Lana (4)

Tras el almuerzo, se habían metido tres o cuatro en la cocina a recoger y ayudar a la abuela. Nana había decidido bajar un rato a la playa con el peque, para que se cansara un poco, y Lana, como no podía ser de otra manera, le dijo a su cuñada que la acompañaba.

Manu se puso como loco, dando vueltas y saltos a su alrededor mientras Nana fue a buscar los abrigos. Lucía salió de la cocina y le preguntó a su hermano que donde iban

  • Me voy con mamá y la tia Lana a la playa.-dijo chillando
  • ¿A la playaaa?….mamaaaáaa….- empezó a refunfuñar Lucía mientras iba en busca de su madre.
  • ¿Qué le pasa a Lucía?.- le preguntó Lana a Manu
  • A Lucía le gusta mucho la playa y siempre tiene que ir.- dijo el peque, encogiéndose de hombros.
  • Pues, anda que no hace frío en la playa ahora.- dijo de repente Juanjo desde la cocina.- estas están locas.
  • Deja a las chicas en paz, Juanjo, ellas saben cuidarse solitas.- dijo el abuelo mientras limpiaba la mesa de migas de pan.- tráeme la escoba, anda..
  • Ahora mismo, abuelo.- respondió Juanjo

Nana salió del pasillo de los dormitorios con el abrigo de Manu en las manos, dispuesta a ponerselo y discutiendo con Lucía. La discusión venía porque Lucía quería acercarse a su casa a ponerse el bañador para bañarse, y Nana le decía que ahora nada de bañarse, porque, si caía enferma, tendría que faltar al cole. Lucía decía por momentos que no iba, enfadada, pero al momento cambiaba de opinión y decía que si.

En uno de esos momentos, Nana, después de ponerle el abrigo a Manu, dijo:

  • Bueno, venga, vámonos…
  • Valeee, voy…-dijo Lucía.

La tarde se había quedado muy agradable, había cesado el viento que soplaba esa mañana y había alguna gente sentada en la arena, aprovechando los últimos rayos de sol, que poco calentaban ya, pero el entorno invitaba a relajarse allí mejor que en casa.

Bajaron los pocos escalones que separaba el paseo marítimo de la arena y empezaron a andar hacía un claro, con el propósito de sentarse, mientras andaban, Lucía salió corriendo detrás de Manu, que parece no saber andar porque solo sabe correr, y las dos cuñadas se quedaron solas.

  • ¿Cómo te trata la vida, Lana?- rompió el hielo Nana
  • No me puedo quejar, cuñada.- dijo Lana, mientras se “enganchaba” del brazo de Nana.

Nana, o Juliana, como seguía llamándola su suegra, formó parte de la pandilla de Lana hasta quinto de primaria, cuando se hizo amiga de unas hermanas que vinieron de fuera (para quedarse) y los celos y las cosas típicas de las chiquillas, hicieron que se rompiese aquella amistad. Ellas siguieron estudiando en el mismo cole, después en el mismo instituto. Ya después, la vida las separó, pero cuando Lana supo que Edu estaba saliendo con Juliana…no pudo sentirse más que feliz, porque sabía que Nana sabía querer muy bien a sus amigos.

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  • Te veo mucho mejor, Nana, y no sabes cuanto me alegro.- dijo apretándole suavemente el brazo, en señal de afecto.
  • Si, la verdad es que toda aquella mierda ya quedó en el olvido. A veces no quiero ni acordarme, pero mi psicólogo me dice que tengo que hablar de ello.
  • Bien podías llamarme para hablar, ya lo sabes- le recordó Lana.
  • Mujer, estás muy ocupada con el trabajo.- dijo al tiempo que ambas se acomodaban en la arena, en un sitio desde el que veían bien a los niños jugando, sin peligro alguno.
  • Más ocupada estás tú con aquel terremoto.- dijo Lana, señalando a Manu y sonriendo.
  • Uyy, no lo sabes bien, el otro dia…- se disponía a contar una de las mil aventuras de Manu, cuando Lana le interrumpió.
  • Perdona, Nana…me las sé casi todas, mi madre me las cuenta…¿Tú como estás?, si necesitas hablar, habla conmigo ahora. Aunque voy a estar hasta el sábado aquí, pero no sé si vamos a volver a estar tan tranquilas.Venga..
  • Ok, bueno, mira…la semana pasada empecé a dejar los ansiolíticos, ya sabes que eso tiene que ser muy poco a poco. En un par de meses, ya no estaré tomando nada. Pero no puedo ir más rápido, por el riesgo a sufrir el síndrome de abstinencia, al llevar tanto tiempo tomándolos…la verdad es que todo el mundo se porta de lujo conmigo. Hasta tu padre, ¿te acuerdas cuando me pilló manía?..porque decía que me había visto con Lucas en la verbena, y yo estaba en el huerto de allí arriba con tu hermano…

Rompieron ambas en carcajadas, la confesión de Nana y los recuerdos hizo que el ambiente se suavizara por completo. Nana había estado inmersa en una depresión desde que nació Manu. Muchos médicos le habían diagnosticado depresión postparto, al menos tres, hasta que llegó su actual psicólogo y le dijo que no era postparto, la empezó a tratar hasta llegar el fondo del asunto, incluyendo terapias familiares y toma de mucha medicación. Ahora estaba en el delicado momento en el que sabía que debía dejar de tomar los ansioliticos, con el temor de no poder dejarlos nunca, por la adicción que estos conllevan y con el temor de no poder vivir sin ellos.

La decisión la había tomado ella misma, después de casi cuatro años tomando diariamente el tratamiento. Pero siempre con el apoyo de su marido, hijos y demás familia.

Lana había vivido todo aquello desde la ciudad. Alguna vez, de visita, había sabido de sus crisis, sus ataques de pánico, aquellos episodios que duraban días y días en los que Nana no quería salir de su cama, y veía su vida pasar sin querer ni tocarla.

Sus hijos se asomaban al dintel de la puerta de su dormitorio y, sobre todo Lucía, se iban con el alma rota por ver a su madre así. Manu era un bebé, pero Lucía no podía disfrutar de su madre como cualquier niña de su edad.

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Nana le estuvo contando que Edu nunca la abandonó, y eso para ella había sido la mayor prueba de amor. Que la gente es muy mala, cosa que Lana ya sabía, porque cuando ella peor estaba empezó a recibir mensajes de una chica que decía estar liada con Edu… lo llevó todo en secreto, hasta que descubrió que era un compañero de trabajo de Edu, que quería fastidiarle la vida a este, para que dejase el curro y así él poder ascender. Pero a ella por poco le cuesta la vida.

  • Cuando estás tan mal, no puedes creer siquiera haber descubierto algo que juega a tu favor, Lana.- le contaba Nana.- yo descubrí a aquel canalla por una premonición y seguía creyendo que había una chica. No podía creer que era verdad aquello. No quería ver que no había engaño por parte de Edu. Fue todo muy duro. Fue como meterme un dedo en la herida y escarbar yo misma.
  • ¿Alguna vez te ha engañado Edu,cuñada?
  • Que yo sepa, no.- sonrió Nana.- no se puede decir con seguridad algo así, pero yo diría que nunca me ha engañado.
  • Yo creo que me lo habría contado, no se lleva bien conmigo, pero siempre me lo cuenta todo. No hay quien lo entienda.
  • La que no entiende eres tú, tonta…No es que no se lleve bien contigo, es que te quiere demasiado, se enfada contigo porque no puede controlarte ni tenerte aquí. ¿No has visto lo contento que está hoy?, porque ya sabe que te vienes, que vuelves, y está que no cabe en si de alegría.
  • Anda ya,¿como va a ser eso?.- dijo confusa Lana.
  • ¿No?…¿sabes que tu hermano quiso llevarte a Manu recién salido del hospital, vamos recién nacido, porque se enteró que no podías venir a conocerlo? ¿Sabes cuantas noches pasó Edu sin dormir cuando te fuiste por primera vez? ¿Sabes que quiso escaparse, pero tu padre lo pilló justo cuando iba a montarse en el bus, porque quería irse contigo?

Lana escuchaba alucinada lo que le contaba su cuñada. No podía creer que su hermano le hubiera ocultado tantas cosas que tenían que ver con su amor por ella. Sus padres tampoco le habían contado nada. ¿Por qué todos la protegían tanto?, todo le hacía sentir de nuevo una niña.

  • Miralo, no nos puede dejar tranquilas.- dijo Nana señalando al paseo marítimo.

Al volverse, Lana pudo ver a Edu saludando desde la murallita del paseo. Aún recordaba cuando era él el encargado de ir a recogerla a la playa. Se sentaba allí mismo donde estaba ahora, porque le daba asco la arena, y la llamaba unas cuantas veces, hasta que ella decidía que se iba. Normalmente coincidía con el hecho de que su hermano andaba unos pasos en dirección a su casa… ella entendía que iba a decirle a su madre que Lana no le hacía caso…y entonces, ella salía de la playa. El le contaba el tiempo que llevaba esperando, normalmente multiplicado, y se enfadaba mucho. Cuando llegaban a casa, Edu le decía a su madre que era la última vez que bajaba a por Lana a la playa. Mentira, lo sabemos.

La tarde estaba ya cayendo cuando se levantaron de la arena. Nana había llamado a los niños y les había indicado donde estaba su padre. Ambos empezaron una carrera, a ver quien llegaba antes a su padre, pero con las risas se iban cayendo todo el rato. Cuando llegaron al paseo, su padre tuvo que quitarle los zapatos a Manu, mientras Lucía se quitaba los suyos, para dejar toda la arena allí…porque su abuela no quería arena en casa!!

Al llegar a Edu, Nana, le estampó un beso en los labios y él respondió feliz con un abrazo. Cuando llegó el turno de Lana, esta aprovechó para abrazar a su hermano como no recordaba haberlo hecho antes. Edu, sorprendido, le siguió el abrazo. Y aquello pareció fundir “algo” en su interior, algo que hacia tiempo que necesitaban ambos. Y así, cogidos del hombro, fueron andando hasta la casa familiar. No hicieron falta palabras. No hizo falta nada. Solo ese abrazo.

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De nuevo, Lana va descubriendo detalles de su propia familia que le fueron ocultados para su protección, para evitarle dolor, para evitar el peso de vivir lejos y no poder estar cuando debía.

Lana sabe que poco a poco, todas esas heridas sanarán. Realmente, todos los años que ha estado fuera han sido un «ratito» en su corazón, así que será cuestión de días el empezar a marchar al ritmo de las olas de nuevo.

Con la misma ilusión que emana Lana por volver a sus raíces, yo os escribo cada semana o cada pocos días un nuevo «capítulo» de esta historia.

Soy muy pesada, ya lo sé…por eso os agradezco una vez más vuestra presencia por este rinconcito. A quien entra de nuevas…bienvenido/a!!!…todo lo que escribo está aquí para disfrutarlo, así que ya sabes, sírvete!

Lana (3)

Al día siguiente, su madre andaba como loca porque tendría en casa a toda la familia. Sus tres hijos, dos nueras y cinco nietos y nietas. Desde su habitación, Lara, podía escucharla cacharrear en la cocina. Ollas, moldes, platos….

Cuando fue a dejar su libro en la mesita de noche para, por fin, dormir, serían la una y pico de la madrugada. Y su madre seguía liada en la cocina. Se levantó y fue a ver si podía ayudarla.

.-Mamá, ¿Por qué no te acuestas ya?¿te ayudo a recoger esto?.- dijo cogiendo un estropajo para fregar algunos platos del fregadero.

.- No, no…solo me queda que la tarta de manzana termine de hacerse, ahora lo friego yo.

.- Mamá, siéntate y descansa un poco. Yo te quito los cacharros y ya sacas tu la tarta cuando esté lista. ¿que le falta?, ¡que son casi las dos de la mañana!

.-Ya lo sé, es que me he acordado a última hora de que a tus sobrinos les encanta. Cuando te vean, te van a comer….-empezó a contar ilusionada.- Verás lo mayorcita que está Lucía, más guapa…Y Juanjo….- prosiguió mientras Lana fregaba- Juanjo ya está más alto que nosotras y más guapo que su padre también….

.-Si que tengo muchas ganas de verlos, hace por lo menos seis meses que no los veo a todos.- dijo Lana mientras terminaba de limpiar la encimera, al volverse vio que su madre se estaba secando las lagrimas.- Mamá…¿qué pasa ahora?¿por qué lloras?

.- Hija….tengo una familia maravillosa. Tenemos una familia maravillosa.- agachó la cabeza.- pero me falta un cachito tuyo.-dijo sollozando.

.-Mamá…- Lana abrazó a su madre y lloró con ella.

No, la tarta de manzana no se quemó. Se salvó. Todo pasó, logró tranquilizar a su madre. Convencerla de que todo en la vida no son los hijos y ella había elegido otro camino. No podía confesarle a su madre el dolor que ella arrastraba por ese tema, no podía darle más sufrimiento a aquella abuela a la que le faltaba “su cachito”.

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Ya en la cama, desahogó todas sus penas. Se durmió llorando, como muchas veces cuando era niña. En sus sueños se vio jugando en la playa, con otra pequeña, era su amiga Cleo. La niña de la gorrita roja. Aquella niña turista que llegó un día de primeros de junio y se fue el ultimo día de agosto, llorando y sin querer soltar la mano de Lana. Nunca más se volvieron a ver. Cleo era especial, muy débil, su madre siempre estaba muy pendiente de ella, de que no le faltase nada, de untarle crema para que no se quemase, de que comiese bien. Muchos días las llevaba a las dos a almorzar al bar de Santiago. Mucho después de pasar aquel verano, casi llegando la navidad, pudo escuchar a su madre hablar con una vecina y enterarse de que la niña de la gorrita roja estaba “malita”. Se apenó muchísimo y se encerró en su dormitorio. En su pueblo, cuando alguien estaba “malito” quería decir que estaba enfermo de gravedad. Eso lo sabía ella por otras veces….su tio Mateo se había puesto “malito”..y se había ido al cielo sin decir ni adiós.

Nunca supo que pasó con Cleo. Su madre la convenció de que era imposible que Cleo se fuera al cielo. Como niña, se lo creyó. Cuando pasaron los años, la estuvo buscando por las redes sociales….pero era una tarea difícil. No sabía su nombre completo, apellidos ni siquiera de donde era. Lo dejó por imposible. Era su espinita clavada.

El día amaneció muy soleado, aunque un poco frío. Dio gracias a que no lloviese, y así tener posibilidad de salir a dar un paseo cuando estuviese muy agobiada de gente. Afortunadamente, no se llevaba mal con ninguna de sus cuñadas. Una de ellas también era del pueblo, conocida de toda la vida. La otra era de uno kilómetros al este, por suerte era muy buena persona y le había dado a su hermano mayor la estabilidad que este no encontraba en ningún sitio. Su madre estaba encantada con ambas nueras.

Lana y su padre salieron temprano a comprar el pan y dar un paseo por el pueblo. El ambiente era fresco, invitaba a ponerse una chaqueta fina encima de la ropa. Se olía el mar desde la plaza grande. Su padre le preguntó si quería pasar por el piso para algo. Lana se quedó pensando….todavía tenía tiempo para limpiarlo y ponerlo a punto. Negó con la cabeza mientras se comía un rosco de los que había comprado su padre en la panadería. Riquísimo, por cierto.

Al llegar a la casa ya habían llegado algunos de los invitados. Rober, el hermano mayor de Lana, acababa de aparcar su coche en la puerta y estaban bajando de él su mujer, Susana, y sus hijos Juanjo, Lucas y Tatiana, de 19, 12 y 7 años , respectivamente.

Realmente, Juanjo era más alto que todos ellos, había superado con creces la altura de su padre, la de sus abuelos y tíos, y sin inmutarse. Mirando la pantalla de su móvil…Le recordaba mucho a aquel Rober que salió del pueblo y más nunca volvió.

Roberto se fue del pueblo cuando Lana tenía apenas 15 años. No había terminado sus estudios, pero un amigo de su padre le ofreció trabajar en un bar de un pueblo súper turístico a unos 50 kilómetros de allí. Se fue sin pensárselo. Gracias a la suerte y a su esfuerzo y trabajo diario, fue ascendiendo en la empresa. Era la mano derecha del gerente, muy por encima de los propios hijos de este. Tanto fue así que, cuando dicho gerente y dueño del restaurante falleció, legó todo el negocio a Rober. Tanto trabajo y sacrificio tuvo su recompensa. Sus hijos se criaron bien gracias a ese trabajo.

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Lana nunca había perdido el contacto con sus hermanos. Algunos veranos habían celebrado barbacoas en la playa, y ella se había escapado para poder ver a sus sobrinos y sobrinas. Todos eran muy cariñosos, algunos más, algunos menos…como era el caso de Lucas, que era muy tímido y le costaba mucho expresar sus sentimientos en público, pero igualmente era un amor de chiquillo.

Lana siseó desde lejos antes de acercarse a saludar y,al girarse Rober y soltar una risotada, todos se giraron a ver quien había llamado su atención. Con más o menos efusividad, se fueron acercando a saludar a Lana, Rober la abrazó y la zarandeó como si de nuevo hubiesen vuelto a la infancia y se hiciesen enormes aquellos 4 años de diferencia entre ambos. Lana tenía debilidad por Rober, él había sido el que más le había apoyado cuando decidió salir del pueblo para estudiar algo en lo que nadie creía. Quizás porque él sabía que solo saliendo podría triunfar como ella se merecía.

El vinculo entre Lana y Rober era muy grande. Edu se ponía celoso, porque se suponía que él debía estar más cercano a su hermana, con la que solo tenía un año de diferencia, pero no era así…tenían muchas diferencias. Edu era un hombre nacido en una época equivocada. Con ideas muy anticuadas para ser tan joven. De vez en cuando estaban de acuerdo, pero no era lo normal.

Edu llegó diez minutos más tarde, Lana, Rober y Susana todavía estaban en la puerta de la casa familiar. Venía andando con su familia, porque vivía a unas calles de la casa de sus padres. Nana, su esposa, estaba más bella que nunca, había dejado atrás la delgadez extrema que le había traído la depresión y lucía una piel tersa y brillante, señal inequívoca de que por fin estaba a gusto en su vida.

Lucía y el pequeño Manu, vinieron trotando a saludar a Lana, pudo comprobar como su madre no mentía al decir que su sobrina estaba hecha una jovencita preciosa, divertida y muy observadora.

El peque era un terremoto allí donde paraba, y ponía a todos en jaque con sus travesuras. Por mucho que Nana y Edu estuvieran atentos a él, siempre buscaba un descuido para hacer de las suyas.

Edu saludó a Lana muy afectuosamente, lo cual sorprendió a esta, Nana la abrazó y le dijo al oído que se alegraba mucho de que por fin se viniese al pueblo.

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Ya en el almuerzo, se cruzaban las conversaciones, Lana observaba a su familia, iba pasando su vista de uno en uno, mientras comía. Hasta que encontró la mirada de su madre. Tenía los ojos llorosos, pudo verla solo por unos segundos, en los que su madre la miró, le dijo todo, le guiñó y se levantó de la mesa para traer más pan.

Lana se levantó tras ella y, al pasar junto a la televisión, presionó el interruptor y la apagó. Haciéndose el silencio tras de ella.

  • ¿Qué pasa, mamá?¿Necesitas ayuda?- dijo llegando a la cocina detrás de su madre.
  • No, ¿por qué, Lana?- dijo su madre, mientras cortaba el pan para llevarlo a la mesa.
  • Me ha parecido que me hacías una señal para que viniese a ayudarte, solo eso.- dijo Lana, dándose la vuelta y emprendiendo el camino de vuelta al comedor.
  • La señal si te la he hecho, claro…
  • ¿Entonces?, dimeee.- se impacientó Lana
  • Hija, te he visto observando, como hacías cuando eras niña, a todo el mundo.

Madre e hija se habían posicionado frente a frente y se miraban a corta distancia.

  • Si, me gusta verlos a todos aquí, es reconfortante saber que tengo una familia.
  • Claro que la tienes, siempre la has tenido, lo sabes. Son todos sanos, fuertes y bellos. Y alguno también bastante trasto

Las dos rieron sabiendo de quien se trataba cuando decían aquello de “trasto”, Manu las hacía enloquecer con sus travesuras.

  • Bueno, creo recordar que Edu también era un poco bichejo.- rió Lana
  • Tienes razón, hija, si que era muy bichito….pero, a lo que íbamos, que se me va de la cabeza!!
  • ¡Vengaaa, que estás deseando soltarlo,mamá!.- Lana ya había podido captar sobre que iba aquella conversación, para que había servido aquella señal de su madre.
  • Si, claro que lo voy a soltar…mira, Lana, no me importa siquiera que tengas novio o novia, o que no tengas nada.- dijo mirándola y tomándole las manos.- pero es precioso tener familia, sacarla adelante, que te cuiden y tú los cuides, que vayan y vengan… esto es el verdadero triunfo de la vida, hija. Vosotros sois mi triunfo en esta vida.- ahora sus ojos tornaban otra vez a vidriosos.

Su madre estaba visiblemente muy emocionada y ella no podía evitar llorar cuando su madre dejaba caer la lagrimilla de emoción.

Estaban las dos abrazadas, cuando entró Edu y se paró en la puerta de la cocina…

  • ¿Qué misterio tenéis las dos aquí que os hace no llevar el pan a la mesa?, A veeer…contadme, señoras!
  • Uy, Edu, que susto!.- exclamó su madre dando un respingo.
  • Eduu…-dijo Lana
  • ¡Que si!¡Que ya sabemos que soy Edu!, vamos, id soltando el cotilleo…-dijo sentándose en una de las sillas de la cocina.
  • ¡No pasa nada, cotilla!, venga, vamos a comer!.- dijo la madre empujando a ambos hacía el comedor.- Vamoooos, que aquí ya no hay nada que veeer!!
  • Jooeee, como está la señora agente.- bromeó Edu de camino a la mesa.

Ya en la mesa, con todos en su sitio otra vez, pero con la sensación de no haber terminado aquella conversación con su madre por la intromisión de Edu, Lana decidió que esa noche tendría una charlita con ella. Iba a intentar calmar aquellas ansías de ser abuela, por parte de Lana.

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Para empezar esta semana, que desde hoy ya se antoja pesada…os dejo un ratito de lectura.

Seguimos conociendo a Lana, su infancia, su familia, sus inquietudes, sus pensamientos y frustraciones. Todo nos va llevando a querer saber más de ella, porque, os aseguro que la historia va a ser muy bonita.

El siguiente «capítulo» lo publicaré en breve, ya que en estos días voy a tener poco tiempo. Son días de estudiar y exámenes, muchos nervios, poco dormir y mucho pensar. Así que intentaré dejarlo programado para dentro de unos días.

Necesito que me deis vuestra opinión en una cuestión: ¿Queréis los textos más largos o están bien así?…siempre sobrepienso esta cuestión.

Otra cosita…me encantaría, y me ayudaría mucho, si compartís el enlace de mi blog en vuestras redes. No obtengo ninguna recompensa económica por esto, pero nunca se sabe quien lo puede leer. En la red no hay fronteras.

Como siempre, solo me queda agradecer vuestra fidelidad. Si eres nuevo/a por aquí, entra, ponte cómodo/a y lee cuanto quieras. Espero que os guste y queráis más. Gracias!