Lana(7)

La semana fue pasando caóticamente, Lana tenía la sensación de estar muchas veces dentro de una película de la que era solo una mera espectadora. Cuando llegó a la oficina,el lunes por la mañana, fue directamente a la reunión con el gerente. En aquella reunión, en la que estaba todo el personal que había acudido a trabajar, se trataron un montón de diversos asuntos, como siempre, pero había uno de ellos que estuvo muy presente y que se habló durante mucho rato. Juanma, uno de los chicos del departamento de creatividad, estaba enfermo, pero tan enfermo que estaba ya en el hospital, entubado por una neumonía bastante grave que venía arrastrando desde la semana que pilló libre a finales de Enero para ir a visitar a un familiar a Toulouse. El gerente estuvo comentando que había hablado cada día, desde el jueves que Juanma había sido ingresado, con su esposa. Ella le iba informando. En uno de esos momentos en los que Lara creía disociar y verlo todo desde fuera, decidió preguntar por qué tanta agitación ante una baja.

-Es normal en esta época del año pillar una gripe que te deje secuelas y la vayas arrastrando el resto del año, no sería la primera baja por eso.

-Si, Lana, así es.- dijo pacientemente el gerente.- pero Juanma está muy mal. Saben que tiene neumonía, pero no saben porque sigue empeorando cuando le están administrando el tratamiento correcto.

-He visto en las noticias que….-intentó decir una compañera de contabilidad…

-Bueno, ya estamos con las noticias.- exclamó algo alterado el gerente.- vamos a centrarnos en lo que tenemos aquí, porque en las noticias se están diciendo muchas tonterías, creo yo.

La reunión terminó en ese punto. El gerente llamó a Lana a su despacho y los demás compañeros se fueron marchando cada uno a su punto de trabajo.

-Lana, ¿qué tal la familia?.-preguntó el gerente al tiempo que se sentaba e invitaba a Lana a hacer lo mismo.

-Bien, ya sabes, deseando que vuelva al pueblo, normal…después de tantos años…

-Lana, no te voy a mentir, lo de Juanma me preocupa bastante. He cortado la reunión porque si se me va de las manos, podemos entrar en una histeria colectiva que no nos lleve a nada bueno..- mostraba la preocupación en sus ojos.- tengo amigos por “allí arriba”.-dijo, refiriéndose a altos cargos.- y lo que me dicen no es nada halagüeño, pero no pueden hacer saltar una alarma sin saber como va a responder el pueblo.

En otro momento de disociación, Lana creyó estar soñando. ¿Realmente de qué estaba hablando su jefe?¿Alarma?..no entendía nada.

-Un momento.- dijo Lana, saliendo de su ensueño.- ¿esa alarma es por la neumonía?¿o de qué estamos hablando ahora?, porque me he perdido hace rato.

-Lana…¿ves la televisión en algún momento de tu día a día?¿has visto la tele en casa de tus padres?

Imagen de Claudia en Pixabay

Lo pensó por unos momentos…solo había visto películas y programas deportivos, durante el fin de semana, más películas, alguna serie…pero los informativos, los pasaba, prefería no enterarse de las guerras, las masacres y demás desgracias…al menos en estos momentos de su vida, no quería llenarse de pena ajena.

-Si te digo la verdad, la he visto poco y nada de informativos…

-Vale, ¿has escuchado algo de un virus que ha aparecido en China?

-Ahhh, si, lo escuchamos el primer día, pero apagué la tele, no quiero que mis padres piensen que van a enfermar.- confesó Lana.

-Ay,Lana…tu eterno empeño de proteger a todo el mundo…ese virus está arrasando China, hay sitios en los que llevan ya un mes confinados…

-¿Confinados?¿Encerrados?.-preguntó asustada Lana

-Si, encerrados, pero para todo. No pueden salir de casa, solo para lo más imprescindible. Hay miles de muertes cada día, y todavía no sabemos nada sobre ese supuesto virus.-dijo el gerente echándose las manos a la cabeza.- esto es una locura, Lana, hasta han cancelado el Mobile World Congress.

-Bueno, creo que debemos tener tranquilidad ante todo. Somos los que debemos dar ejemplo aquí. No sé, en el caso de que llegue a España ese virus, nos enteraremos a tiempo para no contagiarnos todo Cristo. Allí, en China, son muchísima gente. Es normal que se contagien muchos. Estadísticamente, es normal.

-Lana, ya ha llegado, tanto en Canarias como en Baleares hay turistas contagiados…en otros puntos del país también hay más gente contagiada-dijo contrariado el gerente.-al menos esa información nos ha llegado.

Después de unos minutos de incómodo silencio, Lana se levantó..

-Bueno, voy a seguir currando,¿no?.- dijo en tono divertido, para romper el momento que se había creado.

-Ok, Lana.-respondió el gerente.- ¿Qué día tienes decidido irte?

-Creo que el viernes 26 estaría bien, así puedo pasar el primer finde en mi casita.

-Muy bien, vamos a trabajar un poquito y lo vamos viendo, Lana.- el gerente levantó la cabeza de los documentos que tenía en la mesa, guiñó el ojo a Lana y siguió con semblante serio.- Ojalá puedas hacerlo como lo planeas.

Lana salió del despacho mucho más confusa de lo que entró. Al llegar a su despacho, practicamente vacío ya, se sentó frente al ordenador y tecleó la palabra “virus”….la sorprendente cantidad de millones de resultados la dejó anonadada. En su cabeza se asentaron palabras que fueron resonando mucho en aquellos días siguientes…coronavirus, confinamiento, muerte…palabras que se repetían en todos los artículos en los que Lana cliqueaba para tratar de informarse.

La semana fue pasando, sin más novedad que la incertidumbre que crecía en la oficina al mismo tiempo que las noticias en las diferentes pantallas en las que cada cual se informaba sobre lo que pasaba en el mundo.

El miércoles a última hora, fuera del horario laboral, todo el personal recibió un email que rezaba tal que así:

“Se informa a todo el personal de la empresa de la reunión con carácter de urgencia que se celebrará mañana a las nueve en punto de la mañana en el despacho de nuestro gerente, D……”

Con ese mensajito de “buenas noches”, ¿Quién era capaz de dormir?

-Buenos días, mamá, ¿Qué tal estáis?

-Buenos días,cariño.-respondió su madre somnolienta al otro lado del aparato.- que tempranito llamas hoy, ¿no, Lana?

-Si, lo siento, ¿os he despertado?

-No, estoy preparando el café, vamos a desayunar ahora. ¿Cómo va el trabajo, hija?

-Bien, mamá, como siempre.- Lana empezó a dudar si hacer la pregunta o no.- Oye…

-Dime,cariño, ¿qué te pasa?…¿tú crees que no sé ya que te pasa algo?…vamos, Lana..

No había quién engañase a su madre, estaba claro.

-Mamá, ¿hay mucha gripe por el pueblo?¿muchos resfriados o algo así?

-Bueno, mira, ayer estuvimos en el ambulatorio y nos dijo el enfermero que había mucha gente enferma, que estaban cayendo con la gripe muchísima gente. Es que no es normal estos calores que están haciendo hija…

-Si que es verdad, mamá.- dijo escondiendo su preocupación Lana.- hablamos esta noche, ¿vale, mamá? Y así hablo con papá también. Un besote a los dos.

-Vale, cariño, después hablamos. Besitos!!

Lana no consiguió lo que iba persiguiendo en un principio, pero logró algo. Al menos sabía que había muchos enfermos en el pueblo, pero era gripe, o al menos eso le había dicho el enfermero a sus padres.

Realmente el clima no acompañaba, hacía mucha más calor que en años anteriores. En la costa podía sobrellevarse, pero en la ciudad el calor era asfixiante en algunos momentos del día.

Salió con tiempo suficiente para comprar por el camino un bollito de crema, de esos que tanto le gustaban, e ir tranquilamente comiéndoselo por la calle, de camino a la oficina. Y que la gente la mirase como cuando era una mocosa y se iba comiendo el pan que su madre le mandaba a comprar.

Llegó a la oficina, entró en su despacho y de lejos vio llegar al gerente. Se dispuso a salir para saludarlo, pero vio que iba bastante acelerado y hablando por teléfono. Lo dejó pasar.

A las nueve en punto se cerraba la puerta del despacho del gerente. Dentro del despacho, unas quince personas esperaban con curiosidad el comunicado urgente…

-Os he convocado aquí hoy para daros una noticia.- empezó a decir el gerente con gesto grave y tono serio.-es una pésima noticia, pero debéis saberla, claro está. Anoche, a eso de las ocho y cuarto de la tarde, Juanma empeoró, su respiración fue colapsando y falleció. Siento decíroslo así, pero no encuentro otra manera.

El revuelo en la oficina fue unánime. La confusión que llegó después fue acallada por el gerente…

-La mujer de Juanma y su hija han sido ingresadas también. Empezaron a tener síntomas el lunes. El martes ya no pude hablar con ella, estaba entubada, hablé con el padre de Juanma. Y él me ha ido informando de todo. Por lo que le han dicho los médicos, ha sido el virus…

-Pero…yo he estado en contacto con él antes de darse de baja…¿tengo el virus ese?.-preguntó un compañero de creatividad.

-Según dicen, si lo tuvieses, tendrías síntomas ya.- le respondió una chica de recepción.- pero yo voy a ir al hospital en cuanto salga, no vaya a ser…

-¿Podemos ir juntos?.-dijo otra compañera.-a ver si lo vamos a tener todos..

Lana miró a su gerente y decidió hablar y tratar de tranquilizar al personal.

-A ver, por favor..-intentó hablar por encima del bullicio que se había formado.-vamos a guardar la calma. Si nos hubiésemos contagiado, estaríamos visiblemente enfermos. Al menos, eso dicen, tendríamos tos, fiebre y nos costaría respirar. Aquí estamos todos bien, ¿no?

-Si, creo que estamos todos bien..-respondió el gerente.-gracias, Lana, por tu calma y rigor. Vamos a intentar trabajar. Nos vamos a ir informando de lo que ocurre, intentad que sea de fuentes fiables, nada de rumores. Y al final de la jornada, nos reunimos de nuevo, vemos si estamos bien y seguimos.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Con ese ánimo de cooperación, que realmente siempre reinaba en la empresa, siguió adelante la semana.

El mazazo de la muerte de Juanma fue una losa que difícilmente pudieron superar. Las siguientes noticias, más duras si caben, decían que no podían acudir a su velatorio ni a su entierro. Lo cual los sumió en un clima de confusión y preocupación más grande.

El fin de semana llegó como un respiro. Un poquito de aire fresco entre tanto aire viciado, tanto rumor y tanto dolor que se iba acumulando en la oficina.

No ayudaba para nada el deber de estar informada en todo momento de lo que sucedía en torno a un virus desconocido de procedencia más desconocida todavía y que lo único que dejaba a su paso era muerte.

El día 9 de marzo había cientos de contagiados en España, confirmados, por coronavirus. Empiezan a surgir noticias de comunidades autónomas que van a suspender las clases en todos los niveles educativos. Solo por dos semanas. Hay al menos veinticinco muertos.

Empezar la semana con tal noticia era, cuanto menos, machacante.

Pero había que seguir.

Lana había estado en contacto con sus padres y hermanos durante el fin de semana. Su madre le había contado que había ido al piso a ventilarlo y limpiarlo un poco. Se le oía con tanta ilusión que podía pararse el tiempo y toda aquella marabunta que las rodeaba cuando hablaba de todo lo que rodeaba a la vuelta de su pequeña al pueblo.

-Cuando yo esté allí no hará falta que vayas a limpiar,mamá, ¿lo sabes,no?.-tentaba la suerte Lana.

-Si,claro, por eso lo hago ahora, hija mía. Tú tranquila.

El día 10 de marzo se acumulan otras tantas muertes en todo el país. Se suspenden las clases durante dos semanas en más comunidades autónomas y hasta se cancelan las Fallas de Valencia. Así mismo, los partidos de fútbol tendrán que celebrarse sin público.

Cada día era un nuevo “cartelón” de noticias a cual más digna de confusión.

Y además era como ver y sentir que el círculo se iba cerrando en torno a todo lo que Lana quería.

La semana se tornaba pesada y espesa. Empezaba a sonar a broma pesada todo aquello. El mismo día que salta la noticia de la suspensión de las clases en buena parte del país, Carla, la otra recepcionista, dice por el grupo de Whatsapp de la empresa que empezó a tener tos en mitad de la noche, le subió rápido la fiebre y decidió irse a urgencias. Cuando les llegaron las fotos de los pasillos de urgencias atestados de gente, los audios de Carla, explicando que llevaba esperando dos horas por una radiografía….un texto en el que decía que la habían ingresado en una planta medio vacía, donde el personal iba vestido de astronauta…todo era tan surrealista, que daba mucho miedo.

Sin querer saberlo, todos sabían que terminaría pasando lo que pasó. Dia 15 de marzo de 2.020.

Inicio del confinamiento en España.

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Nota de la autora: lo que se veía venir, llegó. Efectivamente, el covid llega a la vida de Lana, como llegó a todas nuestras vidas. De imprevisto, poniéndolo todo patas arriba y desmontando la versión de la historia que nosotros, entre todos, habíamos montado.

La confusión inicial fue tremenda. En el punto de la historia en el que nos encontramos, lo va a seguir siendo. Y va a provocar cositas por varios flancos en la historia de Lana.

Por si hay alguien despistado por aquí que quiere leer la historia desde el principio, AQUÍ dejo el link de Lana(1). A partir de ahí, podéis encontrar todos los capítulos de esta historia.

Como siempre, espero que os guste. Hacédmelo saber, por favor. Gracias por seguir ahí.

La suerte…

Aquella mañana, Fede, se dio la vuelta en su cama temiendo encontrar a Maya de nuevo entre sus sábanas. Siempre se decía que iba a ser la última vez, pero llega el finde, las copas, las fotos, la locura y ella termina «llevándoselo a su terreno», aunque, curiosamente, su terreno sea la cama en casa de Fede.

Pero no estaba, hoy Maya, para romper la norma, no se había quedado a despertar a Fede con un café y sexo matutino. No sabía si echarla de menos, porque era verdaderamente buena en la cama. Prefirió no pensarlo mucho más, se levantó, se duchó y se puso a desayunar, pensando que, en breve, Maya estaría llamando o enviando mensajitos con emojis, de esos que le gustan tanto a ella.

Maya y Fede se conocieron en el instituto. Ella acababa de aterrizar en España, procedente de México. Se encontraba sola, las chicas la miraban recelosas, los chicos la miraban raro. Cuando hablaba en clase, todos (o casi todos) se reían. Era diferente, por eso, su prioridad era pasar desapercibida. En la clase de al lado estaba Fede. El jugaba en otro nivel. Era el líder de los chicos, se hacía todo lo que él quería, cuando él decía y como él decía.

Ulrike Mai en Pixabay

Por esa razón, el día que a Maya le tocó hacer una exposición en el salón de actos, frente a todo el alumnado y profesorado, con motivo del Día del Planeta y, habiendo empezado a hablar, todos empezaron a reírse…Maya creyó que el mundo se derrumbaba a sus píes sin remedio alguno. Los profesores siseaban, mandando a callar a todos aquellos que se burlaban de ella. Maya seguía en el escenario, con la cabeza gacha y sin querer seguir leyendo su discurso acerca de la destrucción provocada por el hombre en el bosque amazónico. Entonces, más bien con todo su afán de protagonismo que en papel de salvador, Fede se puso de pie y le gritó e increpó a sus compañeros y compañeras. Les dijo que parasen ya las burlas contra Maya, «La chica lo está pasando fatal, ¿no la veis?…¿Cómo os sentiríais allí arriba ahora mismo?»

Siguió con su defensa al ver que todos y todas se callaban…pero no sintió la mirada de Maya. Ella ni siquiera lo había visto en aquellos cuatro meses de infierno que llevaba vividos entre las paredes de aquel instituto. Ni siquiera había caído en aquel chico larguirucho y desgarbado que ahora la defendía como si fuese su hermano. Ni siquiera sabía como se llamaba.

«¡Fede!».- dijo la profesora de Educación física- siéntate ya, nos ha quedado claro tu mensaje. Gracias por defender a tu compañera Maya.

Ahora si sabía como se llamaba. Tenía que buscarlo para agradecerle su gesto. Pero no fue fácil llegar hasta él. Después de la fiesta del Día del Planeta, en la que Maya se dedicó a mirar cada acción de Fede desde un rincón del patio, no se atrevió a acercarse. Al cabo de dos días quiso hacerlo, al cruzarse en el cambio de clases con él. Pero le pareció que no procedía, ya habían pasado dos días de lo que pasó…Así fueron pasando los días…Hasta que otra casualidad les unió.

Un sorteo decidió que Maya y Fede compartieran asientos en el bus de la excursión a un yacimiento arqueológico de la zona. En la primera media hora de viaje, Fede se dedicó a mirar la pantalla de su móvil como si no hubiera otra cosa en el universo. Maya, que le había sonreído al subir al bus y no obtuvo respuesta alguna, se dedicó a mirar por la ventanilla y disfrutar del paisaje, ya que al otro lado se encontraba el gran fracaso del año: un chico que la había defendido y ni siquiera se acordaba de ella…

Todo cambió cuando se acercó Amelia, la profe de Educación física, y le recordó a Fede su gesto con Maya…Entonces Fede se quedó mirando a Maya y dijo alucinado: «¿y nos ha tocado juntos en la excursión?, esto no es casualidad, Amelia», sonriendo le preguntó a Maya como le había ido en el centro a partir de aquel día. Maya le contó triste que todo había seguido igual. Que pudo hacer su exposición tranquilamente, pero que todo había vuelto a la misma tónica al día siguiente. Él se lamentó y se disculpó. Maya le dijo que no era culpa suya, evidentemente. Pero él le dio una razón más que suficiente: «Si fue mi culpa, debería haber estado a tu lado, no habría vuelto a pasar».

Aquello solo fue el principio. Fede insistió en esperarla cada día en la puerta del instituto, vigilar en el recreo y hasta consiguió su teléfono para llamarla al final de cada día, para saber como había ido la jornada.

Realmente, Fede no estaba enamorado. Al menos al principio. Maya supo que quería a Fede a su lado siempre prácticamente al mes de empezar esta rutina de vigilancia. Pero nunca se lo dijo.

En los tres años que compartieron instituto, Fede se convirtió en su mejor amigo. Porque la rutina de vigilancia se fue ampliando, la confianza fue abarcando más terreno y el cariño fue haciendo presencia. Primero fueron los besos, inocentes en la mejilla, de despedida y bienvenida. Acompañados siempre de un abrazo, claro. Hasta que un día, Fede decidió darle un besito en los labios.

Jupi Lu en PIxabay

Maya se encerró en su casa durante una semana. Estaba segura que Fede se estaba riendo de ella y le dolía en el alma, después de tantos años…a los seis días, Fede llamó a su puerta. Al abrir, se asustó. Era la última persona a la que esperaba ver. El se sentó en su cama, entre pañuelos de papel y libros, y tuvieron una esclarecedora conversación en la que Fede le dijo que había empezado a sentir algo por ella. Le pidió un mes. Un mes como novios. Un mes en el que saber si ella era imprescindible en su vida. Evidentemente, Maya, se lo concedió.

Fue el mes más feliz para Maya. Su sueño se iba haciendo realidad cada día. Besaba, abrazaba, acariciaba, deseaba, peleaba y poseía al chico de sus sueños. Fue el mejor mes de su vida. El último día del mes, Fede organizo una cena. Maya rezaba porque aquel mes solo hubiese sido el primero de muchos. Pero no fue así. Fede le dijo que necesitaba conocer más gente. Necesitaba saber si le gustaban otras chicas u otros chicos.

Maya se quedó tan rota que desapareció. Se fue. Ni siquiera Fede pudo averiguar donde estaba. En su casa no, desde luego.

Fueron días raros para Fede. No sabía si realmente la necesitaba o echaba de menos a su amiga. O ambas cosas. Pero se despertó muchas noches llorando, después de haber soñado con Maya.

Pasaron seis meses. Maya apareció por el barrio y a Fede le llegó la noticia por un amigo, que le dijo que había visto a Maya bajarse de un coche delante de su casa. Decidió ir esa misma tarde.

Maya le abrió la puerta. Era otra. A simple vista, su pelo había cambiado, había perdido peso y su ropa era distinta. Sin miedo, le preguntó que quería. Con descaro. Fede se vio abrumado. Le preguntó si podían tomarse un refresco y hablar. Ella le dijo que tenía cosas que hacer. Y que ya le llamaría.

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Estuvo días esperando la llamada de Maya. Pero nunca llegó. Estaba muy claro que no le iba a llamar. Le envió mensajes, muchos, que ella veía y no contestaba. La rabia y la curiosidad se lo comían por dentro. Fue a llamar a su puerta de nuevo. Esta vez la pilló en pijama. Era tarde. Ahora no tendría excusa. La invitó a salir a cenar. Maya le puso una excusa estúpida y él la rebatió entre risas. Maya no tuvo más remedio que ceder. Le hizo esperar 45 minutos, en los que ella se duchó y acicaló para salir como una diva de su casa.

Fede la llevó a un restaurante del barrio, propiedad del padre de un amigo, allí se sentaron en un rinconcito íntimo. Él decidió ir «al grano»: «¿Dónde has estado, Maya?, te llamé, te mandé mensajes…pero no estabas en ningún sitio» …Maya sonrió. La ironía brilló en su rostro. Le explicó tranquilamente que se fue porque sabía que nadie la necesitaba aquí. Se fue a su país, a estudiar, aunque no había podido terminar, porque su madre había enfermado y por eso había vuelto.

«¿Solo por eso?».- preguntó Fede.

«Si, Fede, solo por eso. Si hubiese vuelto por ti, habría ido a verte en cuanto puse el pie en España. Pero ya no, ya no puedo sentir nada por ti.»

La cena fue solo un mero trámite que ambos aligeraron para terminar cuanto antes. Después pasaron otros cuantos meses hasta verse de nuevo. Fue en el entierro de la madre de Maya. Fede, como amigo, comprendió que debía estar con Maya. Fue recibido igual de bien que siempre por la familia de esta, algo más fría estuvo Maya, pero aceptó su presencia.

Aquella noche de velatorio fue eterna. Maya se acercó a él a eso de las cuatro. Solo le dijo: «¿Me acompañas?». Él le acompañó, claro. Sabía que debía estar en los bajos momentos en los que Maya quisiera llorar en su hombro, pero no sabía que Maya querría llorar en la barra de un bar delante de un vaso cargado de vodka o que quisiera llorar mientras hacían el amor de nuevo. Aquello fue un choque tremendo para él. Al día siguiente tenían entierro y no sabía como mirar a su amiga. Pero ella estaba muy tranquila, claro. Tan normal, vaya.

El entierro transcurrió con total normalidad, sin ningún sobresalto. Fede se fue a casa después de despedirse de la familia de Maya. Y dejó pasar el tiempo.

Maya vivía dos calles más allá. Cuando salía de su casa, pasaba delante de la casa de Fede. Él la veía salir cada noche. Una noche decidió seguirla, no sospechaba nada malo de su amiga (bueno, no sabía ya que era),pero temía que esta no estuviese llevando bien el duelo. Efectivamente, la vio entrar en aquel bar al que lo llevó la noche del velatorio. Sentarse en la barra y pedir un trago. Cuando él entró, ella ya llevaba algo más de tres vasos. Y no se dio cuenta de que Fede se sentó a su lado. Cuando se percató, dio un bote en el taburete. Creyó que estaba viendo un fantasma o algo así y empezó a reírse después del susto. Fede también se rio. La tomó en brazos, la llevó a su casa, a la de Fede, y la metió en su cama. Después, él se acostó en el sofá. Por la mañana, Maya se despertó eufórica, se lanzó encima de Fede, aún acostado en el sofá, lo besó y se fue corriendo.

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Esa fue la dinámica que se estableció entre ellos en los siguientes meses. Recordaba un tanto a aquella que les unió en el instituto, pero ahora era más grave y peligrosa. Maya se metía en peleas. Bebía. Bebía muchísimo. Incluso llegó a drogarse cuando tuvo ocasión. Siempre terminaba en su casa. A veces hacían el amor. A veces Maya lloraba. A veces solo dormía, después de vomitar toda la porquería que había consumido.

Una noche, Maya llamó a Fede por teléfono. Le dijo que todo había terminado. Que no iba a salir más, no iba a beber ni consumir más. Él le dijo que se alegraba y que si necesitaba ayuda, allí estaba él.

No volvió a verla hasta tres meses más tarde.

Desde el otro lado.

Aquí estoy. Sentada en mi sofá. Todo está oscuro y tranquilo. Todo menos el cuerpo delgado y menudo de mi hija Sandra, que llora desconsolada a mi lado. Está hecha un ovillo de piernas, brazos todo enredado con su larga melena rubia. Es tan frustrante esta situación.

…Hace tres días que pasó. Hace tres días que me fui. Y todavía nadie sabe donde estoy. Creo que ni siquiera yo misma. Pero será mejor contarlo desde el principio…

Ya llevaba enferma unos años, pero los últimos meses fueron algo caóticos. Mucho hospital, mucha infección oportunista, mucho sufrimiento. Si algo recuerdo muy bien es eso, mucho sufrimiento. Veía las caras de todos y sufría más todavía. Mi marido, mis hijas, mis amigos. Todos estaban pasándolo fatal por mi culpa. Un día, después de mucho tiempo ingresada, llegó el doctor que me acompañó en todo el periplo de mi enfermedad y nos dijo que quería hablar con nosotros un ratito. Es muy ameno, muy campechano como dicen por ahí. Nos contó que todo se había complicado por allí dentro. Mi «bichito» estaba campando a sus anchas por mi cuerpo y ya nada lo podía detener. Solo quedaba esperar. Dado que no sabía el tiempo exacto de espera, nos quería mandar a casa, para que todo fuese más intimo y personal.

Mi marido y yo, tuvimos unos momentos para pensarlo. Bueno, mi marido lo pensó, yo estaba loca por salir del hospital. Estaba muy agobiada allí dentro y necesitaba descansar en casa. Se lo agradecí eternamente al doctor, me despedí de todo el personal y nos marchamos. Los primeros días fueron geniales, hacía tiempo que no estaba en casa. La morfina aplacaba el dolor y un extraño «chute» de energía me poseyó e hizo que tuviera tres días gloriosos en los que pude repartir besos y abrazos, cocinar e incluso recibir a mis amistades en lo que fue, ahora que caigo, mi «última cena».

Al cuarto día amanecí muy mal. Las caras de mis hijas lo decían todo. El abatimiento en sus ojos, era más doloroso que la propia muerte. Cuando cerré los ojos aún pude sentir como apretaban mis manos, en un intento inútil de mantenerme en este mundo. Menos mal, debo decir, que fue una muerte muy dulce. Simplemente me dormí. Creo que ya lo había sufrido todo antes, los meses anteriores fueron agotadores.

Lo primero que sentí fue un crujido extraño, como si un adhesivo interno se fuese despegando y ya me sentí ligera. Sin dolor. Sin peso. Sin cuerpo. En mis creencias, aquellas que me habían metido a base de biblia y castigo en mi infancia, ahora yo debía ver un túnel o algo así…vería la luz, y a mis seres queridos que ya partieron. Pero no veía nada. Cuando quise darme cuenta, lo único que veía era como llevaban mi cuerpo de un lado a otro, hasta llegar a mi velatorio.

De verdad que no quería que los míos pasasen por todo aquello. Tanta tristeza, tanto llanto, mis niñas… eso seguía doliendo. Si ya no podía sentir, ¿por qué me afectaba tanto ver a mis hijas rotas de dolor?, no podía más. Me fui.

Me fui a casa. Y allí esperé.

Pero allí fue más de lo mismo. Llegaron vecinas, familiares que no veía desde hacía un siglo, amigas que dejaron de llamarme cuando supieron de mi enfermedad, algún cobrador sinvergüenza, amigos y amigas de mis hijas, incluso profesores y profesoras de colegio e instituto. Todos lamentándose, llorando. No podía soportarlo. Pero no sabía donde meterme.

Me fui a mi dormitorio, allí no había nadie y podría estar tranquila. Al rato llegó mi marido, traía a una de mis hijas, a Sandra (la misma que llora a mi lado ahora), del brazo. Iba zarandeándola. No me gustaba un pelo aquello. Ella lloraba y gritaba histérica. Después de cerrar la puerta, mi marido se encaminó hacía ella, me puse en medio porque creí que iba a pegarle, pero solamente la sujetó de los hombros para decirle tranquilamente que se relajase. Que no era bueno para ella ponerse así. Que mamá ya estaba descansando….a ver, podemos matizar un poco ese aspecto, por que descansar, lo que se dice descansar…

Anoche fue una noche eterna. Como parece que va a ser esta también. Sandra se encerró en su cuarto esta mañana después de gritar en medio del salón que se negaba a seguir viviendo sin mi. Su hermana, tres años mayor que ella, se sentó delante de su puerta con un álbum de fotos apoyado en las piernas. Entre sollozo y sollozo, le decía cosas como: «Sandra, mira, ¿te acuerdas cuando mamá nos llevó por sorpresa a hacer un picnic al pinar de al lado del cole?¿recuerdas como se reía cuando nos lo dijo y empezamos a gritar de alegría?»….»Mira, Sandra, aquí tengo una de aquel cumple tuyo en el que se les cayó tu tarta y tu llorabas como una loca mientras papá salió corriendo a comprar otra y mamá te hacía soplar la vela en una magdalena, que risas aquel día»….»¿ Y cuando íbamos a la piscina?, ¿recuerdas como se reía cuando nos veía jugar?…

Anemone123 en Pixabay

Fue extraño. Pero me sentí brillante. Me sentí tan querida, tan amada. Me sentí muy bien. Sentí que había cumplido una de mis misiones en esta vida, ellas sabían lo mucho que las quería. Aquella risa de mi hija mayor me daba luz, me daba fuerza. Estaba sentada a su lado, me incorporé y le toqué la cara. Ella paró de hablar y puso su mano en la mejilla que yo había tocado. ¡Lo había notado!. ¿Ahora qué?…. ahora nada. Mi hija dejó caer una lagrima y siguió intentando que su hermana saliese de su dormitorio.

Cuando entré a ver a Sandra encontré un cuadro espantoso. Su ropa sucia se mezclaba con la limpia, las cortinas no dejaban que la luz natural entrase por la ventana, la cama no tenía ni sabanas, ella se tapaba con una manta. Estaba escondida en un rincón de aquella habitación, que ahora si parecía de adolescente pero que normalmente lucía limpia, luminosa y ordenada, para envidia de todas las madres de sus compis. Me acerqué y le toqué el pelo. Pero ella no sintió nada. No podía sentirme. Estaba sumida en su propia oscuridad y tristeza. Demasiado profunda para poder percibirme. De repente escuché que me llamaban. Pensé que sería San Pedro, ya estaría enfadado por mi retraso. Pero no, era mi hija mayor.

Estaba en su dormitorio. Sentada en su cama y llamándome en voz baja. Me senté a su lado. Era cálido estar a su lado. Me gustaba. Me sentía bien. Me debió sentir porque me agradeció que estuviese allí. Lola, en honor a su bisabuela, empezó a hablar «al aire», realmente me hablaba a mi… «mamá, te he sentido antes, ¿eras tú, verdad?, no creo que me haya vuelto loca tan pronto,¿no?»…al mismo tiempo que hablaba, Lola, se iba emocionando. Podía ver ese brillo especial en su cara. «Ojalá seas tú, sería maravilloso poder tenerte, aunque fuera de este modo»… aquello me partía el alma, pero por fin veía y sentía algo de felicidad. Mi hija era feliz por sentir mi presencia fantasmal. Que bonito. Bueno, al menos era un avance. «Sé que si te recuerdo feliz, si recuerdo momentos valiosos y graciosos contigo, te daré luz, te daré energía. Podré hablar contigo un día de estos»…yo estaba absorta… ¿con quién había estado hablando esta niña sin que yo lo supiese?, aunque no estuviera en disposición de quejarme, pero es que…¿no iría a hacer una ouija de esas, verdad? Aquello me inquietó y me enganchó a ella toda la tarde. Estuvimos viendo fotos, rescatando recuerdos. A veces lloraba ella, a veces lloraba yo, a veces las dos. Para mi, fue otro recuerdo más. También encendió algunas velas. La luz de las velas siempre me ha gustado, me gusta el suave bamboleo de su llama.

Cuando salimos para encender una vela en el salón, vimos que Sandra estaba allí sentada. Lola se sentó a su lado y la abrazó silenciosamente. Ella sabía que no era el momento de contarle lo que estaba pasando. Sandra estaba muy mal. Hervía por dentro de ganas de abrazar a mi pequeña, cerraba los ojos y aún podía verla corriendo por el pasillo del cole hacía mi. No tenía aún los 17 años, había crecido muy rápido y los últimos años habían sido muy duros para ella. Estaba muy apegada a mi, Lola era más independiente, Sandra necesitaba siempre de mi aprobación. Creo que hasta para llorar necesitaba mi visto bueno. Cariñosa, pegajosa, charlatana, zalamera, presumida. Ella es una pequeña flor, que ahora anda mustia, pero que abrirá de nuevo sus pétalos. Seguro.

Cuando vió que Lola encendía la vela, le preguntó bruscamente el por qué. Lola le explicó pacientemente que las almas necesitan luz. Y que eso hará que mi paso al otro mundo sea más fácil. Sandra empezó a llorar otra vez. Le dijo que no quería que yo pasase a ningún otro mundo. Que me quería allí.

Lola le dijo lentamente: «Pero es que está aquí, y tú no haces más que llorar, por eso se va a ir»….a lo que Sandra, enfadada, respondió: «Si, tengo yo cuatro años ahora para creerme esos cuentos de chantaje emocional, no te digo». Creí conveniente hacerme notar un poquito. Todo estaba cerrado. No había corrientes. Pasé al lado de la vela y la apagué, acto seguido me senté junto a Sandra.

Ambas miraban la vela con expectación. Pero ambas expectaciones eran distintas. Lola, satisfecha, parecía dar las gracias por el empujoncito. Sandra, incrédula, parecía querer que se la tragase la tierra. Se quedó inmóvil y solo se movió para tocarse el brazo que estaba en contacto conmigo. Sentía frío, claro. Lola le estuvo explicando lo mismo que me había dicho a mi, todo aquello de los recuerdos graciosos, las risas, la luz y energía… y Sandra se sorprendía más por momentos. «¿Se supone que tengo que estar contenta porque mi madre se haya muerto?»

«No, eso sería antinatural. Estás agradecida porque haya dejado de sufrir. Y estas contenta por haber vivido el tiempo que has vivido con ella»…Lola era una experta, y yo no sabía como había llegado a serlo. «Si estás llorando y maldiciendo, ella no podrá estar contigo, porque tu tristeza la apaga, la deja sin energía»…»Pero si su recuerdo te pone contenta y hace que tus días sean mejores, ella te acompañará siempre».

«Voy a hacer la cena, papá está a punto de llegar», dijo Lola y desapareció por el pasillo. Allí nos quedamos solas Sandra y yo, bueno, se quedó sola ella…no sé… Pegó un respingo y me asustó a mi también, se puso de pie y fue a su dormitorio, la esperé, apareció con un paquete de pañuelos de papel y un cuaderno, su diario. Primero se limpió bien las lagrimas y los mocos. Pobrecita mía, que mala cara tenía, siendo tan guapa como era.

Después abrió el cuaderno y empezó a buscar. Tras unos minutos, paró y empezó a leer bajito: «Hoy mamá a venido a recogerme al cole porque me ha pasado algo extraño. Muchas veces me sale la mosqueta, pero hoy he empezado a sangrar por otro sitio. Y eso ha sido raro, aunque Lola ya me había dicho que esto pasaría, son cosas de chicas, dice ella. Mamá ha venido con un pantalón de chándal y unas braguitas limpias y me ha ayudado a cambiarme en el servicio. Me ha preguntado si me dolía algo y le he dicho que no, pero hemos salido del servicio y le ha dicho a la seño María que me llevaba a casa por que estaba dolorida. Al principio de montarme en el coche me ha dado miedo porque creí que me iba a echar una bronca, pero después he visto que ha parado en la heladería de Concha y ha comprado dos cucuruchos con dos bolas de chocolate y se ha sentado conmigo detrás. Mientras nos comíamos el helado me ha contado que a ella nadie le dijo nada, porque antiguamente eso estaba más oculto. Y mi abuela no le dijo nada, y el día que ella manchó por primera vez creía que se estaba muriendo y pasó medio día encerrada y llorando, esperando que viniese la muerte a por ella. Que risas hemos echado. Cuando hemos terminado, mamá y yo hemos recogido a Lola en el instituto y a casa a comer. Me lo paso genial con mamá…»

Al terminar de leer, Sandra levantó su mirada hacía la vela, que permanecía apagada. Tomó el encendedor y prendió la mecha. Yo seguía sentada a su lado. Lo había comprendido, había entendido perfectamente lo que su hermana le había explicado. Esa es mi chica. Pasé mi mano por su pelo…y esta vez si lo notó. La abracé, lo más fuerte que pude. Y ella abrazó su delgado cuerpo como queriendo abrazarme. Sin poder evitarlo, se ha puesto a llorar y se ha ido acurrucando en el sofá. Aquí estamos las dos, llorando, mirando la vela y esperando otra oportunidad para poder sentirnos.

Myriams-Fotos en Pixabay

La memoria…

Hoy me apetecía escribir sobre una de las autoras que he leído últimamente. Gracias al grupo de intercambio de libros (si tenéis Facebook, AQUÍ os dejo enlace) que os mencioné hace unas semanas, conseguí un ejemplar de «La memoria de la lavanda» de Reyes Monforte. Anteriormente, había leído «Un burka por amor», de esta misma autora, por eso mismo quise hacer el intercambio.

Me gusta mucho la narrativa que practica Reyes, una narrativa dulce, que fluye incluso, a veces, empalagosa. En el caso de «Un burka por amor», esa narrativa se vuelve por momentos dura y chocante…pero el tema lo requiere.

En «La memoria de la lavanda», Reyes nos cuenta la historia de una pérdida, la historia de una vida después de la pérdida de un ser muy querido. Una vida que «es sin ser», como ella misma explica en el libro. Realmente, ahora os hablo como persona que sufrió una gran pérdida hace unos años, la vida nunca se recupera. Se inventa una nueva vida. Se va haciendo una nueva vida a partir de los «cachitos» que puedes recoger después de la explosión que supone algo así. En este libro se plasma perfectamente el sentimiento que podemos llegar a tener en cada momento. Es duro incluso, porque te identificas tanto con Lena, la protagonista, que duele.

Lena vuelve, tras unos meses, a esparcir las cenizas de su marido en el pueblo natal de este. En plena Alcarria, en pleno festival de la lavanda, con todo el pueblo en fiesta, emanando el peculiar aroma de la lavanda (que unos odian y otros amamos), y teniendo que afrontar reencuentros gratos y no tan gratos. Teniendo que revivir momentos con su marido fallecido. Teniendo que hacerse fuerte ante los recuerdos que hacen que Jonas esté más vivo que nunca.

Si has sufrido una pérdida, Lena te enseñará a remover los recuerdos, a sentir olores y recordar momentos, a escuchar sonidos y que vengan imágenes a tu cabeza. También te enseñará a reírte ante situaciones que, a lo mejor, nunca hemos confesado…pero que todos hemos tenido.

Tanto dolor, envuelto en el aroma adormecedor de la lavanda, recuerdos, secretos familiares, rabia y venganza, todo deliciosamente tratado y contado por una Reyes Monforte que escribió este libro en pleno duelo de su marido.

Si no lo habéis leído ya, es un libro que vio la luz en 2.018, os lo recomiendo. Tanto si habéis sufrido una pérdida como si no. Y si lo habéis leído y sois seguidores de la autora sabréis de sobra que tiene nuevo titulo en las librerías: «La violinista roja», que pinta muy bien, y que ¡¡estoy deseando pillar!!

Algunos datos más sobre Reyes Monforte:

Nació en Madrid en 1.975, por tanto tiene 47 años, es periodista y, por suerte, escritora. Esta última pasión podemos decir que es consecuencia de su oficio en la radio, ya que «Un burka por amor», su primera novela, nació a raíz de una llamada a su programa de radio por parte de una oyente. En el año 2.007 se publicó la primera edición de este, su primer libro, el cual se ha llevado incluso a la pequeña pantalla, en formato serie. Ella, Reyes, ha seguido compaginando su profesión con su faceta de escritora, lo cual ha enriquecido mucho su narrativa con muchos y diversos temas. Centra sus libros en historias de amor, mujeres que sufren, secretos familiares e injusticias, pero, como ya decía antes, con una narrativa, una manera de contar las cosas, muy bien estructurada y deliciosa para los sentidos. La verdad es que podría contar algunas cosas sobre su vida personal, pero no creo que nos interese mucho, así que nos quedamos con lo que tenemos aquí.

Bibliografía:

  • Un burka por amor (2.007)
  • Amor cruel (2.008)
  • La rosa escondida (2.009)
  • La infiel (2.011)
  • Besos de arena (2.013)
  • Historias de amor que dejan huella (2.013)
  • Una pasión rusa (2.015)
  • La memoria de la lavanda (2.018)
  • Postales del este (2.020)
  • La violinista roja (2.022)
Reyes Monforte

Dicen que nunca muere quien siempre vive en la memoria. Es una frase preciosa y muy cierta. Pero muy dura, también. Tener que acostumbrar a tu alma a vivir solo con el recuerdo de quien tanto has querido en vida es desgarrador. Vivir sin aquella persona que era importante para ti puede llegar a ser un lastre para siempre, si no sabes hacerlo bien. Los recuerdos son bonitos, pero hay que saberlos manejar para no vivir en ellos más que en tu presente. La muerte es algo tan cierto como la vida y nos han educado en la creencia del miedo hacia ella, en la absoluta negación de que va a llegar y como nos gustaría que llegará. Todavía hoy en día es tabú para mucha gente hablar sobre ese tema, cuando es muy necesario. Viéndolo desde la distancia, ahora creo que es imprescindible hablar sobre la muerte…con los hijos, con la pareja, con los amigos. Es algo natural. Pensadlo: hablamos sobre violencia, guerras, secuestros, maltratos…pero no sobre nuestra muerte. Debemos superar esas barreras, esos tabúes y conversar con los nuestros sobre la muerte.

Sin más, os deseo un buen fin de semana, lleno de relatos, libros e historias. Aprovechadlo bien.