Tres meses más tarde, Maya, apareció como si nada hubiera pasado. Volvió siendo la misma muchacha sonriente y luminosa que Fede recordaba del instituto, aunque ambos ya pasaban de los 25 años. No sabía muy bien cuando había vuelto, pero una tarde de verano sonó el teléfono y la voz de Maya hizo que saliese el sol de nuevo en la vida de Fede. Ambos compartieron el verano como si nunca lo hubieran hecho. Salieron, entraron, cenaron, comieron, disfrutaron…pero siempre desde el respeto mutuo, sin besos, alcohol, drogas ni sexo.
Jamás hubo reproches, ni recuerdos de aquella época oscura. Se dedicaban a disfrutar sin compromiso. Hasta que un día Maya le preguntó a Fede si podía dormir con él.
Fede sabía perfectamente lo que iba a pasar. Y pasó. Tuvieron una de las mejores noches de sexo de toda su relación. Y les gustó tanto a los dos que decidieron que debía seguir pasando.
Se convirtió en una costumbre que Maya saliese con él, algunos días si, otros no….pero a la hora de dormir, ella llegaba y , como una pantera, sigilosa se colaba en su cama y ambos disfrutaban hasta que ella decía que se iba. O no. O se quedaba.
Todas las costumbres van cambiando con el paso de los días, los meses…y esta también, como no. Maya empezó a controlar los movimientos de Fede. Empezó a querer estar presente en todos los momentos de su vida. Fede hacía mucho que no estaba enamorado. Había sufrido mucho por Maya. Y nadie, ni siquiera ella, se lo había agradecido. Ahora solo quería sentirla cada noche, sentir su deseo, su piel ardiente que parecía estar hecha a medida para él, no pedía nada más a cambio. Cuando ella empezó a querer dejarle entrever que estaba en su vida «a tiempo completo» de nuevo, él ya no tenía tiempo para aquello.
Mensajes a todas horas, llamadas inadecuadas en horas de trabajo, video llamadas para comprobar donde estaba… Fede bromeaba al principio, después dejó de contestar. Y Maya empezó a montar broncas. Fede empezó a evitarla, sacrificando incluso el sexo con ella. Maya intentó establecerse en su casa, pero Fede no cedió. Maya puso distancia. Fede pudo respirar.
Maya era como una serpiente…escurridiza, tóxica, aparecía y desaparecía…Fede sabía que estaría así cada día si no hacía algo al respecto. Pero tampoco podía «abandonarla».

No sabría decir muy bien cuando volvió Maya a su cama, pero aquella noche el que había bebido era él. A los dos días otra vez…y el sábado de nuevo.
Hoy era martes, laborable, y anoche Maya volvió a su cama. Lo extraño es que no estuviese, como cada mañana, preparando el desayuno y llamándole desde la cocina. Estuvo pensando toda la mañana en ella. Aunque quería convencerse, como si fuese verdad, de que no le importaba lo que hiciese Maya con su vida, realmente temía por ella. Ya no bebía ni se drogaba, pero temía que se fuese de nuevo, o que alguien le hiciese daño. No sabía de donde le venía aquel temor, pero no podía evitarlo. Cuando pensaba en todos los años que habían pasado desde aquella excursión en la que pudo compartir con Maya sus miedos y frustraciones, no podía dejar de pensar en todo lo que habían sentido el uno por el otro.
Tras dos semanas sin saber nada de Maya, llamó a su casa, a la misma casa familiar en la que mil veces habían reído y llorado, en la que habían compartido confidencias y peleas. Contestó al teléfono su hermano, Fede preguntó como estaban todos y si sabía donde estaba Maya. La respuesta dejó a Fede helado. «Maya ya no vive aquí, Fede, me extraña mucho que no te haya dicho que lleva unos diez meses viviendo con su prometido. Han querido vivir juntos antes de casarse. Ya tienen fecha de boda para el año que viene»
Después de aquel jarro de agua fría, esperó a que Maya le llamase o le mandase algún mensaje. Pero estaba de nuevo esperando lo imposible.
Algo le ardía en el pecho. La rabia le hacía llorar por las noches, en la oscuridad de su salón, iluminado solamente por la pantalla de su televisión encendida para nadie. Su móvil solo estaba encendido en horas de trabajo, y no sonaba para otra cosa que no fuesen asuntos laborales. Su monótona vida había pasado a ser gris. Los días pasaban como si fuesen una tira cómica, siempre igual, pero sin gracia. De casa al trabajo, del trabajo a casa. Incluso pensó en irse de copas cada noche, pero no tenía ganas ni fuerza de emborracharse y seguir viviendo aquello en lo que se había convertido su vida.

No entendía como había podido transcurrir así su vida. Por qué su vida había sido una historia sin final feliz, girando alrededor de alguien con la que se había sentido incluso mal por haber jugado con sus sentimientos, pero la cual había jugado con él sin compasión.
Quiso morir. Hubo una mañana en la que despertó agotado, no había dormido por la noche. Le quemaban las mejillas de tanto llorar y el pecho por la ansiedad. Esa maldita ansiedad que le acompañaba últimamente a todas horas. Ni siquiera las pastillas que le había recetado su doctor le hacían efecto. No podía dormir. Los compañeros del trabajo le decían que tenía mala cara, ojeras, incluso que había adelgazado. Él no se veía, no conocía a aquel que se asomaba al espejo cada mañana. Había entrado en un bucle que le estaba costando la salud. No dormía. Trabajaba. No comía bien. Y vuelta a empezar.
Ese día se dijo así mismo que no podía seguir así. Y volvió a casa de Maya. No podía siquiera pronunciar su nombre sin derramar lagrimas. Espero a la hora del desayuno en el trabajo y se acercó a su calle. Había cierta agitación. Cuando fue a salir de su coche, escuchó que se abría la puerta de la casa y empezaba a salir gente. No. Aquello no era posible. ¿Hoy? ¿Tenía que ser hoy?¿Por qué todas las casualidades con Maya eran igual de decisivas?. La vio salir vestida de novia, de blanco impoluto, aunque ella ya no fuese pura y limpia. Aunque la simbología no significase nada en aquel caso. La miró desde lejos y pudo ver la belleza que había en ella, esa que nunca había sido importante para él. Su pelo negro, sus ojos brillantes y rasgados, expresivos siempre. Su cintura marcada por aquel corpiño de encaje. Aquella piel que él solo recordaba ardiente, lucía radiante y morena, hermosa. Y sobre todo, su risa, aquella risa que, en ocasiones le parecía escandalosa, aquella que le despertaba a veces y que ahora se le había tornado imprescindible en su cabeza, por su ausencia.
Se dio la vuelta por temor a que ella le viera. Se subió al coche y condujo sin pensar en volver a su puesto de trabajo. Se refugió en una apartada colina, a unos kilómetros de casa. Allí buscó un «escondite» donde nadie le escuchase gritar y llorar…quería gritarle a la vida por qué había sido todo así. Pero ahora si sabía por qué. Todo este tiempo había estado buscando a Maya, dándole espacio en su casa, en su vida, en su corazón…porque era todo para él. Porque la amaba por encima de todo y todos. Porque la necesitaba en su vida. Porque necesitaba cuidarla, preocuparse por ella y cada paso que daba en su vida. Porque quería que no fuese «su vida», sino «nuestra vida». Porque aquel primer mes de sus vidas en común no debería haber cesado por su tontería…Porque no había sabido apreciar la suerte que había tenido contando con Maya en su existencia. Una vez un amigo le dijo que la suerte era un invento de alguien que se había cansado de luchar. Exacto. La suerte…










































































































































