Vendaval.

Imagen de Nicolaus Wagner

Fue llegando poco a poco. Al principio no llegaba a ser ni brisa. Era como un soplido muy suave que no podía ni permitirse el lujo de levantar una mota de polvo. A tempranas horas, cuando aún nadie paseaba, comenzó a tomar fuerza…y de airecillo pasó a brisa.

Para cuando el mundo empezó a despertar, la arena ya era volandera. Aunque todavía no había llegado a su punto álgido, el aire sabía que ya no tenía límite. En apenas tres horas, la playa parecía cubierta por una fina capa de terciopelo que el viento ondeaba a su antojo, sin mirar en perjuicios ni roturas…eso no era un problema. Ya vendría alguien a arreglar sus destrozos.

Algunos despistados se atrevían a pasear por las calles, ya desiertas ante el peligro de vendaval que acechaba la zona. Todos ellos huyeron al comprobar que aquello no tenía pinta de terminar bien ni pronto. Hasta los más viejos del lugar aseguraron que aquella tormenta dejaría secuelas para muy largo plazo. Los cristales rotos, se cambiarían y reemplazarían. Pero hay cosas irremplazables en la vida.

A media tarde, sonaban las sirenas por toda la ciudad. Las autoridades habían prohibido salir de casa, a no ser que hubiese una causa muy necesaria. El viento azotaba la costa como un gigante con un látigo en sus manos, implacable, no dejaba antena en tejado ni banco anclado al suelo. La arena campaba a sus anchas por toda la ciudad y ya había colonizado las terrazas y balcones, como si fueran pequeñas playas que, una vez llenas de ella, quedaban en calma. Los truenos no tardaron en llegar. No cayó ni una gota de lluvia, pero la tormenta eléctrica hizo temblar ventanas y provocó varios cortes de luz antes del apagón completo.

Precioso fondo de pantalla…

El silencio reinó entonces. Y la ciudad anduvo fantasma. Latente, porque había vida en su interior, pero rota, desgastada, hundida, muerta por fuera.

Antes de anochecer, el viento fue amainando, hasta que paró por completo. Algunas cabezas asomaron a las ventanas, como sin creérselo aún. Como si hubiesen creído que aquella tormenta duraría para siempre. Nada es para siempre. Algunos aconsejaron tener prudencia, el cambio de mareas provoca estos cambios colaterales…pero no fue así. Todo había pasado.

Calma, silencio. Parecían una bendición para los sentidos, menos para la vista, porque cuando acertabas a ver aquel panorama: roturas de todo tipo, elementos que el viento había arrastrado y dejado en otro punto, sin luz, todo cubierto de arena. La recuperación iba a llevar tiempo y paciencia. Pero seguro que se conseguía, con la ayuda de todos.

En muy poco tiempo, un acontecimiento así había podido devastar todo aquello de un «soplido». Increíble, pero cierto.

Imaginaos por un segundo que la ciudad es una persona. El vendaval es una decepción, un engaño, un amor roto, una pérdida irreversible. La arena podría ser la pena, adentrándose y acomodándose en cada uno de los poros de todos los tejidos del cuerpo, doliendo hasta al respirar. Los truenos, evidentemente, es la rabia que se siente al no poder hacer nada, esa misma que te lleva a luchar hasta que te hayas en la oscuridad de la tragedia. El silencio, siempre llega, la reflexión, el momento de pensar y convencerte de que saldrás y seguirás con aquello a las espaldas.

Girl’s Silhouette In Sunset With Her Long Hair Blowing In The Wind by Miquel Llonch

Todos somos en algún momento una isla frente a un inmenso mar dispuesto a devorarnos a fuerza de olas, fruto de una tormenta en la que el viento nos parte en dos y nos deja irreconocibles, pedacitos de nosotros mismos por culpa de un rayo que nos partió y aún no sabemos como recomponer.

Espero que os haya gustado. A los que seguís por aquí, gracias. Vuelvo después de más de un año. Y espero haber unido mis trocitos con más fuerza esta vez. ¡¡Buen día, buen finde!!

Faro Isla de Mouro, espectáculo natural by Julio Herrera

Sol@.

Hace tiempo que quiero hablarte. Hace mucho que quiero contarte cosas que no ves. No las ves simplemente porque no quieres. Desde hace mucho ya no respiras para vivir, lo haces porque es un acto reflejo y tu cuerpo sigue haciéndolo, no por tu voluntad.

Quisiera decirte que la vida es mucho más de lo que tú estás sintiendo. Que la vida regala momentos a los que tú les vuelves la cara, porque piensas que no te los mereces. Casi no recuerdas cuando tu paso por este mundo se volvió tan doloroso, pero seguro que jurarías que fue justo al nacer.

La vida duele, si. Pero algunas más que otras.

G4889166 en Pixabay

Hay vidas punzantes, sin tregua, sin espacio para coger aire. Sin resuello. Una pelea continua. Estrés, dolor, ansiedad, pena, malos pensamientos, malos actos, enfermedad…

Hay vidas que te llevan, casi sin sentirlo, a la más miserable soledad, aún estando rodeado por miles de personas. Te arrastran a ese estado de la mente en el que no ves nada positivo, nada bueno, nada que pueda llenar ese vacío en tu pecho. Nada.

Esas vidas en las que tu cabeza todo el día está encerrada en una tormenta. Entre rayos y truenos, muchos truenos. Todo el día pensando, todo el día maquinando…pero nada bueno. Críticas. Insultos. Malas palabras. Palabras hirientes. E incluso malas acciones.

Daño. Solo quieres hacer daño. Todo el que la vida te hace a ti. Y así andas. Sol@.

Creyendo que tienes amigos, cuando esas personas te utilizan a su antojo. Pensando que nadie te quiere, para alimentar ese odio que no te deja acercarte a los que te aman de verdad. Llorando y engordando problemas que no deberían serlo, porque no son tuyos. Y haciendo daño a quien jamás te lo haría a ti.

Josh Clifford en Pixabay

Pienso en como hacerte salir de esa tormenta. Pero, de repente, me doy cuenta que la tormenta eres tú. Has hecho tan grande tu daño, tu dolor…que ya nadie puede hacer nada por ti.

Seguirás sol@. Hasta que quieras. Hasta que ahuyentes las nubes negras que oscurecen tus pensamientos y sentimientos. Esas mismas que no dejan que quien te quiere de corazón se acerque a tu lluvia, aunque sea para llorar contigo.