Aquí estoy. Sentada en mi sofá. Todo está oscuro y tranquilo. Todo menos el cuerpo delgado y menudo de mi hija Sandra, que llora desconsolada a mi lado. Está hecha un ovillo de piernas, brazos todo enredado con su larga melena rubia. Es tan frustrante esta situación.
…Hace tres días que pasó. Hace tres días que me fui. Y todavía nadie sabe donde estoy. Creo que ni siquiera yo misma. Pero será mejor contarlo desde el principio…
Ya llevaba enferma unos años, pero los últimos meses fueron algo caóticos. Mucho hospital, mucha infección oportunista, mucho sufrimiento. Si algo recuerdo muy bien es eso, mucho sufrimiento. Veía las caras de todos y sufría más todavía. Mi marido, mis hijas, mis amigos. Todos estaban pasándolo fatal por mi culpa. Un día, después de mucho tiempo ingresada, llegó el doctor que me acompañó en todo el periplo de mi enfermedad y nos dijo que quería hablar con nosotros un ratito. Es muy ameno, muy campechano como dicen por ahí. Nos contó que todo se había complicado por allí dentro. Mi «bichito» estaba campando a sus anchas por mi cuerpo y ya nada lo podía detener. Solo quedaba esperar. Dado que no sabía el tiempo exacto de espera, nos quería mandar a casa, para que todo fuese más intimo y personal.
Mi marido y yo, tuvimos unos momentos para pensarlo. Bueno, mi marido lo pensó, yo estaba loca por salir del hospital. Estaba muy agobiada allí dentro y necesitaba descansar en casa. Se lo agradecí eternamente al doctor, me despedí de todo el personal y nos marchamos. Los primeros días fueron geniales, hacía tiempo que no estaba en casa. La morfina aplacaba el dolor y un extraño «chute» de energía me poseyó e hizo que tuviera tres días gloriosos en los que pude repartir besos y abrazos, cocinar e incluso recibir a mis amistades en lo que fue, ahora que caigo, mi «última cena».
Al cuarto día amanecí muy mal. Las caras de mis hijas lo decían todo. El abatimiento en sus ojos, era más doloroso que la propia muerte. Cuando cerré los ojos aún pude sentir como apretaban mis manos, en un intento inútil de mantenerme en este mundo. Menos mal, debo decir, que fue una muerte muy dulce. Simplemente me dormí. Creo que ya lo había sufrido todo antes, los meses anteriores fueron agotadores.
Lo primero que sentí fue un crujido extraño, como si un adhesivo interno se fuese despegando y ya me sentí ligera. Sin dolor. Sin peso. Sin cuerpo. En mis creencias, aquellas que me habían metido a base de biblia y castigo en mi infancia, ahora yo debía ver un túnel o algo así…vería la luz, y a mis seres queridos que ya partieron. Pero no veía nada. Cuando quise darme cuenta, lo único que veía era como llevaban mi cuerpo de un lado a otro, hasta llegar a mi velatorio.

De verdad que no quería que los míos pasasen por todo aquello. Tanta tristeza, tanto llanto, mis niñas… eso seguía doliendo. Si ya no podía sentir, ¿por qué me afectaba tanto ver a mis hijas rotas de dolor?, no podía más. Me fui.
Me fui a casa. Y allí esperé.
Pero allí fue más de lo mismo. Llegaron vecinas, familiares que no veía desde hacía un siglo, amigas que dejaron de llamarme cuando supieron de mi enfermedad, algún cobrador sinvergüenza, amigos y amigas de mis hijas, incluso profesores y profesoras de colegio e instituto. Todos lamentándose, llorando. No podía soportarlo. Pero no sabía donde meterme.
Me fui a mi dormitorio, allí no había nadie y podría estar tranquila. Al rato llegó mi marido, traía a una de mis hijas, a Sandra (la misma que llora a mi lado ahora), del brazo. Iba zarandeándola. No me gustaba un pelo aquello. Ella lloraba y gritaba histérica. Después de cerrar la puerta, mi marido se encaminó hacía ella, me puse en medio porque creí que iba a pegarle, pero solamente la sujetó de los hombros para decirle tranquilamente que se relajase. Que no era bueno para ella ponerse así. Que mamá ya estaba descansando….a ver, podemos matizar un poco ese aspecto, por que descansar, lo que se dice descansar…
Anoche fue una noche eterna. Como parece que va a ser esta también. Sandra se encerró en su cuarto esta mañana después de gritar en medio del salón que se negaba a seguir viviendo sin mi. Su hermana, tres años mayor que ella, se sentó delante de su puerta con un álbum de fotos apoyado en las piernas. Entre sollozo y sollozo, le decía cosas como: «Sandra, mira, ¿te acuerdas cuando mamá nos llevó por sorpresa a hacer un picnic al pinar de al lado del cole?¿recuerdas como se reía cuando nos lo dijo y empezamos a gritar de alegría?»….»Mira, Sandra, aquí tengo una de aquel cumple tuyo en el que se les cayó tu tarta y tu llorabas como una loca mientras papá salió corriendo a comprar otra y mamá te hacía soplar la vela en una magdalena, que risas aquel día»….»¿ Y cuando íbamos a la piscina?, ¿recuerdas como se reía cuando nos veía jugar?…

Fue extraño. Pero me sentí brillante. Me sentí tan querida, tan amada. Me sentí muy bien. Sentí que había cumplido una de mis misiones en esta vida, ellas sabían lo mucho que las quería. Aquella risa de mi hija mayor me daba luz, me daba fuerza. Estaba sentada a su lado, me incorporé y le toqué la cara. Ella paró de hablar y puso su mano en la mejilla que yo había tocado. ¡Lo había notado!. ¿Ahora qué?…. ahora nada. Mi hija dejó caer una lagrima y siguió intentando que su hermana saliese de su dormitorio.
Cuando entré a ver a Sandra encontré un cuadro espantoso. Su ropa sucia se mezclaba con la limpia, las cortinas no dejaban que la luz natural entrase por la ventana, la cama no tenía ni sabanas, ella se tapaba con una manta. Estaba escondida en un rincón de aquella habitación, que ahora si parecía de adolescente pero que normalmente lucía limpia, luminosa y ordenada, para envidia de todas las madres de sus compis. Me acerqué y le toqué el pelo. Pero ella no sintió nada. No podía sentirme. Estaba sumida en su propia oscuridad y tristeza. Demasiado profunda para poder percibirme. De repente escuché que me llamaban. Pensé que sería San Pedro, ya estaría enfadado por mi retraso. Pero no, era mi hija mayor.
Estaba en su dormitorio. Sentada en su cama y llamándome en voz baja. Me senté a su lado. Era cálido estar a su lado. Me gustaba. Me sentía bien. Me debió sentir porque me agradeció que estuviese allí. Lola, en honor a su bisabuela, empezó a hablar «al aire», realmente me hablaba a mi… «mamá, te he sentido antes, ¿eras tú, verdad?, no creo que me haya vuelto loca tan pronto,¿no?»…al mismo tiempo que hablaba, Lola, se iba emocionando. Podía ver ese brillo especial en su cara. «Ojalá seas tú, sería maravilloso poder tenerte, aunque fuera de este modo»… aquello me partía el alma, pero por fin veía y sentía algo de felicidad. Mi hija era feliz por sentir mi presencia fantasmal. Que bonito. Bueno, al menos era un avance. «Sé que si te recuerdo feliz, si recuerdo momentos valiosos y graciosos contigo, te daré luz, te daré energía. Podré hablar contigo un día de estos»…yo estaba absorta… ¿con quién había estado hablando esta niña sin que yo lo supiese?, aunque no estuviera en disposición de quejarme, pero es que…¿no iría a hacer una ouija de esas, verdad? Aquello me inquietó y me enganchó a ella toda la tarde. Estuvimos viendo fotos, rescatando recuerdos. A veces lloraba ella, a veces lloraba yo, a veces las dos. Para mi, fue otro recuerdo más. También encendió algunas velas. La luz de las velas siempre me ha gustado, me gusta el suave bamboleo de su llama.
Cuando salimos para encender una vela en el salón, vimos que Sandra estaba allí sentada. Lola se sentó a su lado y la abrazó silenciosamente. Ella sabía que no era el momento de contarle lo que estaba pasando. Sandra estaba muy mal. Hervía por dentro de ganas de abrazar a mi pequeña, cerraba los ojos y aún podía verla corriendo por el pasillo del cole hacía mi. No tenía aún los 17 años, había crecido muy rápido y los últimos años habían sido muy duros para ella. Estaba muy apegada a mi, Lola era más independiente, Sandra necesitaba siempre de mi aprobación. Creo que hasta para llorar necesitaba mi visto bueno. Cariñosa, pegajosa, charlatana, zalamera, presumida. Ella es una pequeña flor, que ahora anda mustia, pero que abrirá de nuevo sus pétalos. Seguro.
Cuando vió que Lola encendía la vela, le preguntó bruscamente el por qué. Lola le explicó pacientemente que las almas necesitan luz. Y que eso hará que mi paso al otro mundo sea más fácil. Sandra empezó a llorar otra vez. Le dijo que no quería que yo pasase a ningún otro mundo. Que me quería allí.
Lola le dijo lentamente: «Pero es que está aquí, y tú no haces más que llorar, por eso se va a ir»….a lo que Sandra, enfadada, respondió: «Si, tengo yo cuatro años ahora para creerme esos cuentos de chantaje emocional, no te digo». Creí conveniente hacerme notar un poquito. Todo estaba cerrado. No había corrientes. Pasé al lado de la vela y la apagué, acto seguido me senté junto a Sandra.
Ambas miraban la vela con expectación. Pero ambas expectaciones eran distintas. Lola, satisfecha, parecía dar las gracias por el empujoncito. Sandra, incrédula, parecía querer que se la tragase la tierra. Se quedó inmóvil y solo se movió para tocarse el brazo que estaba en contacto conmigo. Sentía frío, claro. Lola le estuvo explicando lo mismo que me había dicho a mi, todo aquello de los recuerdos graciosos, las risas, la luz y energía… y Sandra se sorprendía más por momentos. «¿Se supone que tengo que estar contenta porque mi madre se haya muerto?»
«No, eso sería antinatural. Estás agradecida porque haya dejado de sufrir. Y estas contenta por haber vivido el tiempo que has vivido con ella»…Lola era una experta, y yo no sabía como había llegado a serlo. «Si estás llorando y maldiciendo, ella no podrá estar contigo, porque tu tristeza la apaga, la deja sin energía»…»Pero si su recuerdo te pone contenta y hace que tus días sean mejores, ella te acompañará siempre».
«Voy a hacer la cena, papá está a punto de llegar», dijo Lola y desapareció por el pasillo. Allí nos quedamos solas Sandra y yo, bueno, se quedó sola ella…no sé… Pegó un respingo y me asustó a mi también, se puso de pie y fue a su dormitorio, la esperé, apareció con un paquete de pañuelos de papel y un cuaderno, su diario. Primero se limpió bien las lagrimas y los mocos. Pobrecita mía, que mala cara tenía, siendo tan guapa como era.
Después abrió el cuaderno y empezó a buscar. Tras unos minutos, paró y empezó a leer bajito: «Hoy mamá a venido a recogerme al cole porque me ha pasado algo extraño. Muchas veces me sale la mosqueta, pero hoy he empezado a sangrar por otro sitio. Y eso ha sido raro, aunque Lola ya me había dicho que esto pasaría, son cosas de chicas, dice ella. Mamá ha venido con un pantalón de chándal y unas braguitas limpias y me ha ayudado a cambiarme en el servicio. Me ha preguntado si me dolía algo y le he dicho que no, pero hemos salido del servicio y le ha dicho a la seño María que me llevaba a casa por que estaba dolorida. Al principio de montarme en el coche me ha dado miedo porque creí que me iba a echar una bronca, pero después he visto que ha parado en la heladería de Concha y ha comprado dos cucuruchos con dos bolas de chocolate y se ha sentado conmigo detrás. Mientras nos comíamos el helado me ha contado que a ella nadie le dijo nada, porque antiguamente eso estaba más oculto. Y mi abuela no le dijo nada, y el día que ella manchó por primera vez creía que se estaba muriendo y pasó medio día encerrada y llorando, esperando que viniese la muerte a por ella. Que risas hemos echado. Cuando hemos terminado, mamá y yo hemos recogido a Lola en el instituto y a casa a comer. Me lo paso genial con mamá…»
Al terminar de leer, Sandra levantó su mirada hacía la vela, que permanecía apagada. Tomó el encendedor y prendió la mecha. Yo seguía sentada a su lado. Lo había comprendido, había entendido perfectamente lo que su hermana le había explicado. Esa es mi chica. Pasé mi mano por su pelo…y esta vez si lo notó. La abracé, lo más fuerte que pude. Y ella abrazó su delgado cuerpo como queriendo abrazarme. Sin poder evitarlo, se ha puesto a llorar y se ha ido acurrucando en el sofá. Aquí estamos las dos, llorando, mirando la vela y esperando otra oportunidad para poder sentirnos.





