La suerte…

Aquella mañana, Fede, se dio la vuelta en su cama temiendo encontrar a Maya de nuevo entre sus sábanas. Siempre se decía que iba a ser la última vez, pero llega el finde, las copas, las fotos, la locura y ella termina «llevándoselo a su terreno», aunque, curiosamente, su terreno sea la cama en casa de Fede.

Pero no estaba, hoy Maya, para romper la norma, no se había quedado a despertar a Fede con un café y sexo matutino. No sabía si echarla de menos, porque era verdaderamente buena en la cama. Prefirió no pensarlo mucho más, se levantó, se duchó y se puso a desayunar, pensando que, en breve, Maya estaría llamando o enviando mensajitos con emojis, de esos que le gustan tanto a ella.

Maya y Fede se conocieron en el instituto. Ella acababa de aterrizar en España, procedente de México. Se encontraba sola, las chicas la miraban recelosas, los chicos la miraban raro. Cuando hablaba en clase, todos (o casi todos) se reían. Era diferente, por eso, su prioridad era pasar desapercibida. En la clase de al lado estaba Fede. El jugaba en otro nivel. Era el líder de los chicos, se hacía todo lo que él quería, cuando él decía y como él decía.

Ulrike Mai en Pixabay

Por esa razón, el día que a Maya le tocó hacer una exposición en el salón de actos, frente a todo el alumnado y profesorado, con motivo del Día del Planeta y, habiendo empezado a hablar, todos empezaron a reírse…Maya creyó que el mundo se derrumbaba a sus píes sin remedio alguno. Los profesores siseaban, mandando a callar a todos aquellos que se burlaban de ella. Maya seguía en el escenario, con la cabeza gacha y sin querer seguir leyendo su discurso acerca de la destrucción provocada por el hombre en el bosque amazónico. Entonces, más bien con todo su afán de protagonismo que en papel de salvador, Fede se puso de pie y le gritó e increpó a sus compañeros y compañeras. Les dijo que parasen ya las burlas contra Maya, «La chica lo está pasando fatal, ¿no la veis?…¿Cómo os sentiríais allí arriba ahora mismo?»

Siguió con su defensa al ver que todos y todas se callaban…pero no sintió la mirada de Maya. Ella ni siquiera lo había visto en aquellos cuatro meses de infierno que llevaba vividos entre las paredes de aquel instituto. Ni siquiera había caído en aquel chico larguirucho y desgarbado que ahora la defendía como si fuese su hermano. Ni siquiera sabía como se llamaba.

«¡Fede!».- dijo la profesora de Educación física- siéntate ya, nos ha quedado claro tu mensaje. Gracias por defender a tu compañera Maya.

Ahora si sabía como se llamaba. Tenía que buscarlo para agradecerle su gesto. Pero no fue fácil llegar hasta él. Después de la fiesta del Día del Planeta, en la que Maya se dedicó a mirar cada acción de Fede desde un rincón del patio, no se atrevió a acercarse. Al cabo de dos días quiso hacerlo, al cruzarse en el cambio de clases con él. Pero le pareció que no procedía, ya habían pasado dos días de lo que pasó…Así fueron pasando los días…Hasta que otra casualidad les unió.

Un sorteo decidió que Maya y Fede compartieran asientos en el bus de la excursión a un yacimiento arqueológico de la zona. En la primera media hora de viaje, Fede se dedicó a mirar la pantalla de su móvil como si no hubiera otra cosa en el universo. Maya, que le había sonreído al subir al bus y no obtuvo respuesta alguna, se dedicó a mirar por la ventanilla y disfrutar del paisaje, ya que al otro lado se encontraba el gran fracaso del año: un chico que la había defendido y ni siquiera se acordaba de ella…

Todo cambió cuando se acercó Amelia, la profe de Educación física, y le recordó a Fede su gesto con Maya…Entonces Fede se quedó mirando a Maya y dijo alucinado: «¿y nos ha tocado juntos en la excursión?, esto no es casualidad, Amelia», sonriendo le preguntó a Maya como le había ido en el centro a partir de aquel día. Maya le contó triste que todo había seguido igual. Que pudo hacer su exposición tranquilamente, pero que todo había vuelto a la misma tónica al día siguiente. Él se lamentó y se disculpó. Maya le dijo que no era culpa suya, evidentemente. Pero él le dio una razón más que suficiente: «Si fue mi culpa, debería haber estado a tu lado, no habría vuelto a pasar».

Aquello solo fue el principio. Fede insistió en esperarla cada día en la puerta del instituto, vigilar en el recreo y hasta consiguió su teléfono para llamarla al final de cada día, para saber como había ido la jornada.

Realmente, Fede no estaba enamorado. Al menos al principio. Maya supo que quería a Fede a su lado siempre prácticamente al mes de empezar esta rutina de vigilancia. Pero nunca se lo dijo.

En los tres años que compartieron instituto, Fede se convirtió en su mejor amigo. Porque la rutina de vigilancia se fue ampliando, la confianza fue abarcando más terreno y el cariño fue haciendo presencia. Primero fueron los besos, inocentes en la mejilla, de despedida y bienvenida. Acompañados siempre de un abrazo, claro. Hasta que un día, Fede decidió darle un besito en los labios.

Jupi Lu en PIxabay

Maya se encerró en su casa durante una semana. Estaba segura que Fede se estaba riendo de ella y le dolía en el alma, después de tantos años…a los seis días, Fede llamó a su puerta. Al abrir, se asustó. Era la última persona a la que esperaba ver. El se sentó en su cama, entre pañuelos de papel y libros, y tuvieron una esclarecedora conversación en la que Fede le dijo que había empezado a sentir algo por ella. Le pidió un mes. Un mes como novios. Un mes en el que saber si ella era imprescindible en su vida. Evidentemente, Maya, se lo concedió.

Fue el mes más feliz para Maya. Su sueño se iba haciendo realidad cada día. Besaba, abrazaba, acariciaba, deseaba, peleaba y poseía al chico de sus sueños. Fue el mejor mes de su vida. El último día del mes, Fede organizo una cena. Maya rezaba porque aquel mes solo hubiese sido el primero de muchos. Pero no fue así. Fede le dijo que necesitaba conocer más gente. Necesitaba saber si le gustaban otras chicas u otros chicos.

Maya se quedó tan rota que desapareció. Se fue. Ni siquiera Fede pudo averiguar donde estaba. En su casa no, desde luego.

Fueron días raros para Fede. No sabía si realmente la necesitaba o echaba de menos a su amiga. O ambas cosas. Pero se despertó muchas noches llorando, después de haber soñado con Maya.

Pasaron seis meses. Maya apareció por el barrio y a Fede le llegó la noticia por un amigo, que le dijo que había visto a Maya bajarse de un coche delante de su casa. Decidió ir esa misma tarde.

Maya le abrió la puerta. Era otra. A simple vista, su pelo había cambiado, había perdido peso y su ropa era distinta. Sin miedo, le preguntó que quería. Con descaro. Fede se vio abrumado. Le preguntó si podían tomarse un refresco y hablar. Ella le dijo que tenía cosas que hacer. Y que ya le llamaría.

Alfredo Rivera en Pixabay

Estuvo días esperando la llamada de Maya. Pero nunca llegó. Estaba muy claro que no le iba a llamar. Le envió mensajes, muchos, que ella veía y no contestaba. La rabia y la curiosidad se lo comían por dentro. Fue a llamar a su puerta de nuevo. Esta vez la pilló en pijama. Era tarde. Ahora no tendría excusa. La invitó a salir a cenar. Maya le puso una excusa estúpida y él la rebatió entre risas. Maya no tuvo más remedio que ceder. Le hizo esperar 45 minutos, en los que ella se duchó y acicaló para salir como una diva de su casa.

Fede la llevó a un restaurante del barrio, propiedad del padre de un amigo, allí se sentaron en un rinconcito íntimo. Él decidió ir «al grano»: «¿Dónde has estado, Maya?, te llamé, te mandé mensajes…pero no estabas en ningún sitio» …Maya sonrió. La ironía brilló en su rostro. Le explicó tranquilamente que se fue porque sabía que nadie la necesitaba aquí. Se fue a su país, a estudiar, aunque no había podido terminar, porque su madre había enfermado y por eso había vuelto.

«¿Solo por eso?».- preguntó Fede.

«Si, Fede, solo por eso. Si hubiese vuelto por ti, habría ido a verte en cuanto puse el pie en España. Pero ya no, ya no puedo sentir nada por ti.»

La cena fue solo un mero trámite que ambos aligeraron para terminar cuanto antes. Después pasaron otros cuantos meses hasta verse de nuevo. Fue en el entierro de la madre de Maya. Fede, como amigo, comprendió que debía estar con Maya. Fue recibido igual de bien que siempre por la familia de esta, algo más fría estuvo Maya, pero aceptó su presencia.

Aquella noche de velatorio fue eterna. Maya se acercó a él a eso de las cuatro. Solo le dijo: «¿Me acompañas?». Él le acompañó, claro. Sabía que debía estar en los bajos momentos en los que Maya quisiera llorar en su hombro, pero no sabía que Maya querría llorar en la barra de un bar delante de un vaso cargado de vodka o que quisiera llorar mientras hacían el amor de nuevo. Aquello fue un choque tremendo para él. Al día siguiente tenían entierro y no sabía como mirar a su amiga. Pero ella estaba muy tranquila, claro. Tan normal, vaya.

El entierro transcurrió con total normalidad, sin ningún sobresalto. Fede se fue a casa después de despedirse de la familia de Maya. Y dejó pasar el tiempo.

Maya vivía dos calles más allá. Cuando salía de su casa, pasaba delante de la casa de Fede. Él la veía salir cada noche. Una noche decidió seguirla, no sospechaba nada malo de su amiga (bueno, no sabía ya que era),pero temía que esta no estuviese llevando bien el duelo. Efectivamente, la vio entrar en aquel bar al que lo llevó la noche del velatorio. Sentarse en la barra y pedir un trago. Cuando él entró, ella ya llevaba algo más de tres vasos. Y no se dio cuenta de que Fede se sentó a su lado. Cuando se percató, dio un bote en el taburete. Creyó que estaba viendo un fantasma o algo así y empezó a reírse después del susto. Fede también se rio. La tomó en brazos, la llevó a su casa, a la de Fede, y la metió en su cama. Después, él se acostó en el sofá. Por la mañana, Maya se despertó eufórica, se lanzó encima de Fede, aún acostado en el sofá, lo besó y se fue corriendo.

Rondell Melling en Pixabay

Esa fue la dinámica que se estableció entre ellos en los siguientes meses. Recordaba un tanto a aquella que les unió en el instituto, pero ahora era más grave y peligrosa. Maya se metía en peleas. Bebía. Bebía muchísimo. Incluso llegó a drogarse cuando tuvo ocasión. Siempre terminaba en su casa. A veces hacían el amor. A veces Maya lloraba. A veces solo dormía, después de vomitar toda la porquería que había consumido.

Una noche, Maya llamó a Fede por teléfono. Le dijo que todo había terminado. Que no iba a salir más, no iba a beber ni consumir más. Él le dijo que se alegraba y que si necesitaba ayuda, allí estaba él.

No volvió a verla hasta tres meses más tarde.

La memoria…

Hoy me apetecía escribir sobre una de las autoras que he leído últimamente. Gracias al grupo de intercambio de libros (si tenéis Facebook, AQUÍ os dejo enlace) que os mencioné hace unas semanas, conseguí un ejemplar de «La memoria de la lavanda» de Reyes Monforte. Anteriormente, había leído «Un burka por amor», de esta misma autora, por eso mismo quise hacer el intercambio.

Me gusta mucho la narrativa que practica Reyes, una narrativa dulce, que fluye incluso, a veces, empalagosa. En el caso de «Un burka por amor», esa narrativa se vuelve por momentos dura y chocante…pero el tema lo requiere.

En «La memoria de la lavanda», Reyes nos cuenta la historia de una pérdida, la historia de una vida después de la pérdida de un ser muy querido. Una vida que «es sin ser», como ella misma explica en el libro. Realmente, ahora os hablo como persona que sufrió una gran pérdida hace unos años, la vida nunca se recupera. Se inventa una nueva vida. Se va haciendo una nueva vida a partir de los «cachitos» que puedes recoger después de la explosión que supone algo así. En este libro se plasma perfectamente el sentimiento que podemos llegar a tener en cada momento. Es duro incluso, porque te identificas tanto con Lena, la protagonista, que duele.

Lena vuelve, tras unos meses, a esparcir las cenizas de su marido en el pueblo natal de este. En plena Alcarria, en pleno festival de la lavanda, con todo el pueblo en fiesta, emanando el peculiar aroma de la lavanda (que unos odian y otros amamos), y teniendo que afrontar reencuentros gratos y no tan gratos. Teniendo que revivir momentos con su marido fallecido. Teniendo que hacerse fuerte ante los recuerdos que hacen que Jonas esté más vivo que nunca.

Si has sufrido una pérdida, Lena te enseñará a remover los recuerdos, a sentir olores y recordar momentos, a escuchar sonidos y que vengan imágenes a tu cabeza. También te enseñará a reírte ante situaciones que, a lo mejor, nunca hemos confesado…pero que todos hemos tenido.

Tanto dolor, envuelto en el aroma adormecedor de la lavanda, recuerdos, secretos familiares, rabia y venganza, todo deliciosamente tratado y contado por una Reyes Monforte que escribió este libro en pleno duelo de su marido.

Si no lo habéis leído ya, es un libro que vio la luz en 2.018, os lo recomiendo. Tanto si habéis sufrido una pérdida como si no. Y si lo habéis leído y sois seguidores de la autora sabréis de sobra que tiene nuevo titulo en las librerías: «La violinista roja», que pinta muy bien, y que ¡¡estoy deseando pillar!!

Algunos datos más sobre Reyes Monforte:

Nació en Madrid en 1.975, por tanto tiene 47 años, es periodista y, por suerte, escritora. Esta última pasión podemos decir que es consecuencia de su oficio en la radio, ya que «Un burka por amor», su primera novela, nació a raíz de una llamada a su programa de radio por parte de una oyente. En el año 2.007 se publicó la primera edición de este, su primer libro, el cual se ha llevado incluso a la pequeña pantalla, en formato serie. Ella, Reyes, ha seguido compaginando su profesión con su faceta de escritora, lo cual ha enriquecido mucho su narrativa con muchos y diversos temas. Centra sus libros en historias de amor, mujeres que sufren, secretos familiares e injusticias, pero, como ya decía antes, con una narrativa, una manera de contar las cosas, muy bien estructurada y deliciosa para los sentidos. La verdad es que podría contar algunas cosas sobre su vida personal, pero no creo que nos interese mucho, así que nos quedamos con lo que tenemos aquí.

Bibliografía:

  • Un burka por amor (2.007)
  • Amor cruel (2.008)
  • La rosa escondida (2.009)
  • La infiel (2.011)
  • Besos de arena (2.013)
  • Historias de amor que dejan huella (2.013)
  • Una pasión rusa (2.015)
  • La memoria de la lavanda (2.018)
  • Postales del este (2.020)
  • La violinista roja (2.022)
Reyes Monforte

Dicen que nunca muere quien siempre vive en la memoria. Es una frase preciosa y muy cierta. Pero muy dura, también. Tener que acostumbrar a tu alma a vivir solo con el recuerdo de quien tanto has querido en vida es desgarrador. Vivir sin aquella persona que era importante para ti puede llegar a ser un lastre para siempre, si no sabes hacerlo bien. Los recuerdos son bonitos, pero hay que saberlos manejar para no vivir en ellos más que en tu presente. La muerte es algo tan cierto como la vida y nos han educado en la creencia del miedo hacia ella, en la absoluta negación de que va a llegar y como nos gustaría que llegará. Todavía hoy en día es tabú para mucha gente hablar sobre ese tema, cuando es muy necesario. Viéndolo desde la distancia, ahora creo que es imprescindible hablar sobre la muerte…con los hijos, con la pareja, con los amigos. Es algo natural. Pensadlo: hablamos sobre violencia, guerras, secuestros, maltratos…pero no sobre nuestra muerte. Debemos superar esas barreras, esos tabúes y conversar con los nuestros sobre la muerte.

Sin más, os deseo un buen fin de semana, lleno de relatos, libros e historias. Aprovechadlo bien.