Lana(10)

La voz sonó tan cercana que por un momento creyó escucharla en la misma estancia donde ella estaba. Dio un respingo y buscó de donde procedía la pregunta. Sentía que su cara se había puesto roja, el rubor se siente cuando sube, porque quema tu piel. Cuando fue a ponerse de pie…

-Tranquila, he sido yo.-dijo la misma voz.-aquí en la ventana.-esta vez, elevó el tono.

Lana miró entonces hacía el ventanal de su salón. Entonces se percató de la presencia de su vecino, en el edificio de enfrente. Un hombre de unos 30 años, moreno, pelo corto. Su piel era blanca, de un color pálido. Era alto y delgado. Y tenía una mirada…una mirada profunda y oscura.

Lana observó y analizó la situación. Utilizó la misma mirada crítica que utilizaba en su trabajo. Aquel vecino estaba haciendo lo mismo que ella hacía cada noche con la madre de aquellos cuatro chiquillos o con la pareja que esperaban a su bebé en breve. Solo que él había dado ese paso que ella nunca se atrevió a dar. En su cara no veía ninguna maldad. Al menos para tener la edad que parecía tener.

-Eran mis padres, hacía casi un mes que no los veía.-dijo Lana acercándose tímidamente a la ventana.

Se sintió super extraña. Nerviosa incluso. Hablar con alguien del “mundo exterior”, tener la posibilidad de entablar una conversación con alguien nuevo. Todo aquello era extraño y nuevo.

-Yo tengo a los míos muy lejos.- dijo el vecino bajando la cabeza.

Lana pudo observar entonces que los dos se sentían igual de solos. Pero recordó haber visto esa misma mañana a gente andando por su piso, vio varias personas.

-Perdona la intromisión, esta mañana había varias personas en tu casa. No sé si lo…

-Si, han venido a hacerme el test.-dijo antes de que Lana pudiese terminar de explicar lo que vio.-llevo un par de días algo congestionado, mi jefe me dijo que me quedase en casa y que iban a venir a hacerme la prueba. Estoy limpio por ahora. Pero es cuestión de tiempo.-dijo entonces con un tono de rabia, negando con la cabeza.

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-No digas eso, hombre. Hay que ser optimista. No creo que todos vayamos a pillarlo.- dijo Lana, quitando hierro al asunto.

-Bueno, todos, no sé, los sanitarios…seguramente todos.

-Ahhh,¿eres sanitario?.-preguntó sorprendida ella

-Si, trabajo en una clínica privada. En la del Dr. Costa. Está a pocos minutos de aquí.-dijo empezando a gesticular, indicando con las manos la dirección a seguir.-¿Más o menos te ubicas?

Lana hacía unos segundos que había empezado a ver solo sus gestos. Le llamaban mucho la atención sus manos…

-Ey!

-Perdón, si, si sé donde está..-dijo Lana, volviendo a la realidad.- Creo que es una de las clínicas privadas asociadas al seguro de mi empresa. Me suena mucho el nombre.

-Seguramente, trabajamos con muchas aseguradoras. Pasa muchísima gente por allí. Por eso te digo que, seguramente, todos caeremos.

-Perdona si no te puedo contestar a muchas cosas, pero veo la tele y las noticias solo lo imprescindible. Es lo mejor para mi salud mental. Intento entretenerme en otras cosas, incluso he dejado de entrar tanto como antes en las redes sociales.

-Es lo mejor que has hecho, está el mundo muy loco por la red.-dijo él entre risas.-según dicen, ha subido la adicción a las apuestas online desde que ha empezado todo esto. Imagina como va todo.

Lana se dio cuenta entonces de todo lo que se estaba perdiendo. Pero no se arrepintió para nada, sus hermanos le iban contando algunas cosas, y ella alucinaba igualmente que con ese dato que le había dado el vecino, pero seguía sin conectarse por completo al mundo online, le daba bastante miedo en aquellos momentos.

Miró el reloj y se dio cuenta de que era casi la hora de almorzar. No quería despedirse del vecino, pero sabía que, por suerte o por desgracia, lo volvería a encontrar en cualquier momento.

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-Oye, ¿hacemos una cosa?.-se atrevió a decir, después de pensarlo un rato.-porque me voy a almorzar ya y esta conversación me está gustando mucho…¿podemos vernos más tarde o vas a salir?-dijo Lana, riéndose al terminar la frase

-Bueno, había pensado salir esta noche, ya sabes, picotear algo y después a la discoteca.- sonrió el vecino.-perfecto, nos vemos por aquí….¿tu nombre?…

-Uy, verdad, no nos hemos presentado siquiera.-se ruborizo de nuevo Lana.- mi nombre es Lana, y ¿el tuyo?

-Que bonito nombre, Lana.-la miró intensamente.- mi nombre es Abraham.

-Perfecto, Abraham, por aquí nos vemos

Después de almorzar, Lana pensó en echarse un ratito en la cama. La excitación de la mañana la había trastocado y estaba algo cansada. Se preparó una infusión y se dirigió a su habitación. Cuando se dispuso a correr las cortinas, para gozar de un ambiente más oscuro para descansar, se fijó en el balcón de Abraham. Verdaderamente, el edificio de enfrente, era un edificio de lujo. Ahora que lo pensaba, este chico debía tener unos padres muy generosos y bastante adinerados que le ayudarían con su alquiler, porque seguro que aquel apartamento, en ese sitio y en las condiciones que lo tenía (lo poco que había podido observar Lana), costaría un dineral.

La música relajante, la infusión y el cansancio de la mañana hicieron que Lana durmiese una siesta como las de antaño, sin miedos ni preocupaciones. Cuando la alarma de su móvil la despertó pensó, ese día más que nunca, que había sido muy buena idea poner la alarma…porque habría dormido tres días igual de bien que esa horita, que se le hizo bien corta.

Tuvo que ducharse para espabilarse un poco, porque no terminaba de aclarar sus ideas. El cansancio mental hacía mella en Lana y, de vez en cuando, se le notaba claramente. Tras la ducha, pasó por el salón y, disimuladamente, miró hacia la ventana…tampoco quería que nadie notase que estaba deseando hablar de nuevo con su recién conocido vecino. Pero las cortinas del apartamento de Abraham permanecían cerradas a cal y canto.

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Y así permanecieron el resto del día.

A las siete y media sonó el teléfono, como de costumbre, con una “Videollamada del grupo Familia” en la pantalla.

Lana no sabía si contar o no aquella novedad en su vida. Tampoco sabía si considerarla novedad, o siquiera considerarla. Solo había sido un rato de charla, por el momento solo se quedaría en eso.

Por tanto, decidió no decir nada en el grupo. Manu estaba charlatán e hizo reír a todos con sus ocurrencias, así que la videollamada fue bastante corta, en comparación con otros días, ya que Nana no quería que Manu molestase a sus tíos.

Todos estuvieron compartiendo impresiones de sus padres, ya que Sebas había tenido el detalle de llamarlos a todos en el ratito que estuvo en la casa familiar, y todos pudieron verlos. Coincidieron en que se les veía afectados, que este encierro no les estaba viniendo bien…pero también coincidieron en que seguro que a nadie le estaba viniendo bien.

Lana, normalmente, atendía las videollamadas desde el móvil, y tenía la costumbre de ir andando mientras hablaba…en uno de esos paseos, y de soslayo, miró a la ventana de Abraham y se sorprendió al verlo allí, como esperando.

Sus hermanos terminaron pronto, Manu no dejaba hablar a nadie, tras despedirse de ellos, Lana se asomó a su ventana y preguntó:

-Buenas noches, ¿llevas mucho esperando?.- bromeó.

-Buenas noches, creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.

La frase impactó, ambos lo sabían, pero, para quitarle hierro…Abraham empezó a reír. Él no sabía el efecto que habría producido en Lana, a lo mejor le sentó mal…o muy bien….

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-¿Que tal tú tarde,Lana?.-retomó la conversación él.

-Bastante aburrida, decidí echarme la siesta, con eso te lo digo todo.-resumió Lana.

-Vaya, ¿No te gusta el cine?¿No ves series ni nada de eso?.-preguntó extrañado Abraham

-De vez en cuando veo alguna peli, pero no todos los días, porque voy a terminar asqueando la tele.

-No es para menos, Lana.-asintió con la cabeza él.- vamos a tener tiempo para muchas pelis

-¿Tú crees que pasaremos mucho más tiempo encerrados?

-Creo que si, no pinta muy bien la cosa.-dijo apesadumbrado.-en toda Europa, eh, no solo en España…

-Pues,vaya, tela…me iba a mi pueblo este mes,¿sabes?.-bajó la cabeza Lana, recordando sus proyectos, su sueño ahora hecho añicos…

-Bueno, piensa en lo más importante…tu vida. Siempre que estés viva, podrás volver a tu pueblo. ¿Es muy bonito o qué?.-curioseó él

Aquella pregunta hizo viajar a Lana. Al mismo tiempo que describía cada rincón precioso de su pueblo, podía sentir el viento azotándole en la cara, el olor del mar en las mañanas frescas de otoño, el miedo que pasaba cuando la luz de los relámpagos iluminaba su dormitorio entero…y ella se despertaba y no podía volver a dormir, y pasaba la noche oyendo las olas romper con aquel poder que admiraba y temía a partes iguales. Pudo sentir los adoquines mojados bajos sus pies, en las tardes cuando volvía de casa de alguna amiga, con la que había estado haciendo los deberes del cole…o el perfume de aquellas flores que crecían en el parque frente al ambulatorio. Era embriagador.

-Realmente…mereces volver y disfrutar de tu pueblo el resto de tu vida..-le dijo sorprendido Abraham.-no te ves la cara cuando hablas de tu pueblo, chica…cambia tu expresión y se te ilumina…todo!

-Es que me encanta.-confesó Lana.-me he llevado casi tres años peleando y negociando con mi jefe para que me cambie mi contrato y lo ponga al 100% teletrabajo…y ahora que lo había conseguido, pasa esto.

Al igual que minutos antes, Lana había brillado de pura ilusión hablando de la belleza de su pueblo, ahora todo eso se convirtió en oscuridad y tristeza. Se volvió opaca y estuvo a punto de cerrar la ventana.

-No es por pecar de optimista….ey!…mirame!.-elevó el tono él, para llamar la atención de Lana.- pero, no has podido irte, ya podrás…pero, el destino es el destino. Y aquí estamos. Nos hemos conocido en estas circunstancias. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo ahí enfrente?

Lana echó cuentas rapidamente…

-Unos ocho años, más o menos, ¿por qué?

-Porque yo llevo diez años viviendo y trabajando aquí, y jamás te había visto..-ambos se sorprendieron.-pero, te digo más, es que jamás había abierto este balcón para asomarme. Lo tuve que limpiar cuando empezó el confinamiento, y ahora he puesto aquí hasta una mesa y una silla, para poder desayunar aquí tranquilamente. Si alguna vez quieres acompañarme, desayuno a eso de las ocho cada día.- terminó con un gesto cordial de invitación, parodiando una reverencia.

-Pues,mira, no es mala idea. .-pensó Lana.- al menos podría compartir mis malos modos de “recién despierta” con alguien más que conmigo misma.- bromeó.

-Ahhh, nooo, ya tengo bastante con los míos!!!.-contestó riéndose Abraham

Lana no podía creer que fuesen las once de la noche. Se le había pasado la hora de la cena, la hora de la lectura y hasta la hora de llamar a sus padres, menos mal que esa misma mañana había podido verlos. Pero eso no se lo perdonaba.

Cuando cerró la ventana, dispuesta ya a irse a la cama, se dio cuenta que estaba eufórica y llena de energía, imposible meterse en la cama con el propósito de dormir. Se preparó algo ligero de cena y se lo comió mientras veía una película.

Era una película que había visto un millón de veces, menos mal, porque le daba rabia cada vez que intentaba ver algo en la tele pero no podía concentrarse. Y eso le estaba pasando en esos momentos, no podía ni estar atenta a la película. Solo podía pensar en la conversación con Abraham. En hablar con él de nuevo, en lo a gusto que se sentía hablando con él. En aquella primera frase… “creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.”…

Solo había sentido una vez aquello que dicen que es el amor. Fue en aquel primer noviazgo de juventud, con Jose, cuando ella creyó que estaba enamorada…pero siempre que lo pensaba, llegaba a la misma conclusión, “si hubiese estado enamorada, no habría dejado a Jose”. Ella misma ratificaba sus palabras cuando veía a su hermano Edu y a Nana, juntos desde muy jóvenes…por eso Lana pensaba que ella aún no conocía el amor.

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Nota de la autora: Lana se sorprende a si misma en este capítulo. Se conoce un poco más al dar la oportunidad, no solo al vecino, sino a si misma también, de conocer alguien nuevo…entablar conversación con él e incluso poder pensar en él durante mucho tiempo. Cosa impensable en su vida «normal».

Todos recordamos aquellos días como un período «fuera de lo normal» en nuestras vidas. Todo lo que pasaba era extraordinario. Y aquello de hablar con los vecinos a través de las ventanas no fue una excepción. Y lo de conocer vecinos que vivían junto a nosotros desde siempre, tampoco.

Sigo queriendo pensar que todo pasa por algo. Y esto también…espero que os esté gustando. Hacédmelo saber!

Lana(6)

Al día siguiente pudo sentir que el tiempo se le escapaba entre los dedos. Le dio la sensación de que , por muy rápida que hacía las cosas, no le daba tiempo de nada.

Intentó ir a despedirse de su hermano mayor, pero le fue imposible salir del pueblo. Por la mañana temprano, cuando quiso bajar a la playa, antes de que se despertasen sus padres, topó con la sorpresa de que su madre ya estaba esperándola con todos los útiles de limpieza preparados y lista para salir hacia el piso. Le causó tanta pena, que no pudo decirle que no.

A la media hora de estar limpiando en el piso, Lana le preguntó a su madre si recordaba que día se iba…y su madre le dijo que no, que creía que en dos días se iría…si pena le había dado a primera hora verla preparada para limpiar su piso, más pena le produjo decirle que se iba aquella misma tarde, después de almorzar.

La reacción de su madre fue inmediata. Tenían que terminar de limpiar e irse a preparar la ropa que seguía tendida, para que no se le olvidase nada. No podía creer que Lana no le hubiese dicho nada antes, eso no se hacía. Lana se quedó parada en el salón y vio como su madre daba mil vueltas a su alrededor, recogió, secó, terminó de limpiar y guardó en menos de diez minutos, haciendo posible que se fuesen a tiempo para tomar algo en el bar de Santi, bajar al mercado y preparar la comida, incluyendo el almuerzo y algo de cena para que cuando Lana llegase a la ciudad no tuviese que comprar nada en la calle.

Además de la típica bolsa en la que su madre metía todo tipo de cosas, desde un cuarto de jamón serrano a una toalla bordada, que llevaba guardada varias décadas en el armario del dormitorio principal, pero la había bordado su abuela. Todo eso se lo explicaba cuando Lana llegaba a casa y la llamaba para decirle que había metido una toalla por equivocación en la bolsa…”No, hija, de equivocación, nada”.

Pues, en esas estaba, preparando las bolsas con la ropa, que Lana ya había dejado medio listas la noche anterior, cuando su madre entró muy rápida y nerviosa en el dormitorio de Lana y le dijo que tenía que salir urgentemente, que le había encargado una empanada a Luisa y no sabía para que día se la encargó. Así que iba a comprobar si el encargo era para hoy o para el lunes.

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Lana escuchó a su padre reírse después de que su madre saliese corriendo a la panadería. Se sentó en el borde de la cama e intentó poner sus ideas en orden.

Sabía que no podía vivir sin su familia, pero en la ciudad estaba sola, aunque no se sentía así, la verdad. Sus padres la visitaban de vez en cuando, sus hermanos habían ido al principio, pero ya hacía tiempo que no iban a su casa, “la vida es complicada con hijos”, le había dicho alguna vez su cuñada Nana. Por eso ella acudía al pueblo cada vez que podía, e iba a verlos. No quería perder el contacto con los suyos.

De repente el teléfono sonó, su teléfono, casi siempre lo cogía con premura, porque suponía que sería por temas laborales. Pero esta vez la voz de su hermano Rober, le preguntaba cariñosamente cuando se venía definitivamente al pueblo, al tiempo que le pedía que no se olvidase de ir a verlos, que la habían visto hacía dos días y ya la echaban de menos, los niños no paraban de hablar de su tía Lana… que no tardase…

Incluso le hizo cuestionarse la vuelta a su casa en la ciudad. Pero, cuando se paró a pensar en todo lo que tenía pendiente por hacer y resolver en la casa…no pudo dejarse llevar por sus deseos infantiles de no hacer nada y quedarse siempre en la playa. Tuvo que seguir haciendo la maleta, resignada.

Un ratito después de haber salido, la madre de Lana, regresó con un paquete en la mano y una bolsa con pan caliente. El almuerzo estaba listo desde anoche y solo faltaba freír unas cuantas patatas para acompañar.

Lana había terminado ya con la ropa. Estaba en el salón, viendo la tele con su padre y charlando sobre el futuro. A su padre le inquietaba que si Lana trabajaba desde el pueblo perdiese la oportunidad de seguir ascendiendo en la empresa. Literalmente, le daba la sensación de que dejaban de contar con ella.

Ella tuvo que aclararle que iba a hacer el mismo trabajo que hacía en la oficina, pero que ahora, tras algunos años de adaptación de los equipos y los programas que utilizaban para trabajar, se podía hacer desde casa. No iba a perder nada. Y había luchado mucho por venirse al pueblo y seguir trabajando en la empresa. Así le quitó toda la inquietud y miedo a su padre. De repente, su madre dejó caer el paquete de la empanada en la mesa y los asustó.

-Ufff…-dijo secándose el sudor de la frente- que se la encargué para hoy, y yo ni me acordaba que tú te ibas hoy, figurate como tengo yo la cabeza…me haces perder el sentido, hija mía…oye, ¿aquí nadie pone la mesa o qué?

Se encaminó a la cocina, mientras padre e hija se quedaron atónitos mirándola. Eran solo las doce de la mañana, ¿para qué quería esta mujer la mesa preparada?

Tras aclararle a su madre que aún era temprano, con las risas que aquello trajo, Lana se sentó de nuevo con su padre en el salón. El tiempo que pasaba con él siempre le parecía poco. Su relación con él era de absoluta confianza y complicidad. Sus caracteres eran muy parecidos y no podían evitar discutir alguna vez, pero la mayor parte de las veces sus reacciones eran iguales, sus bromas las mismas y sus risas iban de la mano cuando se terciaba reírse.

El tema del trabajo quedó zanjado, pero, como todos los padres, el de Lana seguía temiendo por su hija. Con sumo cuidado, se atrevió a preguntarle por el tema del amor, la pareja, sus preferencias. Lana no tenía secretos. Era muy clara cuando le preguntaban por este tema.

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No tenía pareja porque era muy recelosa de su intimidad, le costaba meter a alguien en casa. Compartir sus momentos de soledad, esos valiosos momentos en los que disfrutaba de una peli, de un baño o incluso de escuchar desde su cama como tronaba allí fuera, en la calle…los disfrutaba demasiado en soledad.

Su padre le insistía en lo bonito que era tener alguien con quien hablar y desahogarse cuando llegas del trabajo, o disfrutar cuando por fin tienes vacaciones y decides ir de viaje. Todo se enriquece, según él, si lo haces con tu pareja.

Ni siquiera nombraba el término “novio”, por miedo a meter la pata. Cuando le preguntó a Lana si podía decirlo así, ella le dijo que si, que le gustaban los chicos.

-Si me gustasen las chicas igualmente te lo diría, papá, no te preocupes.- dijo mientras preparaba la mesa, ahora si, para el almuerzo.- pero no aparece el adecuado. Han cambiado mucho las cosas, papá.

A Lana le costaba un mundo conocer chicos fuera de su circulo de amistades, que se reducía a un par de vecinos y los compañeros del trabajo, que eran cuatro o cinco (los más cercanos), sin contar con el gerente.

Incluso se había instalado una de esas aplicaciones de ligues, siguiendo el consejo de una de sus compañeras de curro, pero el experimento resulto ser un fiasco total. Conoció a un par de chicos, bien parecidos, con estudios, con ganas de salir y conocerla, con ganas de otras cosas también…y con arena en el cerebro, porque esas perlas que salían de sus bocas no podían ser producto de otra cosa, más que de la arena.

Así llegó a la conclusión de que conocería a su media naranja cuando el destino quisiese, pero que aquello de forzar las cosas con aplicaciones del móvil no era buena idea. Manejaba las redes sociales, tenía miles de “amigos” por todo el mundo, pero todos sabían los límites de Lana. Y quien no los sabía,ya estaría bloqueado, seguro.

El asunto es que ella ya casi rozaba los cuarenta y no tenía un compañero de vida. Y aquello preocupaba a su padre, le preocupaba que no tuviese compañía y la fuerza interior que aportaba tener pareja cuando ellos faltasen. Al fin y al cabo, a partir de cierta edad, ese es el principal miedo de los padres. Cuando ellos se vayan, ¿qué pasará?.

Ese fue el tema de conversación sobre el que giró el almuerzo. Después de recoger la mesa, la madre de Lana preparó infusión o café, según el gusto de cada uno. La hora de irse se acercaba y siempre era duro marchar del pueblo.

Cuando dieron las cinco, Lana empezó a sacar los bultos de su dormitorio. Se dio cuenta entonces de las bolsas que su madre había acumulado encima de la maleta, comida, ropa, hasta un álbum de fotos…”esta mujer está loca”, pensó Lana.

-Bueno, tú como siempre, Mamá.- salió del dormitorio poniéndose la chaqueta.- como si me fuese al Congo….chiquilla, que estoy a menos de hora y media de aquí. ¿para qué quiero un álbum de fotos?,a ver…

-Siempre te puede apetecer ver fotos de cuando eras pequeña o jovencita.- su madre hizo el amago de coger el álbum.- mira…

-No, mamá, déjalo.- le tomo dulcemente las manos.- no me puedo entretener más, que voy a llegar muy tarde a mi casa.

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Como era de esperar, los ojos de su madre se pusieron brillantes. Las despedidas eran lo peor. Incluso peor que empezar a trabajar el lunes. Incluso peor que no ver ni pisar la playa en un mes, que sería lo que iba a tardar en volver.

Su madre la abrazó.

-Que ganas de que digas “mi casa” y solo tengas que ir andando, cariño.- sollozó pegada al pecho de Lana.

-Venga, mujer, no se lo pongas tan difícil.- dijo el padre de Lana al ver que esta empezaba a llorar.

-Ay,papá, cada vez es más difícil.

Mientras metía todos los paquetes en el maletero y se despedía una vez más de sus padres, Lana no pudo evitar llorar. Tampoco quería evitarlo. Disimular nunca fue lo suyo.

Se enganchó como a un clavo ardiendo al consuelo que les quedaba: en menos de un mes estaría de nuevo por allí. Intentaría hacer la mudanza más importante de una vez. Su madre se había quedado con las llaves del piso por si Lana tenía que enviar a alguien con paquetes para meterlos en el piso.

Todo iría fluido. Y en menos de un mes estaría de nuevo bañándose en su mar.

El viaje fue tranquilo, no había mucho tráfico y pudo llegar incluso antes de lo que pensaba. Abrir la puerta de su casa y pensar que tenía que meter toda aquella vida en cajas fue un mazazo que no esperaba.

Dejó la maleta y los paquetes, cerró tras de si la puerta y buscó su sillón favorito para hundirse y llorar un poco más. Pensó que sus padres estarían esperando su llamada, así que marcó en su móvil y les dijo que ya estaba en casa. No muy convencidos, porque la encontraban “rara”, se creyeron aquello de “estoy cansada por el ajetreo de todo el día”.

Sabían perfectamente lo que pasaba.

Lana decidió levantar, como siempre hacía. No le gustaba alargar demasiado el dolor, la pena y todos aquellos sentimientos que le trajesen malas vibraciones. Se llevó la maleta a su dormitorio, sacó la ropa y la colocó en el armario. Preparó el pijama, se duchó y fue sacando el contenido de las bolsas que su madre había preparado misteriosamente. El álbum lo dejó sobre la mesa del salón, ya sacaría un ratito para verlo.

Toda la comida la fue colocando en su sitio en la cocina. Una muñeca…una vieja muñeca que hacía mil años que Lana no veía, compañera de su infancia, lavada un millón de veces y sacudida otro millón para quitarle la arena que traía de la playa. Una muñequita de trapo, con el pelo de lana roja, un traje de corazones y “zapatos” con lacitos.

Podía tener fácilmente 35 años aquella muñeca. ¿cómo había conseguido su madre conservarla?

El esfuerzo por no llorar ante aquel recuerdo hecho juguete fue titánico. Pero lo superó recordando las veces que había rodado por la playa con ella de la mano. Las veces que se había peleado con sus amigas por aquella muñeca. O las veces que su madre la castigó sin la muñeca roja…aquella miscelánea de ideas le ayudó a no llorar de nuevo.

Finalmente, se sirvió una copa de vino y decidió calentar la empanada. Cenaría mientras que veía una película, al fin y al cabo, era sábado. No tenía ni intención ni ganas de salir. Pero podía acostarse tarde. 29 de febrero de 2.020.

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Nota de la autora: Hoy Lana ha llegado un poco tarde, pero ha llegado. Supongo que no queréis escuchar mis problemas, porque todos tenemos. Así, me quedo con lo positivo…terminé el capítulo, y pudo publicarlo. Quizás es un pelín más largo que los anteriores. Pero lo merece, Lana ha vuelto a casa con pena, pero con toda la ilusión de hacer su mudanza y, por fin, volver a su paraíso particular.

Como siempre, espero que lo disfrutéis. Mil gracias por vuestro apoyo incondicional. Besos!

Lana (4)

Tras el almuerzo, se habían metido tres o cuatro en la cocina a recoger y ayudar a la abuela. Nana había decidido bajar un rato a la playa con el peque, para que se cansara un poco, y Lana, como no podía ser de otra manera, le dijo a su cuñada que la acompañaba.

Manu se puso como loco, dando vueltas y saltos a su alrededor mientras Nana fue a buscar los abrigos. Lucía salió de la cocina y le preguntó a su hermano que donde iban

  • Me voy con mamá y la tia Lana a la playa.-dijo chillando
  • ¿A la playaaa?….mamaaaáaa….- empezó a refunfuñar Lucía mientras iba en busca de su madre.
  • ¿Qué le pasa a Lucía?.- le preguntó Lana a Manu
  • A Lucía le gusta mucho la playa y siempre tiene que ir.- dijo el peque, encogiéndose de hombros.
  • Pues, anda que no hace frío en la playa ahora.- dijo de repente Juanjo desde la cocina.- estas están locas.
  • Deja a las chicas en paz, Juanjo, ellas saben cuidarse solitas.- dijo el abuelo mientras limpiaba la mesa de migas de pan.- tráeme la escoba, anda..
  • Ahora mismo, abuelo.- respondió Juanjo

Nana salió del pasillo de los dormitorios con el abrigo de Manu en las manos, dispuesta a ponerselo y discutiendo con Lucía. La discusión venía porque Lucía quería acercarse a su casa a ponerse el bañador para bañarse, y Nana le decía que ahora nada de bañarse, porque, si caía enferma, tendría que faltar al cole. Lucía decía por momentos que no iba, enfadada, pero al momento cambiaba de opinión y decía que si.

En uno de esos momentos, Nana, después de ponerle el abrigo a Manu, dijo:

  • Bueno, venga, vámonos…
  • Valeee, voy…-dijo Lucía.

La tarde se había quedado muy agradable, había cesado el viento que soplaba esa mañana y había alguna gente sentada en la arena, aprovechando los últimos rayos de sol, que poco calentaban ya, pero el entorno invitaba a relajarse allí mejor que en casa.

Bajaron los pocos escalones que separaba el paseo marítimo de la arena y empezaron a andar hacía un claro, con el propósito de sentarse, mientras andaban, Lucía salió corriendo detrás de Manu, que parece no saber andar porque solo sabe correr, y las dos cuñadas se quedaron solas.

  • ¿Cómo te trata la vida, Lana?- rompió el hielo Nana
  • No me puedo quejar, cuñada.- dijo Lana, mientras se “enganchaba” del brazo de Nana.

Nana, o Juliana, como seguía llamándola su suegra, formó parte de la pandilla de Lana hasta quinto de primaria, cuando se hizo amiga de unas hermanas que vinieron de fuera (para quedarse) y los celos y las cosas típicas de las chiquillas, hicieron que se rompiese aquella amistad. Ellas siguieron estudiando en el mismo cole, después en el mismo instituto. Ya después, la vida las separó, pero cuando Lana supo que Edu estaba saliendo con Juliana…no pudo sentirse más que feliz, porque sabía que Nana sabía querer muy bien a sus amigos.

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  • Te veo mucho mejor, Nana, y no sabes cuanto me alegro.- dijo apretándole suavemente el brazo, en señal de afecto.
  • Si, la verdad es que toda aquella mierda ya quedó en el olvido. A veces no quiero ni acordarme, pero mi psicólogo me dice que tengo que hablar de ello.
  • Bien podías llamarme para hablar, ya lo sabes- le recordó Lana.
  • Mujer, estás muy ocupada con el trabajo.- dijo al tiempo que ambas se acomodaban en la arena, en un sitio desde el que veían bien a los niños jugando, sin peligro alguno.
  • Más ocupada estás tú con aquel terremoto.- dijo Lana, señalando a Manu y sonriendo.
  • Uyy, no lo sabes bien, el otro dia…- se disponía a contar una de las mil aventuras de Manu, cuando Lana le interrumpió.
  • Perdona, Nana…me las sé casi todas, mi madre me las cuenta…¿Tú como estás?, si necesitas hablar, habla conmigo ahora. Aunque voy a estar hasta el sábado aquí, pero no sé si vamos a volver a estar tan tranquilas.Venga..
  • Ok, bueno, mira…la semana pasada empecé a dejar los ansiolíticos, ya sabes que eso tiene que ser muy poco a poco. En un par de meses, ya no estaré tomando nada. Pero no puedo ir más rápido, por el riesgo a sufrir el síndrome de abstinencia, al llevar tanto tiempo tomándolos…la verdad es que todo el mundo se porta de lujo conmigo. Hasta tu padre, ¿te acuerdas cuando me pilló manía?..porque decía que me había visto con Lucas en la verbena, y yo estaba en el huerto de allí arriba con tu hermano…

Rompieron ambas en carcajadas, la confesión de Nana y los recuerdos hizo que el ambiente se suavizara por completo. Nana había estado inmersa en una depresión desde que nació Manu. Muchos médicos le habían diagnosticado depresión postparto, al menos tres, hasta que llegó su actual psicólogo y le dijo que no era postparto, la empezó a tratar hasta llegar el fondo del asunto, incluyendo terapias familiares y toma de mucha medicación. Ahora estaba en el delicado momento en el que sabía que debía dejar de tomar los ansioliticos, con el temor de no poder dejarlos nunca, por la adicción que estos conllevan y con el temor de no poder vivir sin ellos.

La decisión la había tomado ella misma, después de casi cuatro años tomando diariamente el tratamiento. Pero siempre con el apoyo de su marido, hijos y demás familia.

Lana había vivido todo aquello desde la ciudad. Alguna vez, de visita, había sabido de sus crisis, sus ataques de pánico, aquellos episodios que duraban días y días en los que Nana no quería salir de su cama, y veía su vida pasar sin querer ni tocarla.

Sus hijos se asomaban al dintel de la puerta de su dormitorio y, sobre todo Lucía, se iban con el alma rota por ver a su madre así. Manu era un bebé, pero Lucía no podía disfrutar de su madre como cualquier niña de su edad.

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Nana le estuvo contando que Edu nunca la abandonó, y eso para ella había sido la mayor prueba de amor. Que la gente es muy mala, cosa que Lana ya sabía, porque cuando ella peor estaba empezó a recibir mensajes de una chica que decía estar liada con Edu… lo llevó todo en secreto, hasta que descubrió que era un compañero de trabajo de Edu, que quería fastidiarle la vida a este, para que dejase el curro y así él poder ascender. Pero a ella por poco le cuesta la vida.

  • Cuando estás tan mal, no puedes creer siquiera haber descubierto algo que juega a tu favor, Lana.- le contaba Nana.- yo descubrí a aquel canalla por una premonición y seguía creyendo que había una chica. No podía creer que era verdad aquello. No quería ver que no había engaño por parte de Edu. Fue todo muy duro. Fue como meterme un dedo en la herida y escarbar yo misma.
  • ¿Alguna vez te ha engañado Edu,cuñada?
  • Que yo sepa, no.- sonrió Nana.- no se puede decir con seguridad algo así, pero yo diría que nunca me ha engañado.
  • Yo creo que me lo habría contado, no se lleva bien conmigo, pero siempre me lo cuenta todo. No hay quien lo entienda.
  • La que no entiende eres tú, tonta…No es que no se lleve bien contigo, es que te quiere demasiado, se enfada contigo porque no puede controlarte ni tenerte aquí. ¿No has visto lo contento que está hoy?, porque ya sabe que te vienes, que vuelves, y está que no cabe en si de alegría.
  • Anda ya,¿como va a ser eso?.- dijo confusa Lana.
  • ¿No?…¿sabes que tu hermano quiso llevarte a Manu recién salido del hospital, vamos recién nacido, porque se enteró que no podías venir a conocerlo? ¿Sabes cuantas noches pasó Edu sin dormir cuando te fuiste por primera vez? ¿Sabes que quiso escaparse, pero tu padre lo pilló justo cuando iba a montarse en el bus, porque quería irse contigo?

Lana escuchaba alucinada lo que le contaba su cuñada. No podía creer que su hermano le hubiera ocultado tantas cosas que tenían que ver con su amor por ella. Sus padres tampoco le habían contado nada. ¿Por qué todos la protegían tanto?, todo le hacía sentir de nuevo una niña.

  • Miralo, no nos puede dejar tranquilas.- dijo Nana señalando al paseo marítimo.

Al volverse, Lana pudo ver a Edu saludando desde la murallita del paseo. Aún recordaba cuando era él el encargado de ir a recogerla a la playa. Se sentaba allí mismo donde estaba ahora, porque le daba asco la arena, y la llamaba unas cuantas veces, hasta que ella decidía que se iba. Normalmente coincidía con el hecho de que su hermano andaba unos pasos en dirección a su casa… ella entendía que iba a decirle a su madre que Lana no le hacía caso…y entonces, ella salía de la playa. El le contaba el tiempo que llevaba esperando, normalmente multiplicado, y se enfadaba mucho. Cuando llegaban a casa, Edu le decía a su madre que era la última vez que bajaba a por Lana a la playa. Mentira, lo sabemos.

La tarde estaba ya cayendo cuando se levantaron de la arena. Nana había llamado a los niños y les había indicado donde estaba su padre. Ambos empezaron una carrera, a ver quien llegaba antes a su padre, pero con las risas se iban cayendo todo el rato. Cuando llegaron al paseo, su padre tuvo que quitarle los zapatos a Manu, mientras Lucía se quitaba los suyos, para dejar toda la arena allí…porque su abuela no quería arena en casa!!

Al llegar a Edu, Nana, le estampó un beso en los labios y él respondió feliz con un abrazo. Cuando llegó el turno de Lana, esta aprovechó para abrazar a su hermano como no recordaba haberlo hecho antes. Edu, sorprendido, le siguió el abrazo. Y aquello pareció fundir “algo” en su interior, algo que hacia tiempo que necesitaban ambos. Y así, cogidos del hombro, fueron andando hasta la casa familiar. No hicieron falta palabras. No hizo falta nada. Solo ese abrazo.

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De nuevo, Lana va descubriendo detalles de su propia familia que le fueron ocultados para su protección, para evitarle dolor, para evitar el peso de vivir lejos y no poder estar cuando debía.

Lana sabe que poco a poco, todas esas heridas sanarán. Realmente, todos los años que ha estado fuera han sido un «ratito» en su corazón, así que será cuestión de días el empezar a marchar al ritmo de las olas de nuevo.

Con la misma ilusión que emana Lana por volver a sus raíces, yo os escribo cada semana o cada pocos días un nuevo «capítulo» de esta historia.

Soy muy pesada, ya lo sé…por eso os agradezco una vez más vuestra presencia por este rinconcito. A quien entra de nuevas…bienvenido/a!!!…todo lo que escribo está aquí para disfrutarlo, así que ya sabes, sírvete!

Lana (2)

En principio había pensado ir en la semana libre de Semana Santa, pero justo al segundo pensó que iba a poder ver pocos pisos, porque la gente también aprovecharía para salir del pueblo. Así que decidió hablar con su gerente y pedirle unos días en el mes de febrero, ir con toda la tranquilidad y, en el caso de encontrar algo de su gusto y conveniencia, ir haciendo la mudanza tranquilamente y poder trasladarse definitivamente en Semana Santa.

Su madre seguía insistiendo en que no necesitaba piso de alquiler ninguno, que tenía su dormitorio tal cual lo dejó y no necesitaba más.

Lana dio gracias a la providencia por la paciencia con la que había sido dotada. Sentarse con su madre, tomarle las manos y hacerla comprender que, con su edad, necesitaba vivir sola, había sido todo un reto. Su madre era una mujer dura. Tanto por fuera como por dentro.

Su padre habló con medio pueblo, incluso con la chica de la inmobiliaria, esa que se dedica a “sacarle los cuartos a los turistas”, para intentar buscarle el piso más bonito, cerca de la playa y barato (misión imposible) a su niña.

Salió en el primer tren de la mañana, dejó todo controlado. Evidentemente todos en la oficina, aunque ya trabajaba la mayor parte del tiempo desde casa, habían entendido que quisiera hacerlo con la tranquilidad que también le caracterizaba, con su aplomo natural. Al llegar al pueblo, su padre la estaba esperando y directamente fueron a ver un apartamento en pleno paseo marítimo. Pequeño, muy luminoso y muy caro. Carísimo. Su padre se escandalizó. Casi tiene que sacarlo de allí a rastras para evitar que montase un númerito…él vio levantar aquella finca, fue siempre un caserón que en sus bajos había alojado un restaurante y en los pisos superiores vivían sus propietarios y los empleados del restaurante. Aquello le pareció un abuso. Indignado, invitó a su hija a una cerveza en el bar de la plaza grande.

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Al entrar, le pareció entrar en un día cualquiera de 1989. Le pareció ver a Santiago tras la barra, realmente era su hijo, Santi, que también era de su quinta. Las tragaperras. La música. Los cuadros de las paredes. Las mesas, con los manteles de cuadritos. El expositor de tapas, con los boquerones en vinagre y las huevas aliñadas. Todo. Hasta el olor era de 1989.

Santi salió de detrás de la barra para dar la bienvenida a Lana, le abrazó afectuosamente y le preguntó si quería tomar algo. Su padre le llamaba desde una mesa al fondo, Santi y ella caminaron juntos hacía la mesa, ella le dijo que tomaría un refresco. Al llegar, su padre le pidió una cerveza.

Lana se sentó junto a su padre y le dijo, sorprendida, que no creía que a su madre le gustase saber que bebía a escondidas. Su padre le dijo, con humildad y con esa zalamería propia de un niño pequeño, que solo iba a beber ese día porque estaba con su niña y estaba muy contento, porque ella se venía al pueblo de nuevo.

Santi llegó con las bebidas y un platito con aceitunas. Les preguntó si iban a tapear algo. Su padre le dijo a Santi que no, que tampoco podían entretenerse mucho, que estaban buscando piso para Lana.

El gesto de Santi cambió y los dejó con un “Ahora vuelvo”…a los pocos minutos volvió, si, sonriente con un papel en la mano. Le indicó a Lana que era el número de un amigo que tenía su piso cerrado en el pueblo y que no iba a volver por un largo tiempo. Que lo llamase, a ver si había suerte.

Lana salió del local y marcó el número en su móvil. Al otro lado se oyó una voz cordial. Tras unos veinte minutos, Lana entró sonriente en el bar y les dijo a Santi y a su padre, que esperaron pacientes, que mañana tenía las llaves del piso. Ya había visto fotos y el dueño estaba esperando la mitad de la fianza, entendió que Lana le preguntase a Santi si era de fiar. El dueño no había querido aceptar la fianza entera, porque no tenía pensado alquilar el piso en cuestión. Pero al día siguiente todo quedaría cerrado.

Lana estaba tan contenta que abrazó a Santi y le pidió una cerveza para ella al oído. Cuando Santi llegó con la cerveza de Lana, su padre no pudo más que reír y celebrarlo con ella.

Cuando todo va tan bien, Lana se mosquea. Como todos.

Dormir esa noche fue un paseo por el paraíso. Escuchar las risas de su madre cuando le contaron lo acontecido durante la tarde, la alegría en sus ojos, poder ver como bromeaban por la cerveza prohibida y darles las buenas noches con el corazón lleno de todo el amor que le daban, la llevo a tener sueños lindos toda la noche.

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Al día siguiente había quedado en el bar de Santi a las once y media con Agustín, el dueño del piso.

Resultó que Agustín era amigo del hermano mayor de Lana. Tenía cuatro años más que ella. Conectaron muy bien desde el principio, estuvieron hablando de todo un poco y, cuando la madre de Lana llegó de comprar, salieron del bar y se dirigieron al piso.

El piso era un piso tradicional del centro del pueblo, pero reformado completamente. Todo el mobiliario era nuevo. La paredes, las ventanas… el piso había sufrido una reforma completa hacía muy poco. Y estaba sin estrenar. Lana no sabía como preguntarle a Agustín el por qué.

Pero su madre no necesitaba mucho.

.- Y perdona que me meta donde no me llaman, pero…¿por qué un piso tan precioso y cerrado?…¿no tendrá fantasmas o algo,nooo?.- le soltó a Agustín a bocajarro.

Lana no sabía donde meterse.

Agustín explicó que tanto su novia como él habían remozado y decorado aquel piso al detalle, para poder venir a vivir al pueblo tras su boda, que hubiese sido en enero de 2020…se hubiesen casado si él no hubiese metido la pata hasta el fondo el día de navidad de 2019, en el que se fue de fiesta y terminó en una habitación de hotel con tres chicas. Y así terminó el piso vacío. Y Agustín también.

Con la cara de circunstancias que se les quedó a todos fue difícil seguir con la visita. Pero Agustín les dijo que no se preocupasen, que la vida seguía y que si él podía ayudar a Lana con el alquiler, pues estupendo para ambos.

Concretaron las condiciones económicas y Agustín fue a imprimir un contrato al despacho del administrador de comunidades, que era el que sabía de esas cosas en el pueblo, según él.

El contrato lo firmaron en el bar de Santi, en el cual brindaron por el trato. Un contrato muy beneficioso para ambos y amable en cuanto a gastos ajenos a quien alquila. La amabilidad de Agustín se hizo patente desde el principio.

Después de una amena charla con Santi, Agustín, sus padres…Lana estaba agotada. Todavía tenía que revisar el correo interno de la oficina y las novedades en el CRM de la empresa. Su madre no dejaba de insistirle en ir a almorzar a casa de su hermano, pero Lana le contó todo lo del trabajo y consiguió que la dejasen un ratito sola. Su padre le dio sus llaves de la casa y se fue con paso lento, como quien no quiere pero debe ir. Al llegar a la casa materna, Lana entró en la cocina y se preparó un sándwich y un café, se había adormilado un poco escuchando historias y recordando anécdotas de su niñez con Santi y Agustín. Esperaba que el café le despejase un poco los sentidos.

También dejó que su cabecita fantasease de nuevo con la idea de volver a vivir allí. Con la idea de volver habiendo conseguido su objetivo, al menos uno de ellos. Podía presumir, y no lo hacía, de tener un buen trabajo, bien remunerado y haciendo lo que más le gustaba. Incluso podía seguir escalando en la empresa. Pero, todo eso…lo vería con el tiempo y desde allí.

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Sabía que los años ya eran un obstáculo para cumplir otro de sus objetivos: ser madre. Pero era uno de los sacrificios que hizo por su carrera, fue una de esas cosas que tuvo que dejar en el camino. Lo hizo siendo muy consciente de lo que hacía. Y con mucho dolor. Dolor que tuvo que pasar, como casi todo en su vida, sola. Tenía amigas y compañeras de trabajo, pero ninguna tenía tal nivel de confianza como para contarle algo tan intimo. Y doloroso. Estaba segura que, de habérselo contado a su madre, nada hubiese sido igual….se imaginaba como una película cómica en la cual su madre se encargaba de buscarle novio y marido, e iba a la empresa a decir que su hija volvería después de criar a su nieto. A lo mejor sonaba un poco exagerado, pero seguro que no andaba muy lejos de la realidad. Por eso, jamás mencionó nada. Fueron pasando los años, simplemente. Y parecía que todos ya daban por hecho que ella no quería ser madre. Mejor así.

Se sentó frente al portátil y empezó a abrir emails, resolver dudas y problemas. En algunos correos delegaba en otra persona preparada como ella para solventar el problema. En otros había que adjuntar documentación. En ese caso la tomaba de los archivos en red de la empresa y los adjuntaba. En apenas hora y media solucionó un montón de incidencias. Escribió a su gerente y le contó, tal como le había prometido, como iba el proceso de cambio de residencia. La comunicación con él, ahora que habían conseguido deshacer el entuerto del teletrabajo, era muy fluida y muchos eran los días en los que compartían decenas de emails, llamadas y mensajes.

Cuando daban las siete y media de la tarde y Lana se acababa de poner el bañador y se disponía a bajar a la playa, llegaban sus padres de vuelta de su visita a casa de Edu, su hermano mediano, su madre la miró de arriba a abajo y le dijo:

  • Pero, ¿Dónde vas, mi niña?….parece que no hayas cumplido años, parece que todavía tengas quince y estén tus amigas esperándote en la esquina para salir corriendo a la playa…hace frío, mi niña, no te vayas…- dijo acercándose a Lana y abrazándole la cintura, hundiendo la cabeza en su pecho.
  • Mamá, solo voy a darme un bañito, en veinte minutos estoy aquí. Me duele la cabeza por la luz del ordenador. Necesito despejarme.- le cogió la cara entre sus manos y le plantó un beso en la nariz.- ¿Necesitas que te traiga algo de la calle?

Su madre se quedó pensando, fue al frigorífico murmurando algo y se giró para decirle a Lana que no necesitaba nada, que tenía el plan de cena listo y solo necesitaba que no viniese muy tarde.

A esas alturas del año, a las siete y media de la tarde…bueno, casi las ocho, por el tiempo que su madre había dedicado a despertarle recuerdos…ya había anochecido. Pero a Lana no le daba miedo la noche en la playa, incluso le gustaba mucho bañarse a oscuras.

Cuando llegó a la playa se detuvo ante el espectáculo, la oscuridad se abría paso entre nubes y tonos violáceos, casi un oleo perfecto que ni el más prestigioso de los museos tendría jamás colgado en sus paredes, y allí estaba… como dándole la bienvenida. Bajó a la arena, se quitó las zapatillas, el pantalón y la camiseta. Corría un viento suave y frío que, por momentos, cortaba la piel. Se dispuso a meterse al agua, necesitaba relajarse. El frío contacto con el mar le hizo estremecerse, la piel se le erizó. Pero duró poco, se adaptó pronto al liquido elemento. Como si formase parte de él. Sabía que no podía estar mucho rato, tampoco quería enfermar. Ni mucho menos desesperar a su madre con la cena. Durante unos minutos dejó la mente en blanco, sintió cada roce con el agua en cada salto, voltereta y zambullida. Aquello era una verdadera terapia para ella, como si con cada brazada que daba, el agua le quitase las preocupaciones de encima.

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Al entrar en casa, con las llaves de su padre, se encontró a su madre de frente.

.- Mamáaaa, que susto!!.- dijo sobresaltada

.-Susto el mío, cariño….que no recordaba que tu padre te había prestado sus llaves.- dijo su madre realmente asustada con la mano en el pecho.

Las dos empezaron a reír como locas. Del susto pasaron al chiste. El padre de Lana se asomó a ver que pasaba y terminó diciéndoles que estaban locas las dos.

La cena ya estaba lista, solo faltaba que Lana se duchase y dar buena cuenta del pescado asado con verduras que había preparado su madre con todo su cariño y experiencia.

Tras la cena, una breve charla acerca de la agitada vida en la gran ciudad, la diferencia de muchos hábitos de un sitio y otro. Los precios de la gran ciudad y los precios del pueblo. La gente. La falta de humanidad. La falta de empatía. De fondo, las noticias resonaban desde el televisor. Hacía muchos días que un tema acaparaba las noticias de todos los canales. Había un virus, eso parecía, una enfermedad que estaba contagiándose a gran velocidad en China. Y en puntos de Europa. En algunos noticieros ya le ponían nombre: coronavirus o algo así.

En primer lugar, y como siempre…mil gracias. Por seguir aquí, por compartir, por hacer una labor que yo sola no puedo y que es llevar este blog a todos los rincones del planeta. Por eso, por vosotros, sigo haciendo esto que tanto me gusta.

Ya tenemos a Lana medio instalada en su pueblo natal. Reencuentros, añoranzas, expectativas varias, emociones. Y siempre de fondo…ese mar que embriaga y llena su alma cuando más vacía está.

Espero que os guste y no os decepcione, porque sé por experiencia que si un libro te decepciona, es difícil de curar. Que lo disfrutéis. Hasta el próximo capítulo.

Lana (1)

No podía quitar de su cabeza la idea de volver a pasear cada mañana por la orilla de la playa, de su playa, de aquella playa que la vio crecer y madurar y que también vio sus últimas lágrimas antes de irse. El retorno se le antojaba feliz, pero al mismo tiempo le producía gran incertidumbre.
Lana había pasado los dos últimos años luchando con el jefazo de la empresa donde trabaja, el motivo: el teletrabajo. En una sociedad competitiva, moderna, conectada al 100% del tiempo…¿Por qué no podía trabajar desde su ordenador, instalado donde ella quisiese?
En los tres meses anteriores a la decisión final, había demostrado que podía hacer todo su trabajo desde casa. Había acudido a reuniones en la sede muy esporádicamente. Y también podía haberlas seguido e interactuado desde su salón. Al final, tanto el departamento de recursos humanos como el propio gerente, habían dado su brazo a torcer y habían elaborado la modificación del contrato de Lana. En el se recogían las nuevas condiciones. Teletrabajo. Reuniones presenciales una vez al mes. No perdía nada, ni cargo, ni sueldo ni nada.
El departamento del que Lana se hacía cargo era un caramelo, casi todo el trabajo se hacía online. Tres personas trabajan con y para ella cada día. Ellas seguirían en la oficina, todo estaba probado y pensado.
A menos de un mes de la mudanza que la llevaría de vuelta al pueblo costero que la vio nacer, Lana no podía pensar en otra cosa más que en el mar. Esa conexión que tenía con el mar desde pequeña. Poder meter sus pies en el agua fría por las mañanas y sentir que el mundo era menos duro…A menudo sus sesiones de relajación y/o diferentes terapias iban acompañadas del sonido de las olas. Ese sonido tan gratificante. Le hacía sentir que la rodeaba. Le hacía sentir que estaba en medio del mar. Le hacía sentir mar.

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Recordaba perfectamente los gritos de su madre en la muralla de la playa. Su madre sabía que siempre la encontraría allí. Si se hacía tarde y Lana no llegaba, solo tenía que asomarse a la muralla y allí estaba. Paseando, sentada en la orilla, bañándose…Lana en cualquiera de sus variedades.

Lana nació en un pueblo marinero. En 2020 Lana iba a cumplir 38 años, los iba a cumplir en su pueblo, después de muchos años, y rodeada de los suyos. Con un poco de suerte, como pillaba en verano, incluso sus amigos y amigas de la infancia podrían felicitarla.

Lana nació en una familia humilde. Su padre era pescador, ahora ya jubilado, y su madre, como el 80% de las mujeres del pueblo, trabajaba en la planta de envasado de pescado a pocos kilómetros del pueblo. Su infancia fue muy feliz. Ella y sus hermanos fueron niños muy queridos, igual que ahora lo son sus sobrinos, y corrían todo el día de la playa a la casa, con toda la pandilla….así de casa en casa. Muchos se hicieron novietes. Solo una de las parejas perduró en el tiempo. Lana solo salió con un chico del pueblo, Jose.

En la mayor parte de los casos, una vez que terminaban el instituto y debían escoger facultad o trabajo, dado que las dos cosas suponían salir de la zona de confort que era el pueblo…empezaba la desunión. Muchos escogieron hacer alguna carrera en la capital. Otros se fueron a la aventura, a descubrir que querían hacer realmente en la vida. Un porcentaje muy pequeño se quedó en el pueblo y ayudó a perpetuar algunos oficios que se hubieran perdido de no ser por ellos. Lana eligió estudiar algo que nadie quería. Todos le decían que aquello de la informática y el marketing no tendría salida. Que era una perdida de tiempo.

Casi les cuesta un disgusto a sus padres. Por creer a aquellos que decían eso. Lana se sentó con ellos a solas y les pidió seis meses. Solo necesitaba seis meses de estudios para saber si aquello realmente podría suponer un futuro estable para ella. Tendría que salir del pueblo, si. Tendría que hacer el esfuerzo de trabajar y estudiar al mismo tiempo para ayudar a sus padres en los gastos que la carrera conllevaba. Pero, si a los seis meses ella no veía nada….se lo diría a sus padres y le devolvería el dinero invertido.

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Gracias a la capacidad de convicción que siempre ha tenido Lana, y que bien le sirve en su puesto de trabajo, sus padres no pudieron negarse.

Aquel verano, después de la graduación, fue legendario. Aquella pandilla que había crecido cual raíces de árbol centenario iban a separarse… así que el último verano juntos no podía ser de otra manera. Festivales, comilonas, barbacoas, cenas familiares, la famosa verbena del pueblo. Cualquier excusa era buena para salir y celebrar.

Llegó la última quincena de agosto y las caras fueron cambiando. El ambiente se fue volviendo raro, espeso, melancólico. Las fiestas no se alargaban, se iban convirtiendo en reuniones intimas. Se iban haciendo pequeñas, porque solo se quedaba quien quería despedirse. Y las despedidas son duras. Al final siempre se quedaban los mismos cuatro gatos….Amalia, Sebas, Yure, Lidia y Manolo, además de Lana. Siempre hablaban de proyectos, de lo mucho que les iba a tocar estudiar en los próximos años, de lo mucho que iban a echar de menos aquellas calles, aquel aire marino, aquel ambiente tranquilo en el que vivían cual pececillos en un acuario de pocos litros. Ahora debían salir a mar abierto. Y enfrentarse a la vida de verdad.

Lana fue la primera en despedirse. El día 31 de agosto pilló el bus que la llevaría a la estación de tren y de allí a perseguir sus sueños en la gran cuidad. Atrás dejó a sus padres abatidos, a su hermano mediano, que seguía viviendo allí, igualmente muy preocupado. Y a la pandilla hecha añicos y lista para seguir perdiendo pedacitos cada día.

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Los primeros años de Lana en la gran ciudad fueron duros. Recordaba, todavía con tristeza, los primeros días de facultad en los que no conocía a nadie. Además no encontraba trabajo. La habitación en la que mal vivía en el piso compartido con otros dos estudiantes era pequeña y asquerosa. Tuvo muy malos momentos en los que solo tuvo su propia mano para secar sus lagrimas. Momentos en los que tuvo que usar esa misma mano para plantar un bofetón a algún aprovechado y correr por calles que, aún veinte años después, eran un laberinto para ella.

Había hecho con sus padres el trato de los seis meses, pero se fue dando cuenta de que sería poco tiempo. Por fin encontró un trabajo que le permitía estudiar el tiempo suficiente como para aprobar. Trabajaba por las tardes, sirviendo meriendas a las señoronas a las que trataba tan bien que al poco tiempo empezó a recoger suculentas propinas, que recogía con una gran sonrisa y un enorme “Gracias”, que hacía las delicias de las ricachonas, faltas de educación. Ganaba bastante para ayudar a sus padres en el alquiler de la habitación. Y además podía comprarse algunos caprichos. Empezó a ahorrar para su primer ordenador.

El trato de los seis meses salió tal y como ella esperaba. Fue la primera vez que Lana vio que podría hacer todo lo que se propusiese en la vida. Todo. Preparó una mochila, se fue a la estación y sacó un billete de vuelta al pueblo. A pasar las vacaciones de Semana Santa con sus padres. Las de navidad las pasó sola. Estudiando. Y trabajando más que nunca, cubriendo vacaciones de otras camareras. Y también llevándose las propinas de ellas. No hay mal que por bien no venga.

Al llegar al pueblo, después de un viaje agotador, fue directa a la playa. Se quitó los zapatos, los calcetines, dobló el bajo de sus vaqueros y se metió un par de pasos en la orilla. Primero sintió el fuerte latigazo del frio, que la recorrió de arriba a abajo, hundió los dedos en la arena y a punto estuvo de caerse de bruces, la relajación que se fue extendiendo por su cuerpo…esa sensación de que ya no pasaba nada, estaba en casa, los problemas se quedaron allí…esa conexión que no conseguía encontrar en ningún otro sitio…algo habitual interrumpió todo este cúmulo de sentimientos…¡¿Lanaaa?!…

Su madre la llamaba confusa desde la muralla. Nadie sabía que Lana venía de vacaciones. Era una sorpresa, pero no pudo evitar ir antes a la playa que a su casa. Necesitaba mojar sus pies, era como si en estos seis meses se hubiesen secado…recordaba perfectamente haberle dicho eso a su madre cuando esta la abrazó finalmente al lado de la muralla. Entre lagrimas, su madre, le preguntó si ya se venía para siempre…Lana la abrazo muy fuerte y le dijo que ya después le contaba, en casa, con papá.

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Aquella noche, en la cena, después de haberse duchado de nuevo en su casa, en la casa de sus padres. Tomó la más grande y dura decisión de su vida, y después de comunicarlo a sus padres, fue más duro aún.

Lana había decidido seguir los estudios, terminar. Aquello le gustaba, le gustaba cada día más. Todo lo que estaba aprendiendo sobre el marketing, todo lo que podía aplicar en un montón de aspectos de la vida. La gente que estaba conociendo. El ambiente que rodeaba ahora su vida. Todo era muy positivo, le gustaba y le empujaba a seguir. Les rogó que fuesen a ver donde vivía ahora, ya que se había cambiado, había conseguido una habitación luminosa y más grande gracias a una amiga de su tutora en la facultad, con la que compartía charlas y en la que había confiado para decirle que vivía en una ratonera apestosa…a los pocos días, la tutora llegó y le dio un papelito con un número de teléfono, le dijo que llamase y preguntase por Maribel. Era la dueña del piso compartido. Una dulzura de persona que le facilitó todo el proceso de la mudanza, incluso le perdonó el mes de fianza, por estar el curso ya empezado. Las propinas sirvieron para ese primer mes.

Lana estaba deseando que sus padres viesen como vivía ella en la gran ciudad, les hizo prometer que la primera semana de verano irían a verla, a pasar con ella unos días. Lo prometieron entre lágrimas y rabia, ellos estaban convencidos de que su niña volvía para quedarse y llorar su fracaso en el pueblo. Algo no les dejaba comprender que Lana quería volver, quería terminar sus estudios y vivir de algo que ellos no comprendían. Pasaría tiempo antes de que lo comprendiesen.

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Hasta aquí el primer capítulo de la historia de Lana, el relato en el que estoy trabajando ahora. Tengo algunos capítulos ya escritos, a falta de revisión, y los iré subiendo.

Para poneros en contexto, corre el 2019, Lana prepara su vuelta al pueblo para seguir trabajando desde allí. Ya diciendo que la historia empieza en 2019…y nos adentramos en aquel 2020, que ahora nos parece lejano, podéis esperar cualquier cosa, ¿no es así?…pues, ¡vamos a por ella!.

Como siempre, espero que os guste.