
Fue llegando poco a poco. Al principio no llegaba a ser ni brisa. Era como un soplido muy suave que no podía ni permitirse el lujo de levantar una mota de polvo. A tempranas horas, cuando aún nadie paseaba, comenzó a tomar fuerza…y de airecillo pasó a brisa.
Para cuando el mundo empezó a despertar, la arena ya era volandera. Aunque todavía no había llegado a su punto álgido, el aire sabía que ya no tenía límite. En apenas tres horas, la playa parecía cubierta por una fina capa de terciopelo que el viento ondeaba a su antojo, sin mirar en perjuicios ni roturas…eso no era un problema. Ya vendría alguien a arreglar sus destrozos.
Algunos despistados se atrevían a pasear por las calles, ya desiertas ante el peligro de vendaval que acechaba la zona. Todos ellos huyeron al comprobar que aquello no tenía pinta de terminar bien ni pronto. Hasta los más viejos del lugar aseguraron que aquella tormenta dejaría secuelas para muy largo plazo. Los cristales rotos, se cambiarían y reemplazarían. Pero hay cosas irremplazables en la vida.

A media tarde, sonaban las sirenas por toda la ciudad. Las autoridades habían prohibido salir de casa, a no ser que hubiese una causa muy necesaria. El viento azotaba la costa como un gigante con un látigo en sus manos, implacable, no dejaba antena en tejado ni banco anclado al suelo. La arena campaba a sus anchas por toda la ciudad y ya había colonizado las terrazas y balcones, como si fueran pequeñas playas que, una vez llenas de ella, quedaban en calma. Los truenos no tardaron en llegar. No cayó ni una gota de lluvia, pero la tormenta eléctrica hizo temblar ventanas y provocó varios cortes de luz antes del apagón completo.

El silencio reinó entonces. Y la ciudad anduvo fantasma. Latente, porque había vida en su interior, pero rota, desgastada, hundida, muerta por fuera.
Antes de anochecer, el viento fue amainando, hasta que paró por completo. Algunas cabezas asomaron a las ventanas, como sin creérselo aún. Como si hubiesen creído que aquella tormenta duraría para siempre. Nada es para siempre. Algunos aconsejaron tener prudencia, el cambio de mareas provoca estos cambios colaterales…pero no fue así. Todo había pasado.
Calma, silencio. Parecían una bendición para los sentidos, menos para la vista, porque cuando acertabas a ver aquel panorama: roturas de todo tipo, elementos que el viento había arrastrado y dejado en otro punto, sin luz, todo cubierto de arena. La recuperación iba a llevar tiempo y paciencia. Pero seguro que se conseguía, con la ayuda de todos.
En muy poco tiempo, un acontecimiento así había podido devastar todo aquello de un «soplido». Increíble, pero cierto.
Imaginaos por un segundo que la ciudad es una persona. El vendaval es una decepción, un engaño, un amor roto, una pérdida irreversible. La arena podría ser la pena, adentrándose y acomodándose en cada uno de los poros de todos los tejidos del cuerpo, doliendo hasta al respirar. Los truenos, evidentemente, es la rabia que se siente al no poder hacer nada, esa misma que te lleva a luchar hasta que te hayas en la oscuridad de la tragedia. El silencio, siempre llega, la reflexión, el momento de pensar y convencerte de que saldrás y seguirás con aquello a las espaldas.

Todos somos en algún momento una isla frente a un inmenso mar dispuesto a devorarnos a fuerza de olas, fruto de una tormenta en la que el viento nos parte en dos y nos deja irreconocibles, pedacitos de nosotros mismos por culpa de un rayo que nos partió y aún no sabemos como recomponer.
Espero que os haya gustado. A los que seguís por aquí, gracias. Vuelvo después de más de un año. Y espero haber unido mis trocitos con más fuerza esta vez. ¡¡Buen día, buen finde!!




