Tras el almuerzo, se habían metido tres o cuatro en la cocina a recoger y ayudar a la abuela. Nana había decidido bajar un rato a la playa con el peque, para que se cansara un poco, y Lana, como no podía ser de otra manera, le dijo a su cuñada que la acompañaba.
Manu se puso como loco, dando vueltas y saltos a su alrededor mientras Nana fue a buscar los abrigos. Lucía salió de la cocina y le preguntó a su hermano que donde iban
- Me voy con mamá y la tia Lana a la playa.-dijo chillando
- ¿A la playaaa?….mamaaaáaa….- empezó a refunfuñar Lucía mientras iba en busca de su madre.
- ¿Qué le pasa a Lucía?.- le preguntó Lana a Manu
- A Lucía le gusta mucho la playa y siempre tiene que ir.- dijo el peque, encogiéndose de hombros.
- Pues, anda que no hace frío en la playa ahora.- dijo de repente Juanjo desde la cocina.- estas están locas.
- Deja a las chicas en paz, Juanjo, ellas saben cuidarse solitas.- dijo el abuelo mientras limpiaba la mesa de migas de pan.- tráeme la escoba, anda..
- Ahora mismo, abuelo.- respondió Juanjo
Nana salió del pasillo de los dormitorios con el abrigo de Manu en las manos, dispuesta a ponerselo y discutiendo con Lucía. La discusión venía porque Lucía quería acercarse a su casa a ponerse el bañador para bañarse, y Nana le decía que ahora nada de bañarse, porque, si caía enferma, tendría que faltar al cole. Lucía decía por momentos que no iba, enfadada, pero al momento cambiaba de opinión y decía que si.
En uno de esos momentos, Nana, después de ponerle el abrigo a Manu, dijo:
- Bueno, venga, vámonos…
- Valeee, voy…-dijo Lucía.
La tarde se había quedado muy agradable, había cesado el viento que soplaba esa mañana y había alguna gente sentada en la arena, aprovechando los últimos rayos de sol, que poco calentaban ya, pero el entorno invitaba a relajarse allí mejor que en casa.
Bajaron los pocos escalones que separaba el paseo marítimo de la arena y empezaron a andar hacía un claro, con el propósito de sentarse, mientras andaban, Lucía salió corriendo detrás de Manu, que parece no saber andar porque solo sabe correr, y las dos cuñadas se quedaron solas.
- ¿Cómo te trata la vida, Lana?- rompió el hielo Nana
- No me puedo quejar, cuñada.- dijo Lana, mientras se “enganchaba” del brazo de Nana.
Nana, o Juliana, como seguía llamándola su suegra, formó parte de la pandilla de Lana hasta quinto de primaria, cuando se hizo amiga de unas hermanas que vinieron de fuera (para quedarse) y los celos y las cosas típicas de las chiquillas, hicieron que se rompiese aquella amistad. Ellas siguieron estudiando en el mismo cole, después en el mismo instituto. Ya después, la vida las separó, pero cuando Lana supo que Edu estaba saliendo con Juliana…no pudo sentirse más que feliz, porque sabía que Nana sabía querer muy bien a sus amigos.
- Te veo mucho mejor, Nana, y no sabes cuanto me alegro.- dijo apretándole suavemente el brazo, en señal de afecto.
- Si, la verdad es que toda aquella mierda ya quedó en el olvido. A veces no quiero ni acordarme, pero mi psicólogo me dice que tengo que hablar de ello.
- Bien podías llamarme para hablar, ya lo sabes- le recordó Lana.
- Mujer, estás muy ocupada con el trabajo.- dijo al tiempo que ambas se acomodaban en la arena, en un sitio desde el que veían bien a los niños jugando, sin peligro alguno.
- Más ocupada estás tú con aquel terremoto.- dijo Lana, señalando a Manu y sonriendo.
- Uyy, no lo sabes bien, el otro dia…- se disponía a contar una de las mil aventuras de Manu, cuando Lana le interrumpió.
- Perdona, Nana…me las sé casi todas, mi madre me las cuenta…¿Tú como estás?, si necesitas hablar, habla conmigo ahora. Aunque voy a estar hasta el sábado aquí, pero no sé si vamos a volver a estar tan tranquilas.Venga..
- Ok, bueno, mira…la semana pasada empecé a dejar los ansiolíticos, ya sabes que eso tiene que ser muy poco a poco. En un par de meses, ya no estaré tomando nada. Pero no puedo ir más rápido, por el riesgo a sufrir el síndrome de abstinencia, al llevar tanto tiempo tomándolos…la verdad es que todo el mundo se porta de lujo conmigo. Hasta tu padre, ¿te acuerdas cuando me pilló manía?..porque decía que me había visto con Lucas en la verbena, y yo estaba en el huerto de allí arriba con tu hermano…
Rompieron ambas en carcajadas, la confesión de Nana y los recuerdos hizo que el ambiente se suavizara por completo. Nana había estado inmersa en una depresión desde que nació Manu. Muchos médicos le habían diagnosticado depresión postparto, al menos tres, hasta que llegó su actual psicólogo y le dijo que no era postparto, la empezó a tratar hasta llegar el fondo del asunto, incluyendo terapias familiares y toma de mucha medicación. Ahora estaba en el delicado momento en el que sabía que debía dejar de tomar los ansioliticos, con el temor de no poder dejarlos nunca, por la adicción que estos conllevan y con el temor de no poder vivir sin ellos.
La decisión la había tomado ella misma, después de casi cuatro años tomando diariamente el tratamiento. Pero siempre con el apoyo de su marido, hijos y demás familia.
Lana había vivido todo aquello desde la ciudad. Alguna vez, de visita, había sabido de sus crisis, sus ataques de pánico, aquellos episodios que duraban días y días en los que Nana no quería salir de su cama, y veía su vida pasar sin querer ni tocarla.
Sus hijos se asomaban al dintel de la puerta de su dormitorio y, sobre todo Lucía, se iban con el alma rota por ver a su madre así. Manu era un bebé, pero Lucía no podía disfrutar de su madre como cualquier niña de su edad.
Nana le estuvo contando que Edu nunca la abandonó, y eso para ella había sido la mayor prueba de amor. Que la gente es muy mala, cosa que Lana ya sabía, porque cuando ella peor estaba empezó a recibir mensajes de una chica que decía estar liada con Edu… lo llevó todo en secreto, hasta que descubrió que era un compañero de trabajo de Edu, que quería fastidiarle la vida a este, para que dejase el curro y así él poder ascender. Pero a ella por poco le cuesta la vida.
- Cuando estás tan mal, no puedes creer siquiera haber descubierto algo que juega a tu favor, Lana.- le contaba Nana.- yo descubrí a aquel canalla por una premonición y seguía creyendo que había una chica. No podía creer que era verdad aquello. No quería ver que no había engaño por parte de Edu. Fue todo muy duro. Fue como meterme un dedo en la herida y escarbar yo misma.
- ¿Alguna vez te ha engañado Edu,cuñada?
- Que yo sepa, no.- sonrió Nana.- no se puede decir con seguridad algo así, pero yo diría que nunca me ha engañado.
- Yo creo que me lo habría contado, no se lleva bien conmigo, pero siempre me lo cuenta todo. No hay quien lo entienda.
- La que no entiende eres tú, tonta…No es que no se lleve bien contigo, es que te quiere demasiado, se enfada contigo porque no puede controlarte ni tenerte aquí. ¿No has visto lo contento que está hoy?, porque ya sabe que te vienes, que vuelves, y está que no cabe en si de alegría.
- Anda ya,¿como va a ser eso?.- dijo confusa Lana.
- ¿No?…¿sabes que tu hermano quiso llevarte a Manu recién salido del hospital, vamos recién nacido, porque se enteró que no podías venir a conocerlo? ¿Sabes cuantas noches pasó Edu sin dormir cuando te fuiste por primera vez? ¿Sabes que quiso escaparse, pero tu padre lo pilló justo cuando iba a montarse en el bus, porque quería irse contigo?
Lana escuchaba alucinada lo que le contaba su cuñada. No podía creer que su hermano le hubiera ocultado tantas cosas que tenían que ver con su amor por ella. Sus padres tampoco le habían contado nada. ¿Por qué todos la protegían tanto?, todo le hacía sentir de nuevo una niña.
- Miralo, no nos puede dejar tranquilas.- dijo Nana señalando al paseo marítimo.
Al volverse, Lana pudo ver a Edu saludando desde la murallita del paseo. Aún recordaba cuando era él el encargado de ir a recogerla a la playa. Se sentaba allí mismo donde estaba ahora, porque le daba asco la arena, y la llamaba unas cuantas veces, hasta que ella decidía que se iba. Normalmente coincidía con el hecho de que su hermano andaba unos pasos en dirección a su casa… ella entendía que iba a decirle a su madre que Lana no le hacía caso…y entonces, ella salía de la playa. El le contaba el tiempo que llevaba esperando, normalmente multiplicado, y se enfadaba mucho. Cuando llegaban a casa, Edu le decía a su madre que era la última vez que bajaba a por Lana a la playa. Mentira, lo sabemos.
La tarde estaba ya cayendo cuando se levantaron de la arena. Nana había llamado a los niños y les había indicado donde estaba su padre. Ambos empezaron una carrera, a ver quien llegaba antes a su padre, pero con las risas se iban cayendo todo el rato. Cuando llegaron al paseo, su padre tuvo que quitarle los zapatos a Manu, mientras Lucía se quitaba los suyos, para dejar toda la arena allí…porque su abuela no quería arena en casa!!
Al llegar a Edu, Nana, le estampó un beso en los labios y él respondió feliz con un abrazo. Cuando llegó el turno de Lana, esta aprovechó para abrazar a su hermano como no recordaba haberlo hecho antes. Edu, sorprendido, le siguió el abrazo. Y aquello pareció fundir “algo” en su interior, algo que hacia tiempo que necesitaban ambos. Y así, cogidos del hombro, fueron andando hasta la casa familiar. No hicieron falta palabras. No hizo falta nada. Solo ese abrazo.
De nuevo, Lana va descubriendo detalles de su propia familia que le fueron ocultados para su protección, para evitarle dolor, para evitar el peso de vivir lejos y no poder estar cuando debía.
Lana sabe que poco a poco, todas esas heridas sanarán. Realmente, todos los años que ha estado fuera han sido un «ratito» en su corazón, así que será cuestión de días el empezar a marchar al ritmo de las olas de nuevo.
Con la misma ilusión que emana Lana por volver a sus raíces, yo os escribo cada semana o cada pocos días un nuevo «capítulo» de esta historia.
Soy muy pesada, ya lo sé…por eso os agradezco una vez más vuestra presencia por este rinconcito. A quien entra de nuevas…bienvenido/a!!!…todo lo que escribo está aquí para disfrutarlo, así que ya sabes, sírvete!








