscarlo para agradecerle su gesto. Pero no fue fácil llegar hasta él. Después de la fiesta del Día del Planeta, en la que Maya se dedicó a mirar cada acción de Fede desde un rincón del patio, no se atrevió a acercarse. Al cabo de dos días quiso hacerlo, al cruzarse en el cambio de clases con él. Pero le pareció que no procedía, ya habían pasado dos días de lo que pasó…Así fueron pasando los días…Hasta que otra casualidad les unió.
Un sorteo decidió que Maya y Fede compartieran asientos en el bus de la excursión a un yacimiento arqueológico de la zona. En la primera media hora de viaje, Fede se dedicó a mirar la pantalla de su móvil como si no hubiera otra cosa en el universo. Maya, que le había sonreído al subir al bus y no obtuvo respuesta alguna, se dedicó a mirar por la ventanilla y disfrutar del paisaje, ya que al otro lado se encontraba el gran fracaso del año: un chico que la había defendido y ni siquiera se acordaba de ella…
Todo cambió cuando se acercó Amelia, la profe de Educación física, y le recordó a Fede su gesto con Maya…Entonces Fede se quedó mirando a Maya y dijo alucinado: «¿y nos ha tocado juntos en la excursión?, esto no es casualidad, Amelia», sonriendo le preguntó a Maya como le había ido en el centro a partir de aquel día. Maya le contó triste que todo había seguido igual. Que pudo hacer su exposición tranquilamente, pero que todo había vuelto a la misma tónica al día siguiente. Él se lamentó y se disculpó. Maya le dijo que no era culpa suya, evidentemente. Pero él le dio una razón más que suficiente: «Si fue mi culpa, debería haber estado a tu lado, no habría vuelto a pasar».
Aquello solo fue el principio. Fede insistió en esperarla cada día en la puerta del instituto, vigilar en el recreo y hasta consiguió su teléfono para llamarla al final de cada día, para saber como había ido la jornada.
Realmente, Fede no estaba enamorado. Al menos al principio. Maya supo que quería a Fede a su lado siempre prácticamente al mes de empezar esta rutina de vigilancia. Pero nunca se lo dijo.
En los tres años que compartieron instituto, Fede se convirtió en su mejor amigo. Porque la rutina de vigilancia se fue ampliando, la confianza fue abarcando más terreno y el cariño fue haciendo presencia. Primero fueron los besos, inocentes en la mejilla, de despedida y bienvenida. Acompañados siempre de un abrazo, claro. Hasta que un día, Fede decidió darle un besito en los labios.
Jupi Lu en PIxabay
Maya se encerró en su casa durante una semana. Estaba segura que Fede se estaba riendo de ella y le dolía en el alma, después de tantos años…a los seis días, Fede llamó a su puerta. Al abrir, se asustó. Era la última persona a la que esperaba ver. El se sentó en su cama, entre pañuelos de papel y libros, y tuvieron una esclarecedora conversación en la que Fede le dijo que había empezado a sentir algo por ella. Le pidió un mes. Un mes como novios. Un mes en el que saber si ella era imprescindible en su vida. Evidentemente, Maya, se lo concedió.
Fue el mes más feliz para Maya. Su sueño se iba haciendo realidad cada día. Besaba, abrazaba, acariciaba, deseaba, peleaba y poseía al chico de sus sueños. Fue el mejor mes de su vida. El último día del mes, Fede organizo una cena. Maya rezaba porque aquel mes solo hubiese sido el primero de muchos. Pero no fue así. Fede le dijo que necesitaba conocer más gente. Necesitaba saber si le gustaban otras chicas u otros chicos.
Maya se quedó tan rota que desapareció. Se fue. Ni siquiera Fede pudo averiguar donde estaba. En su casa no, desde luego.
Fueron días raros para Fede. No sabía si realmente la necesitaba o echaba de menos a su amiga. O ambas cosas. Pero se despertó muchas noches llorando, después de haber soñado con Maya.
Pasaron seis meses. Maya apareció por el barrio y a Fede le llegó la noticia por un amigo, que le dijo que había visto a Maya bajarse de un coche delante de su casa. Decidió ir esa misma tarde.
Maya le abrió la puerta. Era otra. A simple vista, su pelo había cambiado, había perdido peso y su ropa era distinta. Sin miedo, le preguntó que quería. Con descaro. Fede se vio abrumado. Le preguntó si podían tomarse un refresco y hablar. Ella le dijo que tenía cosas que hacer. Y que ya le llamaría.
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Estuvo días esperando la llamada de Maya. Pero nunca llegó. Estaba muy claro que no le iba a llamar. Le envió mensajes, muchos, que ella veía y no contestaba. La rabia y la curiosidad se lo comían por dentro. Fue a llamar a su puerta de nuevo. Esta vez la pilló en pijama. Era tarde. Ahora no tendría excusa. La invitó a salir a cenar. Maya le puso una excusa estúpida y él la rebatió entre risas. Maya no tuvo más remedio que ceder. Le hizo esperar 45 minutos, en los que ella se duchó y acicaló para salir como una diva de su casa.
Fede la llevó a un restaurante del barrio, propiedad del padre de un amigo, allí se sentaron en un rinconcito íntimo. Él decidió ir «al grano»: «¿Dónde has estado, Maya?, te llamé, te mandé mensajes…pero no estabas en ningún sitio» …Maya sonrió. La ironía brilló en su rostro. Le explicó tranquilamente que se fue porque sabía que nadie la necesitaba aquí. Se fue a su país, a estudiar, aunque no había podido terminar, porque su madre había enfermado y por eso había vuelto.
«¿Solo por eso?».- preguntó Fede.
«Si, Fede, solo por eso. Si hubiese vuelto por ti, habría ido a verte en cuanto puse el pie en España. Pero ya no, ya no puedo sentir nada por ti.»
La cena fue solo un mero trámite que ambos aligeraron para terminar cuanto antes. Después pasaron otros cuantos meses hasta verse de nuevo. Fue en el entierro de la madre de Maya. Fede, como amigo, comprendió que debía estar con Maya. Fue recibido igual de bien que siempre por la familia de esta, algo más fría estuvo Maya, pero aceptó su presencia.
Aquella noche de velatorio fue eterna. Maya se acercó a él a eso de las cuatro. Solo le dijo: «¿Me acompañas?». Él le acompañó, claro. Sabía que debía estar en los bajos momentos en los que Maya quisiera llorar en su hombro, pero no sabía que Maya querría llorar en la barra de un bar delante de un vaso cargado de vodka o que quisiera llorar mientras hacían el amor de nuevo. Aquello fue un choque tremendo para él. Al día siguiente tenían entierro y no sabía como mirar a su amiga. Pero ella estaba muy tranquila, claro. Tan normal, vaya.
El entierro transcurrió con total normalidad, sin ningún sobresalto. Fede se fue a casa después de despedirse de la familia de Maya. Y dejó pasar el tiempo.
Maya vivía dos calles más allá. Cuando salía de su casa, pasaba delante de la casa de Fede. Él la veía salir cada noche. Una noche decidió seguirla, no sospechaba nada malo de su amiga (bueno, no sabía ya que era),pero temía que esta no estuviese llevando bien el duelo. Efectivamente, la vio entrar en aquel bar al que lo llevó la noche del velatorio. Sentarse en la barra y pedir un trago. Cuando él entró, ella ya llevaba algo más de tres vasos. Y no se dio cuenta de que Fede se sentó a su lado. Cuando se percató, dio un bote en el taburete. Creyó que estaba viendo un fantasma o algo así y empezó a reírse después del susto. Fede también se rio. La tomó en brazos, la llevó a su casa, a la de Fede, y la metió en su cama. Después, él se acostó en el sofá. Por la mañana, Maya se despertó eufórica, se lanzó encima de Fede, aún acostado en el sofá, lo besó y se fue corriendo.
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Esa fue la dinámica que se estableció entre ellos en los siguientes meses. Recordaba un tanto a aquella que les unió en el instituto, pero ahora era más grave y peligrosa. Maya se metía en peleas. Bebía. Bebía muchísimo. Incluso llegó a drogarse cuando tuvo ocasión. Siempre terminaba en su casa. A veces hacían el amor. A veces Maya lloraba. A veces solo dormía, después de vomitar toda la porquería que había consumido.
Una noche, Maya llamó a Fede por teléfono. Le dijo que todo había terminado. Que no iba a salir más, no iba a beber ni consumir más. Él le dijo que se alegraba y que si necesitaba ayuda, allí estaba él.
Aquí estoy. Sentada en mi sofá. Todo está oscuro y tranquilo. Todo menos el cuerpo delgado y menudo de mi hija Sandra, que llora desconsolada a mi lado. Está hecha un ovillo de piernas, brazos todo enredado con su larga melena rubia. Es tan frustrante esta situación.
…Hace tres días que pasó. Hace tres días que me fui. Y todavía nadie sabe donde estoy. Creo que ni siquiera yo misma. Pero será mejor contarlo desde el principio…
Ya llevaba enferma unos años, pero los últimos meses fueron algo caóticos. Mucho hospital, mucha infección oportunista, mucho sufrimiento. Si algo recuerdo muy bien es eso, mucho sufrimiento. Veía las caras de todos y sufría más todavía. Mi marido, mis hijas, mis amigos. Todos estaban pasándolo fatal por mi culpa. Un día, después de mucho tiempo ingresada, llegó el doctor que me acompañó en todo el periplo de mi enfermedad y nos dijo que quería hablar con nosotros un ratito. Es muy ameno, muy campechano como dicen por ahí. Nos contó que todo se había complicado por allí dentro. Mi «bichito» estaba campando a sus anchas por mi cuerpo y ya nada lo podía detener. Solo quedaba esperar. Dado que no sabía el tiempo exacto de espera, nos quería mandar a casa, para que todo fuese más intimo y personal.
Mi marido y yo, tuvimos unos momentos para pensarlo. Bueno, mi marido lo pensó, yo estaba loca por salir del hospital. Estaba muy agobiada allí dentro y necesitaba descansar en casa. Se lo agradecí eternamente al doctor, me despedí de todo el personal y nos marchamos. Los primeros días fueron geniales, hacía tiempo que no estaba en casa. La morfina aplacaba el dolor y un extraño «chute» de energía me poseyó e hizo que tuviera tres días gloriosos en los que pude repartir besos y abrazos, cocinar e incluso recibir a mis amistades en lo que fue, ahora que caigo, mi «última cena».
Al cuarto día amanecí muy mal. Las caras de mis hijas lo decían todo. El abatimiento en sus ojos, era más doloroso que la propia muerte. Cuando cerré los ojos aún pude sentir como apretaban mis manos, en un intento inútil de mantenerme en este mundo. Menos mal, debo decir, que fue una muerte muy dulce. Simplemente me dormí. Creo que ya lo había sufrido todo antes, los meses anteriores fueron agotadores.
Lo primero que sentí fue un crujido extraño, como si un adhesivo interno se fuese despegando y ya me sentí ligera. Sin dolor. Sin peso. Sin cuerpo. En mis creencias, aquellas que me habían metido a base de biblia y castigo en mi infancia, ahora yo debía ver un túnel o algo así…vería la luz, y a mis seres queridos que ya partieron. Pero no veía nada. Cuando quise darme cuenta, lo único que veía era como llevaban mi cuerpo de un lado a otro, hasta llegar a mi velatorio.
De verdad que no quería que los míos pasasen por todo aquello. Tanta tristeza, tanto llanto, mis niñas… eso seguía doliendo. Si ya no podía sentir, ¿por qué me afectaba tanto ver a mis hijas rotas de dolor?, no podía más. Me fui.
Me fui a casa. Y allí esperé.
Pero allí fue más de lo mismo. Llegaron vecinas, familiares que no veía desde hacía un siglo, amigas que dejaron de llamarme cuando supieron de mi enfermedad, algún cobrador sinvergüenza, amigos y amigas de mis hijas, incluso profesores y profesoras de colegio e instituto. Todos lamentándose, llorando. No podía soportarlo. Pero no sabía donde meterme.
Me fui a mi dormitorio, allí no había nadie y podría estar tranquila. Al rato llegó mi marido, traía a una de mis hijas, a Sandra (la misma que llora a mi lado ahora), del brazo. Iba zarandeándola. No me gustaba un pelo aquello. Ella lloraba y gritaba histérica. Después de cerrar la puerta, mi marido se encaminó hacía ella, me puse en medio porque creí que iba a pegarle, pero solamente la sujetó de los hombros para decirle tranquilamente que se relajase. Que no era bueno para ella ponerse así. Que mamá ya estaba descansando….a ver, podemos matizar un poco ese aspecto, por que descansar, lo que se dice descansar…
Anoche fue una noche eterna. Como parece que va a ser esta también. Sandra se encerró en su cuarto esta mañana después de gritar en medio del salón que se negaba a seguir viviendo sin mi. Su hermana, tres años mayor que ella, se sentó delante de su puerta con un álbum de fotos apoyado en las piernas. Entre sollozo y sollozo, le decía cosas como: «Sandra, mira, ¿te acuerdas cuando mamá nos llevó por sorpresa a hacer un picnic al pinar de al lado del cole?¿recuerdas como se reía cuando nos lo dijo y empezamos a gritar de alegría?»….»Mira, Sandra, aquí tengo una de aquel cumple tuyo en el que se les cayó tu tarta y tu llorabas como una loca mientras papá salió corriendo a comprar otra y mamá te hacía soplar la vela en una magdalena, que risas aquel día»….»¿ Y cuando íbamos a la piscina?, ¿recuerdas como se reía cuando nos veía jugar?…
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Fue extraño. Pero me sentí brillante. Me sentí tan querida, tan amada. Me sentí muy bien. Sentí que había cumplido una de mis misiones en esta vida, ellas sabían lo mucho que las quería. Aquella risa de mi hija mayor me daba luz, me daba fuerza. Estaba sentada a su lado, me incorporé y le toqué la cara. Ella paró de hablar y puso su mano en la mejilla que yo había tocado. ¡Lo había notado!. ¿Ahora qué?…. ahora nada. Mi hija dejó caer una lagrima y siguió intentando que su hermana saliese de su dormitorio.
Cuando entré a ver a Sandra encontré un cuadro espantoso. Su ropa sucia se mezclaba con la limpia, las cortinas no dejaban que la luz natural entrase por la ventana, la cama no tenía ni sabanas, ella se tapaba con una manta. Estaba escondida en un rincón de aquella habitación, que ahora si parecía de adolescente pero que normalmente lucía limpia, luminosa y ordenada, para envidia de todas las madres de sus compis. Me acerqué y le toqué el pelo. Pero ella no sintió nada. No podía sentirme. Estaba sumida en su propia oscuridad y tristeza. Demasiado profunda para poder percibirme. De repente escuché que me llamaban. Pensé que sería San Pedro, ya estaría enfadado por mi retraso. Pero no, era mi hija mayor.
Estaba en su dormitorio. Sentada en su cama y llamándome en voz baja. Me senté a su lado. Era cálido estar a su lado. Me gustaba. Me sentía bien. Me debió sentir porque me agradeció que estuviese allí. Lola, en honor a su bisabuela, empezó a hablar «al aire», realmente me hablaba a mi… «mamá, te he sentido antes, ¿eras tú, verdad?, no creo que me haya vuelto loca tan pronto,¿no?»…al mismo tiempo que hablaba, Lola, se iba emocionando. Podía ver ese brillo especial en su cara. «Ojalá seas tú, sería maravilloso poder tenerte, aunque fuera de este modo»… aquello me partía el alma, pero por fin veía y sentía algo de felicidad. Mi hija era feliz por sentir mi presencia fantasmal. Que bonito. Bueno, al menos era un avance. «Sé que si te recuerdo feliz, si recuerdo momentos valiosos y graciosos contigo, te daré luz, te daré energía. Podré hablar contigo un día de estos»…yo estaba absorta… ¿con quién había estado hablando esta niña sin que yo lo supiese?, aunque no estuviera en disposición de quejarme, pero es que…¿no iría a hacer una ouija de esas, verdad? Aquello me inquietó y me enganchó a ella toda la tarde. Estuvimos viendo fotos, rescatando recuerdos. A veces lloraba ella, a veces lloraba yo, a veces las dos. Para mi, fue otro recuerdo más. También encendió algunas velas. La luz de las velas siempre me ha gustado, me gusta el suave bamboleo de su llama.
Cuando salimos para encender una vela en el salón, vimos que Sandra estaba allí sentada. Lola se sentó a su lado y la abrazó silenciosamente. Ella sabía que no era el momento de contarle lo que estaba pasando. Sandra estaba muy mal. Hervía por dentro de ganas de abrazar a mi pequeña, cerraba los ojos y aún podía verla corriendo por el pasillo del cole hacía mi. No tenía aún los 17 años, había crecido muy rápido y los últimos años habían sido muy duros para ella. Estaba muy apegada a mi, Lola era más independiente, Sandra necesitaba siempre de mi aprobación. Creo que hasta para llorar necesitaba mi visto bueno. Cariñosa, pegajosa, charlatana, zalamera, presumida. Ella es una pequeña flor, que ahora anda mustia, pero que abrirá de nuevo sus pétalos. Seguro.
Cuando vió que Lola encendía la vela, le preguntó bruscamente el por qué. Lola le explicó pacientemente que las almas necesitan luz. Y que eso hará que mi paso al otro mundo sea más fácil. Sandra empezó a llorar otra vez. Le dijo que no quería que yo pasase a ningún otro mundo. Que me quería allí.
Lola le dijo lentamente: «Pero es que está aquí, y tú no haces más que llorar, por eso se va a ir»….a lo que Sandra, enfadada, respondió: «Si, tengo yo cuatro años ahora para creerme esos cuentos de chantaje emocional, no te digo». Creí conveniente hacerme notar un poquito. Todo estaba cerrado. No había corrientes. Pasé al lado de la vela y la apagué, acto seguido me senté junto a Sandra.
Ambas miraban la vela con expectación. Pero ambas expectaciones eran distintas. Lola, satisfecha, parecía dar las gracias por el empujoncito. Sandra, incrédula, parecía querer que se la tragase la tierra. Se quedó inmóvil y solo se movió para tocarse el brazo que estaba en contacto conmigo. Sentía frío, claro. Lola le estuvo explicando lo mismo que me había dicho a mi, todo aquello de los recuerdos graciosos, las risas, la luz y energía… y Sandra se sorprendía más por momentos. «¿Se supone que tengo que estar contenta porque mi madre se haya muerto?»
«No, eso sería antinatural. Estás agradecida porque haya dejado de sufrir. Y estas contenta por haber vivido el tiempo que has vivido con ella»…Lola era una experta, y yo no sabía como había llegado a serlo. «Si estás llorando y maldiciendo, ella no podrá estar contigo, porque tu tristeza la apaga, la deja sin energía»…»Pero si su recuerdo te pone contenta y hace que tus días sean mejores, ella te acompañará siempre».
«Voy a hacer la cena, papá está a punto de llegar», dijo Lola y desapareció por el pasillo. Allí nos quedamos solas Sandra y yo, bueno, se quedó sola ella…no sé… Pegó un respingo y me asustó a mi también, se puso de pie y fue a su dormitorio, la esperé, apareció con un paquete de pañuelos de papel y un cuaderno, su diario. Primero se limpió bien las lagrimas y los mocos. Pobrecita mía, que mala cara tenía, siendo tan guapa como era.
Después abrió el cuaderno y empezó a buscar. Tras unos minutos, paró y empezó a leer bajito: «Hoy mamá a venido a recogerme al cole porque me ha pasado algo extraño. Muchas veces me sale la mosqueta, pero hoy he empezado a sangrar por otro sitio. Y eso ha sido raro, aunque Lola ya me había dicho que esto pasaría, son cosas de chicas, dice ella. Mamá ha venido con un pantalón de chándal y unas braguitas limpias y me ha ayudado a cambiarme en el servicio. Me ha preguntado si me dolía algo y le he dicho que no, pero hemos salido del servicio y le ha dicho a la seño María que me llevaba a casa por que estaba dolorida. Al principio de montarme en el coche me ha dado miedo porque creí que me iba a echar una bronca, pero después he visto que ha parado en la heladería de Concha y ha comprado dos cucuruchos con dos bolas de chocolate y se ha sentado conmigo detrás. Mientras nos comíamos el helado me ha contado que a ella nadie le dijo nada, porque antiguamente eso estaba más oculto. Y mi abuela no le dijo nada, y el día que ella manchó por primera vez creía que se estaba muriendo y pasó medio día encerrada y llorando, esperando que viniese la muerte a por ella. Que risas hemos echado. Cuando hemos terminado, mamá y yo hemos recogido a Lola en el instituto y a casa a comer. Me lo paso genial con mamá…»
Al terminar de leer, Sandra levantó su mirada hacía la vela, que permanecía apagada. Tomó el encendedor y prendió la mecha. Yo seguía sentada a su lado. Lo había comprendido, había entendido perfectamente lo que su hermana le había explicado. Esa es mi chica. Pasé mi mano por su pelo…y esta vez si lo notó. La abracé, lo más fuerte que pude. Y ella abrazó su delgado cuerpo como queriendo abrazarme. Sin poder evitarlo, se ha puesto a llorar y se ha ido acurrucando en el sofá. Aquí estamos las dos, llorando, mirando la vela y esperando otra oportunidad para poder sentirnos.
Hace tiempo que quiero hablarte. Hace mucho que quiero contarte cosas que no ves. No las ves simplemente porque no quieres. Desde hace mucho ya no respiras para vivir, lo haces porque es un acto reflejo y tu cuerpo sigue haciéndolo, no por tu voluntad.
Quisiera decirte que la vida es mucho más de lo que tú estás sintiendo. Que la vida regala momentos a los que tú les vuelves la cara, porque piensas que no te los mereces. Casi no recuerdas cuando tu paso por este mundo se volvió tan doloroso, pero seguro que jurarías que fue justo al nacer.
La vida duele, si. Pero algunas más que otras.
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Hay vidas punzantes, sin tregua, sin espacio para coger aire. Sin resuello. Una pelea continua. Estrés, dolor, ansiedad, pena, malos pensamientos, malos actos, enfermedad…
Hay vidas que te llevan, casi sin sentirlo, a la más miserable soledad, aún estando rodeado por miles de personas. Te arrastran a ese estado de la mente en el que no ves nada positivo, nada bueno, nada que pueda llenar ese vacío en tu pecho. Nada.
Esas vidas en las que tu cabeza todo el día está encerrada en una tormenta. Entre rayos y truenos, muchos truenos. Todo el día pensando, todo el día maquinando…pero nada bueno. Críticas. Insultos. Malas palabras. Palabras hirientes. E incluso malas acciones.
Daño. Solo quieres hacer daño. Todo el que la vida te hace a ti. Y así andas. Sol@.
Creyendo que tienes amigos, cuando esas personas te utilizan a su antojo. Pensando que nadie te quiere, para alimentar ese odio que no te deja acercarte a los que te aman de verdad. Llorando y engordando problemas que no deberían serlo, porque no son tuyos. Y haciendo daño a quien jamás te lo haría a ti.
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Pienso en como hacerte salir de esa tormenta. Pero, de repente, me doy cuenta que la tormenta eres tú. Has hecho tan grande tu daño, tu dolor…que ya nadie puede hacer nada por ti.
Seguirás sol@. Hasta que quieras. Hasta que ahuyentes las nubes negras que oscurecen tus pensamientos y sentimientos. Esas mismas que no dejan que quien te quiere de corazón se acerque a tu lluvia, aunque sea para llorar contigo.