Eran las seis de la tarde y Alfonso lo había vuelto a hacer. Dos o tres veces por semana ese chiquillo endemoniado salía de la casa sin dejar rastro. Nadie sabía dónde iba ni a qué se dedicaba en sus escapadas. Solo sabían que a la hora de la cena estaba ya de vuelta. Sus padres estaban preocupados y muy enfadados, las estrictas normas que regían la casa de los Duarte no eran una tontería que uno podía saltarse así, sin más. A ellos les rondaban mil ideas en la cabeza, pero ninguna de ellas era muy buena. Ya se sabe, los chicos cuando empiezan a frecuentar según que amistades, pueden terminar metidos en problemas hasta las cejas.
Luisa y Fernando, gente del servicio, habían salido algún día a buscar a Alfonso, sin ningún éxito. Parecía que el mismo Dios Momo se hubiera tragado a aquel granuja. Buscaron por los callejones, las calles más transitadas, la playa y hasta en las rocas de detrás del castillo. Pero nada, no hubo manera. Sus padres habían montado en cólera cuando, a la hora de la cena, Alfonsito se sentó tan pancho en su silla y había sostenido, con una tranquilidad pasmosa, que había estado en su dormitorio toda la tarde, estudiando. Después de aguantar el «chaparrón» mientras cenaba, había salido tan contento hacia su aposento, dejando a sus padres con el mismo berrinche de antes, pero sumándole la indignación de quien sabe que su hijo le miente en sus mismas narices.

Alfonso Duarte de Viniegra. 14 años. Primer hijo del matrimonio formado por D. Diego Duarte, ilustre mercante, y Dña.Teresa Viniegra, hija de un conocido marino en la ciudad. Nobles ambos, de reconocido prestigio y poseedores de una vasta fortuna, fruto del trabajo de D. Diego y los favores de su suegro. Alfonso ha estudiado, hasta el curso pasado, en el colegio inglés que hay frente a la majestuosa finca de sus padres. Ahora, habiendo terminado los estudios primarios, su padre prepara su matriculación en un instituto francés, donde tiene conocidos y estará bien atendido.
Mientras llega el día de su partida, Alfonso se dedica a disfrutar del verano. Alguna vez baja a la playa. A veces sale con su madre al balneario, a darse baños de barro, que todos dicen que es muy beneficioso para la piel…pero que a él le dan un asco imponente.
Una de las últimas veces que fue al balneario, ocurrió algo. Conoció a Carmelita, la hija de una de las mujeres que sirven allí. Carmelita era una chica menuda y morenita, con el pelo largo recogido en una trenza. Siempre iba corriendo de un lado a otro. Era un manojo de nervios. Sus ojillos negros huían de cualquier mirada, recelaba de todos los que frecuentaban aquel sitio donde le tocaba trabajar todo el día. Aquella tarde ella estaba sentada en las escaleras que daban acceso a la playa, por donde se suponía que no iba a pasar nadie. Pero Alfonso, en su afán por investigar todo el entorno que le rodea, la encontró. Solo bastó una mirada.
Ella jamás fue a buscarlo. No podía. Tenía que ser fuerte, aunque le costase dormirse llorando por no haberlo visto aquel día. No podía dejar que dijesen que ella era esto o lo otro, a su madre le daría un infarto. Alfonso había empezado a ir casi cada día con su madre al balneario y allí lo veía, pero todo era tan limitado, tan corto y seco. Ella se limitaba a sentarse en la escalera de marras, a esperar a Alfonso. A veces venía, otras veces no.
Una de esas veces, como si de un juego se tratase, quedaron al día siguiente en una callejuela de las muchas que había al otro lado de la ciudad, para que ninguna de las madres pudieran encontrarlos.
Al día siguiente, Alfonso escapó por la puerta de la cocina como si fuese a delinquir. Carmelita se escabulló del balneario con la excusa de ir a buscar perfume a la droguería. Corriendo por calles infinitas, pensando que deberían haber quedado más cerca, intentando controlar el temblor de las manos y preguntándose por qué pasaba todo aquello. A las seis cruzaba la esquina Carmelita y allí estaba esperando Alfonso. Los corazones se aceleraban, las mariposas que habitan en los estómagos de los enamorados se agitaban, aunque en el estómago de Carmelita hubiera más hambre que otra cosa. Y los temblores se calmaban al comprobar que aquel otro corazón encandilado estaba a pocos centímetros.
Él siempre iba impecable. Sus pantalones tan elegantes y su camisa tan fina, que aún siendo un niño le daban porte de hombre adinerado, lo que sería en un futuro no muy lejano, claro. Sin embargo, Carmelita, iba con aquella falda, llena de manchas de barro del balneario, despeinada por la carrera y con el único maquillaje que el rubor de ver a aquel chico. Evidentemente, eran diferentes. O al menos, eso decía la gente.
Esa misma gente que trataban a Carmelita y su madre, y al resto del servicio, con la punta del zapato. Esa gente que consideraban que el servicio debía sufrir por el simple echo de serlo. Gente despreciable que se creían dignos por tener dinero.
Las primeras citas fueron inocentes, porque los pensamientos podían más que el corazón. Se limitaban a charlar, a contarse sus cosas, como habían pasado el día. La compañía del otro era muy agradable, poder decir cosas que en casa no se pensaba en decir, poder comportarse como marca la edad. Así, con el paso de las citas, fueron llenándose el uno del otro. Y sin darse cuenta, un día cuando Carmelita llego cinco minutos tarde, le estampó un beso en los labios a Alfonso que lo dejó flotando durante una semana y le hizo caer en la cuenta de que él también deseaba hacerlo. Los besos, abrazos, caricias furtivas, llegaron cuando las charlas se convirtieron en poco para alimentar aquello que había nacido entre los dos. Necesitaban más del otro. Y aquel beso de Carmelita, fue el detonante. No había culpabilidad, solo pasión. Una pasión controlada, no había sexo, no se contemplaba como una opción en aquellos días. Una pasión cálida, prohibida, calculada y muy pensada.
Tenían tiempo límite. No podían dejar que nadie supiese lo suyo, lo que quiera que fuese aquello. Y también iban cambiando de sitio, porque el miedo no les dejaba actuar con espontaneidad. Cada día el acercamiento era más frecuente, tenían más confianza y menos temor a la respuesta del otro. Carmelita le dijo a Alfonso que su hermana había visto una novela en casa de una amiga en la que las parejas se besaban y abrazaban, y era una novela de amor. Entonces aquello era amor, dijo. Alfonso se río y le hizo cosquillas. ¡Pues que sea amor!. Un grito ahogado por una mano temblorosa en la boca, nadie podía escuchar aquello. Nadie en aquellas calles podía verles e ir corriendo a D. Diego a decirle que su hijo se veía con una sirvienta del balneario.
Siempre mirando a las ventanas de las callejuelas que escogían, por si hubiera alguna vecina cotilla que les viese y revelase su secreto. Siempre huyendo, corriendo de aquí para allá. Se cruzaban en el balneario y ni siquiera cruzaban sus miradas, cuando el fuego que les nacía en el alma se podía hasta escuchar. Algún día tendremos que decirlo, le dijo Carmelita un día enfadada. Pero aquello era imposible, Alfonso lo sabía.

Sus padres jamás aceptarían a Carmelita en su familia, en su casa, en su linea sucesoria. Pero no podía decirle eso a su amada, a su dulce niña del balneario, aquella que corría como el levante por las calles de Cádiz, con sus zapatos raídos, sus manchas de barro y su corazón palpitante por el amor prohibido. No podía decirle que solo entraría en su casa si era para servir, si era para sufrir durante toda su vida por un hombre que probablemente saldría a casarse desde aquella casa en la que ella tendría que limpiar. No podía partir su alma así.
Aquello duró, como dice la canción, lo que tuvo que durar. Alfonso partió a las tierras francesas. Carmelita se quedó esperándolo, acudiendo durante días a citas que ni siquiera habían planificado. Llorando noches enteras. Curando su carita linda de las quemaduras que le producían sus propias lágrimas. Dejando que el viento de levante le curase el corazón y le secase el alma, remojando sus pies en la orilla a la caída de la tarde y recordando por siempre la pasión que aquel amor prohibido despertó en un tiempo donde las personas valían según su cartera.



























