Lana(10)

La voz sonó tan cercana que por un momento creyó escucharla en la misma estancia donde ella estaba. Dio un respingo y buscó de donde procedía la pregunta. Sentía que su cara se había puesto roja, el rubor se siente cuando sube, porque quema tu piel. Cuando fue a ponerse de pie…

-Tranquila, he sido yo.-dijo la misma voz.-aquí en la ventana.-esta vez, elevó el tono.

Lana miró entonces hacía el ventanal de su salón. Entonces se percató de la presencia de su vecino, en el edificio de enfrente. Un hombre de unos 30 años, moreno, pelo corto. Su piel era blanca, de un color pálido. Era alto y delgado. Y tenía una mirada…una mirada profunda y oscura.

Lana observó y analizó la situación. Utilizó la misma mirada crítica que utilizaba en su trabajo. Aquel vecino estaba haciendo lo mismo que ella hacía cada noche con la madre de aquellos cuatro chiquillos o con la pareja que esperaban a su bebé en breve. Solo que él había dado ese paso que ella nunca se atrevió a dar. En su cara no veía ninguna maldad. Al menos para tener la edad que parecía tener.

-Eran mis padres, hacía casi un mes que no los veía.-dijo Lana acercándose tímidamente a la ventana.

Se sintió super extraña. Nerviosa incluso. Hablar con alguien del “mundo exterior”, tener la posibilidad de entablar una conversación con alguien nuevo. Todo aquello era extraño y nuevo.

-Yo tengo a los míos muy lejos.- dijo el vecino bajando la cabeza.

Lana pudo observar entonces que los dos se sentían igual de solos. Pero recordó haber visto esa misma mañana a gente andando por su piso, vio varias personas.

-Perdona la intromisión, esta mañana había varias personas en tu casa. No sé si lo…

-Si, han venido a hacerme el test.-dijo antes de que Lana pudiese terminar de explicar lo que vio.-llevo un par de días algo congestionado, mi jefe me dijo que me quedase en casa y que iban a venir a hacerme la prueba. Estoy limpio por ahora. Pero es cuestión de tiempo.-dijo entonces con un tono de rabia, negando con la cabeza.

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-No digas eso, hombre. Hay que ser optimista. No creo que todos vayamos a pillarlo.- dijo Lana, quitando hierro al asunto.

-Bueno, todos, no sé, los sanitarios…seguramente todos.

-Ahhh,¿eres sanitario?.-preguntó sorprendida ella

-Si, trabajo en una clínica privada. En la del Dr. Costa. Está a pocos minutos de aquí.-dijo empezando a gesticular, indicando con las manos la dirección a seguir.-¿Más o menos te ubicas?

Lana hacía unos segundos que había empezado a ver solo sus gestos. Le llamaban mucho la atención sus manos…

-Ey!

-Perdón, si, si sé donde está..-dijo Lana, volviendo a la realidad.- Creo que es una de las clínicas privadas asociadas al seguro de mi empresa. Me suena mucho el nombre.

-Seguramente, trabajamos con muchas aseguradoras. Pasa muchísima gente por allí. Por eso te digo que, seguramente, todos caeremos.

-Perdona si no te puedo contestar a muchas cosas, pero veo la tele y las noticias solo lo imprescindible. Es lo mejor para mi salud mental. Intento entretenerme en otras cosas, incluso he dejado de entrar tanto como antes en las redes sociales.

-Es lo mejor que has hecho, está el mundo muy loco por la red.-dijo él entre risas.-según dicen, ha subido la adicción a las apuestas online desde que ha empezado todo esto. Imagina como va todo.

Lana se dio cuenta entonces de todo lo que se estaba perdiendo. Pero no se arrepintió para nada, sus hermanos le iban contando algunas cosas, y ella alucinaba igualmente que con ese dato que le había dado el vecino, pero seguía sin conectarse por completo al mundo online, le daba bastante miedo en aquellos momentos.

Miró el reloj y se dio cuenta de que era casi la hora de almorzar. No quería despedirse del vecino, pero sabía que, por suerte o por desgracia, lo volvería a encontrar en cualquier momento.

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-Oye, ¿hacemos una cosa?.-se atrevió a decir, después de pensarlo un rato.-porque me voy a almorzar ya y esta conversación me está gustando mucho…¿podemos vernos más tarde o vas a salir?-dijo Lana, riéndose al terminar la frase

-Bueno, había pensado salir esta noche, ya sabes, picotear algo y después a la discoteca.- sonrió el vecino.-perfecto, nos vemos por aquí….¿tu nombre?…

-Uy, verdad, no nos hemos presentado siquiera.-se ruborizo de nuevo Lana.- mi nombre es Lana, y ¿el tuyo?

-Que bonito nombre, Lana.-la miró intensamente.- mi nombre es Abraham.

-Perfecto, Abraham, por aquí nos vemos

Después de almorzar, Lana pensó en echarse un ratito en la cama. La excitación de la mañana la había trastocado y estaba algo cansada. Se preparó una infusión y se dirigió a su habitación. Cuando se dispuso a correr las cortinas, para gozar de un ambiente más oscuro para descansar, se fijó en el balcón de Abraham. Verdaderamente, el edificio de enfrente, era un edificio de lujo. Ahora que lo pensaba, este chico debía tener unos padres muy generosos y bastante adinerados que le ayudarían con su alquiler, porque seguro que aquel apartamento, en ese sitio y en las condiciones que lo tenía (lo poco que había podido observar Lana), costaría un dineral.

La música relajante, la infusión y el cansancio de la mañana hicieron que Lana durmiese una siesta como las de antaño, sin miedos ni preocupaciones. Cuando la alarma de su móvil la despertó pensó, ese día más que nunca, que había sido muy buena idea poner la alarma…porque habría dormido tres días igual de bien que esa horita, que se le hizo bien corta.

Tuvo que ducharse para espabilarse un poco, porque no terminaba de aclarar sus ideas. El cansancio mental hacía mella en Lana y, de vez en cuando, se le notaba claramente. Tras la ducha, pasó por el salón y, disimuladamente, miró hacia la ventana…tampoco quería que nadie notase que estaba deseando hablar de nuevo con su recién conocido vecino. Pero las cortinas del apartamento de Abraham permanecían cerradas a cal y canto.

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Y así permanecieron el resto del día.

A las siete y media sonó el teléfono, como de costumbre, con una “Videollamada del grupo Familia” en la pantalla.

Lana no sabía si contar o no aquella novedad en su vida. Tampoco sabía si considerarla novedad, o siquiera considerarla. Solo había sido un rato de charla, por el momento solo se quedaría en eso.

Por tanto, decidió no decir nada en el grupo. Manu estaba charlatán e hizo reír a todos con sus ocurrencias, así que la videollamada fue bastante corta, en comparación con otros días, ya que Nana no quería que Manu molestase a sus tíos.

Todos estuvieron compartiendo impresiones de sus padres, ya que Sebas había tenido el detalle de llamarlos a todos en el ratito que estuvo en la casa familiar, y todos pudieron verlos. Coincidieron en que se les veía afectados, que este encierro no les estaba viniendo bien…pero también coincidieron en que seguro que a nadie le estaba viniendo bien.

Lana, normalmente, atendía las videollamadas desde el móvil, y tenía la costumbre de ir andando mientras hablaba…en uno de esos paseos, y de soslayo, miró a la ventana de Abraham y se sorprendió al verlo allí, como esperando.

Sus hermanos terminaron pronto, Manu no dejaba hablar a nadie, tras despedirse de ellos, Lana se asomó a su ventana y preguntó:

-Buenas noches, ¿llevas mucho esperando?.- bromeó.

-Buenas noches, creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.

La frase impactó, ambos lo sabían, pero, para quitarle hierro…Abraham empezó a reír. Él no sabía el efecto que habría producido en Lana, a lo mejor le sentó mal…o muy bien….

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-¿Que tal tú tarde,Lana?.-retomó la conversación él.

-Bastante aburrida, decidí echarme la siesta, con eso te lo digo todo.-resumió Lana.

-Vaya, ¿No te gusta el cine?¿No ves series ni nada de eso?.-preguntó extrañado Abraham

-De vez en cuando veo alguna peli, pero no todos los días, porque voy a terminar asqueando la tele.

-No es para menos, Lana.-asintió con la cabeza él.- vamos a tener tiempo para muchas pelis

-¿Tú crees que pasaremos mucho más tiempo encerrados?

-Creo que si, no pinta muy bien la cosa.-dijo apesadumbrado.-en toda Europa, eh, no solo en España…

-Pues,vaya, tela…me iba a mi pueblo este mes,¿sabes?.-bajó la cabeza Lana, recordando sus proyectos, su sueño ahora hecho añicos…

-Bueno, piensa en lo más importante…tu vida. Siempre que estés viva, podrás volver a tu pueblo. ¿Es muy bonito o qué?.-curioseó él

Aquella pregunta hizo viajar a Lana. Al mismo tiempo que describía cada rincón precioso de su pueblo, podía sentir el viento azotándole en la cara, el olor del mar en las mañanas frescas de otoño, el miedo que pasaba cuando la luz de los relámpagos iluminaba su dormitorio entero…y ella se despertaba y no podía volver a dormir, y pasaba la noche oyendo las olas romper con aquel poder que admiraba y temía a partes iguales. Pudo sentir los adoquines mojados bajos sus pies, en las tardes cuando volvía de casa de alguna amiga, con la que había estado haciendo los deberes del cole…o el perfume de aquellas flores que crecían en el parque frente al ambulatorio. Era embriagador.

-Realmente…mereces volver y disfrutar de tu pueblo el resto de tu vida..-le dijo sorprendido Abraham.-no te ves la cara cuando hablas de tu pueblo, chica…cambia tu expresión y se te ilumina…todo!

-Es que me encanta.-confesó Lana.-me he llevado casi tres años peleando y negociando con mi jefe para que me cambie mi contrato y lo ponga al 100% teletrabajo…y ahora que lo había conseguido, pasa esto.

Al igual que minutos antes, Lana había brillado de pura ilusión hablando de la belleza de su pueblo, ahora todo eso se convirtió en oscuridad y tristeza. Se volvió opaca y estuvo a punto de cerrar la ventana.

-No es por pecar de optimista….ey!…mirame!.-elevó el tono él, para llamar la atención de Lana.- pero, no has podido irte, ya podrás…pero, el destino es el destino. Y aquí estamos. Nos hemos conocido en estas circunstancias. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo ahí enfrente?

Lana echó cuentas rapidamente…

-Unos ocho años, más o menos, ¿por qué?

-Porque yo llevo diez años viviendo y trabajando aquí, y jamás te había visto..-ambos se sorprendieron.-pero, te digo más, es que jamás había abierto este balcón para asomarme. Lo tuve que limpiar cuando empezó el confinamiento, y ahora he puesto aquí hasta una mesa y una silla, para poder desayunar aquí tranquilamente. Si alguna vez quieres acompañarme, desayuno a eso de las ocho cada día.- terminó con un gesto cordial de invitación, parodiando una reverencia.

-Pues,mira, no es mala idea. .-pensó Lana.- al menos podría compartir mis malos modos de “recién despierta” con alguien más que conmigo misma.- bromeó.

-Ahhh, nooo, ya tengo bastante con los míos!!!.-contestó riéndose Abraham

Lana no podía creer que fuesen las once de la noche. Se le había pasado la hora de la cena, la hora de la lectura y hasta la hora de llamar a sus padres, menos mal que esa misma mañana había podido verlos. Pero eso no se lo perdonaba.

Cuando cerró la ventana, dispuesta ya a irse a la cama, se dio cuenta que estaba eufórica y llena de energía, imposible meterse en la cama con el propósito de dormir. Se preparó algo ligero de cena y se lo comió mientras veía una película.

Era una película que había visto un millón de veces, menos mal, porque le daba rabia cada vez que intentaba ver algo en la tele pero no podía concentrarse. Y eso le estaba pasando en esos momentos, no podía ni estar atenta a la película. Solo podía pensar en la conversación con Abraham. En hablar con él de nuevo, en lo a gusto que se sentía hablando con él. En aquella primera frase… “creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.”…

Solo había sentido una vez aquello que dicen que es el amor. Fue en aquel primer noviazgo de juventud, con Jose, cuando ella creyó que estaba enamorada…pero siempre que lo pensaba, llegaba a la misma conclusión, “si hubiese estado enamorada, no habría dejado a Jose”. Ella misma ratificaba sus palabras cuando veía a su hermano Edu y a Nana, juntos desde muy jóvenes…por eso Lana pensaba que ella aún no conocía el amor.

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Nota de la autora: Lana se sorprende a si misma en este capítulo. Se conoce un poco más al dar la oportunidad, no solo al vecino, sino a si misma también, de conocer alguien nuevo…entablar conversación con él e incluso poder pensar en él durante mucho tiempo. Cosa impensable en su vida «normal».

Todos recordamos aquellos días como un período «fuera de lo normal» en nuestras vidas. Todo lo que pasaba era extraordinario. Y aquello de hablar con los vecinos a través de las ventanas no fue una excepción. Y lo de conocer vecinos que vivían junto a nosotros desde siempre, tampoco.

Sigo queriendo pensar que todo pasa por algo. Y esto también…espero que os esté gustando. Hacédmelo saber!

Lana(6)

Al día siguiente pudo sentir que el tiempo se le escapaba entre los dedos. Le dio la sensación de que , por muy rápida que hacía las cosas, no le daba tiempo de nada.

Intentó ir a despedirse de su hermano mayor, pero le fue imposible salir del pueblo. Por la mañana temprano, cuando quiso bajar a la playa, antes de que se despertasen sus padres, topó con la sorpresa de que su madre ya estaba esperándola con todos los útiles de limpieza preparados y lista para salir hacia el piso. Le causó tanta pena, que no pudo decirle que no.

A la media hora de estar limpiando en el piso, Lana le preguntó a su madre si recordaba que día se iba…y su madre le dijo que no, que creía que en dos días se iría…si pena le había dado a primera hora verla preparada para limpiar su piso, más pena le produjo decirle que se iba aquella misma tarde, después de almorzar.

La reacción de su madre fue inmediata. Tenían que terminar de limpiar e irse a preparar la ropa que seguía tendida, para que no se le olvidase nada. No podía creer que Lana no le hubiese dicho nada antes, eso no se hacía. Lana se quedó parada en el salón y vio como su madre daba mil vueltas a su alrededor, recogió, secó, terminó de limpiar y guardó en menos de diez minutos, haciendo posible que se fuesen a tiempo para tomar algo en el bar de Santi, bajar al mercado y preparar la comida, incluyendo el almuerzo y algo de cena para que cuando Lana llegase a la ciudad no tuviese que comprar nada en la calle.

Además de la típica bolsa en la que su madre metía todo tipo de cosas, desde un cuarto de jamón serrano a una toalla bordada, que llevaba guardada varias décadas en el armario del dormitorio principal, pero la había bordado su abuela. Todo eso se lo explicaba cuando Lana llegaba a casa y la llamaba para decirle que había metido una toalla por equivocación en la bolsa…”No, hija, de equivocación, nada”.

Pues, en esas estaba, preparando las bolsas con la ropa, que Lana ya había dejado medio listas la noche anterior, cuando su madre entró muy rápida y nerviosa en el dormitorio de Lana y le dijo que tenía que salir urgentemente, que le había encargado una empanada a Luisa y no sabía para que día se la encargó. Así que iba a comprobar si el encargo era para hoy o para el lunes.

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Lana escuchó a su padre reírse después de que su madre saliese corriendo a la panadería. Se sentó en el borde de la cama e intentó poner sus ideas en orden.

Sabía que no podía vivir sin su familia, pero en la ciudad estaba sola, aunque no se sentía así, la verdad. Sus padres la visitaban de vez en cuando, sus hermanos habían ido al principio, pero ya hacía tiempo que no iban a su casa, “la vida es complicada con hijos”, le había dicho alguna vez su cuñada Nana. Por eso ella acudía al pueblo cada vez que podía, e iba a verlos. No quería perder el contacto con los suyos.

De repente el teléfono sonó, su teléfono, casi siempre lo cogía con premura, porque suponía que sería por temas laborales. Pero esta vez la voz de su hermano Rober, le preguntaba cariñosamente cuando se venía definitivamente al pueblo, al tiempo que le pedía que no se olvidase de ir a verlos, que la habían visto hacía dos días y ya la echaban de menos, los niños no paraban de hablar de su tía Lana… que no tardase…

Incluso le hizo cuestionarse la vuelta a su casa en la ciudad. Pero, cuando se paró a pensar en todo lo que tenía pendiente por hacer y resolver en la casa…no pudo dejarse llevar por sus deseos infantiles de no hacer nada y quedarse siempre en la playa. Tuvo que seguir haciendo la maleta, resignada.

Un ratito después de haber salido, la madre de Lana, regresó con un paquete en la mano y una bolsa con pan caliente. El almuerzo estaba listo desde anoche y solo faltaba freír unas cuantas patatas para acompañar.

Lana había terminado ya con la ropa. Estaba en el salón, viendo la tele con su padre y charlando sobre el futuro. A su padre le inquietaba que si Lana trabajaba desde el pueblo perdiese la oportunidad de seguir ascendiendo en la empresa. Literalmente, le daba la sensación de que dejaban de contar con ella.

Ella tuvo que aclararle que iba a hacer el mismo trabajo que hacía en la oficina, pero que ahora, tras algunos años de adaptación de los equipos y los programas que utilizaban para trabajar, se podía hacer desde casa. No iba a perder nada. Y había luchado mucho por venirse al pueblo y seguir trabajando en la empresa. Así le quitó toda la inquietud y miedo a su padre. De repente, su madre dejó caer el paquete de la empanada en la mesa y los asustó.

-Ufff…-dijo secándose el sudor de la frente- que se la encargué para hoy, y yo ni me acordaba que tú te ibas hoy, figurate como tengo yo la cabeza…me haces perder el sentido, hija mía…oye, ¿aquí nadie pone la mesa o qué?

Se encaminó a la cocina, mientras padre e hija se quedaron atónitos mirándola. Eran solo las doce de la mañana, ¿para qué quería esta mujer la mesa preparada?

Tras aclararle a su madre que aún era temprano, con las risas que aquello trajo, Lana se sentó de nuevo con su padre en el salón. El tiempo que pasaba con él siempre le parecía poco. Su relación con él era de absoluta confianza y complicidad. Sus caracteres eran muy parecidos y no podían evitar discutir alguna vez, pero la mayor parte de las veces sus reacciones eran iguales, sus bromas las mismas y sus risas iban de la mano cuando se terciaba reírse.

El tema del trabajo quedó zanjado, pero, como todos los padres, el de Lana seguía temiendo por su hija. Con sumo cuidado, se atrevió a preguntarle por el tema del amor, la pareja, sus preferencias. Lana no tenía secretos. Era muy clara cuando le preguntaban por este tema.

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No tenía pareja porque era muy recelosa de su intimidad, le costaba meter a alguien en casa. Compartir sus momentos de soledad, esos valiosos momentos en los que disfrutaba de una peli, de un baño o incluso de escuchar desde su cama como tronaba allí fuera, en la calle…los disfrutaba demasiado en soledad.

Su padre le insistía en lo bonito que era tener alguien con quien hablar y desahogarse cuando llegas del trabajo, o disfrutar cuando por fin tienes vacaciones y decides ir de viaje. Todo se enriquece, según él, si lo haces con tu pareja.

Ni siquiera nombraba el término “novio”, por miedo a meter la pata. Cuando le preguntó a Lana si podía decirlo así, ella le dijo que si, que le gustaban los chicos.

-Si me gustasen las chicas igualmente te lo diría, papá, no te preocupes.- dijo mientras preparaba la mesa, ahora si, para el almuerzo.- pero no aparece el adecuado. Han cambiado mucho las cosas, papá.

A Lana le costaba un mundo conocer chicos fuera de su circulo de amistades, que se reducía a un par de vecinos y los compañeros del trabajo, que eran cuatro o cinco (los más cercanos), sin contar con el gerente.

Incluso se había instalado una de esas aplicaciones de ligues, siguiendo el consejo de una de sus compañeras de curro, pero el experimento resulto ser un fiasco total. Conoció a un par de chicos, bien parecidos, con estudios, con ganas de salir y conocerla, con ganas de otras cosas también…y con arena en el cerebro, porque esas perlas que salían de sus bocas no podían ser producto de otra cosa, más que de la arena.

Así llegó a la conclusión de que conocería a su media naranja cuando el destino quisiese, pero que aquello de forzar las cosas con aplicaciones del móvil no era buena idea. Manejaba las redes sociales, tenía miles de “amigos” por todo el mundo, pero todos sabían los límites de Lana. Y quien no los sabía,ya estaría bloqueado, seguro.

El asunto es que ella ya casi rozaba los cuarenta y no tenía un compañero de vida. Y aquello preocupaba a su padre, le preocupaba que no tuviese compañía y la fuerza interior que aportaba tener pareja cuando ellos faltasen. Al fin y al cabo, a partir de cierta edad, ese es el principal miedo de los padres. Cuando ellos se vayan, ¿qué pasará?.

Ese fue el tema de conversación sobre el que giró el almuerzo. Después de recoger la mesa, la madre de Lana preparó infusión o café, según el gusto de cada uno. La hora de irse se acercaba y siempre era duro marchar del pueblo.

Cuando dieron las cinco, Lana empezó a sacar los bultos de su dormitorio. Se dio cuenta entonces de las bolsas que su madre había acumulado encima de la maleta, comida, ropa, hasta un álbum de fotos…”esta mujer está loca”, pensó Lana.

-Bueno, tú como siempre, Mamá.- salió del dormitorio poniéndose la chaqueta.- como si me fuese al Congo….chiquilla, que estoy a menos de hora y media de aquí. ¿para qué quiero un álbum de fotos?,a ver…

-Siempre te puede apetecer ver fotos de cuando eras pequeña o jovencita.- su madre hizo el amago de coger el álbum.- mira…

-No, mamá, déjalo.- le tomo dulcemente las manos.- no me puedo entretener más, que voy a llegar muy tarde a mi casa.

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Como era de esperar, los ojos de su madre se pusieron brillantes. Las despedidas eran lo peor. Incluso peor que empezar a trabajar el lunes. Incluso peor que no ver ni pisar la playa en un mes, que sería lo que iba a tardar en volver.

Su madre la abrazó.

-Que ganas de que digas “mi casa” y solo tengas que ir andando, cariño.- sollozó pegada al pecho de Lana.

-Venga, mujer, no se lo pongas tan difícil.- dijo el padre de Lana al ver que esta empezaba a llorar.

-Ay,papá, cada vez es más difícil.

Mientras metía todos los paquetes en el maletero y se despedía una vez más de sus padres, Lana no pudo evitar llorar. Tampoco quería evitarlo. Disimular nunca fue lo suyo.

Se enganchó como a un clavo ardiendo al consuelo que les quedaba: en menos de un mes estaría de nuevo por allí. Intentaría hacer la mudanza más importante de una vez. Su madre se había quedado con las llaves del piso por si Lana tenía que enviar a alguien con paquetes para meterlos en el piso.

Todo iría fluido. Y en menos de un mes estaría de nuevo bañándose en su mar.

El viaje fue tranquilo, no había mucho tráfico y pudo llegar incluso antes de lo que pensaba. Abrir la puerta de su casa y pensar que tenía que meter toda aquella vida en cajas fue un mazazo que no esperaba.

Dejó la maleta y los paquetes, cerró tras de si la puerta y buscó su sillón favorito para hundirse y llorar un poco más. Pensó que sus padres estarían esperando su llamada, así que marcó en su móvil y les dijo que ya estaba en casa. No muy convencidos, porque la encontraban “rara”, se creyeron aquello de “estoy cansada por el ajetreo de todo el día”.

Sabían perfectamente lo que pasaba.

Lana decidió levantar, como siempre hacía. No le gustaba alargar demasiado el dolor, la pena y todos aquellos sentimientos que le trajesen malas vibraciones. Se llevó la maleta a su dormitorio, sacó la ropa y la colocó en el armario. Preparó el pijama, se duchó y fue sacando el contenido de las bolsas que su madre había preparado misteriosamente. El álbum lo dejó sobre la mesa del salón, ya sacaría un ratito para verlo.

Toda la comida la fue colocando en su sitio en la cocina. Una muñeca…una vieja muñeca que hacía mil años que Lana no veía, compañera de su infancia, lavada un millón de veces y sacudida otro millón para quitarle la arena que traía de la playa. Una muñequita de trapo, con el pelo de lana roja, un traje de corazones y “zapatos” con lacitos.

Podía tener fácilmente 35 años aquella muñeca. ¿cómo había conseguido su madre conservarla?

El esfuerzo por no llorar ante aquel recuerdo hecho juguete fue titánico. Pero lo superó recordando las veces que había rodado por la playa con ella de la mano. Las veces que se había peleado con sus amigas por aquella muñeca. O las veces que su madre la castigó sin la muñeca roja…aquella miscelánea de ideas le ayudó a no llorar de nuevo.

Finalmente, se sirvió una copa de vino y decidió calentar la empanada. Cenaría mientras que veía una película, al fin y al cabo, era sábado. No tenía ni intención ni ganas de salir. Pero podía acostarse tarde. 29 de febrero de 2.020.

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Nota de la autora: Hoy Lana ha llegado un poco tarde, pero ha llegado. Supongo que no queréis escuchar mis problemas, porque todos tenemos. Así, me quedo con lo positivo…terminé el capítulo, y pudo publicarlo. Quizás es un pelín más largo que los anteriores. Pero lo merece, Lana ha vuelto a casa con pena, pero con toda la ilusión de hacer su mudanza y, por fin, volver a su paraíso particular.

Como siempre, espero que lo disfrutéis. Mil gracias por vuestro apoyo incondicional. Besos!

Lana(5)

Después de despedir a sus hermanos, cuñadas y sobrinos, quedó en la casa un silencio extraño, de esos que parece poder tocarse. Un silencio forzado, de los que casi siempre les duele a los abuelos, porque es señal de que sus nietos se fueron. Los padres de Lana y esta empezaron a recoger lo poquillo que habían dejado por medio los invitados, sin hablar, respetando la sensación reinante de calma y necesidad del otro.

Una vez todo recogido, Lana se fue a su dormitorio, debía revisar el correo y la CRM de la empresa, no había recibido llamadas y no sabía si alarmarse o tomárselo con tranquilidad. Después de todo, su equipo era de lo más competente y podía sobrevivir sin ella.

Tras una hora, aproximadamente, salió de su dormitorio con su tarea lista. Sus padres seguían en el salón, su padre veía la televisión tranquilamente, mientras que su madre estaba haciendo un puzzle. Ambos en silencio, más incómodo incluso que cuando se fueron todos.

Lana cruzó el salón y se dirigió a la cocina, cogió una mandarina y volvió al salón. Observó brevemente el panorama.

-Oye, ¿estáis bien?- dijo, mientras pelaba la mandarina

-Si, claro, ¿por qué,hija?- le respondió su padre cambiando de canal, alternando entre diferentes deportes.

-Que rabia me daba eso, papá- sonrió Lana, a modo de confesión tímida a su padre- cuando te sentabas ahí y empezabas a ver todos los deportes al mismo tiempo, ya fuese fútbol, tenis, balonmano…vamos, cualquier cosa!!

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Su madre parecía no estar hasta el momento en el que soltó una carcajada. Empezó a reírse por el comentario de Lana. En su cabeza tenía todas aquellas peleas que padre e hija tenían a causa de sus diferencias, y una de ellas era la tele. Efectivamente, tal y como había recordado Lana, su padre pillaba el mando y ponía todos los deportes, iba buscando todos los canales que tenían deporte e iba “bailando” entre esos canales. Monopolizando el mando, la tele y casi el salón, ya que nadie se quedaba a ver tanto deporte con él. Casi todas las tardes, al rato de haber puesto un partido, sea cual fuera la disciplina, cualquiera podía entrar al salón y comprobar que el “dueño del mando” estaba dormido.

En ese punto es cuando Lana de catorce años llegaba, con mucho sigilo le arrebataba el mando y ponía en la tele algún programa de su gusto…y su padre despertaba y le preguntaba por qué había cambiado.

-Siempre terminabais igual…tú, con el mando de vuelta y tu hija enfadada, no entendía porque querías el mando si ibas a dormirte de nuevo.- reía la madre de Lana de nuevo – fue una época muy entretenida. -terminó mirando divertida a Lana.

-Si, divertidísima, vamos- respondió Lana, también divertida.- Una pelea cada día con este señor, vaya- dijo, mientras se dirigía a la cocina para tirar las cáscaras de la mandarina.- Recuerdo un día que le tiré el mando, porque me enfadé muchísimo, le di en el pecho y empezó a gritar como si le hubiera matado.-subió el tono desde la cocina.

-Es verdad, me dolió muchísimo- dijo riéndose el padre de Lana- Creo que fui al hospital y todo, pero tú estabas en la playa…

-No,no-dijo Lana volviendo al salón- no me fui ni a la playa, del enfado que pillé.

-Ese fue uno de “los gordos”, al principio tu padre se lo tomó a broma, para quitarle hierro al asunto, pero estaba muy preocupado. Creía que iba a perder el control de su niñita. Al rato de encerrarte en tu cuarto, vino a la cocina a decirme que no sabía si tenía que castigarte o qué hacer contigo.-se puso seria su madre.- le dije que te diese otra oportunidad, y ya no pasó más. Eras muy buena chiquilla, pero chocabas mucho con él.

Tras un rato contando más anécdotas de la adolescencia de Lana y la de sus hermanos, llegó el momento de cenar y Lana decidió llevarse a sus padres a cenar fuera. Para la cena improvisada, salieron del pueblo y fueron a probar un restaurante nuevo que hacía poco habían abierto a pocos kilómetros en la carretera de la playa.

La cena ideal para sus padres, que adoraban el pescado, y pudieron disfrutar de un pescado al horno exquisito. Lana decidió pedir un plato que combinaba verdura y un solomillo con una salsa untuosa y suave. Todo delicioso.

De camino a casa, pasaron por debajo del edificio donde estaba el piso que Lana había alquilado. La calle estaba bien iluminada y no había mucha gente a esa hora. Parecía muy tranquilo.

Su madre le preguntó si tenía las llaves del piso encima, Lana le mintió, no sabía muy bien por qué, y le dijo que no.

Otro día sería.

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Al día siguiente se levantó bien temprano, cuando todos dormían todavía, y se fue a la playa. Apenas estaba amaneciendo. Hacía frío todavía, pero se sentó en la arena e intentó poner sus pensamientos en orden antes de afrontar el día.

No esperaban visita. Ella necesitaba comprar algunas cosillas para el piso, tendría que ir al centro comercial, cosa que le daba muchísima pereza….realmente lo único que quería era quedarse allí, bañarse, tumbarse en la arena y escuchar el mar…no pedía más. Pero no podía ser.

En ocasiones no sabía si podría trabajar desde allí, teniendo la tentación de vivir en la playa sin atender a nada ni nadie más que a las olas del mar.

Se sumergió sin pensar más. Necesitaba despejar todas las porquerías acumuladas en su cabeza en los últimos meses. El agua helada cortó su respiración y erizó su piel, la hizo sentir viva. Sintió que era el único medio donde podía deslizarse sin hacer daño ni modificar nada a su paso. Aunque todos le dijesen que era la mejor en su trabajo, ella sabía que todo era gracias a su perseverancia, ya que las nuevas generaciones llegaban bien fuertes, pero ella se actualizaba día tras días y no dejaba que la pisasen en su terreno. Todo aquello rondaba su mente, sin ella quererlo. Era un ruido sordo detrás de su oreja.

Salió del agua y se secó con la toalla, el sol ya había hecho acto de presencia y los primeros rayos no calentaban mucho, pero si eran poderosos, como siempre. Se sentó un ratito más en la arena, pero esta vez decidió no pensar demasiado, como si pudiese controlar eso.

Cuando empezaron a asaltarle de nuevo los pensamientos relacionados con el trabajo, el piso, sus padres, la mudanza…se levantó y se fue.

Acudir al centro comercial con su madre fue el acierto más desastroso jamás pensado de la historia. Ella le había contado lo que necesitaba para el piso, que era poca cosa, ya que el piso estaba amueblado y solo necesitaría algo de menaje y ropa del hogar…pero su madre llegó al centro comercial decidida a arrasar con todo…y hasta las bragas que escogió para Lana dijo que eran “ropa del hogar”…toda una aventura.

A la vuelta, sin más remedio, tuvo que parar en el piso, para soltar allí la mercancía. Lana sabía que no podría evitar que su madre llegase a su piso cuando le viniese en gana, y que hiciese como si fuese su casa…lo sabía. Pero tenía que buscar la manera de convencerla de que aquello era su espacio y que llevaba muchos años viviendo sola, y encantada además.

Otra batalla.

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La visita al piso fue rápida, soltaron los paquetes en el dormitorio y se fueron, no sin antes prometer a su madre que vendrían a limpiar antes de irse Lana. Pero ella se iba al día siguiente, sábado. Así que no estaba segura de querer perder el tiempo en algo así. Algo que tendría que hacer después de instalarse, si o si.

Al llegar a casa de sus padres, le pidió a su madre que hiciese de comer algo sencillito, no muy pesado, ya que estaba algo revuelta. Inconscientemente, había ido dejando pasar el momento de hablar con sus padres del tema que había estado “quemando” a su madre los últimos días. Tenía que resolver ese asunto.

Su madre le hizo caso y preparó unos filetes de lomo en salsa con arroz blanco de guarnición. Mientras, Lana se quitó todo el trabajo que pudo de encima. Estuvo hablando por teléfono con su gerente y le aseguró que todo iba sobre ruedas. Estaban muy pendientes de las noticias de Europa, sobre aquel extraño virus que parecía avanzar sin retención, pero poco se sabía. Lana le dijo que ella había visto algo en las noticias, pero le había parecido todo tan alarmante, que no se lo creyó. No sabía ni que pensar al respecto. Quedaron en verse el lunes, era principio de mes y debían hacer reunión de “Objetivos e ideas”. Una reunión única en los primeros días de cada mes en la que todos exponían ideas, sugerencias, iniciativas…de cualquier aspecto de la empresa, que siempre eran tomadas en cuenta. Así mismo, se fijaban los objetivos del mes. Tema importante para todos, de ellos dependía el prestigio, y por ende, los futuros trabajos del equipo.

Una vez solucionado ese aspecto, el trabajo, Lana se dirigió a la cocina. Pensaba poner la mesa, pero su padre se había adelantado y estaba todo colocado ya.

En silencio, desde el dintel de la puerta, miró a sus padres. Eran un gran ejemplo. Llevaban juntos media vida, se entendían con solo mirarse. Nunca se habían faltado el uno al otro. Nunca.

La vida de uno estaba ligada a la del otro, sin condiciones. Sin engaños. Para ellos esta vida era el otro. Eso es de admirar en esta sociedad llena de engaños, divorcios, inestabilidad, miedos y celos. Fueron los mejores patrones cuando el barco estuvo lleno de marineros, ahora son los mejores tripulantes en el yatecito que los lleva a los dos solos.

Toda una vida trabajando, para el bien de sus hijos, para hacer de su casa el mejor de los hogares. Esa casa que tú ves como aquel refugio donde te acogen, te entienden y te miman. Esa era la casa familiar. Y ellos la habían hecho con su esfuerzo.

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Lana se emocionó por un momento, pero su madre rompió el instante a su manera…

-Lanaaa, ¿qué haces ahí?, vamooos, que hay que almorzar- dijo alegremente su madre- toma esta fuente de arroz y ponla en la mesa, anda.

-Voy, mamá- dijo Lana servicial. Los recuerdos volvían en oleadas como si un sueño estuviera viviendo.

Todas las épocas no habían sido buenas entre aquellas cuatro paredes, también existieron momentos malos, en el terreno laboral, económico y también en el de la salud. Lana recordaba perfectamente una temporada en la que su padre se lesionó trabajando y estuvo de baja y sin cobrar durante algunos meses. Esos meses fueron un infierno en casa. Lana tendría alrededor de diez años, y los recordaba como una lucha de su padre por demostrar que estaba bien, que era útil, pero que no podía trabajar por la lesión…fue duro para todos. No poder comer y gastar como de costumbre, que tampoco gastaban a unos niveles muy altos, ya que eran muchos en casa, pero notaban la falta del salario del padre. Antes las cosas no eran como ahora. El padre de Lana se lesionó, el patrón del barco donde él salía a pescar le dijo que, si quería volver a faenar con ellos, dejaba de pagarle y en cuanto estuviese bien, volvía al tajo….hoy, y entonces, aquello era delito. Ahora se denuncia, antes…bueno, antes se callaban tantas cosas para poder conservar el puesto…

Después de dar buena cuenta del almuerzo que había preparado su madre, recogieron la mesa y se sentaron los tres, a petición de Lana. Su madre había sacado unos licores, de esos que se servían como digestivos pero que podían ser bastante peligrosos al final…, los tres se sirvieron y bebieron. Lana decidió coger el toro por los cuernos y echarle valor.

-Sé que hay un tema que os preocupa bastante a los dos.

Sus padres la observaron atentamente, tanta atención la puso tensa, como le pasaba en las reuniones del trabajo. Pero debía deshacerse de esa sensación, estaba en familia.

-Sé que queréis que os de un nieto o una nieta. Es algo que hace años que lo sé.-Lana hizo una pausa para tomar un sorbito del licor de manzana verde que se había servido.- Mi edad ya dificulta el tema, me daría igual no tener pareja, ya lo sabéis, yo sola puedo con eso y con más. Pero tengo una edad que consideran de riesgo ya, para tener un bebé.

-Pues eso es un rollo de los médicos- espetó su madre sin previo aviso- Isabel, la madre de Nachito, la que vive en el paseo de los pinos, esa tuvo a su hijo pequeño con 40 años. Y ahí está, tan sanote el chico.

Tras las risas por como su madre intentaba explicar quien era la tal Isabel, Lana le explicó que ella ya había ido a consultar a un médico y eso le habían dicho. Pero, claro, siempre dejaban abierta la opción de la fecundación invitro, aunque el riesgo era el mismo para ella y para el bebé. Estaba en el límite de edad.

Muchos artículos médicos señalaban la edad límite en cuarenta años, otros en treinta y cinco, algunos la situaban más allá de los cuarenta, con la excusa de que la mujer ya no es como antes. Ni la vida tampoco. Lana estaba muy confusa. Pero eso le habían dicho sus doctores.

-La cosa es que he estado barajando la posibilidad de adoptar, hay muchos niños y niñas que necesitan una madre. Y no creo que hubiese problemas de adaptación, ¿lo querríais igual, verdad?-dijo Lana, temiendo una mala respuesta.

-Lana, cariño, cualquier decisión que tú tomes, será bienvenida aquí.-le respondió con calma su padre- igual que aceptamos que te fueses solita, cuando eras para nosotros una niña todavía, aceptaremos a tus hijos, sean tuyos o los adoptes, serán nuestros nietos.

A Lana le emocionaron aquellas palabras sobremanera, no esperaba una reacción así de su padre. Pensaba que, quizás, fuesen más chapados a la antigua.

Asunto resuelto a medias, tranquilidad casi completa.

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Nota de la autora: Por fin, Lana afronta uno de sus miedos. Lana teme hablar con sus padres del tema de su maternidad. Ella es la primera que quiere ser madre, pero sabe que es un tema delicado, más delicado conforme pasan los meses.

Igual que deja un miedo, un temor medio zanjado…nace otro: en las próximas semanas, Lana viene a vivir al pueblo, y teme que su madre no respete su espacio vital, su autonomía, su forma de vivir… le preocupa.

Como siempre, espero que os guste lo que leéis por aquí, en esta semana tenemos más tiempo para disfrutar de la lectura, así que disfrutad de estos días libres y no os olvidéis de Lana, intentaré que cada lunes os llegue un poquito más de ella.

Lana (4)

Tras el almuerzo, se habían metido tres o cuatro en la cocina a recoger y ayudar a la abuela. Nana había decidido bajar un rato a la playa con el peque, para que se cansara un poco, y Lana, como no podía ser de otra manera, le dijo a su cuñada que la acompañaba.

Manu se puso como loco, dando vueltas y saltos a su alrededor mientras Nana fue a buscar los abrigos. Lucía salió de la cocina y le preguntó a su hermano que donde iban

  • Me voy con mamá y la tia Lana a la playa.-dijo chillando
  • ¿A la playaaa?….mamaaaáaa….- empezó a refunfuñar Lucía mientras iba en busca de su madre.
  • ¿Qué le pasa a Lucía?.- le preguntó Lana a Manu
  • A Lucía le gusta mucho la playa y siempre tiene que ir.- dijo el peque, encogiéndose de hombros.
  • Pues, anda que no hace frío en la playa ahora.- dijo de repente Juanjo desde la cocina.- estas están locas.
  • Deja a las chicas en paz, Juanjo, ellas saben cuidarse solitas.- dijo el abuelo mientras limpiaba la mesa de migas de pan.- tráeme la escoba, anda..
  • Ahora mismo, abuelo.- respondió Juanjo

Nana salió del pasillo de los dormitorios con el abrigo de Manu en las manos, dispuesta a ponerselo y discutiendo con Lucía. La discusión venía porque Lucía quería acercarse a su casa a ponerse el bañador para bañarse, y Nana le decía que ahora nada de bañarse, porque, si caía enferma, tendría que faltar al cole. Lucía decía por momentos que no iba, enfadada, pero al momento cambiaba de opinión y decía que si.

En uno de esos momentos, Nana, después de ponerle el abrigo a Manu, dijo:

  • Bueno, venga, vámonos…
  • Valeee, voy…-dijo Lucía.

La tarde se había quedado muy agradable, había cesado el viento que soplaba esa mañana y había alguna gente sentada en la arena, aprovechando los últimos rayos de sol, que poco calentaban ya, pero el entorno invitaba a relajarse allí mejor que en casa.

Bajaron los pocos escalones que separaba el paseo marítimo de la arena y empezaron a andar hacía un claro, con el propósito de sentarse, mientras andaban, Lucía salió corriendo detrás de Manu, que parece no saber andar porque solo sabe correr, y las dos cuñadas se quedaron solas.

  • ¿Cómo te trata la vida, Lana?- rompió el hielo Nana
  • No me puedo quejar, cuñada.- dijo Lana, mientras se “enganchaba” del brazo de Nana.

Nana, o Juliana, como seguía llamándola su suegra, formó parte de la pandilla de Lana hasta quinto de primaria, cuando se hizo amiga de unas hermanas que vinieron de fuera (para quedarse) y los celos y las cosas típicas de las chiquillas, hicieron que se rompiese aquella amistad. Ellas siguieron estudiando en el mismo cole, después en el mismo instituto. Ya después, la vida las separó, pero cuando Lana supo que Edu estaba saliendo con Juliana…no pudo sentirse más que feliz, porque sabía que Nana sabía querer muy bien a sus amigos.

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  • Te veo mucho mejor, Nana, y no sabes cuanto me alegro.- dijo apretándole suavemente el brazo, en señal de afecto.
  • Si, la verdad es que toda aquella mierda ya quedó en el olvido. A veces no quiero ni acordarme, pero mi psicólogo me dice que tengo que hablar de ello.
  • Bien podías llamarme para hablar, ya lo sabes- le recordó Lana.
  • Mujer, estás muy ocupada con el trabajo.- dijo al tiempo que ambas se acomodaban en la arena, en un sitio desde el que veían bien a los niños jugando, sin peligro alguno.
  • Más ocupada estás tú con aquel terremoto.- dijo Lana, señalando a Manu y sonriendo.
  • Uyy, no lo sabes bien, el otro dia…- se disponía a contar una de las mil aventuras de Manu, cuando Lana le interrumpió.
  • Perdona, Nana…me las sé casi todas, mi madre me las cuenta…¿Tú como estás?, si necesitas hablar, habla conmigo ahora. Aunque voy a estar hasta el sábado aquí, pero no sé si vamos a volver a estar tan tranquilas.Venga..
  • Ok, bueno, mira…la semana pasada empecé a dejar los ansiolíticos, ya sabes que eso tiene que ser muy poco a poco. En un par de meses, ya no estaré tomando nada. Pero no puedo ir más rápido, por el riesgo a sufrir el síndrome de abstinencia, al llevar tanto tiempo tomándolos…la verdad es que todo el mundo se porta de lujo conmigo. Hasta tu padre, ¿te acuerdas cuando me pilló manía?..porque decía que me había visto con Lucas en la verbena, y yo estaba en el huerto de allí arriba con tu hermano…

Rompieron ambas en carcajadas, la confesión de Nana y los recuerdos hizo que el ambiente se suavizara por completo. Nana había estado inmersa en una depresión desde que nació Manu. Muchos médicos le habían diagnosticado depresión postparto, al menos tres, hasta que llegó su actual psicólogo y le dijo que no era postparto, la empezó a tratar hasta llegar el fondo del asunto, incluyendo terapias familiares y toma de mucha medicación. Ahora estaba en el delicado momento en el que sabía que debía dejar de tomar los ansioliticos, con el temor de no poder dejarlos nunca, por la adicción que estos conllevan y con el temor de no poder vivir sin ellos.

La decisión la había tomado ella misma, después de casi cuatro años tomando diariamente el tratamiento. Pero siempre con el apoyo de su marido, hijos y demás familia.

Lana había vivido todo aquello desde la ciudad. Alguna vez, de visita, había sabido de sus crisis, sus ataques de pánico, aquellos episodios que duraban días y días en los que Nana no quería salir de su cama, y veía su vida pasar sin querer ni tocarla.

Sus hijos se asomaban al dintel de la puerta de su dormitorio y, sobre todo Lucía, se iban con el alma rota por ver a su madre así. Manu era un bebé, pero Lucía no podía disfrutar de su madre como cualquier niña de su edad.

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Nana le estuvo contando que Edu nunca la abandonó, y eso para ella había sido la mayor prueba de amor. Que la gente es muy mala, cosa que Lana ya sabía, porque cuando ella peor estaba empezó a recibir mensajes de una chica que decía estar liada con Edu… lo llevó todo en secreto, hasta que descubrió que era un compañero de trabajo de Edu, que quería fastidiarle la vida a este, para que dejase el curro y así él poder ascender. Pero a ella por poco le cuesta la vida.

  • Cuando estás tan mal, no puedes creer siquiera haber descubierto algo que juega a tu favor, Lana.- le contaba Nana.- yo descubrí a aquel canalla por una premonición y seguía creyendo que había una chica. No podía creer que era verdad aquello. No quería ver que no había engaño por parte de Edu. Fue todo muy duro. Fue como meterme un dedo en la herida y escarbar yo misma.
  • ¿Alguna vez te ha engañado Edu,cuñada?
  • Que yo sepa, no.- sonrió Nana.- no se puede decir con seguridad algo así, pero yo diría que nunca me ha engañado.
  • Yo creo que me lo habría contado, no se lleva bien conmigo, pero siempre me lo cuenta todo. No hay quien lo entienda.
  • La que no entiende eres tú, tonta…No es que no se lleve bien contigo, es que te quiere demasiado, se enfada contigo porque no puede controlarte ni tenerte aquí. ¿No has visto lo contento que está hoy?, porque ya sabe que te vienes, que vuelves, y está que no cabe en si de alegría.
  • Anda ya,¿como va a ser eso?.- dijo confusa Lana.
  • ¿No?…¿sabes que tu hermano quiso llevarte a Manu recién salido del hospital, vamos recién nacido, porque se enteró que no podías venir a conocerlo? ¿Sabes cuantas noches pasó Edu sin dormir cuando te fuiste por primera vez? ¿Sabes que quiso escaparse, pero tu padre lo pilló justo cuando iba a montarse en el bus, porque quería irse contigo?

Lana escuchaba alucinada lo que le contaba su cuñada. No podía creer que su hermano le hubiera ocultado tantas cosas que tenían que ver con su amor por ella. Sus padres tampoco le habían contado nada. ¿Por qué todos la protegían tanto?, todo le hacía sentir de nuevo una niña.

  • Miralo, no nos puede dejar tranquilas.- dijo Nana señalando al paseo marítimo.

Al volverse, Lana pudo ver a Edu saludando desde la murallita del paseo. Aún recordaba cuando era él el encargado de ir a recogerla a la playa. Se sentaba allí mismo donde estaba ahora, porque le daba asco la arena, y la llamaba unas cuantas veces, hasta que ella decidía que se iba. Normalmente coincidía con el hecho de que su hermano andaba unos pasos en dirección a su casa… ella entendía que iba a decirle a su madre que Lana no le hacía caso…y entonces, ella salía de la playa. El le contaba el tiempo que llevaba esperando, normalmente multiplicado, y se enfadaba mucho. Cuando llegaban a casa, Edu le decía a su madre que era la última vez que bajaba a por Lana a la playa. Mentira, lo sabemos.

La tarde estaba ya cayendo cuando se levantaron de la arena. Nana había llamado a los niños y les había indicado donde estaba su padre. Ambos empezaron una carrera, a ver quien llegaba antes a su padre, pero con las risas se iban cayendo todo el rato. Cuando llegaron al paseo, su padre tuvo que quitarle los zapatos a Manu, mientras Lucía se quitaba los suyos, para dejar toda la arena allí…porque su abuela no quería arena en casa!!

Al llegar a Edu, Nana, le estampó un beso en los labios y él respondió feliz con un abrazo. Cuando llegó el turno de Lana, esta aprovechó para abrazar a su hermano como no recordaba haberlo hecho antes. Edu, sorprendido, le siguió el abrazo. Y aquello pareció fundir “algo” en su interior, algo que hacia tiempo que necesitaban ambos. Y así, cogidos del hombro, fueron andando hasta la casa familiar. No hicieron falta palabras. No hizo falta nada. Solo ese abrazo.

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De nuevo, Lana va descubriendo detalles de su propia familia que le fueron ocultados para su protección, para evitarle dolor, para evitar el peso de vivir lejos y no poder estar cuando debía.

Lana sabe que poco a poco, todas esas heridas sanarán. Realmente, todos los años que ha estado fuera han sido un «ratito» en su corazón, así que será cuestión de días el empezar a marchar al ritmo de las olas de nuevo.

Con la misma ilusión que emana Lana por volver a sus raíces, yo os escribo cada semana o cada pocos días un nuevo «capítulo» de esta historia.

Soy muy pesada, ya lo sé…por eso os agradezco una vez más vuestra presencia por este rinconcito. A quien entra de nuevas…bienvenido/a!!!…todo lo que escribo está aquí para disfrutarlo, así que ya sabes, sírvete!

Prohibido

Eran las seis de la tarde y Alfonso lo había vuelto a hacer. Dos o tres veces por semana ese chiquillo endemoniado salía de la casa sin dejar rastro. Nadie sabía dónde iba ni a qué se dedicaba en sus escapadas. Solo sabían que a la hora de la cena estaba ya de vuelta. Sus padres estaban preocupados y muy enfadados, las estrictas normas que regían la casa de los Duarte no eran una tontería que uno podía saltarse así, sin más. A ellos les rondaban mil ideas en la cabeza, pero ninguna de ellas era muy buena. Ya se sabe, los chicos cuando empiezan a frecuentar según que amistades, pueden terminar metidos en problemas hasta las cejas.

Luisa y Fernando, gente del servicio, habían salido algún día a buscar a Alfonso, sin ningún éxito. Parecía que el mismo Dios Momo se hubiera tragado a aquel granuja. Buscaron por los callejones, las calles más transitadas, la playa y hasta en las rocas de detrás del castillo. Pero nada, no hubo manera. Sus padres habían montado en cólera cuando, a la hora de la cena, Alfonsito se sentó tan pancho en su silla y había sostenido, con una tranquilidad pasmosa, que había estado en su dormitorio toda la tarde, estudiando. Después de aguantar el «chaparrón» mientras cenaba, había salido tan contento hacia su aposento, dejando a sus padres con el mismo berrinche de antes, pero sumándole la indignación de quien sabe que su hijo le miente en sus mismas narices.

Foto de Mario Aranda by Pixabay

Alfonso Duarte de Viniegra. 14 años. Primer hijo del matrimonio formado por D. Diego Duarte, ilustre mercante, y Dña.Teresa Viniegra, hija de un conocido marino en la ciudad. Nobles ambos, de reconocido prestigio y poseedores de una vasta fortuna, fruto del trabajo de D. Diego y los favores de su suegro. Alfonso ha estudiado, hasta el curso pasado, en el colegio inglés que hay frente a la majestuosa finca de sus padres. Ahora, habiendo terminado los estudios primarios, su padre prepara su matriculación en un instituto francés, donde tiene conocidos y estará bien atendido.

Mientras llega el día de su partida, Alfonso se dedica a disfrutar del verano. Alguna vez baja a la playa. A veces sale con su madre al balneario, a darse baños de barro, que todos dicen que es muy beneficioso para la piel…pero que a él le dan un asco imponente.

Una de las últimas veces que fue al balneario, ocurrió algo. Conoció a Carmelita, la hija de una de las mujeres que sirven allí. Carmelita era una chica menuda y morenita, con el pelo largo recogido en una trenza. Siempre iba corriendo de un lado a otro. Era un manojo de nervios. Sus ojillos negros huían de cualquier mirada, recelaba de todos los que frecuentaban aquel sitio donde le tocaba trabajar todo el día. Aquella tarde ella estaba sentada en las escaleras que daban acceso a la playa, por donde se suponía que no iba a pasar nadie. Pero Alfonso, en su afán por investigar todo el entorno que le rodea, la encontró. Solo bastó una mirada.

Ella jamás fue a buscarlo. No podía. Tenía que ser fuerte, aunque le costase dormirse llorando por no haberlo visto aquel día. No podía dejar que dijesen que ella era esto o lo otro, a su madre le daría un infarto. Alfonso había empezado a ir casi cada día con su madre al balneario y allí lo veía, pero todo era tan limitado, tan corto y seco. Ella se limitaba a sentarse en la escalera de marras, a esperar a Alfonso. A veces venía, otras veces no.

Una de esas veces, como si de un juego se tratase, quedaron al día siguiente en una callejuela de las muchas que había al otro lado de la ciudad, para que ninguna de las madres pudieran encontrarlos.

Al día siguiente, Alfonso escapó por la puerta de la cocina como si fuese a delinquir. Carmelita se escabulló del balneario con la excusa de ir a buscar perfume a la droguería. Corriendo por calles infinitas, pensando que deberían haber quedado más cerca, intentando controlar el temblor de las manos y preguntándose por qué pasaba todo aquello. A las seis cruzaba la esquina Carmelita y allí estaba esperando Alfonso. Los corazones se aceleraban, las mariposas que habitan en los estómagos de los enamorados se agitaban, aunque en el estómago de Carmelita hubiera más hambre que otra cosa. Y los temblores se calmaban al comprobar que aquel otro corazón encandilado estaba a pocos centímetros.

Él siempre iba impecable. Sus pantalones tan elegantes y su camisa tan fina, que aún siendo un niño le daban porte de hombre adinerado, lo que sería en un futuro no muy lejano, claro. Sin embargo, Carmelita, iba con aquella falda, llena de manchas de barro del balneario, despeinada por la carrera y con el único maquillaje que el rubor de ver a aquel chico. Evidentemente, eran diferentes. O al menos, eso decía la gente.

Esa misma gente que trataban a Carmelita y su madre, y al resto del servicio, con la punta del zapato. Esa gente que consideraban que el servicio debía sufrir por el simple echo de serlo. Gente despreciable que se creían dignos por tener dinero.

Las primeras citas fueron inocentes, porque los pensamientos podían más que el corazón. Se limitaban a charlar, a contarse sus cosas, como habían pasado el día. La compañía del otro era muy agradable, poder decir cosas que en casa no se pensaba en decir, poder comportarse como marca la edad. Así, con el paso de las citas, fueron llenándose el uno del otro. Y sin darse cuenta, un día cuando Carmelita llego cinco minutos tarde, le estampó un beso en los labios a Alfonso que lo dejó flotando durante una semana y le hizo caer en la cuenta de que él también deseaba hacerlo. Los besos, abrazos, caricias furtivas, llegaron cuando las charlas se convirtieron en poco para alimentar aquello que había nacido entre los dos. Necesitaban más del otro. Y aquel beso de Carmelita, fue el detonante. No había culpabilidad, solo pasión. Una pasión controlada, no había sexo, no se contemplaba como una opción en aquellos días. Una pasión cálida, prohibida, calculada y muy pensada.

Tenían tiempo límite. No podían dejar que nadie supiese lo suyo, lo que quiera que fuese aquello. Y también iban cambiando de sitio, porque el miedo no les dejaba actuar con espontaneidad. Cada día el acercamiento era más frecuente, tenían más confianza y menos temor a la respuesta del otro. Carmelita le dijo a Alfonso que su hermana había visto una novela en casa de una amiga en la que las parejas se besaban y abrazaban, y era una novela de amor. Entonces aquello era amor, dijo. Alfonso se río y le hizo cosquillas. ¡Pues que sea amor!. Un grito ahogado por una mano temblorosa en la boca, nadie podía escuchar aquello. Nadie en aquellas calles podía verles e ir corriendo a D. Diego a decirle que su hijo se veía con una sirvienta del balneario.

Siempre mirando a las ventanas de las callejuelas que escogían, por si hubiera alguna vecina cotilla que les viese y revelase su secreto. Siempre huyendo, corriendo de aquí para allá. Se cruzaban en el balneario y ni siquiera cruzaban sus miradas, cuando el fuego que les nacía en el alma se podía hasta escuchar. Algún día tendremos que decirlo, le dijo Carmelita un día enfadada. Pero aquello era imposible, Alfonso lo sabía.

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Sus padres jamás aceptarían a Carmelita en su familia, en su casa, en su linea sucesoria. Pero no podía decirle eso a su amada, a su dulce niña del balneario, aquella que corría como el levante por las calles de Cádiz, con sus zapatos raídos, sus manchas de barro y su corazón palpitante por el amor prohibido. No podía decirle que solo entraría en su casa si era para servir, si era para sufrir durante toda su vida por un hombre que probablemente saldría a casarse desde aquella casa en la que ella tendría que limpiar. No podía partir su alma así.

Aquello duró, como dice la canción, lo que tuvo que durar. Alfonso partió a las tierras francesas. Carmelita se quedó esperándolo, acudiendo durante días a citas que ni siquiera habían planificado. Llorando noches enteras. Curando su carita linda de las quemaduras que le producían sus propias lágrimas. Dejando que el viento de levante le curase el corazón y le secase el alma, remojando sus pies en la orilla a la caída de la tarde y recordando por siempre la pasión que aquel amor prohibido despertó en un tiempo donde las personas valían según su cartera.

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