Lana(6)

Al día siguiente pudo sentir que el tiempo se le escapaba entre los dedos. Le dio la sensación de que , por muy rápida que hacía las cosas, no le daba tiempo de nada.

Intentó ir a despedirse de su hermano mayor, pero le fue imposible salir del pueblo. Por la mañana temprano, cuando quiso bajar a la playa, antes de que se despertasen sus padres, topó con la sorpresa de que su madre ya estaba esperándola con todos los útiles de limpieza preparados y lista para salir hacia el piso. Le causó tanta pena, que no pudo decirle que no.

A la media hora de estar limpiando en el piso, Lana le preguntó a su madre si recordaba que día se iba…y su madre le dijo que no, que creía que en dos días se iría…si pena le había dado a primera hora verla preparada para limpiar su piso, más pena le produjo decirle que se iba aquella misma tarde, después de almorzar.

La reacción de su madre fue inmediata. Tenían que terminar de limpiar e irse a preparar la ropa que seguía tendida, para que no se le olvidase nada. No podía creer que Lana no le hubiese dicho nada antes, eso no se hacía. Lana se quedó parada en el salón y vio como su madre daba mil vueltas a su alrededor, recogió, secó, terminó de limpiar y guardó en menos de diez minutos, haciendo posible que se fuesen a tiempo para tomar algo en el bar de Santi, bajar al mercado y preparar la comida, incluyendo el almuerzo y algo de cena para que cuando Lana llegase a la ciudad no tuviese que comprar nada en la calle.

Además de la típica bolsa en la que su madre metía todo tipo de cosas, desde un cuarto de jamón serrano a una toalla bordada, que llevaba guardada varias décadas en el armario del dormitorio principal, pero la había bordado su abuela. Todo eso se lo explicaba cuando Lana llegaba a casa y la llamaba para decirle que había metido una toalla por equivocación en la bolsa…”No, hija, de equivocación, nada”.

Pues, en esas estaba, preparando las bolsas con la ropa, que Lana ya había dejado medio listas la noche anterior, cuando su madre entró muy rápida y nerviosa en el dormitorio de Lana y le dijo que tenía que salir urgentemente, que le había encargado una empanada a Luisa y no sabía para que día se la encargó. Así que iba a comprobar si el encargo era para hoy o para el lunes.

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Lana escuchó a su padre reírse después de que su madre saliese corriendo a la panadería. Se sentó en el borde de la cama e intentó poner sus ideas en orden.

Sabía que no podía vivir sin su familia, pero en la ciudad estaba sola, aunque no se sentía así, la verdad. Sus padres la visitaban de vez en cuando, sus hermanos habían ido al principio, pero ya hacía tiempo que no iban a su casa, “la vida es complicada con hijos”, le había dicho alguna vez su cuñada Nana. Por eso ella acudía al pueblo cada vez que podía, e iba a verlos. No quería perder el contacto con los suyos.

De repente el teléfono sonó, su teléfono, casi siempre lo cogía con premura, porque suponía que sería por temas laborales. Pero esta vez la voz de su hermano Rober, le preguntaba cariñosamente cuando se venía definitivamente al pueblo, al tiempo que le pedía que no se olvidase de ir a verlos, que la habían visto hacía dos días y ya la echaban de menos, los niños no paraban de hablar de su tía Lana… que no tardase…

Incluso le hizo cuestionarse la vuelta a su casa en la ciudad. Pero, cuando se paró a pensar en todo lo que tenía pendiente por hacer y resolver en la casa…no pudo dejarse llevar por sus deseos infantiles de no hacer nada y quedarse siempre en la playa. Tuvo que seguir haciendo la maleta, resignada.

Un ratito después de haber salido, la madre de Lana, regresó con un paquete en la mano y una bolsa con pan caliente. El almuerzo estaba listo desde anoche y solo faltaba freír unas cuantas patatas para acompañar.

Lana había terminado ya con la ropa. Estaba en el salón, viendo la tele con su padre y charlando sobre el futuro. A su padre le inquietaba que si Lana trabajaba desde el pueblo perdiese la oportunidad de seguir ascendiendo en la empresa. Literalmente, le daba la sensación de que dejaban de contar con ella.

Ella tuvo que aclararle que iba a hacer el mismo trabajo que hacía en la oficina, pero que ahora, tras algunos años de adaptación de los equipos y los programas que utilizaban para trabajar, se podía hacer desde casa. No iba a perder nada. Y había luchado mucho por venirse al pueblo y seguir trabajando en la empresa. Así le quitó toda la inquietud y miedo a su padre. De repente, su madre dejó caer el paquete de la empanada en la mesa y los asustó.

-Ufff…-dijo secándose el sudor de la frente- que se la encargué para hoy, y yo ni me acordaba que tú te ibas hoy, figurate como tengo yo la cabeza…me haces perder el sentido, hija mía…oye, ¿aquí nadie pone la mesa o qué?

Se encaminó a la cocina, mientras padre e hija se quedaron atónitos mirándola. Eran solo las doce de la mañana, ¿para qué quería esta mujer la mesa preparada?

Tras aclararle a su madre que aún era temprano, con las risas que aquello trajo, Lana se sentó de nuevo con su padre en el salón. El tiempo que pasaba con él siempre le parecía poco. Su relación con él era de absoluta confianza y complicidad. Sus caracteres eran muy parecidos y no podían evitar discutir alguna vez, pero la mayor parte de las veces sus reacciones eran iguales, sus bromas las mismas y sus risas iban de la mano cuando se terciaba reírse.

El tema del trabajo quedó zanjado, pero, como todos los padres, el de Lana seguía temiendo por su hija. Con sumo cuidado, se atrevió a preguntarle por el tema del amor, la pareja, sus preferencias. Lana no tenía secretos. Era muy clara cuando le preguntaban por este tema.

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No tenía pareja porque era muy recelosa de su intimidad, le costaba meter a alguien en casa. Compartir sus momentos de soledad, esos valiosos momentos en los que disfrutaba de una peli, de un baño o incluso de escuchar desde su cama como tronaba allí fuera, en la calle…los disfrutaba demasiado en soledad.

Su padre le insistía en lo bonito que era tener alguien con quien hablar y desahogarse cuando llegas del trabajo, o disfrutar cuando por fin tienes vacaciones y decides ir de viaje. Todo se enriquece, según él, si lo haces con tu pareja.

Ni siquiera nombraba el término “novio”, por miedo a meter la pata. Cuando le preguntó a Lana si podía decirlo así, ella le dijo que si, que le gustaban los chicos.

-Si me gustasen las chicas igualmente te lo diría, papá, no te preocupes.- dijo mientras preparaba la mesa, ahora si, para el almuerzo.- pero no aparece el adecuado. Han cambiado mucho las cosas, papá.

A Lana le costaba un mundo conocer chicos fuera de su circulo de amistades, que se reducía a un par de vecinos y los compañeros del trabajo, que eran cuatro o cinco (los más cercanos), sin contar con el gerente.

Incluso se había instalado una de esas aplicaciones de ligues, siguiendo el consejo de una de sus compañeras de curro, pero el experimento resulto ser un fiasco total. Conoció a un par de chicos, bien parecidos, con estudios, con ganas de salir y conocerla, con ganas de otras cosas también…y con arena en el cerebro, porque esas perlas que salían de sus bocas no podían ser producto de otra cosa, más que de la arena.

Así llegó a la conclusión de que conocería a su media naranja cuando el destino quisiese, pero que aquello de forzar las cosas con aplicaciones del móvil no era buena idea. Manejaba las redes sociales, tenía miles de “amigos” por todo el mundo, pero todos sabían los límites de Lana. Y quien no los sabía,ya estaría bloqueado, seguro.

El asunto es que ella ya casi rozaba los cuarenta y no tenía un compañero de vida. Y aquello preocupaba a su padre, le preocupaba que no tuviese compañía y la fuerza interior que aportaba tener pareja cuando ellos faltasen. Al fin y al cabo, a partir de cierta edad, ese es el principal miedo de los padres. Cuando ellos se vayan, ¿qué pasará?.

Ese fue el tema de conversación sobre el que giró el almuerzo. Después de recoger la mesa, la madre de Lana preparó infusión o café, según el gusto de cada uno. La hora de irse se acercaba y siempre era duro marchar del pueblo.

Cuando dieron las cinco, Lana empezó a sacar los bultos de su dormitorio. Se dio cuenta entonces de las bolsas que su madre había acumulado encima de la maleta, comida, ropa, hasta un álbum de fotos…”esta mujer está loca”, pensó Lana.

-Bueno, tú como siempre, Mamá.- salió del dormitorio poniéndose la chaqueta.- como si me fuese al Congo….chiquilla, que estoy a menos de hora y media de aquí. ¿para qué quiero un álbum de fotos?,a ver…

-Siempre te puede apetecer ver fotos de cuando eras pequeña o jovencita.- su madre hizo el amago de coger el álbum.- mira…

-No, mamá, déjalo.- le tomo dulcemente las manos.- no me puedo entretener más, que voy a llegar muy tarde a mi casa.

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Como era de esperar, los ojos de su madre se pusieron brillantes. Las despedidas eran lo peor. Incluso peor que empezar a trabajar el lunes. Incluso peor que no ver ni pisar la playa en un mes, que sería lo que iba a tardar en volver.

Su madre la abrazó.

-Que ganas de que digas “mi casa” y solo tengas que ir andando, cariño.- sollozó pegada al pecho de Lana.

-Venga, mujer, no se lo pongas tan difícil.- dijo el padre de Lana al ver que esta empezaba a llorar.

-Ay,papá, cada vez es más difícil.

Mientras metía todos los paquetes en el maletero y se despedía una vez más de sus padres, Lana no pudo evitar llorar. Tampoco quería evitarlo. Disimular nunca fue lo suyo.

Se enganchó como a un clavo ardiendo al consuelo que les quedaba: en menos de un mes estaría de nuevo por allí. Intentaría hacer la mudanza más importante de una vez. Su madre se había quedado con las llaves del piso por si Lana tenía que enviar a alguien con paquetes para meterlos en el piso.

Todo iría fluido. Y en menos de un mes estaría de nuevo bañándose en su mar.

El viaje fue tranquilo, no había mucho tráfico y pudo llegar incluso antes de lo que pensaba. Abrir la puerta de su casa y pensar que tenía que meter toda aquella vida en cajas fue un mazazo que no esperaba.

Dejó la maleta y los paquetes, cerró tras de si la puerta y buscó su sillón favorito para hundirse y llorar un poco más. Pensó que sus padres estarían esperando su llamada, así que marcó en su móvil y les dijo que ya estaba en casa. No muy convencidos, porque la encontraban “rara”, se creyeron aquello de “estoy cansada por el ajetreo de todo el día”.

Sabían perfectamente lo que pasaba.

Lana decidió levantar, como siempre hacía. No le gustaba alargar demasiado el dolor, la pena y todos aquellos sentimientos que le trajesen malas vibraciones. Se llevó la maleta a su dormitorio, sacó la ropa y la colocó en el armario. Preparó el pijama, se duchó y fue sacando el contenido de las bolsas que su madre había preparado misteriosamente. El álbum lo dejó sobre la mesa del salón, ya sacaría un ratito para verlo.

Toda la comida la fue colocando en su sitio en la cocina. Una muñeca…una vieja muñeca que hacía mil años que Lana no veía, compañera de su infancia, lavada un millón de veces y sacudida otro millón para quitarle la arena que traía de la playa. Una muñequita de trapo, con el pelo de lana roja, un traje de corazones y “zapatos” con lacitos.

Podía tener fácilmente 35 años aquella muñeca. ¿cómo había conseguido su madre conservarla?

El esfuerzo por no llorar ante aquel recuerdo hecho juguete fue titánico. Pero lo superó recordando las veces que había rodado por la playa con ella de la mano. Las veces que se había peleado con sus amigas por aquella muñeca. O las veces que su madre la castigó sin la muñeca roja…aquella miscelánea de ideas le ayudó a no llorar de nuevo.

Finalmente, se sirvió una copa de vino y decidió calentar la empanada. Cenaría mientras que veía una película, al fin y al cabo, era sábado. No tenía ni intención ni ganas de salir. Pero podía acostarse tarde. 29 de febrero de 2.020.

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Nota de la autora: Hoy Lana ha llegado un poco tarde, pero ha llegado. Supongo que no queréis escuchar mis problemas, porque todos tenemos. Así, me quedo con lo positivo…terminé el capítulo, y pudo publicarlo. Quizás es un pelín más largo que los anteriores. Pero lo merece, Lana ha vuelto a casa con pena, pero con toda la ilusión de hacer su mudanza y, por fin, volver a su paraíso particular.

Como siempre, espero que lo disfrutéis. Mil gracias por vuestro apoyo incondicional. Besos!

Lana(5)

Después de despedir a sus hermanos, cuñadas y sobrinos, quedó en la casa un silencio extraño, de esos que parece poder tocarse. Un silencio forzado, de los que casi siempre les duele a los abuelos, porque es señal de que sus nietos se fueron. Los padres de Lana y esta empezaron a recoger lo poquillo que habían dejado por medio los invitados, sin hablar, respetando la sensación reinante de calma y necesidad del otro.

Una vez todo recogido, Lana se fue a su dormitorio, debía revisar el correo y la CRM de la empresa, no había recibido llamadas y no sabía si alarmarse o tomárselo con tranquilidad. Después de todo, su equipo era de lo más competente y podía sobrevivir sin ella.

Tras una hora, aproximadamente, salió de su dormitorio con su tarea lista. Sus padres seguían en el salón, su padre veía la televisión tranquilamente, mientras que su madre estaba haciendo un puzzle. Ambos en silencio, más incómodo incluso que cuando se fueron todos.

Lana cruzó el salón y se dirigió a la cocina, cogió una mandarina y volvió al salón. Observó brevemente el panorama.

-Oye, ¿estáis bien?- dijo, mientras pelaba la mandarina

-Si, claro, ¿por qué,hija?- le respondió su padre cambiando de canal, alternando entre diferentes deportes.

-Que rabia me daba eso, papá- sonrió Lana, a modo de confesión tímida a su padre- cuando te sentabas ahí y empezabas a ver todos los deportes al mismo tiempo, ya fuese fútbol, tenis, balonmano…vamos, cualquier cosa!!

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Su madre parecía no estar hasta el momento en el que soltó una carcajada. Empezó a reírse por el comentario de Lana. En su cabeza tenía todas aquellas peleas que padre e hija tenían a causa de sus diferencias, y una de ellas era la tele. Efectivamente, tal y como había recordado Lana, su padre pillaba el mando y ponía todos los deportes, iba buscando todos los canales que tenían deporte e iba “bailando” entre esos canales. Monopolizando el mando, la tele y casi el salón, ya que nadie se quedaba a ver tanto deporte con él. Casi todas las tardes, al rato de haber puesto un partido, sea cual fuera la disciplina, cualquiera podía entrar al salón y comprobar que el “dueño del mando” estaba dormido.

En ese punto es cuando Lana de catorce años llegaba, con mucho sigilo le arrebataba el mando y ponía en la tele algún programa de su gusto…y su padre despertaba y le preguntaba por qué había cambiado.

-Siempre terminabais igual…tú, con el mando de vuelta y tu hija enfadada, no entendía porque querías el mando si ibas a dormirte de nuevo.- reía la madre de Lana de nuevo – fue una época muy entretenida. -terminó mirando divertida a Lana.

-Si, divertidísima, vamos- respondió Lana, también divertida.- Una pelea cada día con este señor, vaya- dijo, mientras se dirigía a la cocina para tirar las cáscaras de la mandarina.- Recuerdo un día que le tiré el mando, porque me enfadé muchísimo, le di en el pecho y empezó a gritar como si le hubiera matado.-subió el tono desde la cocina.

-Es verdad, me dolió muchísimo- dijo riéndose el padre de Lana- Creo que fui al hospital y todo, pero tú estabas en la playa…

-No,no-dijo Lana volviendo al salón- no me fui ni a la playa, del enfado que pillé.

-Ese fue uno de “los gordos”, al principio tu padre se lo tomó a broma, para quitarle hierro al asunto, pero estaba muy preocupado. Creía que iba a perder el control de su niñita. Al rato de encerrarte en tu cuarto, vino a la cocina a decirme que no sabía si tenía que castigarte o qué hacer contigo.-se puso seria su madre.- le dije que te diese otra oportunidad, y ya no pasó más. Eras muy buena chiquilla, pero chocabas mucho con él.

Tras un rato contando más anécdotas de la adolescencia de Lana y la de sus hermanos, llegó el momento de cenar y Lana decidió llevarse a sus padres a cenar fuera. Para la cena improvisada, salieron del pueblo y fueron a probar un restaurante nuevo que hacía poco habían abierto a pocos kilómetros en la carretera de la playa.

La cena ideal para sus padres, que adoraban el pescado, y pudieron disfrutar de un pescado al horno exquisito. Lana decidió pedir un plato que combinaba verdura y un solomillo con una salsa untuosa y suave. Todo delicioso.

De camino a casa, pasaron por debajo del edificio donde estaba el piso que Lana había alquilado. La calle estaba bien iluminada y no había mucha gente a esa hora. Parecía muy tranquilo.

Su madre le preguntó si tenía las llaves del piso encima, Lana le mintió, no sabía muy bien por qué, y le dijo que no.

Otro día sería.

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Al día siguiente se levantó bien temprano, cuando todos dormían todavía, y se fue a la playa. Apenas estaba amaneciendo. Hacía frío todavía, pero se sentó en la arena e intentó poner sus pensamientos en orden antes de afrontar el día.

No esperaban visita. Ella necesitaba comprar algunas cosillas para el piso, tendría que ir al centro comercial, cosa que le daba muchísima pereza….realmente lo único que quería era quedarse allí, bañarse, tumbarse en la arena y escuchar el mar…no pedía más. Pero no podía ser.

En ocasiones no sabía si podría trabajar desde allí, teniendo la tentación de vivir en la playa sin atender a nada ni nadie más que a las olas del mar.

Se sumergió sin pensar más. Necesitaba despejar todas las porquerías acumuladas en su cabeza en los últimos meses. El agua helada cortó su respiración y erizó su piel, la hizo sentir viva. Sintió que era el único medio donde podía deslizarse sin hacer daño ni modificar nada a su paso. Aunque todos le dijesen que era la mejor en su trabajo, ella sabía que todo era gracias a su perseverancia, ya que las nuevas generaciones llegaban bien fuertes, pero ella se actualizaba día tras días y no dejaba que la pisasen en su terreno. Todo aquello rondaba su mente, sin ella quererlo. Era un ruido sordo detrás de su oreja.

Salió del agua y se secó con la toalla, el sol ya había hecho acto de presencia y los primeros rayos no calentaban mucho, pero si eran poderosos, como siempre. Se sentó un ratito más en la arena, pero esta vez decidió no pensar demasiado, como si pudiese controlar eso.

Cuando empezaron a asaltarle de nuevo los pensamientos relacionados con el trabajo, el piso, sus padres, la mudanza…se levantó y se fue.

Acudir al centro comercial con su madre fue el acierto más desastroso jamás pensado de la historia. Ella le había contado lo que necesitaba para el piso, que era poca cosa, ya que el piso estaba amueblado y solo necesitaría algo de menaje y ropa del hogar…pero su madre llegó al centro comercial decidida a arrasar con todo…y hasta las bragas que escogió para Lana dijo que eran “ropa del hogar”…toda una aventura.

A la vuelta, sin más remedio, tuvo que parar en el piso, para soltar allí la mercancía. Lana sabía que no podría evitar que su madre llegase a su piso cuando le viniese en gana, y que hiciese como si fuese su casa…lo sabía. Pero tenía que buscar la manera de convencerla de que aquello era su espacio y que llevaba muchos años viviendo sola, y encantada además.

Otra batalla.

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La visita al piso fue rápida, soltaron los paquetes en el dormitorio y se fueron, no sin antes prometer a su madre que vendrían a limpiar antes de irse Lana. Pero ella se iba al día siguiente, sábado. Así que no estaba segura de querer perder el tiempo en algo así. Algo que tendría que hacer después de instalarse, si o si.

Al llegar a casa de sus padres, le pidió a su madre que hiciese de comer algo sencillito, no muy pesado, ya que estaba algo revuelta. Inconscientemente, había ido dejando pasar el momento de hablar con sus padres del tema que había estado “quemando” a su madre los últimos días. Tenía que resolver ese asunto.

Su madre le hizo caso y preparó unos filetes de lomo en salsa con arroz blanco de guarnición. Mientras, Lana se quitó todo el trabajo que pudo de encima. Estuvo hablando por teléfono con su gerente y le aseguró que todo iba sobre ruedas. Estaban muy pendientes de las noticias de Europa, sobre aquel extraño virus que parecía avanzar sin retención, pero poco se sabía. Lana le dijo que ella había visto algo en las noticias, pero le había parecido todo tan alarmante, que no se lo creyó. No sabía ni que pensar al respecto. Quedaron en verse el lunes, era principio de mes y debían hacer reunión de “Objetivos e ideas”. Una reunión única en los primeros días de cada mes en la que todos exponían ideas, sugerencias, iniciativas…de cualquier aspecto de la empresa, que siempre eran tomadas en cuenta. Así mismo, se fijaban los objetivos del mes. Tema importante para todos, de ellos dependía el prestigio, y por ende, los futuros trabajos del equipo.

Una vez solucionado ese aspecto, el trabajo, Lana se dirigió a la cocina. Pensaba poner la mesa, pero su padre se había adelantado y estaba todo colocado ya.

En silencio, desde el dintel de la puerta, miró a sus padres. Eran un gran ejemplo. Llevaban juntos media vida, se entendían con solo mirarse. Nunca se habían faltado el uno al otro. Nunca.

La vida de uno estaba ligada a la del otro, sin condiciones. Sin engaños. Para ellos esta vida era el otro. Eso es de admirar en esta sociedad llena de engaños, divorcios, inestabilidad, miedos y celos. Fueron los mejores patrones cuando el barco estuvo lleno de marineros, ahora son los mejores tripulantes en el yatecito que los lleva a los dos solos.

Toda una vida trabajando, para el bien de sus hijos, para hacer de su casa el mejor de los hogares. Esa casa que tú ves como aquel refugio donde te acogen, te entienden y te miman. Esa era la casa familiar. Y ellos la habían hecho con su esfuerzo.

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Lana se emocionó por un momento, pero su madre rompió el instante a su manera…

-Lanaaa, ¿qué haces ahí?, vamooos, que hay que almorzar- dijo alegremente su madre- toma esta fuente de arroz y ponla en la mesa, anda.

-Voy, mamá- dijo Lana servicial. Los recuerdos volvían en oleadas como si un sueño estuviera viviendo.

Todas las épocas no habían sido buenas entre aquellas cuatro paredes, también existieron momentos malos, en el terreno laboral, económico y también en el de la salud. Lana recordaba perfectamente una temporada en la que su padre se lesionó trabajando y estuvo de baja y sin cobrar durante algunos meses. Esos meses fueron un infierno en casa. Lana tendría alrededor de diez años, y los recordaba como una lucha de su padre por demostrar que estaba bien, que era útil, pero que no podía trabajar por la lesión…fue duro para todos. No poder comer y gastar como de costumbre, que tampoco gastaban a unos niveles muy altos, ya que eran muchos en casa, pero notaban la falta del salario del padre. Antes las cosas no eran como ahora. El padre de Lana se lesionó, el patrón del barco donde él salía a pescar le dijo que, si quería volver a faenar con ellos, dejaba de pagarle y en cuanto estuviese bien, volvía al tajo….hoy, y entonces, aquello era delito. Ahora se denuncia, antes…bueno, antes se callaban tantas cosas para poder conservar el puesto…

Después de dar buena cuenta del almuerzo que había preparado su madre, recogieron la mesa y se sentaron los tres, a petición de Lana. Su madre había sacado unos licores, de esos que se servían como digestivos pero que podían ser bastante peligrosos al final…, los tres se sirvieron y bebieron. Lana decidió coger el toro por los cuernos y echarle valor.

-Sé que hay un tema que os preocupa bastante a los dos.

Sus padres la observaron atentamente, tanta atención la puso tensa, como le pasaba en las reuniones del trabajo. Pero debía deshacerse de esa sensación, estaba en familia.

-Sé que queréis que os de un nieto o una nieta. Es algo que hace años que lo sé.-Lana hizo una pausa para tomar un sorbito del licor de manzana verde que se había servido.- Mi edad ya dificulta el tema, me daría igual no tener pareja, ya lo sabéis, yo sola puedo con eso y con más. Pero tengo una edad que consideran de riesgo ya, para tener un bebé.

-Pues eso es un rollo de los médicos- espetó su madre sin previo aviso- Isabel, la madre de Nachito, la que vive en el paseo de los pinos, esa tuvo a su hijo pequeño con 40 años. Y ahí está, tan sanote el chico.

Tras las risas por como su madre intentaba explicar quien era la tal Isabel, Lana le explicó que ella ya había ido a consultar a un médico y eso le habían dicho. Pero, claro, siempre dejaban abierta la opción de la fecundación invitro, aunque el riesgo era el mismo para ella y para el bebé. Estaba en el límite de edad.

Muchos artículos médicos señalaban la edad límite en cuarenta años, otros en treinta y cinco, algunos la situaban más allá de los cuarenta, con la excusa de que la mujer ya no es como antes. Ni la vida tampoco. Lana estaba muy confusa. Pero eso le habían dicho sus doctores.

-La cosa es que he estado barajando la posibilidad de adoptar, hay muchos niños y niñas que necesitan una madre. Y no creo que hubiese problemas de adaptación, ¿lo querríais igual, verdad?-dijo Lana, temiendo una mala respuesta.

-Lana, cariño, cualquier decisión que tú tomes, será bienvenida aquí.-le respondió con calma su padre- igual que aceptamos que te fueses solita, cuando eras para nosotros una niña todavía, aceptaremos a tus hijos, sean tuyos o los adoptes, serán nuestros nietos.

A Lana le emocionaron aquellas palabras sobremanera, no esperaba una reacción así de su padre. Pensaba que, quizás, fuesen más chapados a la antigua.

Asunto resuelto a medias, tranquilidad casi completa.

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Nota de la autora: Por fin, Lana afronta uno de sus miedos. Lana teme hablar con sus padres del tema de su maternidad. Ella es la primera que quiere ser madre, pero sabe que es un tema delicado, más delicado conforme pasan los meses.

Igual que deja un miedo, un temor medio zanjado…nace otro: en las próximas semanas, Lana viene a vivir al pueblo, y teme que su madre no respete su espacio vital, su autonomía, su forma de vivir… le preocupa.

Como siempre, espero que os guste lo que leéis por aquí, en esta semana tenemos más tiempo para disfrutar de la lectura, así que disfrutad de estos días libres y no os olvidéis de Lana, intentaré que cada lunes os llegue un poquito más de ella.

Lana (4)

Tras el almuerzo, se habían metido tres o cuatro en la cocina a recoger y ayudar a la abuela. Nana había decidido bajar un rato a la playa con el peque, para que se cansara un poco, y Lana, como no podía ser de otra manera, le dijo a su cuñada que la acompañaba.

Manu se puso como loco, dando vueltas y saltos a su alrededor mientras Nana fue a buscar los abrigos. Lucía salió de la cocina y le preguntó a su hermano que donde iban

  • Me voy con mamá y la tia Lana a la playa.-dijo chillando
  • ¿A la playaaa?….mamaaaáaa….- empezó a refunfuñar Lucía mientras iba en busca de su madre.
  • ¿Qué le pasa a Lucía?.- le preguntó Lana a Manu
  • A Lucía le gusta mucho la playa y siempre tiene que ir.- dijo el peque, encogiéndose de hombros.
  • Pues, anda que no hace frío en la playa ahora.- dijo de repente Juanjo desde la cocina.- estas están locas.
  • Deja a las chicas en paz, Juanjo, ellas saben cuidarse solitas.- dijo el abuelo mientras limpiaba la mesa de migas de pan.- tráeme la escoba, anda..
  • Ahora mismo, abuelo.- respondió Juanjo

Nana salió del pasillo de los dormitorios con el abrigo de Manu en las manos, dispuesta a ponerselo y discutiendo con Lucía. La discusión venía porque Lucía quería acercarse a su casa a ponerse el bañador para bañarse, y Nana le decía que ahora nada de bañarse, porque, si caía enferma, tendría que faltar al cole. Lucía decía por momentos que no iba, enfadada, pero al momento cambiaba de opinión y decía que si.

En uno de esos momentos, Nana, después de ponerle el abrigo a Manu, dijo:

  • Bueno, venga, vámonos…
  • Valeee, voy…-dijo Lucía.

La tarde se había quedado muy agradable, había cesado el viento que soplaba esa mañana y había alguna gente sentada en la arena, aprovechando los últimos rayos de sol, que poco calentaban ya, pero el entorno invitaba a relajarse allí mejor que en casa.

Bajaron los pocos escalones que separaba el paseo marítimo de la arena y empezaron a andar hacía un claro, con el propósito de sentarse, mientras andaban, Lucía salió corriendo detrás de Manu, que parece no saber andar porque solo sabe correr, y las dos cuñadas se quedaron solas.

  • ¿Cómo te trata la vida, Lana?- rompió el hielo Nana
  • No me puedo quejar, cuñada.- dijo Lana, mientras se “enganchaba” del brazo de Nana.

Nana, o Juliana, como seguía llamándola su suegra, formó parte de la pandilla de Lana hasta quinto de primaria, cuando se hizo amiga de unas hermanas que vinieron de fuera (para quedarse) y los celos y las cosas típicas de las chiquillas, hicieron que se rompiese aquella amistad. Ellas siguieron estudiando en el mismo cole, después en el mismo instituto. Ya después, la vida las separó, pero cuando Lana supo que Edu estaba saliendo con Juliana…no pudo sentirse más que feliz, porque sabía que Nana sabía querer muy bien a sus amigos.

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  • Te veo mucho mejor, Nana, y no sabes cuanto me alegro.- dijo apretándole suavemente el brazo, en señal de afecto.
  • Si, la verdad es que toda aquella mierda ya quedó en el olvido. A veces no quiero ni acordarme, pero mi psicólogo me dice que tengo que hablar de ello.
  • Bien podías llamarme para hablar, ya lo sabes- le recordó Lana.
  • Mujer, estás muy ocupada con el trabajo.- dijo al tiempo que ambas se acomodaban en la arena, en un sitio desde el que veían bien a los niños jugando, sin peligro alguno.
  • Más ocupada estás tú con aquel terremoto.- dijo Lana, señalando a Manu y sonriendo.
  • Uyy, no lo sabes bien, el otro dia…- se disponía a contar una de las mil aventuras de Manu, cuando Lana le interrumpió.
  • Perdona, Nana…me las sé casi todas, mi madre me las cuenta…¿Tú como estás?, si necesitas hablar, habla conmigo ahora. Aunque voy a estar hasta el sábado aquí, pero no sé si vamos a volver a estar tan tranquilas.Venga..
  • Ok, bueno, mira…la semana pasada empecé a dejar los ansiolíticos, ya sabes que eso tiene que ser muy poco a poco. En un par de meses, ya no estaré tomando nada. Pero no puedo ir más rápido, por el riesgo a sufrir el síndrome de abstinencia, al llevar tanto tiempo tomándolos…la verdad es que todo el mundo se porta de lujo conmigo. Hasta tu padre, ¿te acuerdas cuando me pilló manía?..porque decía que me había visto con Lucas en la verbena, y yo estaba en el huerto de allí arriba con tu hermano…

Rompieron ambas en carcajadas, la confesión de Nana y los recuerdos hizo que el ambiente se suavizara por completo. Nana había estado inmersa en una depresión desde que nació Manu. Muchos médicos le habían diagnosticado depresión postparto, al menos tres, hasta que llegó su actual psicólogo y le dijo que no era postparto, la empezó a tratar hasta llegar el fondo del asunto, incluyendo terapias familiares y toma de mucha medicación. Ahora estaba en el delicado momento en el que sabía que debía dejar de tomar los ansioliticos, con el temor de no poder dejarlos nunca, por la adicción que estos conllevan y con el temor de no poder vivir sin ellos.

La decisión la había tomado ella misma, después de casi cuatro años tomando diariamente el tratamiento. Pero siempre con el apoyo de su marido, hijos y demás familia.

Lana había vivido todo aquello desde la ciudad. Alguna vez, de visita, había sabido de sus crisis, sus ataques de pánico, aquellos episodios que duraban días y días en los que Nana no quería salir de su cama, y veía su vida pasar sin querer ni tocarla.

Sus hijos se asomaban al dintel de la puerta de su dormitorio y, sobre todo Lucía, se iban con el alma rota por ver a su madre así. Manu era un bebé, pero Lucía no podía disfrutar de su madre como cualquier niña de su edad.

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Nana le estuvo contando que Edu nunca la abandonó, y eso para ella había sido la mayor prueba de amor. Que la gente es muy mala, cosa que Lana ya sabía, porque cuando ella peor estaba empezó a recibir mensajes de una chica que decía estar liada con Edu… lo llevó todo en secreto, hasta que descubrió que era un compañero de trabajo de Edu, que quería fastidiarle la vida a este, para que dejase el curro y así él poder ascender. Pero a ella por poco le cuesta la vida.

  • Cuando estás tan mal, no puedes creer siquiera haber descubierto algo que juega a tu favor, Lana.- le contaba Nana.- yo descubrí a aquel canalla por una premonición y seguía creyendo que había una chica. No podía creer que era verdad aquello. No quería ver que no había engaño por parte de Edu. Fue todo muy duro. Fue como meterme un dedo en la herida y escarbar yo misma.
  • ¿Alguna vez te ha engañado Edu,cuñada?
  • Que yo sepa, no.- sonrió Nana.- no se puede decir con seguridad algo así, pero yo diría que nunca me ha engañado.
  • Yo creo que me lo habría contado, no se lleva bien conmigo, pero siempre me lo cuenta todo. No hay quien lo entienda.
  • La que no entiende eres tú, tonta…No es que no se lleve bien contigo, es que te quiere demasiado, se enfada contigo porque no puede controlarte ni tenerte aquí. ¿No has visto lo contento que está hoy?, porque ya sabe que te vienes, que vuelves, y está que no cabe en si de alegría.
  • Anda ya,¿como va a ser eso?.- dijo confusa Lana.
  • ¿No?…¿sabes que tu hermano quiso llevarte a Manu recién salido del hospital, vamos recién nacido, porque se enteró que no podías venir a conocerlo? ¿Sabes cuantas noches pasó Edu sin dormir cuando te fuiste por primera vez? ¿Sabes que quiso escaparse, pero tu padre lo pilló justo cuando iba a montarse en el bus, porque quería irse contigo?

Lana escuchaba alucinada lo que le contaba su cuñada. No podía creer que su hermano le hubiera ocultado tantas cosas que tenían que ver con su amor por ella. Sus padres tampoco le habían contado nada. ¿Por qué todos la protegían tanto?, todo le hacía sentir de nuevo una niña.

  • Miralo, no nos puede dejar tranquilas.- dijo Nana señalando al paseo marítimo.

Al volverse, Lana pudo ver a Edu saludando desde la murallita del paseo. Aún recordaba cuando era él el encargado de ir a recogerla a la playa. Se sentaba allí mismo donde estaba ahora, porque le daba asco la arena, y la llamaba unas cuantas veces, hasta que ella decidía que se iba. Normalmente coincidía con el hecho de que su hermano andaba unos pasos en dirección a su casa… ella entendía que iba a decirle a su madre que Lana no le hacía caso…y entonces, ella salía de la playa. El le contaba el tiempo que llevaba esperando, normalmente multiplicado, y se enfadaba mucho. Cuando llegaban a casa, Edu le decía a su madre que era la última vez que bajaba a por Lana a la playa. Mentira, lo sabemos.

La tarde estaba ya cayendo cuando se levantaron de la arena. Nana había llamado a los niños y les había indicado donde estaba su padre. Ambos empezaron una carrera, a ver quien llegaba antes a su padre, pero con las risas se iban cayendo todo el rato. Cuando llegaron al paseo, su padre tuvo que quitarle los zapatos a Manu, mientras Lucía se quitaba los suyos, para dejar toda la arena allí…porque su abuela no quería arena en casa!!

Al llegar a Edu, Nana, le estampó un beso en los labios y él respondió feliz con un abrazo. Cuando llegó el turno de Lana, esta aprovechó para abrazar a su hermano como no recordaba haberlo hecho antes. Edu, sorprendido, le siguió el abrazo. Y aquello pareció fundir “algo” en su interior, algo que hacia tiempo que necesitaban ambos. Y así, cogidos del hombro, fueron andando hasta la casa familiar. No hicieron falta palabras. No hizo falta nada. Solo ese abrazo.

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De nuevo, Lana va descubriendo detalles de su propia familia que le fueron ocultados para su protección, para evitarle dolor, para evitar el peso de vivir lejos y no poder estar cuando debía.

Lana sabe que poco a poco, todas esas heridas sanarán. Realmente, todos los años que ha estado fuera han sido un «ratito» en su corazón, así que será cuestión de días el empezar a marchar al ritmo de las olas de nuevo.

Con la misma ilusión que emana Lana por volver a sus raíces, yo os escribo cada semana o cada pocos días un nuevo «capítulo» de esta historia.

Soy muy pesada, ya lo sé…por eso os agradezco una vez más vuestra presencia por este rinconcito. A quien entra de nuevas…bienvenido/a!!!…todo lo que escribo está aquí para disfrutarlo, así que ya sabes, sírvete!

Lana (3)

Al día siguiente, su madre andaba como loca porque tendría en casa a toda la familia. Sus tres hijos, dos nueras y cinco nietos y nietas. Desde su habitación, Lara, podía escucharla cacharrear en la cocina. Ollas, moldes, platos….

Cuando fue a dejar su libro en la mesita de noche para, por fin, dormir, serían la una y pico de la madrugada. Y su madre seguía liada en la cocina. Se levantó y fue a ver si podía ayudarla.

.-Mamá, ¿Por qué no te acuestas ya?¿te ayudo a recoger esto?.- dijo cogiendo un estropajo para fregar algunos platos del fregadero.

.- No, no…solo me queda que la tarta de manzana termine de hacerse, ahora lo friego yo.

.- Mamá, siéntate y descansa un poco. Yo te quito los cacharros y ya sacas tu la tarta cuando esté lista. ¿que le falta?, ¡que son casi las dos de la mañana!

.-Ya lo sé, es que me he acordado a última hora de que a tus sobrinos les encanta. Cuando te vean, te van a comer….-empezó a contar ilusionada.- Verás lo mayorcita que está Lucía, más guapa…Y Juanjo….- prosiguió mientras Lana fregaba- Juanjo ya está más alto que nosotras y más guapo que su padre también….

.-Si que tengo muchas ganas de verlos, hace por lo menos seis meses que no los veo a todos.- dijo Lana mientras terminaba de limpiar la encimera, al volverse vio que su madre se estaba secando las lagrimas.- Mamá…¿qué pasa ahora?¿por qué lloras?

.- Hija….tengo una familia maravillosa. Tenemos una familia maravillosa.- agachó la cabeza.- pero me falta un cachito tuyo.-dijo sollozando.

.-Mamá…- Lana abrazó a su madre y lloró con ella.

No, la tarta de manzana no se quemó. Se salvó. Todo pasó, logró tranquilizar a su madre. Convencerla de que todo en la vida no son los hijos y ella había elegido otro camino. No podía confesarle a su madre el dolor que ella arrastraba por ese tema, no podía darle más sufrimiento a aquella abuela a la que le faltaba “su cachito”.

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Ya en la cama, desahogó todas sus penas. Se durmió llorando, como muchas veces cuando era niña. En sus sueños se vio jugando en la playa, con otra pequeña, era su amiga Cleo. La niña de la gorrita roja. Aquella niña turista que llegó un día de primeros de junio y se fue el ultimo día de agosto, llorando y sin querer soltar la mano de Lana. Nunca más se volvieron a ver. Cleo era especial, muy débil, su madre siempre estaba muy pendiente de ella, de que no le faltase nada, de untarle crema para que no se quemase, de que comiese bien. Muchos días las llevaba a las dos a almorzar al bar de Santiago. Mucho después de pasar aquel verano, casi llegando la navidad, pudo escuchar a su madre hablar con una vecina y enterarse de que la niña de la gorrita roja estaba “malita”. Se apenó muchísimo y se encerró en su dormitorio. En su pueblo, cuando alguien estaba “malito” quería decir que estaba enfermo de gravedad. Eso lo sabía ella por otras veces….su tio Mateo se había puesto “malito”..y se había ido al cielo sin decir ni adiós.

Nunca supo que pasó con Cleo. Su madre la convenció de que era imposible que Cleo se fuera al cielo. Como niña, se lo creyó. Cuando pasaron los años, la estuvo buscando por las redes sociales….pero era una tarea difícil. No sabía su nombre completo, apellidos ni siquiera de donde era. Lo dejó por imposible. Era su espinita clavada.

El día amaneció muy soleado, aunque un poco frío. Dio gracias a que no lloviese, y así tener posibilidad de salir a dar un paseo cuando estuviese muy agobiada de gente. Afortunadamente, no se llevaba mal con ninguna de sus cuñadas. Una de ellas también era del pueblo, conocida de toda la vida. La otra era de uno kilómetros al este, por suerte era muy buena persona y le había dado a su hermano mayor la estabilidad que este no encontraba en ningún sitio. Su madre estaba encantada con ambas nueras.

Lana y su padre salieron temprano a comprar el pan y dar un paseo por el pueblo. El ambiente era fresco, invitaba a ponerse una chaqueta fina encima de la ropa. Se olía el mar desde la plaza grande. Su padre le preguntó si quería pasar por el piso para algo. Lana se quedó pensando….todavía tenía tiempo para limpiarlo y ponerlo a punto. Negó con la cabeza mientras se comía un rosco de los que había comprado su padre en la panadería. Riquísimo, por cierto.

Al llegar a la casa ya habían llegado algunos de los invitados. Rober, el hermano mayor de Lana, acababa de aparcar su coche en la puerta y estaban bajando de él su mujer, Susana, y sus hijos Juanjo, Lucas y Tatiana, de 19, 12 y 7 años , respectivamente.

Realmente, Juanjo era más alto que todos ellos, había superado con creces la altura de su padre, la de sus abuelos y tíos, y sin inmutarse. Mirando la pantalla de su móvil…Le recordaba mucho a aquel Rober que salió del pueblo y más nunca volvió.

Roberto se fue del pueblo cuando Lana tenía apenas 15 años. No había terminado sus estudios, pero un amigo de su padre le ofreció trabajar en un bar de un pueblo súper turístico a unos 50 kilómetros de allí. Se fue sin pensárselo. Gracias a la suerte y a su esfuerzo y trabajo diario, fue ascendiendo en la empresa. Era la mano derecha del gerente, muy por encima de los propios hijos de este. Tanto fue así que, cuando dicho gerente y dueño del restaurante falleció, legó todo el negocio a Rober. Tanto trabajo y sacrificio tuvo su recompensa. Sus hijos se criaron bien gracias a ese trabajo.

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Lana nunca había perdido el contacto con sus hermanos. Algunos veranos habían celebrado barbacoas en la playa, y ella se había escapado para poder ver a sus sobrinos y sobrinas. Todos eran muy cariñosos, algunos más, algunos menos…como era el caso de Lucas, que era muy tímido y le costaba mucho expresar sus sentimientos en público, pero igualmente era un amor de chiquillo.

Lana siseó desde lejos antes de acercarse a saludar y,al girarse Rober y soltar una risotada, todos se giraron a ver quien había llamado su atención. Con más o menos efusividad, se fueron acercando a saludar a Lana, Rober la abrazó y la zarandeó como si de nuevo hubiesen vuelto a la infancia y se hiciesen enormes aquellos 4 años de diferencia entre ambos. Lana tenía debilidad por Rober, él había sido el que más le había apoyado cuando decidió salir del pueblo para estudiar algo en lo que nadie creía. Quizás porque él sabía que solo saliendo podría triunfar como ella se merecía.

El vinculo entre Lana y Rober era muy grande. Edu se ponía celoso, porque se suponía que él debía estar más cercano a su hermana, con la que solo tenía un año de diferencia, pero no era así…tenían muchas diferencias. Edu era un hombre nacido en una época equivocada. Con ideas muy anticuadas para ser tan joven. De vez en cuando estaban de acuerdo, pero no era lo normal.

Edu llegó diez minutos más tarde, Lana, Rober y Susana todavía estaban en la puerta de la casa familiar. Venía andando con su familia, porque vivía a unas calles de la casa de sus padres. Nana, su esposa, estaba más bella que nunca, había dejado atrás la delgadez extrema que le había traído la depresión y lucía una piel tersa y brillante, señal inequívoca de que por fin estaba a gusto en su vida.

Lucía y el pequeño Manu, vinieron trotando a saludar a Lana, pudo comprobar como su madre no mentía al decir que su sobrina estaba hecha una jovencita preciosa, divertida y muy observadora.

El peque era un terremoto allí donde paraba, y ponía a todos en jaque con sus travesuras. Por mucho que Nana y Edu estuvieran atentos a él, siempre buscaba un descuido para hacer de las suyas.

Edu saludó a Lana muy afectuosamente, lo cual sorprendió a esta, Nana la abrazó y le dijo al oído que se alegraba mucho de que por fin se viniese al pueblo.

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Ya en el almuerzo, se cruzaban las conversaciones, Lana observaba a su familia, iba pasando su vista de uno en uno, mientras comía. Hasta que encontró la mirada de su madre. Tenía los ojos llorosos, pudo verla solo por unos segundos, en los que su madre la miró, le dijo todo, le guiñó y se levantó de la mesa para traer más pan.

Lana se levantó tras ella y, al pasar junto a la televisión, presionó el interruptor y la apagó. Haciéndose el silencio tras de ella.

  • ¿Qué pasa, mamá?¿Necesitas ayuda?- dijo llegando a la cocina detrás de su madre.
  • No, ¿por qué, Lana?- dijo su madre, mientras cortaba el pan para llevarlo a la mesa.
  • Me ha parecido que me hacías una señal para que viniese a ayudarte, solo eso.- dijo Lana, dándose la vuelta y emprendiendo el camino de vuelta al comedor.
  • La señal si te la he hecho, claro…
  • ¿Entonces?, dimeee.- se impacientó Lana
  • Hija, te he visto observando, como hacías cuando eras niña, a todo el mundo.

Madre e hija se habían posicionado frente a frente y se miraban a corta distancia.

  • Si, me gusta verlos a todos aquí, es reconfortante saber que tengo una familia.
  • Claro que la tienes, siempre la has tenido, lo sabes. Son todos sanos, fuertes y bellos. Y alguno también bastante trasto

Las dos rieron sabiendo de quien se trataba cuando decían aquello de “trasto”, Manu las hacía enloquecer con sus travesuras.

  • Bueno, creo recordar que Edu también era un poco bichejo.- rió Lana
  • Tienes razón, hija, si que era muy bichito….pero, a lo que íbamos, que se me va de la cabeza!!
  • ¡Vengaaa, que estás deseando soltarlo,mamá!.- Lana ya había podido captar sobre que iba aquella conversación, para que había servido aquella señal de su madre.
  • Si, claro que lo voy a soltar…mira, Lana, no me importa siquiera que tengas novio o novia, o que no tengas nada.- dijo mirándola y tomándole las manos.- pero es precioso tener familia, sacarla adelante, que te cuiden y tú los cuides, que vayan y vengan… esto es el verdadero triunfo de la vida, hija. Vosotros sois mi triunfo en esta vida.- ahora sus ojos tornaban otra vez a vidriosos.

Su madre estaba visiblemente muy emocionada y ella no podía evitar llorar cuando su madre dejaba caer la lagrimilla de emoción.

Estaban las dos abrazadas, cuando entró Edu y se paró en la puerta de la cocina…

  • ¿Qué misterio tenéis las dos aquí que os hace no llevar el pan a la mesa?, A veeer…contadme, señoras!
  • Uy, Edu, que susto!.- exclamó su madre dando un respingo.
  • Eduu…-dijo Lana
  • ¡Que si!¡Que ya sabemos que soy Edu!, vamos, id soltando el cotilleo…-dijo sentándose en una de las sillas de la cocina.
  • ¡No pasa nada, cotilla!, venga, vamos a comer!.- dijo la madre empujando a ambos hacía el comedor.- Vamoooos, que aquí ya no hay nada que veeer!!
  • Jooeee, como está la señora agente.- bromeó Edu de camino a la mesa.

Ya en la mesa, con todos en su sitio otra vez, pero con la sensación de no haber terminado aquella conversación con su madre por la intromisión de Edu, Lana decidió que esa noche tendría una charlita con ella. Iba a intentar calmar aquellas ansías de ser abuela, por parte de Lana.

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Para empezar esta semana, que desde hoy ya se antoja pesada…os dejo un ratito de lectura.

Seguimos conociendo a Lana, su infancia, su familia, sus inquietudes, sus pensamientos y frustraciones. Todo nos va llevando a querer saber más de ella, porque, os aseguro que la historia va a ser muy bonita.

El siguiente «capítulo» lo publicaré en breve, ya que en estos días voy a tener poco tiempo. Son días de estudiar y exámenes, muchos nervios, poco dormir y mucho pensar. Así que intentaré dejarlo programado para dentro de unos días.

Necesito que me deis vuestra opinión en una cuestión: ¿Queréis los textos más largos o están bien así?…siempre sobrepienso esta cuestión.

Otra cosita…me encantaría, y me ayudaría mucho, si compartís el enlace de mi blog en vuestras redes. No obtengo ninguna recompensa económica por esto, pero nunca se sabe quien lo puede leer. En la red no hay fronteras.

Como siempre, solo me queda agradecer vuestra fidelidad. Si eres nuevo/a por aquí, entra, ponte cómodo/a y lee cuanto quieras. Espero que os guste y queráis más. Gracias!

Lana (2)

En principio había pensado ir en la semana libre de Semana Santa, pero justo al segundo pensó que iba a poder ver pocos pisos, porque la gente también aprovecharía para salir del pueblo. Así que decidió hablar con su gerente y pedirle unos días en el mes de febrero, ir con toda la tranquilidad y, en el caso de encontrar algo de su gusto y conveniencia, ir haciendo la mudanza tranquilamente y poder trasladarse definitivamente en Semana Santa.

Su madre seguía insistiendo en que no necesitaba piso de alquiler ninguno, que tenía su dormitorio tal cual lo dejó y no necesitaba más.

Lana dio gracias a la providencia por la paciencia con la que había sido dotada. Sentarse con su madre, tomarle las manos y hacerla comprender que, con su edad, necesitaba vivir sola, había sido todo un reto. Su madre era una mujer dura. Tanto por fuera como por dentro.

Su padre habló con medio pueblo, incluso con la chica de la inmobiliaria, esa que se dedica a “sacarle los cuartos a los turistas”, para intentar buscarle el piso más bonito, cerca de la playa y barato (misión imposible) a su niña.

Salió en el primer tren de la mañana, dejó todo controlado. Evidentemente todos en la oficina, aunque ya trabajaba la mayor parte del tiempo desde casa, habían entendido que quisiera hacerlo con la tranquilidad que también le caracterizaba, con su aplomo natural. Al llegar al pueblo, su padre la estaba esperando y directamente fueron a ver un apartamento en pleno paseo marítimo. Pequeño, muy luminoso y muy caro. Carísimo. Su padre se escandalizó. Casi tiene que sacarlo de allí a rastras para evitar que montase un númerito…él vio levantar aquella finca, fue siempre un caserón que en sus bajos había alojado un restaurante y en los pisos superiores vivían sus propietarios y los empleados del restaurante. Aquello le pareció un abuso. Indignado, invitó a su hija a una cerveza en el bar de la plaza grande.

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Al entrar, le pareció entrar en un día cualquiera de 1989. Le pareció ver a Santiago tras la barra, realmente era su hijo, Santi, que también era de su quinta. Las tragaperras. La música. Los cuadros de las paredes. Las mesas, con los manteles de cuadritos. El expositor de tapas, con los boquerones en vinagre y las huevas aliñadas. Todo. Hasta el olor era de 1989.

Santi salió de detrás de la barra para dar la bienvenida a Lana, le abrazó afectuosamente y le preguntó si quería tomar algo. Su padre le llamaba desde una mesa al fondo, Santi y ella caminaron juntos hacía la mesa, ella le dijo que tomaría un refresco. Al llegar, su padre le pidió una cerveza.

Lana se sentó junto a su padre y le dijo, sorprendida, que no creía que a su madre le gustase saber que bebía a escondidas. Su padre le dijo, con humildad y con esa zalamería propia de un niño pequeño, que solo iba a beber ese día porque estaba con su niña y estaba muy contento, porque ella se venía al pueblo de nuevo.

Santi llegó con las bebidas y un platito con aceitunas. Les preguntó si iban a tapear algo. Su padre le dijo a Santi que no, que tampoco podían entretenerse mucho, que estaban buscando piso para Lana.

El gesto de Santi cambió y los dejó con un “Ahora vuelvo”…a los pocos minutos volvió, si, sonriente con un papel en la mano. Le indicó a Lana que era el número de un amigo que tenía su piso cerrado en el pueblo y que no iba a volver por un largo tiempo. Que lo llamase, a ver si había suerte.

Lana salió del local y marcó el número en su móvil. Al otro lado se oyó una voz cordial. Tras unos veinte minutos, Lana entró sonriente en el bar y les dijo a Santi y a su padre, que esperaron pacientes, que mañana tenía las llaves del piso. Ya había visto fotos y el dueño estaba esperando la mitad de la fianza, entendió que Lana le preguntase a Santi si era de fiar. El dueño no había querido aceptar la fianza entera, porque no tenía pensado alquilar el piso en cuestión. Pero al día siguiente todo quedaría cerrado.

Lana estaba tan contenta que abrazó a Santi y le pidió una cerveza para ella al oído. Cuando Santi llegó con la cerveza de Lana, su padre no pudo más que reír y celebrarlo con ella.

Cuando todo va tan bien, Lana se mosquea. Como todos.

Dormir esa noche fue un paseo por el paraíso. Escuchar las risas de su madre cuando le contaron lo acontecido durante la tarde, la alegría en sus ojos, poder ver como bromeaban por la cerveza prohibida y darles las buenas noches con el corazón lleno de todo el amor que le daban, la llevo a tener sueños lindos toda la noche.

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Al día siguiente había quedado en el bar de Santi a las once y media con Agustín, el dueño del piso.

Resultó que Agustín era amigo del hermano mayor de Lana. Tenía cuatro años más que ella. Conectaron muy bien desde el principio, estuvieron hablando de todo un poco y, cuando la madre de Lana llegó de comprar, salieron del bar y se dirigieron al piso.

El piso era un piso tradicional del centro del pueblo, pero reformado completamente. Todo el mobiliario era nuevo. La paredes, las ventanas… el piso había sufrido una reforma completa hacía muy poco. Y estaba sin estrenar. Lana no sabía como preguntarle a Agustín el por qué.

Pero su madre no necesitaba mucho.

.- Y perdona que me meta donde no me llaman, pero…¿por qué un piso tan precioso y cerrado?…¿no tendrá fantasmas o algo,nooo?.- le soltó a Agustín a bocajarro.

Lana no sabía donde meterse.

Agustín explicó que tanto su novia como él habían remozado y decorado aquel piso al detalle, para poder venir a vivir al pueblo tras su boda, que hubiese sido en enero de 2020…se hubiesen casado si él no hubiese metido la pata hasta el fondo el día de navidad de 2019, en el que se fue de fiesta y terminó en una habitación de hotel con tres chicas. Y así terminó el piso vacío. Y Agustín también.

Con la cara de circunstancias que se les quedó a todos fue difícil seguir con la visita. Pero Agustín les dijo que no se preocupasen, que la vida seguía y que si él podía ayudar a Lana con el alquiler, pues estupendo para ambos.

Concretaron las condiciones económicas y Agustín fue a imprimir un contrato al despacho del administrador de comunidades, que era el que sabía de esas cosas en el pueblo, según él.

El contrato lo firmaron en el bar de Santi, en el cual brindaron por el trato. Un contrato muy beneficioso para ambos y amable en cuanto a gastos ajenos a quien alquila. La amabilidad de Agustín se hizo patente desde el principio.

Después de una amena charla con Santi, Agustín, sus padres…Lana estaba agotada. Todavía tenía que revisar el correo interno de la oficina y las novedades en el CRM de la empresa. Su madre no dejaba de insistirle en ir a almorzar a casa de su hermano, pero Lana le contó todo lo del trabajo y consiguió que la dejasen un ratito sola. Su padre le dio sus llaves de la casa y se fue con paso lento, como quien no quiere pero debe ir. Al llegar a la casa materna, Lana entró en la cocina y se preparó un sándwich y un café, se había adormilado un poco escuchando historias y recordando anécdotas de su niñez con Santi y Agustín. Esperaba que el café le despejase un poco los sentidos.

También dejó que su cabecita fantasease de nuevo con la idea de volver a vivir allí. Con la idea de volver habiendo conseguido su objetivo, al menos uno de ellos. Podía presumir, y no lo hacía, de tener un buen trabajo, bien remunerado y haciendo lo que más le gustaba. Incluso podía seguir escalando en la empresa. Pero, todo eso…lo vería con el tiempo y desde allí.

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Sabía que los años ya eran un obstáculo para cumplir otro de sus objetivos: ser madre. Pero era uno de los sacrificios que hizo por su carrera, fue una de esas cosas que tuvo que dejar en el camino. Lo hizo siendo muy consciente de lo que hacía. Y con mucho dolor. Dolor que tuvo que pasar, como casi todo en su vida, sola. Tenía amigas y compañeras de trabajo, pero ninguna tenía tal nivel de confianza como para contarle algo tan intimo. Y doloroso. Estaba segura que, de habérselo contado a su madre, nada hubiese sido igual….se imaginaba como una película cómica en la cual su madre se encargaba de buscarle novio y marido, e iba a la empresa a decir que su hija volvería después de criar a su nieto. A lo mejor sonaba un poco exagerado, pero seguro que no andaba muy lejos de la realidad. Por eso, jamás mencionó nada. Fueron pasando los años, simplemente. Y parecía que todos ya daban por hecho que ella no quería ser madre. Mejor así.

Se sentó frente al portátil y empezó a abrir emails, resolver dudas y problemas. En algunos correos delegaba en otra persona preparada como ella para solventar el problema. En otros había que adjuntar documentación. En ese caso la tomaba de los archivos en red de la empresa y los adjuntaba. En apenas hora y media solucionó un montón de incidencias. Escribió a su gerente y le contó, tal como le había prometido, como iba el proceso de cambio de residencia. La comunicación con él, ahora que habían conseguido deshacer el entuerto del teletrabajo, era muy fluida y muchos eran los días en los que compartían decenas de emails, llamadas y mensajes.

Cuando daban las siete y media de la tarde y Lana se acababa de poner el bañador y se disponía a bajar a la playa, llegaban sus padres de vuelta de su visita a casa de Edu, su hermano mediano, su madre la miró de arriba a abajo y le dijo:

  • Pero, ¿Dónde vas, mi niña?….parece que no hayas cumplido años, parece que todavía tengas quince y estén tus amigas esperándote en la esquina para salir corriendo a la playa…hace frío, mi niña, no te vayas…- dijo acercándose a Lana y abrazándole la cintura, hundiendo la cabeza en su pecho.
  • Mamá, solo voy a darme un bañito, en veinte minutos estoy aquí. Me duele la cabeza por la luz del ordenador. Necesito despejarme.- le cogió la cara entre sus manos y le plantó un beso en la nariz.- ¿Necesitas que te traiga algo de la calle?

Su madre se quedó pensando, fue al frigorífico murmurando algo y se giró para decirle a Lana que no necesitaba nada, que tenía el plan de cena listo y solo necesitaba que no viniese muy tarde.

A esas alturas del año, a las siete y media de la tarde…bueno, casi las ocho, por el tiempo que su madre había dedicado a despertarle recuerdos…ya había anochecido. Pero a Lana no le daba miedo la noche en la playa, incluso le gustaba mucho bañarse a oscuras.

Cuando llegó a la playa se detuvo ante el espectáculo, la oscuridad se abría paso entre nubes y tonos violáceos, casi un oleo perfecto que ni el más prestigioso de los museos tendría jamás colgado en sus paredes, y allí estaba… como dándole la bienvenida. Bajó a la arena, se quitó las zapatillas, el pantalón y la camiseta. Corría un viento suave y frío que, por momentos, cortaba la piel. Se dispuso a meterse al agua, necesitaba relajarse. El frío contacto con el mar le hizo estremecerse, la piel se le erizó. Pero duró poco, se adaptó pronto al liquido elemento. Como si formase parte de él. Sabía que no podía estar mucho rato, tampoco quería enfermar. Ni mucho menos desesperar a su madre con la cena. Durante unos minutos dejó la mente en blanco, sintió cada roce con el agua en cada salto, voltereta y zambullida. Aquello era una verdadera terapia para ella, como si con cada brazada que daba, el agua le quitase las preocupaciones de encima.

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Al entrar en casa, con las llaves de su padre, se encontró a su madre de frente.

.- Mamáaaa, que susto!!.- dijo sobresaltada

.-Susto el mío, cariño….que no recordaba que tu padre te había prestado sus llaves.- dijo su madre realmente asustada con la mano en el pecho.

Las dos empezaron a reír como locas. Del susto pasaron al chiste. El padre de Lana se asomó a ver que pasaba y terminó diciéndoles que estaban locas las dos.

La cena ya estaba lista, solo faltaba que Lana se duchase y dar buena cuenta del pescado asado con verduras que había preparado su madre con todo su cariño y experiencia.

Tras la cena, una breve charla acerca de la agitada vida en la gran ciudad, la diferencia de muchos hábitos de un sitio y otro. Los precios de la gran ciudad y los precios del pueblo. La gente. La falta de humanidad. La falta de empatía. De fondo, las noticias resonaban desde el televisor. Hacía muchos días que un tema acaparaba las noticias de todos los canales. Había un virus, eso parecía, una enfermedad que estaba contagiándose a gran velocidad en China. Y en puntos de Europa. En algunos noticieros ya le ponían nombre: coronavirus o algo así.

En primer lugar, y como siempre…mil gracias. Por seguir aquí, por compartir, por hacer una labor que yo sola no puedo y que es llevar este blog a todos los rincones del planeta. Por eso, por vosotros, sigo haciendo esto que tanto me gusta.

Ya tenemos a Lana medio instalada en su pueblo natal. Reencuentros, añoranzas, expectativas varias, emociones. Y siempre de fondo…ese mar que embriaga y llena su alma cuando más vacía está.

Espero que os guste y no os decepcione, porque sé por experiencia que si un libro te decepciona, es difícil de curar. Que lo disfrutéis. Hasta el próximo capítulo.

Lana (1)

No podía quitar de su cabeza la idea de volver a pasear cada mañana por la orilla de la playa, de su playa, de aquella playa que la vio crecer y madurar y que también vio sus últimas lágrimas antes de irse. El retorno se le antojaba feliz, pero al mismo tiempo le producía gran incertidumbre.
Lana había pasado los dos últimos años luchando con el jefazo de la empresa donde trabaja, el motivo: el teletrabajo. En una sociedad competitiva, moderna, conectada al 100% del tiempo…¿Por qué no podía trabajar desde su ordenador, instalado donde ella quisiese?
En los tres meses anteriores a la decisión final, había demostrado que podía hacer todo su trabajo desde casa. Había acudido a reuniones en la sede muy esporádicamente. Y también podía haberlas seguido e interactuado desde su salón. Al final, tanto el departamento de recursos humanos como el propio gerente, habían dado su brazo a torcer y habían elaborado la modificación del contrato de Lana. En el se recogían las nuevas condiciones. Teletrabajo. Reuniones presenciales una vez al mes. No perdía nada, ni cargo, ni sueldo ni nada.
El departamento del que Lana se hacía cargo era un caramelo, casi todo el trabajo se hacía online. Tres personas trabajan con y para ella cada día. Ellas seguirían en la oficina, todo estaba probado y pensado.
A menos de un mes de la mudanza que la llevaría de vuelta al pueblo costero que la vio nacer, Lana no podía pensar en otra cosa más que en el mar. Esa conexión que tenía con el mar desde pequeña. Poder meter sus pies en el agua fría por las mañanas y sentir que el mundo era menos duro…A menudo sus sesiones de relajación y/o diferentes terapias iban acompañadas del sonido de las olas. Ese sonido tan gratificante. Le hacía sentir que la rodeaba. Le hacía sentir que estaba en medio del mar. Le hacía sentir mar.

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Recordaba perfectamente los gritos de su madre en la muralla de la playa. Su madre sabía que siempre la encontraría allí. Si se hacía tarde y Lana no llegaba, solo tenía que asomarse a la muralla y allí estaba. Paseando, sentada en la orilla, bañándose…Lana en cualquiera de sus variedades.

Lana nació en un pueblo marinero. En 2020 Lana iba a cumplir 38 años, los iba a cumplir en su pueblo, después de muchos años, y rodeada de los suyos. Con un poco de suerte, como pillaba en verano, incluso sus amigos y amigas de la infancia podrían felicitarla.

Lana nació en una familia humilde. Su padre era pescador, ahora ya jubilado, y su madre, como el 80% de las mujeres del pueblo, trabajaba en la planta de envasado de pescado a pocos kilómetros del pueblo. Su infancia fue muy feliz. Ella y sus hermanos fueron niños muy queridos, igual que ahora lo son sus sobrinos, y corrían todo el día de la playa a la casa, con toda la pandilla….así de casa en casa. Muchos se hicieron novietes. Solo una de las parejas perduró en el tiempo. Lana solo salió con un chico del pueblo, Jose.

En la mayor parte de los casos, una vez que terminaban el instituto y debían escoger facultad o trabajo, dado que las dos cosas suponían salir de la zona de confort que era el pueblo…empezaba la desunión. Muchos escogieron hacer alguna carrera en la capital. Otros se fueron a la aventura, a descubrir que querían hacer realmente en la vida. Un porcentaje muy pequeño se quedó en el pueblo y ayudó a perpetuar algunos oficios que se hubieran perdido de no ser por ellos. Lana eligió estudiar algo que nadie quería. Todos le decían que aquello de la informática y el marketing no tendría salida. Que era una perdida de tiempo.

Casi les cuesta un disgusto a sus padres. Por creer a aquellos que decían eso. Lana se sentó con ellos a solas y les pidió seis meses. Solo necesitaba seis meses de estudios para saber si aquello realmente podría suponer un futuro estable para ella. Tendría que salir del pueblo, si. Tendría que hacer el esfuerzo de trabajar y estudiar al mismo tiempo para ayudar a sus padres en los gastos que la carrera conllevaba. Pero, si a los seis meses ella no veía nada….se lo diría a sus padres y le devolvería el dinero invertido.

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Gracias a la capacidad de convicción que siempre ha tenido Lana, y que bien le sirve en su puesto de trabajo, sus padres no pudieron negarse.

Aquel verano, después de la graduación, fue legendario. Aquella pandilla que había crecido cual raíces de árbol centenario iban a separarse… así que el último verano juntos no podía ser de otra manera. Festivales, comilonas, barbacoas, cenas familiares, la famosa verbena del pueblo. Cualquier excusa era buena para salir y celebrar.

Llegó la última quincena de agosto y las caras fueron cambiando. El ambiente se fue volviendo raro, espeso, melancólico. Las fiestas no se alargaban, se iban convirtiendo en reuniones intimas. Se iban haciendo pequeñas, porque solo se quedaba quien quería despedirse. Y las despedidas son duras. Al final siempre se quedaban los mismos cuatro gatos….Amalia, Sebas, Yure, Lidia y Manolo, además de Lana. Siempre hablaban de proyectos, de lo mucho que les iba a tocar estudiar en los próximos años, de lo mucho que iban a echar de menos aquellas calles, aquel aire marino, aquel ambiente tranquilo en el que vivían cual pececillos en un acuario de pocos litros. Ahora debían salir a mar abierto. Y enfrentarse a la vida de verdad.

Lana fue la primera en despedirse. El día 31 de agosto pilló el bus que la llevaría a la estación de tren y de allí a perseguir sus sueños en la gran cuidad. Atrás dejó a sus padres abatidos, a su hermano mediano, que seguía viviendo allí, igualmente muy preocupado. Y a la pandilla hecha añicos y lista para seguir perdiendo pedacitos cada día.

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Los primeros años de Lana en la gran ciudad fueron duros. Recordaba, todavía con tristeza, los primeros días de facultad en los que no conocía a nadie. Además no encontraba trabajo. La habitación en la que mal vivía en el piso compartido con otros dos estudiantes era pequeña y asquerosa. Tuvo muy malos momentos en los que solo tuvo su propia mano para secar sus lagrimas. Momentos en los que tuvo que usar esa misma mano para plantar un bofetón a algún aprovechado y correr por calles que, aún veinte años después, eran un laberinto para ella.

Había hecho con sus padres el trato de los seis meses, pero se fue dando cuenta de que sería poco tiempo. Por fin encontró un trabajo que le permitía estudiar el tiempo suficiente como para aprobar. Trabajaba por las tardes, sirviendo meriendas a las señoronas a las que trataba tan bien que al poco tiempo empezó a recoger suculentas propinas, que recogía con una gran sonrisa y un enorme “Gracias”, que hacía las delicias de las ricachonas, faltas de educación. Ganaba bastante para ayudar a sus padres en el alquiler de la habitación. Y además podía comprarse algunos caprichos. Empezó a ahorrar para su primer ordenador.

El trato de los seis meses salió tal y como ella esperaba. Fue la primera vez que Lana vio que podría hacer todo lo que se propusiese en la vida. Todo. Preparó una mochila, se fue a la estación y sacó un billete de vuelta al pueblo. A pasar las vacaciones de Semana Santa con sus padres. Las de navidad las pasó sola. Estudiando. Y trabajando más que nunca, cubriendo vacaciones de otras camareras. Y también llevándose las propinas de ellas. No hay mal que por bien no venga.

Al llegar al pueblo, después de un viaje agotador, fue directa a la playa. Se quitó los zapatos, los calcetines, dobló el bajo de sus vaqueros y se metió un par de pasos en la orilla. Primero sintió el fuerte latigazo del frio, que la recorrió de arriba a abajo, hundió los dedos en la arena y a punto estuvo de caerse de bruces, la relajación que se fue extendiendo por su cuerpo…esa sensación de que ya no pasaba nada, estaba en casa, los problemas se quedaron allí…esa conexión que no conseguía encontrar en ningún otro sitio…algo habitual interrumpió todo este cúmulo de sentimientos…¡¿Lanaaa?!…

Su madre la llamaba confusa desde la muralla. Nadie sabía que Lana venía de vacaciones. Era una sorpresa, pero no pudo evitar ir antes a la playa que a su casa. Necesitaba mojar sus pies, era como si en estos seis meses se hubiesen secado…recordaba perfectamente haberle dicho eso a su madre cuando esta la abrazó finalmente al lado de la muralla. Entre lagrimas, su madre, le preguntó si ya se venía para siempre…Lana la abrazo muy fuerte y le dijo que ya después le contaba, en casa, con papá.

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Aquella noche, en la cena, después de haberse duchado de nuevo en su casa, en la casa de sus padres. Tomó la más grande y dura decisión de su vida, y después de comunicarlo a sus padres, fue más duro aún.

Lana había decidido seguir los estudios, terminar. Aquello le gustaba, le gustaba cada día más. Todo lo que estaba aprendiendo sobre el marketing, todo lo que podía aplicar en un montón de aspectos de la vida. La gente que estaba conociendo. El ambiente que rodeaba ahora su vida. Todo era muy positivo, le gustaba y le empujaba a seguir. Les rogó que fuesen a ver donde vivía ahora, ya que se había cambiado, había conseguido una habitación luminosa y más grande gracias a una amiga de su tutora en la facultad, con la que compartía charlas y en la que había confiado para decirle que vivía en una ratonera apestosa…a los pocos días, la tutora llegó y le dio un papelito con un número de teléfono, le dijo que llamase y preguntase por Maribel. Era la dueña del piso compartido. Una dulzura de persona que le facilitó todo el proceso de la mudanza, incluso le perdonó el mes de fianza, por estar el curso ya empezado. Las propinas sirvieron para ese primer mes.

Lana estaba deseando que sus padres viesen como vivía ella en la gran ciudad, les hizo prometer que la primera semana de verano irían a verla, a pasar con ella unos días. Lo prometieron entre lágrimas y rabia, ellos estaban convencidos de que su niña volvía para quedarse y llorar su fracaso en el pueblo. Algo no les dejaba comprender que Lana quería volver, quería terminar sus estudios y vivir de algo que ellos no comprendían. Pasaría tiempo antes de que lo comprendiesen.

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Hasta aquí el primer capítulo de la historia de Lana, el relato en el que estoy trabajando ahora. Tengo algunos capítulos ya escritos, a falta de revisión, y los iré subiendo.

Para poneros en contexto, corre el 2019, Lana prepara su vuelta al pueblo para seguir trabajando desde allí. Ya diciendo que la historia empieza en 2019…y nos adentramos en aquel 2020, que ahora nos parece lejano, podéis esperar cualquier cosa, ¿no es así?…pues, ¡vamos a por ella!.

Como siempre, espero que os guste.

Desde el otro lado.

Aquí estoy. Sentada en mi sofá. Todo está oscuro y tranquilo. Todo menos el cuerpo delgado y menudo de mi hija Sandra, que llora desconsolada a mi lado. Está hecha un ovillo de piernas, brazos todo enredado con su larga melena rubia. Es tan frustrante esta situación.

…Hace tres días que pasó. Hace tres días que me fui. Y todavía nadie sabe donde estoy. Creo que ni siquiera yo misma. Pero será mejor contarlo desde el principio…

Ya llevaba enferma unos años, pero los últimos meses fueron algo caóticos. Mucho hospital, mucha infección oportunista, mucho sufrimiento. Si algo recuerdo muy bien es eso, mucho sufrimiento. Veía las caras de todos y sufría más todavía. Mi marido, mis hijas, mis amigos. Todos estaban pasándolo fatal por mi culpa. Un día, después de mucho tiempo ingresada, llegó el doctor que me acompañó en todo el periplo de mi enfermedad y nos dijo que quería hablar con nosotros un ratito. Es muy ameno, muy campechano como dicen por ahí. Nos contó que todo se había complicado por allí dentro. Mi «bichito» estaba campando a sus anchas por mi cuerpo y ya nada lo podía detener. Solo quedaba esperar. Dado que no sabía el tiempo exacto de espera, nos quería mandar a casa, para que todo fuese más intimo y personal.

Mi marido y yo, tuvimos unos momentos para pensarlo. Bueno, mi marido lo pensó, yo estaba loca por salir del hospital. Estaba muy agobiada allí dentro y necesitaba descansar en casa. Se lo agradecí eternamente al doctor, me despedí de todo el personal y nos marchamos. Los primeros días fueron geniales, hacía tiempo que no estaba en casa. La morfina aplacaba el dolor y un extraño «chute» de energía me poseyó e hizo que tuviera tres días gloriosos en los que pude repartir besos y abrazos, cocinar e incluso recibir a mis amistades en lo que fue, ahora que caigo, mi «última cena».

Al cuarto día amanecí muy mal. Las caras de mis hijas lo decían todo. El abatimiento en sus ojos, era más doloroso que la propia muerte. Cuando cerré los ojos aún pude sentir como apretaban mis manos, en un intento inútil de mantenerme en este mundo. Menos mal, debo decir, que fue una muerte muy dulce. Simplemente me dormí. Creo que ya lo había sufrido todo antes, los meses anteriores fueron agotadores.

Lo primero que sentí fue un crujido extraño, como si un adhesivo interno se fuese despegando y ya me sentí ligera. Sin dolor. Sin peso. Sin cuerpo. En mis creencias, aquellas que me habían metido a base de biblia y castigo en mi infancia, ahora yo debía ver un túnel o algo así…vería la luz, y a mis seres queridos que ya partieron. Pero no veía nada. Cuando quise darme cuenta, lo único que veía era como llevaban mi cuerpo de un lado a otro, hasta llegar a mi velatorio.

De verdad que no quería que los míos pasasen por todo aquello. Tanta tristeza, tanto llanto, mis niñas… eso seguía doliendo. Si ya no podía sentir, ¿por qué me afectaba tanto ver a mis hijas rotas de dolor?, no podía más. Me fui.

Me fui a casa. Y allí esperé.

Pero allí fue más de lo mismo. Llegaron vecinas, familiares que no veía desde hacía un siglo, amigas que dejaron de llamarme cuando supieron de mi enfermedad, algún cobrador sinvergüenza, amigos y amigas de mis hijas, incluso profesores y profesoras de colegio e instituto. Todos lamentándose, llorando. No podía soportarlo. Pero no sabía donde meterme.

Me fui a mi dormitorio, allí no había nadie y podría estar tranquila. Al rato llegó mi marido, traía a una de mis hijas, a Sandra (la misma que llora a mi lado ahora), del brazo. Iba zarandeándola. No me gustaba un pelo aquello. Ella lloraba y gritaba histérica. Después de cerrar la puerta, mi marido se encaminó hacía ella, me puse en medio porque creí que iba a pegarle, pero solamente la sujetó de los hombros para decirle tranquilamente que se relajase. Que no era bueno para ella ponerse así. Que mamá ya estaba descansando….a ver, podemos matizar un poco ese aspecto, por que descansar, lo que se dice descansar…

Anoche fue una noche eterna. Como parece que va a ser esta también. Sandra se encerró en su cuarto esta mañana después de gritar en medio del salón que se negaba a seguir viviendo sin mi. Su hermana, tres años mayor que ella, se sentó delante de su puerta con un álbum de fotos apoyado en las piernas. Entre sollozo y sollozo, le decía cosas como: «Sandra, mira, ¿te acuerdas cuando mamá nos llevó por sorpresa a hacer un picnic al pinar de al lado del cole?¿recuerdas como se reía cuando nos lo dijo y empezamos a gritar de alegría?»….»Mira, Sandra, aquí tengo una de aquel cumple tuyo en el que se les cayó tu tarta y tu llorabas como una loca mientras papá salió corriendo a comprar otra y mamá te hacía soplar la vela en una magdalena, que risas aquel día»….»¿ Y cuando íbamos a la piscina?, ¿recuerdas como se reía cuando nos veía jugar?…

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Fue extraño. Pero me sentí brillante. Me sentí tan querida, tan amada. Me sentí muy bien. Sentí que había cumplido una de mis misiones en esta vida, ellas sabían lo mucho que las quería. Aquella risa de mi hija mayor me daba luz, me daba fuerza. Estaba sentada a su lado, me incorporé y le toqué la cara. Ella paró de hablar y puso su mano en la mejilla que yo había tocado. ¡Lo había notado!. ¿Ahora qué?…. ahora nada. Mi hija dejó caer una lagrima y siguió intentando que su hermana saliese de su dormitorio.

Cuando entré a ver a Sandra encontré un cuadro espantoso. Su ropa sucia se mezclaba con la limpia, las cortinas no dejaban que la luz natural entrase por la ventana, la cama no tenía ni sabanas, ella se tapaba con una manta. Estaba escondida en un rincón de aquella habitación, que ahora si parecía de adolescente pero que normalmente lucía limpia, luminosa y ordenada, para envidia de todas las madres de sus compis. Me acerqué y le toqué el pelo. Pero ella no sintió nada. No podía sentirme. Estaba sumida en su propia oscuridad y tristeza. Demasiado profunda para poder percibirme. De repente escuché que me llamaban. Pensé que sería San Pedro, ya estaría enfadado por mi retraso. Pero no, era mi hija mayor.

Estaba en su dormitorio. Sentada en su cama y llamándome en voz baja. Me senté a su lado. Era cálido estar a su lado. Me gustaba. Me sentía bien. Me debió sentir porque me agradeció que estuviese allí. Lola, en honor a su bisabuela, empezó a hablar «al aire», realmente me hablaba a mi… «mamá, te he sentido antes, ¿eras tú, verdad?, no creo que me haya vuelto loca tan pronto,¿no?»…al mismo tiempo que hablaba, Lola, se iba emocionando. Podía ver ese brillo especial en su cara. «Ojalá seas tú, sería maravilloso poder tenerte, aunque fuera de este modo»… aquello me partía el alma, pero por fin veía y sentía algo de felicidad. Mi hija era feliz por sentir mi presencia fantasmal. Que bonito. Bueno, al menos era un avance. «Sé que si te recuerdo feliz, si recuerdo momentos valiosos y graciosos contigo, te daré luz, te daré energía. Podré hablar contigo un día de estos»…yo estaba absorta… ¿con quién había estado hablando esta niña sin que yo lo supiese?, aunque no estuviera en disposición de quejarme, pero es que…¿no iría a hacer una ouija de esas, verdad? Aquello me inquietó y me enganchó a ella toda la tarde. Estuvimos viendo fotos, rescatando recuerdos. A veces lloraba ella, a veces lloraba yo, a veces las dos. Para mi, fue otro recuerdo más. También encendió algunas velas. La luz de las velas siempre me ha gustado, me gusta el suave bamboleo de su llama.

Cuando salimos para encender una vela en el salón, vimos que Sandra estaba allí sentada. Lola se sentó a su lado y la abrazó silenciosamente. Ella sabía que no era el momento de contarle lo que estaba pasando. Sandra estaba muy mal. Hervía por dentro de ganas de abrazar a mi pequeña, cerraba los ojos y aún podía verla corriendo por el pasillo del cole hacía mi. No tenía aún los 17 años, había crecido muy rápido y los últimos años habían sido muy duros para ella. Estaba muy apegada a mi, Lola era más independiente, Sandra necesitaba siempre de mi aprobación. Creo que hasta para llorar necesitaba mi visto bueno. Cariñosa, pegajosa, charlatana, zalamera, presumida. Ella es una pequeña flor, que ahora anda mustia, pero que abrirá de nuevo sus pétalos. Seguro.

Cuando vió que Lola encendía la vela, le preguntó bruscamente el por qué. Lola le explicó pacientemente que las almas necesitan luz. Y que eso hará que mi paso al otro mundo sea más fácil. Sandra empezó a llorar otra vez. Le dijo que no quería que yo pasase a ningún otro mundo. Que me quería allí.

Lola le dijo lentamente: «Pero es que está aquí, y tú no haces más que llorar, por eso se va a ir»….a lo que Sandra, enfadada, respondió: «Si, tengo yo cuatro años ahora para creerme esos cuentos de chantaje emocional, no te digo». Creí conveniente hacerme notar un poquito. Todo estaba cerrado. No había corrientes. Pasé al lado de la vela y la apagué, acto seguido me senté junto a Sandra.

Ambas miraban la vela con expectación. Pero ambas expectaciones eran distintas. Lola, satisfecha, parecía dar las gracias por el empujoncito. Sandra, incrédula, parecía querer que se la tragase la tierra. Se quedó inmóvil y solo se movió para tocarse el brazo que estaba en contacto conmigo. Sentía frío, claro. Lola le estuvo explicando lo mismo que me había dicho a mi, todo aquello de los recuerdos graciosos, las risas, la luz y energía… y Sandra se sorprendía más por momentos. «¿Se supone que tengo que estar contenta porque mi madre se haya muerto?»

«No, eso sería antinatural. Estás agradecida porque haya dejado de sufrir. Y estas contenta por haber vivido el tiempo que has vivido con ella»…Lola era una experta, y yo no sabía como había llegado a serlo. «Si estás llorando y maldiciendo, ella no podrá estar contigo, porque tu tristeza la apaga, la deja sin energía»…»Pero si su recuerdo te pone contenta y hace que tus días sean mejores, ella te acompañará siempre».

«Voy a hacer la cena, papá está a punto de llegar», dijo Lola y desapareció por el pasillo. Allí nos quedamos solas Sandra y yo, bueno, se quedó sola ella…no sé… Pegó un respingo y me asustó a mi también, se puso de pie y fue a su dormitorio, la esperé, apareció con un paquete de pañuelos de papel y un cuaderno, su diario. Primero se limpió bien las lagrimas y los mocos. Pobrecita mía, que mala cara tenía, siendo tan guapa como era.

Después abrió el cuaderno y empezó a buscar. Tras unos minutos, paró y empezó a leer bajito: «Hoy mamá a venido a recogerme al cole porque me ha pasado algo extraño. Muchas veces me sale la mosqueta, pero hoy he empezado a sangrar por otro sitio. Y eso ha sido raro, aunque Lola ya me había dicho que esto pasaría, son cosas de chicas, dice ella. Mamá ha venido con un pantalón de chándal y unas braguitas limpias y me ha ayudado a cambiarme en el servicio. Me ha preguntado si me dolía algo y le he dicho que no, pero hemos salido del servicio y le ha dicho a la seño María que me llevaba a casa por que estaba dolorida. Al principio de montarme en el coche me ha dado miedo porque creí que me iba a echar una bronca, pero después he visto que ha parado en la heladería de Concha y ha comprado dos cucuruchos con dos bolas de chocolate y se ha sentado conmigo detrás. Mientras nos comíamos el helado me ha contado que a ella nadie le dijo nada, porque antiguamente eso estaba más oculto. Y mi abuela no le dijo nada, y el día que ella manchó por primera vez creía que se estaba muriendo y pasó medio día encerrada y llorando, esperando que viniese la muerte a por ella. Que risas hemos echado. Cuando hemos terminado, mamá y yo hemos recogido a Lola en el instituto y a casa a comer. Me lo paso genial con mamá…»

Al terminar de leer, Sandra levantó su mirada hacía la vela, que permanecía apagada. Tomó el encendedor y prendió la mecha. Yo seguía sentada a su lado. Lo había comprendido, había entendido perfectamente lo que su hermana le había explicado. Esa es mi chica. Pasé mi mano por su pelo…y esta vez si lo notó. La abracé, lo más fuerte que pude. Y ella abrazó su delgado cuerpo como queriendo abrazarme. Sin poder evitarlo, se ha puesto a llorar y se ha ido acurrucando en el sofá. Aquí estamos las dos, llorando, mirando la vela y esperando otra oportunidad para poder sentirnos.

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Doña Concha

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Concha ya no estaba cansada.

Simplemente un día se levantó tranquila. Sin ese cansancio que hacía años la tenía en un sin vivir. Ese cansancio de quien espera lo que nunca llega. Ese cansancio que sufre quien quiere pero no puede. El mismo que Concha había sentido en su pecho hasta aquel bendito día en el que ya no lo sintió más. Ni ella sabía el porqué, pero es que tampoco le preocupaba.

Había pasado toda su vida con aquella inquietante sensación de quien tiene el pan en el horno y siente que se va a quemar de un momento a otro. Esa ansiedad alojada entre su pecho y su garganta, que muchos días no la dejaba respirar tranquila y que era la culpable de su hermosa melena blanca.

En los días en los que todavía compartía responsabilidades con su difunto marido eran también aquellos días en los que las mujeres que eran madres, eran madres,padres y todo lo que hubiera que ser. Pocos eran los hombres que cumplían con todos sus deberes paternales, no solo los de proveer de alimentos y demás necesidades básicas a su familia. Y su difunto marido no era de esos pocos.

No había tenido una mala vida. La verdad. Los ratitos que salía a pasear bajo el sol, recordaba aquellos mismos parajes en los días de su juventud, una juventud plena y feliz, en la que sus padres no dejaban que ella tuviera ninguna escasez. Todo estaba cubierto. Eran una buena familia. Su padre tenía un buen empleo y en su casa no faltaba de nada. Su mente añada renqueaba, pero todavía recordaba momentos como el día de su primera comunión, con tanta liturgia, tanta tradición…una pequeña recepción después de la ceremonia y toda la tarde jugando con sus amigas en un parque cercano. La vida ha cambiado tanto. Tanto que ella ni la conocía.

Ahora todo es la fiesta, los regalos, muchos invitados (a más invitados, mejor), mucho gasto…a veces imposible de asumir. Todo material. Esa era la clave, lo tenía comprobado, en cualquier evento, fuera de la índole que fuera: lo material era lo importante.

La vida, esa que ya no conocía, le había dado la oportunidad de ser madre. Por dos veces, como si la primera no hubiera quedado harta…

Tenía dos preciosas hijas, al menos habían sido preciosas en su niñez, que a su vez le habían hecho abuela otras tantas veces.

Su hija mayor, Conchita, era una señora seria, demasiado seria para Concha, que se tomaba su vida como si fuera una cuestión de guerra. Su casa estaba regida por estrictas normas, su vida era de un marcado estilo marcial y en ella no había ni un minúsculo hueco para ir a ver a su madre, aunque si pasaba por la puerta de su casa cada domingo de camino a misa. Pero después de misa, tocaba el vermú con las amigas, y aquello era muy importante.

Sus nietos y nietas, por parte de Conchita tenía tres,dos chicos y una chica, solo hacían aparición, cuasi fantasmal, el día de sus respectivos cumpleaños. Bueno, también el día de Reyes. Hace muchos años, ya había perdido la cuenta, celebraban la navidad allí juntos. Sus dos hijas, los yernos y todos los nietos y nietas. Pero Conchita dijo que aquello ya no se llevaba, que ella iba a empezar a ir a un hotel a pasar las cenas de Navidad, que allí podría ver a sus amigas y los niños lo pasarían mejor. Claro, en la casa de la abuela, los niños se aburren, es normal.

Si tuviera que prepararle el bocadillo para el cole ahora, no le iba a quitar ni la pimienta del salchichón a la señorita, seguro.

Uy, salchichón. No sabía ya ni cuantos meses habían pasado desde la última vez que comió salchichón. Su médico le había prohibido los embutidos, a lo sumo “unas cuantas rodajitas de jamón serrano del bueno, Doña Concha” , le había dicho aquel jovencito.

Cada vez hacían los médicos más jóvenes.

Y cada vez le quitaban más cosas de la lista de “Permitidos”. Para un placer que le quedaba, y se lo administraban también.

Bueno, se lo administraba ella misma, que era (como a sus hijas les gustaba presumir) autosuficiente, autónoma y muy capaz de hacerlo todo en su casa. Y fuera de su casa, también. Ella organizaba sus menús y sus pastillas semanalmente, llevaba apuntado todo en una agenda: sus citas médicas, cuando le tocaban análisis o controles. Todo.

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Estaba convencida que aquello era parte del éxito en la vida de sus hijas. La organización que, desde pequeñas, les enseñó a tener. Pero nunca lo admitirían para ella. En fin…

Pilar era la pequeña, poco menos de dos años de diferencia con Conchita, pero también un mundo de distancia en cuanto a carácter. Pilar estaba más apegada a su madre, si. Muy apegada. A menudo su abuela paterna, de puros celos, le decía que aquella niña iba a enfermar por estar tanto tiempo pegada a ella. Que no era natural. Pero solo Concha supo del placer de criar a esta segunda hija que pareció nacer solo para ella. Una niña paciente, obediente y que entendía lo que su madre le quería decir con solo mirarla. Una niña con la cual compartió confidencias, frustraciones (que no fueron pocas) y vivencias cuando tuvo una edad que a Concha le pareció prudente para ello.

Pilar era diferente. Era sensibilidad, era solidaridad, era bondad y nobleza. Pilar era todo corazón.

Cuando le dijo a su madre que se iba en misión humanitaria con una ONG a una aldea perdida de África, a esta no le supo a novedad, sabía que tarde o temprano aquella bondad tendría que explotar por algún lado. Estuvo en un poblado, malviviendo, llena de piojos y enfermedades, más de dos años. Cuando volvió, la propia Concha fue a recogerla al aeropuerto en taxi. Toda la ilusión que llevaba ella por encontrarse con su hija fue la misma que su hija traía en pena y frustración. Concha la llevó a su casa, hizo que se duchara, dejó que llorara todo lo que tenía que llorar, alimentó aquel maltrecho cuerpo lleno de cicatrices y hasta veló sus noches de pesadillas y gritos. Hasta que estuvo mejor. Hasta que un día se levantó y, como si no hubiera pasado nada, sonrió por una tontería.

Habían pasado tres meses. Los mismos en los que Concha había adelgazado, envejecido y hasta adoptado la pena de su hija. Tres meses. Borrados en aquella sonrisa.

Decidió volver a su casa, claro. Tenía que retomar su trabajo. Y su vida.

Y lo hizo, pero sin pararse a recoger ni un escombro de la barbarie que había formado en aquellos tres meses. Sin pararse a contarle a su madre porqué lloraba todas las noches antes de dormirse, o porqué lloraba muchos días cuando le ponía el plato de comida por delante, o porqué había tirado su teléfono a la basura. Tampoco se paró jamás a preguntarle a su madre si estaba bien, parecía que solo le importaba que estuviese. Parecía.

Concha estuvo en tratamiento después de aquello. Pero, para variar, ni Conchita ni Pilar se habían enterado. Muchas veces pensaba que, cuando ella muriese, sus hijas no sabrían ni que enfermedades tenía. Creía fervientemente que era así. No lo sabían, seguro.

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La cuestión es que la vida de Pilar ahora había cambiado. Seguía siendo buena, pero ahora… a nivel local. Aquello le hacía gracia a Concha. Si había que ayudar a alguien, Pilar tenía que saber de donde era, porque no iba a ir a cualquier sitio ni nada de eso… como si hubiese hecho todos los kilómetros de su vida en aquel viaje a África y ya con eso, pues le convalidaban los demás viajes. Si había que ayudar a alguna familia que vivía a 300 kilómetros, Pilar llamaba a algún amigo de otra ONG, se las apañaba para acotar su ayuda al pueblo donde vivía. Como si la ayuda se pudiera medir en metros o algo así.

La vida la había cambiado, estaba claro. También había cambiado el apego que tenía hacía su madre. Rara era la semana en la que la llamaba una vez. Casi siempre los domingos por la mañana, a eso de las doce, le preguntaba como estaba, si se tomaba todas sus pastillas, si había comido algo prohibido…todo por protocolo, como decía Concha, «como si fuera también mi médica». Todo eso, cuando la llamaba. Que ya era raro.

En ningún momento pudo volver a disfrutar de aquella relación de complicidad de la que gozaban ambas, en primer lugar por que no se veían apenas, aún viviendo en el mismo pueblo, y en segundo lugar por que Pilar tenía una pareja muy absorbente, como a ella misma le gustaba explicar. Como si fuera normal. Como si fuera tolerable. Como si todos tuviéramos una pareja así.

Al principio de empezar en esa relación, Pilar iba un día en semana a casa de Concha. Pero su novio no dejaba de llamarla por teléfono, mandarle mensajes y pedirle que volviese a casa.

Incluso un día, a los diez minutos de llegar se levantó para irse y su madre le preguntó “¿Dónde vas tan pronto?,no has tomado ni café”…a lo que Pilar le respondió, tomándole ambas manos entre las suyas, que su novio le había amenazado con irse si seguía prestándole tanta atención a su madre.

Así que aquel era el panorama. Pero ya no le preocupaba nada. Sabía cosas que sus hijas ni imaginaban que ella conociera. Sabía que su nieto mayor, Pablito, tenía novio y fumaba porros. Sabía que su nieta Aitana, la segunda por parte de Pilar, se había sacado el carnet de conducir.

También sabía que su hija Pilar había recibido maltrato por mucho tiempo, pero jamás pudo hacer nada por ella. Pilar cerró sus puertas y se “comió” su problema ella sola. Ni siquiera sus hijos, a los que mandó a un internado, pudieron ayudarla.

Cada uno lleva la vida como puede. Eso está claro. Pero también está claro que todos tenemos unos orígenes y estas hijas no lo saben o no quieren saberlo. Concha no tiene mucha más tinta en su tintero, y seguramente le gustaría poder llenar esas pocas hojas que quedan en blanco de historias bonitas con ellas, que fueron en su día lo más bonito que ella pudo tener.

Pero esta vida. Esta que nos rodea, llena de problemas, ruido, preocupaciones ajenas, idioteces varias…esta vida, seguro que no deja que ni Conchita ni Pilar escuchen lo que su madre les pide a gritos. Por que, por mucho que Concha aquel día despertase tranquila y feliz, su pan sigue dentro del horno. Y no sabe cuando se le va a quemar.

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Espero que os guste. A partir de ahora, voy a organizar, como Doña Concha, mi blog. Y los lunes intentaré traeros las novedades literarias que vayan surgiendo y los jueves intentaré dejaros una reflexión, texto, opinión, relato. Lo que se me vaya ocurriendo.

Esta semana os lo dejo hoy, viernes. Para que tengáis todo el fin de semana para reflexionar. Creo que es un bonito tema, triste, si. Pero atemporal también. No dudéis en dejar comentarios y compartir. Y por supuesto, podéis suscribiros y saber al instante que he publicado algo.

¡¡Buen fin de semana!! ¡¡Y no dejéis de leer!!