La suerte (2)…

Tres meses más tarde, Maya, apareció como si nada hubiera pasado. Volvió siendo la misma muchacha sonriente y luminosa que Fede recordaba del instituto, aunque ambos ya pasaban de los 25 años. No sabía muy bien cuando había vuelto, pero una tarde de verano sonó el teléfono y la voz de Maya hizo que saliese el sol de nuevo en la vida de Fede. Ambos compartieron el verano como si nunca lo hubieran hecho. Salieron, entraron, cenaron, comieron, disfrutaron…pero siempre desde el respeto mutuo, sin besos, alcohol, drogas ni sexo.

Jamás hubo reproches, ni recuerdos de aquella época oscura. Se dedicaban a disfrutar sin compromiso. Hasta que un día Maya le preguntó a Fede si podía dormir con él.

Fede sabía perfectamente lo que iba a pasar. Y pasó. Tuvieron una de las mejores noches de sexo de toda su relación. Y les gustó tanto a los dos que decidieron que debía seguir pasando.

Se convirtió en una costumbre que Maya saliese con él, algunos días si, otros no….pero a la hora de dormir, ella llegaba y , como una pantera, sigilosa se colaba en su cama y ambos disfrutaban hasta que ella decía que se iba. O no. O se quedaba.

Todas las costumbres van cambiando con el paso de los días, los meses…y esta también, como no. Maya empezó a controlar los movimientos de Fede. Empezó a querer estar presente en todos los momentos de su vida. Fede hacía mucho que no estaba enamorado. Había sufrido mucho por Maya. Y nadie, ni siquiera ella, se lo había agradecido. Ahora solo quería sentirla cada noche, sentir su deseo, su piel ardiente que parecía estar hecha a medida para él, no pedía nada más a cambio. Cuando ella empezó a querer dejarle entrever que estaba en su vida «a tiempo completo» de nuevo, él ya no tenía tiempo para aquello.

Mensajes a todas horas, llamadas inadecuadas en horas de trabajo, video llamadas para comprobar donde estaba… Fede bromeaba al principio, después dejó de contestar. Y Maya empezó a montar broncas. Fede empezó a evitarla, sacrificando incluso el sexo con ella. Maya intentó establecerse en su casa, pero Fede no cedió. Maya puso distancia. Fede pudo respirar.

Maya era como una serpiente…escurridiza, tóxica, aparecía y desaparecía…Fede sabía que estaría así cada día si no hacía algo al respecto. Pero tampoco podía «abandonarla».

Ayoub Wardin en Pixabay

No sabría decir muy bien cuando volvió Maya a su cama, pero aquella noche el que había bebido era él. A los dos días otra vez…y el sábado de nuevo.

Hoy era martes, laborable, y anoche Maya volvió a su cama. Lo extraño es que no estuviese, como cada mañana, preparando el desayuno y llamándole desde la cocina. Estuvo pensando toda la mañana en ella. Aunque quería convencerse, como si fuese verdad, de que no le importaba lo que hiciese Maya con su vida, realmente temía por ella. Ya no bebía ni se drogaba, pero temía que se fuese de nuevo, o que alguien le hiciese daño. No sabía de donde le venía aquel temor, pero no podía evitarlo. Cuando pensaba en todos los años que habían pasado desde aquella excursión en la que pudo compartir con Maya sus miedos y frustraciones, no podía dejar de pensar en todo lo que habían sentido el uno por el otro.

Tras dos semanas sin saber nada de Maya, llamó a su casa, a la misma casa familiar en la que mil veces habían reído y llorado, en la que habían compartido confidencias y peleas. Contestó al teléfono su hermano, Fede preguntó como estaban todos y si sabía donde estaba Maya. La respuesta dejó a Fede helado. «Maya ya no vive aquí, Fede, me extraña mucho que no te haya dicho que lleva unos diez meses viviendo con su prometido. Han querido vivir juntos antes de casarse. Ya tienen fecha de boda para el año que viene»

Después de aquel jarro de agua fría, esperó a que Maya le llamase o le mandase algún mensaje. Pero estaba de nuevo esperando lo imposible.

Algo le ardía en el pecho. La rabia le hacía llorar por las noches, en la oscuridad de su salón, iluminado solamente por la pantalla de su televisión encendida para nadie. Su móvil solo estaba encendido en horas de trabajo, y no sonaba para otra cosa que no fuesen asuntos laborales. Su monótona vida había pasado a ser gris. Los días pasaban como si fuesen una tira cómica, siempre igual, pero sin gracia. De casa al trabajo, del trabajo a casa. Incluso pensó en irse de copas cada noche, pero no tenía ganas ni fuerza de emborracharse y seguir viviendo aquello en lo que se había convertido su vida.

PublicDomainPictures en Pixabay

No entendía como había podido transcurrir así su vida. Por qué su vida había sido una historia sin final feliz, girando alrededor de alguien con la que se había sentido incluso mal por haber jugado con sus sentimientos, pero la cual había jugado con él sin compasión.

Quiso morir. Hubo una mañana en la que despertó agotado, no había dormido por la noche. Le quemaban las mejillas de tanto llorar y el pecho por la ansiedad. Esa maldita ansiedad que le acompañaba últimamente a todas horas. Ni siquiera las pastillas que le había recetado su doctor le hacían efecto. No podía dormir. Los compañeros del trabajo le decían que tenía mala cara, ojeras, incluso que había adelgazado. Él no se veía, no conocía a aquel que se asomaba al espejo cada mañana. Había entrado en un bucle que le estaba costando la salud. No dormía. Trabajaba. No comía bien. Y vuelta a empezar.

Ese día se dijo así mismo que no podía seguir así. Y volvió a casa de Maya. No podía siquiera pronunciar su nombre sin derramar lagrimas. Espero a la hora del desayuno en el trabajo y se acercó a su calle. Había cierta agitación. Cuando fue a salir de su coche, escuchó que se abría la puerta de la casa y empezaba a salir gente. No. Aquello no era posible. ¿Hoy? ¿Tenía que ser hoy?¿Por qué todas las casualidades con Maya eran igual de decisivas?. La vio salir vestida de novia, de blanco impoluto, aunque ella ya no fuese pura y limpia. Aunque la simbología no significase nada en aquel caso. La miró desde lejos y pudo ver la belleza que había en ella, esa que nunca había sido importante para él. Su pelo negro, sus ojos brillantes y rasgados, expresivos siempre. Su cintura marcada por aquel corpiño de encaje. Aquella piel que él solo recordaba ardiente, lucía radiante y morena, hermosa. Y sobre todo, su risa, aquella risa que, en ocasiones le parecía escandalosa, aquella que le despertaba a veces y que ahora se le había tornado imprescindible en su cabeza, por su ausencia.

Se dio la vuelta por temor a que ella le viera. Se subió al coche y condujo sin pensar en volver a su puesto de trabajo. Se refugió en una apartada colina, a unos kilómetros de casa. Allí buscó un «escondite» donde nadie le escuchase gritar y llorar…quería gritarle a la vida por qué había sido todo así. Pero ahora si sabía por qué. Todo este tiempo había estado buscando a Maya, dándole espacio en su casa, en su vida, en su corazón…porque era todo para él. Porque la amaba por encima de todo y todos. Porque la necesitaba en su vida. Porque necesitaba cuidarla, preocuparse por ella y cada paso que daba en su vida. Porque quería que no fuese «su vida», sino «nuestra vida». Porque aquel primer mes de sus vidas en común no debería haber cesado por su tontería…Porque no había sabido apreciar la suerte que había tenido contando con Maya en su existencia. Una vez un amigo le dijo que la suerte era un invento de alguien que se había cansado de luchar. Exacto. La suerte…

photosforyou en Pixabay

La suerte…

Aquella mañana, Fede, se dio la vuelta en su cama temiendo encontrar a Maya de nuevo entre sus sábanas. Siempre se decía que iba a ser la última vez, pero llega el finde, las copas, las fotos, la locura y ella termina «llevándoselo a su terreno», aunque, curiosamente, su terreno sea la cama en casa de Fede.

Pero no estaba, hoy Maya, para romper la norma, no se había quedado a despertar a Fede con un café y sexo matutino. No sabía si echarla de menos, porque era verdaderamente buena en la cama. Prefirió no pensarlo mucho más, se levantó, se duchó y se puso a desayunar, pensando que, en breve, Maya estaría llamando o enviando mensajitos con emojis, de esos que le gustan tanto a ella.

Maya y Fede se conocieron en el instituto. Ella acababa de aterrizar en España, procedente de México. Se encontraba sola, las chicas la miraban recelosas, los chicos la miraban raro. Cuando hablaba en clase, todos (o casi todos) se reían. Era diferente, por eso, su prioridad era pasar desapercibida. En la clase de al lado estaba Fede. El jugaba en otro nivel. Era el líder de los chicos, se hacía todo lo que él quería, cuando él decía y como él decía.

Ulrike Mai en Pixabay

Por esa razón, el día que a Maya le tocó hacer una exposición en el salón de actos, frente a todo el alumnado y profesorado, con motivo del Día del Planeta y, habiendo empezado a hablar, todos empezaron a reírse…Maya creyó que el mundo se derrumbaba a sus píes sin remedio alguno. Los profesores siseaban, mandando a callar a todos aquellos que se burlaban de ella. Maya seguía en el escenario, con la cabeza gacha y sin querer seguir leyendo su discurso acerca de la destrucción provocada por el hombre en el bosque amazónico. Entonces, más bien con todo su afán de protagonismo que en papel de salvador, Fede se puso de pie y le gritó e increpó a sus compañeros y compañeras. Les dijo que parasen ya las burlas contra Maya, «La chica lo está pasando fatal, ¿no la veis?…¿Cómo os sentiríais allí arriba ahora mismo?»

Siguió con su defensa al ver que todos y todas se callaban…pero no sintió la mirada de Maya. Ella ni siquiera lo había visto en aquellos cuatro meses de infierno que llevaba vividos entre las paredes de aquel instituto. Ni siquiera había caído en aquel chico larguirucho y desgarbado que ahora la defendía como si fuese su hermano. Ni siquiera sabía como se llamaba.

«¡Fede!».- dijo la profesora de Educación física- siéntate ya, nos ha quedado claro tu mensaje. Gracias por defender a tu compañera Maya.

Ahora si sabía como se llamaba. Tenía que buscarlo para agradecerle su gesto. Pero no fue fácil llegar hasta él. Después de la fiesta del Día del Planeta, en la que Maya se dedicó a mirar cada acción de Fede desde un rincón del patio, no se atrevió a acercarse. Al cabo de dos días quiso hacerlo, al cruzarse en el cambio de clases con él. Pero le pareció que no procedía, ya habían pasado dos días de lo que pasó…Así fueron pasando los días…Hasta que otra casualidad les unió.

Un sorteo decidió que Maya y Fede compartieran asientos en el bus de la excursión a un yacimiento arqueológico de la zona. En la primera media hora de viaje, Fede se dedicó a mirar la pantalla de su móvil como si no hubiera otra cosa en el universo. Maya, que le había sonreído al subir al bus y no obtuvo respuesta alguna, se dedicó a mirar por la ventanilla y disfrutar del paisaje, ya que al otro lado se encontraba el gran fracaso del año: un chico que la había defendido y ni siquiera se acordaba de ella…

Todo cambió cuando se acercó Amelia, la profe de Educación física, y le recordó a Fede su gesto con Maya…Entonces Fede se quedó mirando a Maya y dijo alucinado: «¿y nos ha tocado juntos en la excursión?, esto no es casualidad, Amelia», sonriendo le preguntó a Maya como le había ido en el centro a partir de aquel día. Maya le contó triste que todo había seguido igual. Que pudo hacer su exposición tranquilamente, pero que todo había vuelto a la misma tónica al día siguiente. Él se lamentó y se disculpó. Maya le dijo que no era culpa suya, evidentemente. Pero él le dio una razón más que suficiente: «Si fue mi culpa, debería haber estado a tu lado, no habría vuelto a pasar».

Aquello solo fue el principio. Fede insistió en esperarla cada día en la puerta del instituto, vigilar en el recreo y hasta consiguió su teléfono para llamarla al final de cada día, para saber como había ido la jornada.

Realmente, Fede no estaba enamorado. Al menos al principio. Maya supo que quería a Fede a su lado siempre prácticamente al mes de empezar esta rutina de vigilancia. Pero nunca se lo dijo.

En los tres años que compartieron instituto, Fede se convirtió en su mejor amigo. Porque la rutina de vigilancia se fue ampliando, la confianza fue abarcando más terreno y el cariño fue haciendo presencia. Primero fueron los besos, inocentes en la mejilla, de despedida y bienvenida. Acompañados siempre de un abrazo, claro. Hasta que un día, Fede decidió darle un besito en los labios.

Jupi Lu en PIxabay

Maya se encerró en su casa durante una semana. Estaba segura que Fede se estaba riendo de ella y le dolía en el alma, después de tantos años…a los seis días, Fede llamó a su puerta. Al abrir, se asustó. Era la última persona a la que esperaba ver. El se sentó en su cama, entre pañuelos de papel y libros, y tuvieron una esclarecedora conversación en la que Fede le dijo que había empezado a sentir algo por ella. Le pidió un mes. Un mes como novios. Un mes en el que saber si ella era imprescindible en su vida. Evidentemente, Maya, se lo concedió.

Fue el mes más feliz para Maya. Su sueño se iba haciendo realidad cada día. Besaba, abrazaba, acariciaba, deseaba, peleaba y poseía al chico de sus sueños. Fue el mejor mes de su vida. El último día del mes, Fede organizo una cena. Maya rezaba porque aquel mes solo hubiese sido el primero de muchos. Pero no fue así. Fede le dijo que necesitaba conocer más gente. Necesitaba saber si le gustaban otras chicas u otros chicos.

Maya se quedó tan rota que desapareció. Se fue. Ni siquiera Fede pudo averiguar donde estaba. En su casa no, desde luego.

Fueron días raros para Fede. No sabía si realmente la necesitaba o echaba de menos a su amiga. O ambas cosas. Pero se despertó muchas noches llorando, después de haber soñado con Maya.

Pasaron seis meses. Maya apareció por el barrio y a Fede le llegó la noticia por un amigo, que le dijo que había visto a Maya bajarse de un coche delante de su casa. Decidió ir esa misma tarde.

Maya le abrió la puerta. Era otra. A simple vista, su pelo había cambiado, había perdido peso y su ropa era distinta. Sin miedo, le preguntó que quería. Con descaro. Fede se vio abrumado. Le preguntó si podían tomarse un refresco y hablar. Ella le dijo que tenía cosas que hacer. Y que ya le llamaría.

Alfredo Rivera en Pixabay

Estuvo días esperando la llamada de Maya. Pero nunca llegó. Estaba muy claro que no le iba a llamar. Le envió mensajes, muchos, que ella veía y no contestaba. La rabia y la curiosidad se lo comían por dentro. Fue a llamar a su puerta de nuevo. Esta vez la pilló en pijama. Era tarde. Ahora no tendría excusa. La invitó a salir a cenar. Maya le puso una excusa estúpida y él la rebatió entre risas. Maya no tuvo más remedio que ceder. Le hizo esperar 45 minutos, en los que ella se duchó y acicaló para salir como una diva de su casa.

Fede la llevó a un restaurante del barrio, propiedad del padre de un amigo, allí se sentaron en un rinconcito íntimo. Él decidió ir «al grano»: «¿Dónde has estado, Maya?, te llamé, te mandé mensajes…pero no estabas en ningún sitio» …Maya sonrió. La ironía brilló en su rostro. Le explicó tranquilamente que se fue porque sabía que nadie la necesitaba aquí. Se fue a su país, a estudiar, aunque no había podido terminar, porque su madre había enfermado y por eso había vuelto.

«¿Solo por eso?».- preguntó Fede.

«Si, Fede, solo por eso. Si hubiese vuelto por ti, habría ido a verte en cuanto puse el pie en España. Pero ya no, ya no puedo sentir nada por ti.»

La cena fue solo un mero trámite que ambos aligeraron para terminar cuanto antes. Después pasaron otros cuantos meses hasta verse de nuevo. Fue en el entierro de la madre de Maya. Fede, como amigo, comprendió que debía estar con Maya. Fue recibido igual de bien que siempre por la familia de esta, algo más fría estuvo Maya, pero aceptó su presencia.

Aquella noche de velatorio fue eterna. Maya se acercó a él a eso de las cuatro. Solo le dijo: «¿Me acompañas?». Él le acompañó, claro. Sabía que debía estar en los bajos momentos en los que Maya quisiera llorar en su hombro, pero no sabía que Maya querría llorar en la barra de un bar delante de un vaso cargado de vodka o que quisiera llorar mientras hacían el amor de nuevo. Aquello fue un choque tremendo para él. Al día siguiente tenían entierro y no sabía como mirar a su amiga. Pero ella estaba muy tranquila, claro. Tan normal, vaya.

El entierro transcurrió con total normalidad, sin ningún sobresalto. Fede se fue a casa después de despedirse de la familia de Maya. Y dejó pasar el tiempo.

Maya vivía dos calles más allá. Cuando salía de su casa, pasaba delante de la casa de Fede. Él la veía salir cada noche. Una noche decidió seguirla, no sospechaba nada malo de su amiga (bueno, no sabía ya que era),pero temía que esta no estuviese llevando bien el duelo. Efectivamente, la vio entrar en aquel bar al que lo llevó la noche del velatorio. Sentarse en la barra y pedir un trago. Cuando él entró, ella ya llevaba algo más de tres vasos. Y no se dio cuenta de que Fede se sentó a su lado. Cuando se percató, dio un bote en el taburete. Creyó que estaba viendo un fantasma o algo así y empezó a reírse después del susto. Fede también se rio. La tomó en brazos, la llevó a su casa, a la de Fede, y la metió en su cama. Después, él se acostó en el sofá. Por la mañana, Maya se despertó eufórica, se lanzó encima de Fede, aún acostado en el sofá, lo besó y se fue corriendo.

Rondell Melling en Pixabay

Esa fue la dinámica que se estableció entre ellos en los siguientes meses. Recordaba un tanto a aquella que les unió en el instituto, pero ahora era más grave y peligrosa. Maya se metía en peleas. Bebía. Bebía muchísimo. Incluso llegó a drogarse cuando tuvo ocasión. Siempre terminaba en su casa. A veces hacían el amor. A veces Maya lloraba. A veces solo dormía, después de vomitar toda la porquería que había consumido.

Una noche, Maya llamó a Fede por teléfono. Le dijo que todo había terminado. Que no iba a salir más, no iba a beber ni consumir más. Él le dijo que se alegraba y que si necesitaba ayuda, allí estaba él.

No volvió a verla hasta tres meses más tarde.