Lana(10)

La voz sonó tan cercana que por un momento creyó escucharla en la misma estancia donde ella estaba. Dio un respingo y buscó de donde procedía la pregunta. Sentía que su cara se había puesto roja, el rubor se siente cuando sube, porque quema tu piel. Cuando fue a ponerse de pie…

-Tranquila, he sido yo.-dijo la misma voz.-aquí en la ventana.-esta vez, elevó el tono.

Lana miró entonces hacía el ventanal de su salón. Entonces se percató de la presencia de su vecino, en el edificio de enfrente. Un hombre de unos 30 años, moreno, pelo corto. Su piel era blanca, de un color pálido. Era alto y delgado. Y tenía una mirada…una mirada profunda y oscura.

Lana observó y analizó la situación. Utilizó la misma mirada crítica que utilizaba en su trabajo. Aquel vecino estaba haciendo lo mismo que ella hacía cada noche con la madre de aquellos cuatro chiquillos o con la pareja que esperaban a su bebé en breve. Solo que él había dado ese paso que ella nunca se atrevió a dar. En su cara no veía ninguna maldad. Al menos para tener la edad que parecía tener.

-Eran mis padres, hacía casi un mes que no los veía.-dijo Lana acercándose tímidamente a la ventana.

Se sintió super extraña. Nerviosa incluso. Hablar con alguien del “mundo exterior”, tener la posibilidad de entablar una conversación con alguien nuevo. Todo aquello era extraño y nuevo.

-Yo tengo a los míos muy lejos.- dijo el vecino bajando la cabeza.

Lana pudo observar entonces que los dos se sentían igual de solos. Pero recordó haber visto esa misma mañana a gente andando por su piso, vio varias personas.

-Perdona la intromisión, esta mañana había varias personas en tu casa. No sé si lo…

-Si, han venido a hacerme el test.-dijo antes de que Lana pudiese terminar de explicar lo que vio.-llevo un par de días algo congestionado, mi jefe me dijo que me quedase en casa y que iban a venir a hacerme la prueba. Estoy limpio por ahora. Pero es cuestión de tiempo.-dijo entonces con un tono de rabia, negando con la cabeza.

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-No digas eso, hombre. Hay que ser optimista. No creo que todos vayamos a pillarlo.- dijo Lana, quitando hierro al asunto.

-Bueno, todos, no sé, los sanitarios…seguramente todos.

-Ahhh,¿eres sanitario?.-preguntó sorprendida ella

-Si, trabajo en una clínica privada. En la del Dr. Costa. Está a pocos minutos de aquí.-dijo empezando a gesticular, indicando con las manos la dirección a seguir.-¿Más o menos te ubicas?

Lana hacía unos segundos que había empezado a ver solo sus gestos. Le llamaban mucho la atención sus manos…

-Ey!

-Perdón, si, si sé donde está..-dijo Lana, volviendo a la realidad.- Creo que es una de las clínicas privadas asociadas al seguro de mi empresa. Me suena mucho el nombre.

-Seguramente, trabajamos con muchas aseguradoras. Pasa muchísima gente por allí. Por eso te digo que, seguramente, todos caeremos.

-Perdona si no te puedo contestar a muchas cosas, pero veo la tele y las noticias solo lo imprescindible. Es lo mejor para mi salud mental. Intento entretenerme en otras cosas, incluso he dejado de entrar tanto como antes en las redes sociales.

-Es lo mejor que has hecho, está el mundo muy loco por la red.-dijo él entre risas.-según dicen, ha subido la adicción a las apuestas online desde que ha empezado todo esto. Imagina como va todo.

Lana se dio cuenta entonces de todo lo que se estaba perdiendo. Pero no se arrepintió para nada, sus hermanos le iban contando algunas cosas, y ella alucinaba igualmente que con ese dato que le había dado el vecino, pero seguía sin conectarse por completo al mundo online, le daba bastante miedo en aquellos momentos.

Miró el reloj y se dio cuenta de que era casi la hora de almorzar. No quería despedirse del vecino, pero sabía que, por suerte o por desgracia, lo volvería a encontrar en cualquier momento.

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-Oye, ¿hacemos una cosa?.-se atrevió a decir, después de pensarlo un rato.-porque me voy a almorzar ya y esta conversación me está gustando mucho…¿podemos vernos más tarde o vas a salir?-dijo Lana, riéndose al terminar la frase

-Bueno, había pensado salir esta noche, ya sabes, picotear algo y después a la discoteca.- sonrió el vecino.-perfecto, nos vemos por aquí….¿tu nombre?…

-Uy, verdad, no nos hemos presentado siquiera.-se ruborizo de nuevo Lana.- mi nombre es Lana, y ¿el tuyo?

-Que bonito nombre, Lana.-la miró intensamente.- mi nombre es Abraham.

-Perfecto, Abraham, por aquí nos vemos

Después de almorzar, Lana pensó en echarse un ratito en la cama. La excitación de la mañana la había trastocado y estaba algo cansada. Se preparó una infusión y se dirigió a su habitación. Cuando se dispuso a correr las cortinas, para gozar de un ambiente más oscuro para descansar, se fijó en el balcón de Abraham. Verdaderamente, el edificio de enfrente, era un edificio de lujo. Ahora que lo pensaba, este chico debía tener unos padres muy generosos y bastante adinerados que le ayudarían con su alquiler, porque seguro que aquel apartamento, en ese sitio y en las condiciones que lo tenía (lo poco que había podido observar Lana), costaría un dineral.

La música relajante, la infusión y el cansancio de la mañana hicieron que Lana durmiese una siesta como las de antaño, sin miedos ni preocupaciones. Cuando la alarma de su móvil la despertó pensó, ese día más que nunca, que había sido muy buena idea poner la alarma…porque habría dormido tres días igual de bien que esa horita, que se le hizo bien corta.

Tuvo que ducharse para espabilarse un poco, porque no terminaba de aclarar sus ideas. El cansancio mental hacía mella en Lana y, de vez en cuando, se le notaba claramente. Tras la ducha, pasó por el salón y, disimuladamente, miró hacia la ventana…tampoco quería que nadie notase que estaba deseando hablar de nuevo con su recién conocido vecino. Pero las cortinas del apartamento de Abraham permanecían cerradas a cal y canto.

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Y así permanecieron el resto del día.

A las siete y media sonó el teléfono, como de costumbre, con una “Videollamada del grupo Familia” en la pantalla.

Lana no sabía si contar o no aquella novedad en su vida. Tampoco sabía si considerarla novedad, o siquiera considerarla. Solo había sido un rato de charla, por el momento solo se quedaría en eso.

Por tanto, decidió no decir nada en el grupo. Manu estaba charlatán e hizo reír a todos con sus ocurrencias, así que la videollamada fue bastante corta, en comparación con otros días, ya que Nana no quería que Manu molestase a sus tíos.

Todos estuvieron compartiendo impresiones de sus padres, ya que Sebas había tenido el detalle de llamarlos a todos en el ratito que estuvo en la casa familiar, y todos pudieron verlos. Coincidieron en que se les veía afectados, que este encierro no les estaba viniendo bien…pero también coincidieron en que seguro que a nadie le estaba viniendo bien.

Lana, normalmente, atendía las videollamadas desde el móvil, y tenía la costumbre de ir andando mientras hablaba…en uno de esos paseos, y de soslayo, miró a la ventana de Abraham y se sorprendió al verlo allí, como esperando.

Sus hermanos terminaron pronto, Manu no dejaba hablar a nadie, tras despedirse de ellos, Lana se asomó a su ventana y preguntó:

-Buenas noches, ¿llevas mucho esperando?.- bromeó.

-Buenas noches, creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.

La frase impactó, ambos lo sabían, pero, para quitarle hierro…Abraham empezó a reír. Él no sabía el efecto que habría producido en Lana, a lo mejor le sentó mal…o muy bien….

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-¿Que tal tú tarde,Lana?.-retomó la conversación él.

-Bastante aburrida, decidí echarme la siesta, con eso te lo digo todo.-resumió Lana.

-Vaya, ¿No te gusta el cine?¿No ves series ni nada de eso?.-preguntó extrañado Abraham

-De vez en cuando veo alguna peli, pero no todos los días, porque voy a terminar asqueando la tele.

-No es para menos, Lana.-asintió con la cabeza él.- vamos a tener tiempo para muchas pelis

-¿Tú crees que pasaremos mucho más tiempo encerrados?

-Creo que si, no pinta muy bien la cosa.-dijo apesadumbrado.-en toda Europa, eh, no solo en España…

-Pues,vaya, tela…me iba a mi pueblo este mes,¿sabes?.-bajó la cabeza Lana, recordando sus proyectos, su sueño ahora hecho añicos…

-Bueno, piensa en lo más importante…tu vida. Siempre que estés viva, podrás volver a tu pueblo. ¿Es muy bonito o qué?.-curioseó él

Aquella pregunta hizo viajar a Lana. Al mismo tiempo que describía cada rincón precioso de su pueblo, podía sentir el viento azotándole en la cara, el olor del mar en las mañanas frescas de otoño, el miedo que pasaba cuando la luz de los relámpagos iluminaba su dormitorio entero…y ella se despertaba y no podía volver a dormir, y pasaba la noche oyendo las olas romper con aquel poder que admiraba y temía a partes iguales. Pudo sentir los adoquines mojados bajos sus pies, en las tardes cuando volvía de casa de alguna amiga, con la que había estado haciendo los deberes del cole…o el perfume de aquellas flores que crecían en el parque frente al ambulatorio. Era embriagador.

-Realmente…mereces volver y disfrutar de tu pueblo el resto de tu vida..-le dijo sorprendido Abraham.-no te ves la cara cuando hablas de tu pueblo, chica…cambia tu expresión y se te ilumina…todo!

-Es que me encanta.-confesó Lana.-me he llevado casi tres años peleando y negociando con mi jefe para que me cambie mi contrato y lo ponga al 100% teletrabajo…y ahora que lo había conseguido, pasa esto.

Al igual que minutos antes, Lana había brillado de pura ilusión hablando de la belleza de su pueblo, ahora todo eso se convirtió en oscuridad y tristeza. Se volvió opaca y estuvo a punto de cerrar la ventana.

-No es por pecar de optimista….ey!…mirame!.-elevó el tono él, para llamar la atención de Lana.- pero, no has podido irte, ya podrás…pero, el destino es el destino. Y aquí estamos. Nos hemos conocido en estas circunstancias. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo ahí enfrente?

Lana echó cuentas rapidamente…

-Unos ocho años, más o menos, ¿por qué?

-Porque yo llevo diez años viviendo y trabajando aquí, y jamás te había visto..-ambos se sorprendieron.-pero, te digo más, es que jamás había abierto este balcón para asomarme. Lo tuve que limpiar cuando empezó el confinamiento, y ahora he puesto aquí hasta una mesa y una silla, para poder desayunar aquí tranquilamente. Si alguna vez quieres acompañarme, desayuno a eso de las ocho cada día.- terminó con un gesto cordial de invitación, parodiando una reverencia.

-Pues,mira, no es mala idea. .-pensó Lana.- al menos podría compartir mis malos modos de “recién despierta” con alguien más que conmigo misma.- bromeó.

-Ahhh, nooo, ya tengo bastante con los míos!!!.-contestó riéndose Abraham

Lana no podía creer que fuesen las once de la noche. Se le había pasado la hora de la cena, la hora de la lectura y hasta la hora de llamar a sus padres, menos mal que esa misma mañana había podido verlos. Pero eso no se lo perdonaba.

Cuando cerró la ventana, dispuesta ya a irse a la cama, se dio cuenta que estaba eufórica y llena de energía, imposible meterse en la cama con el propósito de dormir. Se preparó algo ligero de cena y se lo comió mientras veía una película.

Era una película que había visto un millón de veces, menos mal, porque le daba rabia cada vez que intentaba ver algo en la tele pero no podía concentrarse. Y eso le estaba pasando en esos momentos, no podía ni estar atenta a la película. Solo podía pensar en la conversación con Abraham. En hablar con él de nuevo, en lo a gusto que se sentía hablando con él. En aquella primera frase… “creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.”…

Solo había sentido una vez aquello que dicen que es el amor. Fue en aquel primer noviazgo de juventud, con Jose, cuando ella creyó que estaba enamorada…pero siempre que lo pensaba, llegaba a la misma conclusión, “si hubiese estado enamorada, no habría dejado a Jose”. Ella misma ratificaba sus palabras cuando veía a su hermano Edu y a Nana, juntos desde muy jóvenes…por eso Lana pensaba que ella aún no conocía el amor.

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Nota de la autora: Lana se sorprende a si misma en este capítulo. Se conoce un poco más al dar la oportunidad, no solo al vecino, sino a si misma también, de conocer alguien nuevo…entablar conversación con él e incluso poder pensar en él durante mucho tiempo. Cosa impensable en su vida «normal».

Todos recordamos aquellos días como un período «fuera de lo normal» en nuestras vidas. Todo lo que pasaba era extraordinario. Y aquello de hablar con los vecinos a través de las ventanas no fue una excepción. Y lo de conocer vecinos que vivían junto a nosotros desde siempre, tampoco.

Sigo queriendo pensar que todo pasa por algo. Y esto también…espero que os esté gustando. Hacédmelo saber!

Lana (4)

Tras el almuerzo, se habían metido tres o cuatro en la cocina a recoger y ayudar a la abuela. Nana había decidido bajar un rato a la playa con el peque, para que se cansara un poco, y Lana, como no podía ser de otra manera, le dijo a su cuñada que la acompañaba.

Manu se puso como loco, dando vueltas y saltos a su alrededor mientras Nana fue a buscar los abrigos. Lucía salió de la cocina y le preguntó a su hermano que donde iban

  • Me voy con mamá y la tia Lana a la playa.-dijo chillando
  • ¿A la playaaa?….mamaaaáaa….- empezó a refunfuñar Lucía mientras iba en busca de su madre.
  • ¿Qué le pasa a Lucía?.- le preguntó Lana a Manu
  • A Lucía le gusta mucho la playa y siempre tiene que ir.- dijo el peque, encogiéndose de hombros.
  • Pues, anda que no hace frío en la playa ahora.- dijo de repente Juanjo desde la cocina.- estas están locas.
  • Deja a las chicas en paz, Juanjo, ellas saben cuidarse solitas.- dijo el abuelo mientras limpiaba la mesa de migas de pan.- tráeme la escoba, anda..
  • Ahora mismo, abuelo.- respondió Juanjo

Nana salió del pasillo de los dormitorios con el abrigo de Manu en las manos, dispuesta a ponerselo y discutiendo con Lucía. La discusión venía porque Lucía quería acercarse a su casa a ponerse el bañador para bañarse, y Nana le decía que ahora nada de bañarse, porque, si caía enferma, tendría que faltar al cole. Lucía decía por momentos que no iba, enfadada, pero al momento cambiaba de opinión y decía que si.

En uno de esos momentos, Nana, después de ponerle el abrigo a Manu, dijo:

  • Bueno, venga, vámonos…
  • Valeee, voy…-dijo Lucía.

La tarde se había quedado muy agradable, había cesado el viento que soplaba esa mañana y había alguna gente sentada en la arena, aprovechando los últimos rayos de sol, que poco calentaban ya, pero el entorno invitaba a relajarse allí mejor que en casa.

Bajaron los pocos escalones que separaba el paseo marítimo de la arena y empezaron a andar hacía un claro, con el propósito de sentarse, mientras andaban, Lucía salió corriendo detrás de Manu, que parece no saber andar porque solo sabe correr, y las dos cuñadas se quedaron solas.

  • ¿Cómo te trata la vida, Lana?- rompió el hielo Nana
  • No me puedo quejar, cuñada.- dijo Lana, mientras se “enganchaba” del brazo de Nana.

Nana, o Juliana, como seguía llamándola su suegra, formó parte de la pandilla de Lana hasta quinto de primaria, cuando se hizo amiga de unas hermanas que vinieron de fuera (para quedarse) y los celos y las cosas típicas de las chiquillas, hicieron que se rompiese aquella amistad. Ellas siguieron estudiando en el mismo cole, después en el mismo instituto. Ya después, la vida las separó, pero cuando Lana supo que Edu estaba saliendo con Juliana…no pudo sentirse más que feliz, porque sabía que Nana sabía querer muy bien a sus amigos.

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  • Te veo mucho mejor, Nana, y no sabes cuanto me alegro.- dijo apretándole suavemente el brazo, en señal de afecto.
  • Si, la verdad es que toda aquella mierda ya quedó en el olvido. A veces no quiero ni acordarme, pero mi psicólogo me dice que tengo que hablar de ello.
  • Bien podías llamarme para hablar, ya lo sabes- le recordó Lana.
  • Mujer, estás muy ocupada con el trabajo.- dijo al tiempo que ambas se acomodaban en la arena, en un sitio desde el que veían bien a los niños jugando, sin peligro alguno.
  • Más ocupada estás tú con aquel terremoto.- dijo Lana, señalando a Manu y sonriendo.
  • Uyy, no lo sabes bien, el otro dia…- se disponía a contar una de las mil aventuras de Manu, cuando Lana le interrumpió.
  • Perdona, Nana…me las sé casi todas, mi madre me las cuenta…¿Tú como estás?, si necesitas hablar, habla conmigo ahora. Aunque voy a estar hasta el sábado aquí, pero no sé si vamos a volver a estar tan tranquilas.Venga..
  • Ok, bueno, mira…la semana pasada empecé a dejar los ansiolíticos, ya sabes que eso tiene que ser muy poco a poco. En un par de meses, ya no estaré tomando nada. Pero no puedo ir más rápido, por el riesgo a sufrir el síndrome de abstinencia, al llevar tanto tiempo tomándolos…la verdad es que todo el mundo se porta de lujo conmigo. Hasta tu padre, ¿te acuerdas cuando me pilló manía?..porque decía que me había visto con Lucas en la verbena, y yo estaba en el huerto de allí arriba con tu hermano…

Rompieron ambas en carcajadas, la confesión de Nana y los recuerdos hizo que el ambiente se suavizara por completo. Nana había estado inmersa en una depresión desde que nació Manu. Muchos médicos le habían diagnosticado depresión postparto, al menos tres, hasta que llegó su actual psicólogo y le dijo que no era postparto, la empezó a tratar hasta llegar el fondo del asunto, incluyendo terapias familiares y toma de mucha medicación. Ahora estaba en el delicado momento en el que sabía que debía dejar de tomar los ansioliticos, con el temor de no poder dejarlos nunca, por la adicción que estos conllevan y con el temor de no poder vivir sin ellos.

La decisión la había tomado ella misma, después de casi cuatro años tomando diariamente el tratamiento. Pero siempre con el apoyo de su marido, hijos y demás familia.

Lana había vivido todo aquello desde la ciudad. Alguna vez, de visita, había sabido de sus crisis, sus ataques de pánico, aquellos episodios que duraban días y días en los que Nana no quería salir de su cama, y veía su vida pasar sin querer ni tocarla.

Sus hijos se asomaban al dintel de la puerta de su dormitorio y, sobre todo Lucía, se iban con el alma rota por ver a su madre así. Manu era un bebé, pero Lucía no podía disfrutar de su madre como cualquier niña de su edad.

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Nana le estuvo contando que Edu nunca la abandonó, y eso para ella había sido la mayor prueba de amor. Que la gente es muy mala, cosa que Lana ya sabía, porque cuando ella peor estaba empezó a recibir mensajes de una chica que decía estar liada con Edu… lo llevó todo en secreto, hasta que descubrió que era un compañero de trabajo de Edu, que quería fastidiarle la vida a este, para que dejase el curro y así él poder ascender. Pero a ella por poco le cuesta la vida.

  • Cuando estás tan mal, no puedes creer siquiera haber descubierto algo que juega a tu favor, Lana.- le contaba Nana.- yo descubrí a aquel canalla por una premonición y seguía creyendo que había una chica. No podía creer que era verdad aquello. No quería ver que no había engaño por parte de Edu. Fue todo muy duro. Fue como meterme un dedo en la herida y escarbar yo misma.
  • ¿Alguna vez te ha engañado Edu,cuñada?
  • Que yo sepa, no.- sonrió Nana.- no se puede decir con seguridad algo así, pero yo diría que nunca me ha engañado.
  • Yo creo que me lo habría contado, no se lleva bien conmigo, pero siempre me lo cuenta todo. No hay quien lo entienda.
  • La que no entiende eres tú, tonta…No es que no se lleve bien contigo, es que te quiere demasiado, se enfada contigo porque no puede controlarte ni tenerte aquí. ¿No has visto lo contento que está hoy?, porque ya sabe que te vienes, que vuelves, y está que no cabe en si de alegría.
  • Anda ya,¿como va a ser eso?.- dijo confusa Lana.
  • ¿No?…¿sabes que tu hermano quiso llevarte a Manu recién salido del hospital, vamos recién nacido, porque se enteró que no podías venir a conocerlo? ¿Sabes cuantas noches pasó Edu sin dormir cuando te fuiste por primera vez? ¿Sabes que quiso escaparse, pero tu padre lo pilló justo cuando iba a montarse en el bus, porque quería irse contigo?

Lana escuchaba alucinada lo que le contaba su cuñada. No podía creer que su hermano le hubiera ocultado tantas cosas que tenían que ver con su amor por ella. Sus padres tampoco le habían contado nada. ¿Por qué todos la protegían tanto?, todo le hacía sentir de nuevo una niña.

  • Miralo, no nos puede dejar tranquilas.- dijo Nana señalando al paseo marítimo.

Al volverse, Lana pudo ver a Edu saludando desde la murallita del paseo. Aún recordaba cuando era él el encargado de ir a recogerla a la playa. Se sentaba allí mismo donde estaba ahora, porque le daba asco la arena, y la llamaba unas cuantas veces, hasta que ella decidía que se iba. Normalmente coincidía con el hecho de que su hermano andaba unos pasos en dirección a su casa… ella entendía que iba a decirle a su madre que Lana no le hacía caso…y entonces, ella salía de la playa. El le contaba el tiempo que llevaba esperando, normalmente multiplicado, y se enfadaba mucho. Cuando llegaban a casa, Edu le decía a su madre que era la última vez que bajaba a por Lana a la playa. Mentira, lo sabemos.

La tarde estaba ya cayendo cuando se levantaron de la arena. Nana había llamado a los niños y les había indicado donde estaba su padre. Ambos empezaron una carrera, a ver quien llegaba antes a su padre, pero con las risas se iban cayendo todo el rato. Cuando llegaron al paseo, su padre tuvo que quitarle los zapatos a Manu, mientras Lucía se quitaba los suyos, para dejar toda la arena allí…porque su abuela no quería arena en casa!!

Al llegar a Edu, Nana, le estampó un beso en los labios y él respondió feliz con un abrazo. Cuando llegó el turno de Lana, esta aprovechó para abrazar a su hermano como no recordaba haberlo hecho antes. Edu, sorprendido, le siguió el abrazo. Y aquello pareció fundir “algo” en su interior, algo que hacia tiempo que necesitaban ambos. Y así, cogidos del hombro, fueron andando hasta la casa familiar. No hicieron falta palabras. No hizo falta nada. Solo ese abrazo.

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De nuevo, Lana va descubriendo detalles de su propia familia que le fueron ocultados para su protección, para evitarle dolor, para evitar el peso de vivir lejos y no poder estar cuando debía.

Lana sabe que poco a poco, todas esas heridas sanarán. Realmente, todos los años que ha estado fuera han sido un «ratito» en su corazón, así que será cuestión de días el empezar a marchar al ritmo de las olas de nuevo.

Con la misma ilusión que emana Lana por volver a sus raíces, yo os escribo cada semana o cada pocos días un nuevo «capítulo» de esta historia.

Soy muy pesada, ya lo sé…por eso os agradezco una vez más vuestra presencia por este rinconcito. A quien entra de nuevas…bienvenido/a!!!…todo lo que escribo está aquí para disfrutarlo, así que ya sabes, sírvete!

La suerte (2)…

Tres meses más tarde, Maya, apareció como si nada hubiera pasado. Volvió siendo la misma muchacha sonriente y luminosa que Fede recordaba del instituto, aunque ambos ya pasaban de los 25 años. No sabía muy bien cuando había vuelto, pero una tarde de verano sonó el teléfono y la voz de Maya hizo que saliese el sol de nuevo en la vida de Fede. Ambos compartieron el verano como si nunca lo hubieran hecho. Salieron, entraron, cenaron, comieron, disfrutaron…pero siempre desde el respeto mutuo, sin besos, alcohol, drogas ni sexo.

Jamás hubo reproches, ni recuerdos de aquella época oscura. Se dedicaban a disfrutar sin compromiso. Hasta que un día Maya le preguntó a Fede si podía dormir con él.

Fede sabía perfectamente lo que iba a pasar. Y pasó. Tuvieron una de las mejores noches de sexo de toda su relación. Y les gustó tanto a los dos que decidieron que debía seguir pasando.

Se convirtió en una costumbre que Maya saliese con él, algunos días si, otros no….pero a la hora de dormir, ella llegaba y , como una pantera, sigilosa se colaba en su cama y ambos disfrutaban hasta que ella decía que se iba. O no. O se quedaba.

Todas las costumbres van cambiando con el paso de los días, los meses…y esta también, como no. Maya empezó a controlar los movimientos de Fede. Empezó a querer estar presente en todos los momentos de su vida. Fede hacía mucho que no estaba enamorado. Había sufrido mucho por Maya. Y nadie, ni siquiera ella, se lo había agradecido. Ahora solo quería sentirla cada noche, sentir su deseo, su piel ardiente que parecía estar hecha a medida para él, no pedía nada más a cambio. Cuando ella empezó a querer dejarle entrever que estaba en su vida «a tiempo completo» de nuevo, él ya no tenía tiempo para aquello.

Mensajes a todas horas, llamadas inadecuadas en horas de trabajo, video llamadas para comprobar donde estaba… Fede bromeaba al principio, después dejó de contestar. Y Maya empezó a montar broncas. Fede empezó a evitarla, sacrificando incluso el sexo con ella. Maya intentó establecerse en su casa, pero Fede no cedió. Maya puso distancia. Fede pudo respirar.

Maya era como una serpiente…escurridiza, tóxica, aparecía y desaparecía…Fede sabía que estaría así cada día si no hacía algo al respecto. Pero tampoco podía «abandonarla».

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No sabría decir muy bien cuando volvió Maya a su cama, pero aquella noche el que había bebido era él. A los dos días otra vez…y el sábado de nuevo.

Hoy era martes, laborable, y anoche Maya volvió a su cama. Lo extraño es que no estuviese, como cada mañana, preparando el desayuno y llamándole desde la cocina. Estuvo pensando toda la mañana en ella. Aunque quería convencerse, como si fuese verdad, de que no le importaba lo que hiciese Maya con su vida, realmente temía por ella. Ya no bebía ni se drogaba, pero temía que se fuese de nuevo, o que alguien le hiciese daño. No sabía de donde le venía aquel temor, pero no podía evitarlo. Cuando pensaba en todos los años que habían pasado desde aquella excursión en la que pudo compartir con Maya sus miedos y frustraciones, no podía dejar de pensar en todo lo que habían sentido el uno por el otro.

Tras dos semanas sin saber nada de Maya, llamó a su casa, a la misma casa familiar en la que mil veces habían reído y llorado, en la que habían compartido confidencias y peleas. Contestó al teléfono su hermano, Fede preguntó como estaban todos y si sabía donde estaba Maya. La respuesta dejó a Fede helado. «Maya ya no vive aquí, Fede, me extraña mucho que no te haya dicho que lleva unos diez meses viviendo con su prometido. Han querido vivir juntos antes de casarse. Ya tienen fecha de boda para el año que viene»

Después de aquel jarro de agua fría, esperó a que Maya le llamase o le mandase algún mensaje. Pero estaba de nuevo esperando lo imposible.

Algo le ardía en el pecho. La rabia le hacía llorar por las noches, en la oscuridad de su salón, iluminado solamente por la pantalla de su televisión encendida para nadie. Su móvil solo estaba encendido en horas de trabajo, y no sonaba para otra cosa que no fuesen asuntos laborales. Su monótona vida había pasado a ser gris. Los días pasaban como si fuesen una tira cómica, siempre igual, pero sin gracia. De casa al trabajo, del trabajo a casa. Incluso pensó en irse de copas cada noche, pero no tenía ganas ni fuerza de emborracharse y seguir viviendo aquello en lo que se había convertido su vida.

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No entendía como había podido transcurrir así su vida. Por qué su vida había sido una historia sin final feliz, girando alrededor de alguien con la que se había sentido incluso mal por haber jugado con sus sentimientos, pero la cual había jugado con él sin compasión.

Quiso morir. Hubo una mañana en la que despertó agotado, no había dormido por la noche. Le quemaban las mejillas de tanto llorar y el pecho por la ansiedad. Esa maldita ansiedad que le acompañaba últimamente a todas horas. Ni siquiera las pastillas que le había recetado su doctor le hacían efecto. No podía dormir. Los compañeros del trabajo le decían que tenía mala cara, ojeras, incluso que había adelgazado. Él no se veía, no conocía a aquel que se asomaba al espejo cada mañana. Había entrado en un bucle que le estaba costando la salud. No dormía. Trabajaba. No comía bien. Y vuelta a empezar.

Ese día se dijo así mismo que no podía seguir así. Y volvió a casa de Maya. No podía siquiera pronunciar su nombre sin derramar lagrimas. Espero a la hora del desayuno en el trabajo y se acercó a su calle. Había cierta agitación. Cuando fue a salir de su coche, escuchó que se abría la puerta de la casa y empezaba a salir gente. No. Aquello no era posible. ¿Hoy? ¿Tenía que ser hoy?¿Por qué todas las casualidades con Maya eran igual de decisivas?. La vio salir vestida de novia, de blanco impoluto, aunque ella ya no fuese pura y limpia. Aunque la simbología no significase nada en aquel caso. La miró desde lejos y pudo ver la belleza que había en ella, esa que nunca había sido importante para él. Su pelo negro, sus ojos brillantes y rasgados, expresivos siempre. Su cintura marcada por aquel corpiño de encaje. Aquella piel que él solo recordaba ardiente, lucía radiante y morena, hermosa. Y sobre todo, su risa, aquella risa que, en ocasiones le parecía escandalosa, aquella que le despertaba a veces y que ahora se le había tornado imprescindible en su cabeza, por su ausencia.

Se dio la vuelta por temor a que ella le viera. Se subió al coche y condujo sin pensar en volver a su puesto de trabajo. Se refugió en una apartada colina, a unos kilómetros de casa. Allí buscó un «escondite» donde nadie le escuchase gritar y llorar…quería gritarle a la vida por qué había sido todo así. Pero ahora si sabía por qué. Todo este tiempo había estado buscando a Maya, dándole espacio en su casa, en su vida, en su corazón…porque era todo para él. Porque la amaba por encima de todo y todos. Porque la necesitaba en su vida. Porque necesitaba cuidarla, preocuparse por ella y cada paso que daba en su vida. Porque quería que no fuese «su vida», sino «nuestra vida». Porque aquel primer mes de sus vidas en común no debería haber cesado por su tontería…Porque no había sabido apreciar la suerte que había tenido contando con Maya en su existencia. Una vez un amigo le dijo que la suerte era un invento de alguien que se había cansado de luchar. Exacto. La suerte…

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La suerte…

Aquella mañana, Fede, se dio la vuelta en su cama temiendo encontrar a Maya de nuevo entre sus sábanas. Siempre se decía que iba a ser la última vez, pero llega el finde, las copas, las fotos, la locura y ella termina «llevándoselo a su terreno», aunque, curiosamente, su terreno sea la cama en casa de Fede.

Pero no estaba, hoy Maya, para romper la norma, no se había quedado a despertar a Fede con un café y sexo matutino. No sabía si echarla de menos, porque era verdaderamente buena en la cama. Prefirió no pensarlo mucho más, se levantó, se duchó y se puso a desayunar, pensando que, en breve, Maya estaría llamando o enviando mensajitos con emojis, de esos que le gustan tanto a ella.

Maya y Fede se conocieron en el instituto. Ella acababa de aterrizar en España, procedente de México. Se encontraba sola, las chicas la miraban recelosas, los chicos la miraban raro. Cuando hablaba en clase, todos (o casi todos) se reían. Era diferente, por eso, su prioridad era pasar desapercibida. En la clase de al lado estaba Fede. El jugaba en otro nivel. Era el líder de los chicos, se hacía todo lo que él quería, cuando él decía y como él decía.

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Por esa razón, el día que a Maya le tocó hacer una exposición en el salón de actos, frente a todo el alumnado y profesorado, con motivo del Día del Planeta y, habiendo empezado a hablar, todos empezaron a reírse…Maya creyó que el mundo se derrumbaba a sus píes sin remedio alguno. Los profesores siseaban, mandando a callar a todos aquellos que se burlaban de ella. Maya seguía en el escenario, con la cabeza gacha y sin querer seguir leyendo su discurso acerca de la destrucción provocada por el hombre en el bosque amazónico. Entonces, más bien con todo su afán de protagonismo que en papel de salvador, Fede se puso de pie y le gritó e increpó a sus compañeros y compañeras. Les dijo que parasen ya las burlas contra Maya, «La chica lo está pasando fatal, ¿no la veis?…¿Cómo os sentiríais allí arriba ahora mismo?»

Siguió con su defensa al ver que todos y todas se callaban…pero no sintió la mirada de Maya. Ella ni siquiera lo había visto en aquellos cuatro meses de infierno que llevaba vividos entre las paredes de aquel instituto. Ni siquiera había caído en aquel chico larguirucho y desgarbado que ahora la defendía como si fuese su hermano. Ni siquiera sabía como se llamaba.

«¡Fede!».- dijo la profesora de Educación física- siéntate ya, nos ha quedado claro tu mensaje. Gracias por defender a tu compañera Maya.

Ahora si sabía como se llamaba. Tenía que buscarlo para agradecerle su gesto. Pero no fue fácil llegar hasta él. Después de la fiesta del Día del Planeta, en la que Maya se dedicó a mirar cada acción de Fede desde un rincón del patio, no se atrevió a acercarse. Al cabo de dos días quiso hacerlo, al cruzarse en el cambio de clases con él. Pero le pareció que no procedía, ya habían pasado dos días de lo que pasó…Así fueron pasando los días…Hasta que otra casualidad les unió.

Un sorteo decidió que Maya y Fede compartieran asientos en el bus de la excursión a un yacimiento arqueológico de la zona. En la primera media hora de viaje, Fede se dedicó a mirar la pantalla de su móvil como si no hubiera otra cosa en el universo. Maya, que le había sonreído al subir al bus y no obtuvo respuesta alguna, se dedicó a mirar por la ventanilla y disfrutar del paisaje, ya que al otro lado se encontraba el gran fracaso del año: un chico que la había defendido y ni siquiera se acordaba de ella…

Todo cambió cuando se acercó Amelia, la profe de Educación física, y le recordó a Fede su gesto con Maya…Entonces Fede se quedó mirando a Maya y dijo alucinado: «¿y nos ha tocado juntos en la excursión?, esto no es casualidad, Amelia», sonriendo le preguntó a Maya como le había ido en el centro a partir de aquel día. Maya le contó triste que todo había seguido igual. Que pudo hacer su exposición tranquilamente, pero que todo había vuelto a la misma tónica al día siguiente. Él se lamentó y se disculpó. Maya le dijo que no era culpa suya, evidentemente. Pero él le dio una razón más que suficiente: «Si fue mi culpa, debería haber estado a tu lado, no habría vuelto a pasar».

Aquello solo fue el principio. Fede insistió en esperarla cada día en la puerta del instituto, vigilar en el recreo y hasta consiguió su teléfono para llamarla al final de cada día, para saber como había ido la jornada.

Realmente, Fede no estaba enamorado. Al menos al principio. Maya supo que quería a Fede a su lado siempre prácticamente al mes de empezar esta rutina de vigilancia. Pero nunca se lo dijo.

En los tres años que compartieron instituto, Fede se convirtió en su mejor amigo. Porque la rutina de vigilancia se fue ampliando, la confianza fue abarcando más terreno y el cariño fue haciendo presencia. Primero fueron los besos, inocentes en la mejilla, de despedida y bienvenida. Acompañados siempre de un abrazo, claro. Hasta que un día, Fede decidió darle un besito en los labios.

Jupi Lu en PIxabay

Maya se encerró en su casa durante una semana. Estaba segura que Fede se estaba riendo de ella y le dolía en el alma, después de tantos años…a los seis días, Fede llamó a su puerta. Al abrir, se asustó. Era la última persona a la que esperaba ver. El se sentó en su cama, entre pañuelos de papel y libros, y tuvieron una esclarecedora conversación en la que Fede le dijo que había empezado a sentir algo por ella. Le pidió un mes. Un mes como novios. Un mes en el que saber si ella era imprescindible en su vida. Evidentemente, Maya, se lo concedió.

Fue el mes más feliz para Maya. Su sueño se iba haciendo realidad cada día. Besaba, abrazaba, acariciaba, deseaba, peleaba y poseía al chico de sus sueños. Fue el mejor mes de su vida. El último día del mes, Fede organizo una cena. Maya rezaba porque aquel mes solo hubiese sido el primero de muchos. Pero no fue así. Fede le dijo que necesitaba conocer más gente. Necesitaba saber si le gustaban otras chicas u otros chicos.

Maya se quedó tan rota que desapareció. Se fue. Ni siquiera Fede pudo averiguar donde estaba. En su casa no, desde luego.

Fueron días raros para Fede. No sabía si realmente la necesitaba o echaba de menos a su amiga. O ambas cosas. Pero se despertó muchas noches llorando, después de haber soñado con Maya.

Pasaron seis meses. Maya apareció por el barrio y a Fede le llegó la noticia por un amigo, que le dijo que había visto a Maya bajarse de un coche delante de su casa. Decidió ir esa misma tarde.

Maya le abrió la puerta. Era otra. A simple vista, su pelo había cambiado, había perdido peso y su ropa era distinta. Sin miedo, le preguntó que quería. Con descaro. Fede se vio abrumado. Le preguntó si podían tomarse un refresco y hablar. Ella le dijo que tenía cosas que hacer. Y que ya le llamaría.

Alfredo Rivera en Pixabay

Estuvo días esperando la llamada de Maya. Pero nunca llegó. Estaba muy claro que no le iba a llamar. Le envió mensajes, muchos, que ella veía y no contestaba. La rabia y la curiosidad se lo comían por dentro. Fue a llamar a su puerta de nuevo. Esta vez la pilló en pijama. Era tarde. Ahora no tendría excusa. La invitó a salir a cenar. Maya le puso una excusa estúpida y él la rebatió entre risas. Maya no tuvo más remedio que ceder. Le hizo esperar 45 minutos, en los que ella se duchó y acicaló para salir como una diva de su casa.

Fede la llevó a un restaurante del barrio, propiedad del padre de un amigo, allí se sentaron en un rinconcito íntimo. Él decidió ir «al grano»: «¿Dónde has estado, Maya?, te llamé, te mandé mensajes…pero no estabas en ningún sitio» …Maya sonrió. La ironía brilló en su rostro. Le explicó tranquilamente que se fue porque sabía que nadie la necesitaba aquí. Se fue a su país, a estudiar, aunque no había podido terminar, porque su madre había enfermado y por eso había vuelto.

«¿Solo por eso?».- preguntó Fede.

«Si, Fede, solo por eso. Si hubiese vuelto por ti, habría ido a verte en cuanto puse el pie en España. Pero ya no, ya no puedo sentir nada por ti.»

La cena fue solo un mero trámite que ambos aligeraron para terminar cuanto antes. Después pasaron otros cuantos meses hasta verse de nuevo. Fue en el entierro de la madre de Maya. Fede, como amigo, comprendió que debía estar con Maya. Fue recibido igual de bien que siempre por la familia de esta, algo más fría estuvo Maya, pero aceptó su presencia.

Aquella noche de velatorio fue eterna. Maya se acercó a él a eso de las cuatro. Solo le dijo: «¿Me acompañas?». Él le acompañó, claro. Sabía que debía estar en los bajos momentos en los que Maya quisiera llorar en su hombro, pero no sabía que Maya querría llorar en la barra de un bar delante de un vaso cargado de vodka o que quisiera llorar mientras hacían el amor de nuevo. Aquello fue un choque tremendo para él. Al día siguiente tenían entierro y no sabía como mirar a su amiga. Pero ella estaba muy tranquila, claro. Tan normal, vaya.

El entierro transcurrió con total normalidad, sin ningún sobresalto. Fede se fue a casa después de despedirse de la familia de Maya. Y dejó pasar el tiempo.

Maya vivía dos calles más allá. Cuando salía de su casa, pasaba delante de la casa de Fede. Él la veía salir cada noche. Una noche decidió seguirla, no sospechaba nada malo de su amiga (bueno, no sabía ya que era),pero temía que esta no estuviese llevando bien el duelo. Efectivamente, la vio entrar en aquel bar al que lo llevó la noche del velatorio. Sentarse en la barra y pedir un trago. Cuando él entró, ella ya llevaba algo más de tres vasos. Y no se dio cuenta de que Fede se sentó a su lado. Cuando se percató, dio un bote en el taburete. Creyó que estaba viendo un fantasma o algo así y empezó a reírse después del susto. Fede también se rio. La tomó en brazos, la llevó a su casa, a la de Fede, y la metió en su cama. Después, él se acostó en el sofá. Por la mañana, Maya se despertó eufórica, se lanzó encima de Fede, aún acostado en el sofá, lo besó y se fue corriendo.

Rondell Melling en Pixabay

Esa fue la dinámica que se estableció entre ellos en los siguientes meses. Recordaba un tanto a aquella que les unió en el instituto, pero ahora era más grave y peligrosa. Maya se metía en peleas. Bebía. Bebía muchísimo. Incluso llegó a drogarse cuando tuvo ocasión. Siempre terminaba en su casa. A veces hacían el amor. A veces Maya lloraba. A veces solo dormía, después de vomitar toda la porquería que había consumido.

Una noche, Maya llamó a Fede por teléfono. Le dijo que todo había terminado. Que no iba a salir más, no iba a beber ni consumir más. Él le dijo que se alegraba y que si necesitaba ayuda, allí estaba él.

No volvió a verla hasta tres meses más tarde.

Prohibido

Eran las seis de la tarde y Alfonso lo había vuelto a hacer. Dos o tres veces por semana ese chiquillo endemoniado salía de la casa sin dejar rastro. Nadie sabía dónde iba ni a qué se dedicaba en sus escapadas. Solo sabían que a la hora de la cena estaba ya de vuelta. Sus padres estaban preocupados y muy enfadados, las estrictas normas que regían la casa de los Duarte no eran una tontería que uno podía saltarse así, sin más. A ellos les rondaban mil ideas en la cabeza, pero ninguna de ellas era muy buena. Ya se sabe, los chicos cuando empiezan a frecuentar según que amistades, pueden terminar metidos en problemas hasta las cejas.

Luisa y Fernando, gente del servicio, habían salido algún día a buscar a Alfonso, sin ningún éxito. Parecía que el mismo Dios Momo se hubiera tragado a aquel granuja. Buscaron por los callejones, las calles más transitadas, la playa y hasta en las rocas de detrás del castillo. Pero nada, no hubo manera. Sus padres habían montado en cólera cuando, a la hora de la cena, Alfonsito se sentó tan pancho en su silla y había sostenido, con una tranquilidad pasmosa, que había estado en su dormitorio toda la tarde, estudiando. Después de aguantar el «chaparrón» mientras cenaba, había salido tan contento hacia su aposento, dejando a sus padres con el mismo berrinche de antes, pero sumándole la indignación de quien sabe que su hijo le miente en sus mismas narices.

Foto de Mario Aranda by Pixabay

Alfonso Duarte de Viniegra. 14 años. Primer hijo del matrimonio formado por D. Diego Duarte, ilustre mercante, y Dña.Teresa Viniegra, hija de un conocido marino en la ciudad. Nobles ambos, de reconocido prestigio y poseedores de una vasta fortuna, fruto del trabajo de D. Diego y los favores de su suegro. Alfonso ha estudiado, hasta el curso pasado, en el colegio inglés que hay frente a la majestuosa finca de sus padres. Ahora, habiendo terminado los estudios primarios, su padre prepara su matriculación en un instituto francés, donde tiene conocidos y estará bien atendido.

Mientras llega el día de su partida, Alfonso se dedica a disfrutar del verano. Alguna vez baja a la playa. A veces sale con su madre al balneario, a darse baños de barro, que todos dicen que es muy beneficioso para la piel…pero que a él le dan un asco imponente.

Una de las últimas veces que fue al balneario, ocurrió algo. Conoció a Carmelita, la hija de una de las mujeres que sirven allí. Carmelita era una chica menuda y morenita, con el pelo largo recogido en una trenza. Siempre iba corriendo de un lado a otro. Era un manojo de nervios. Sus ojillos negros huían de cualquier mirada, recelaba de todos los que frecuentaban aquel sitio donde le tocaba trabajar todo el día. Aquella tarde ella estaba sentada en las escaleras que daban acceso a la playa, por donde se suponía que no iba a pasar nadie. Pero Alfonso, en su afán por investigar todo el entorno que le rodea, la encontró. Solo bastó una mirada.

Ella jamás fue a buscarlo. No podía. Tenía que ser fuerte, aunque le costase dormirse llorando por no haberlo visto aquel día. No podía dejar que dijesen que ella era esto o lo otro, a su madre le daría un infarto. Alfonso había empezado a ir casi cada día con su madre al balneario y allí lo veía, pero todo era tan limitado, tan corto y seco. Ella se limitaba a sentarse en la escalera de marras, a esperar a Alfonso. A veces venía, otras veces no.

Una de esas veces, como si de un juego se tratase, quedaron al día siguiente en una callejuela de las muchas que había al otro lado de la ciudad, para que ninguna de las madres pudieran encontrarlos.

Al día siguiente, Alfonso escapó por la puerta de la cocina como si fuese a delinquir. Carmelita se escabulló del balneario con la excusa de ir a buscar perfume a la droguería. Corriendo por calles infinitas, pensando que deberían haber quedado más cerca, intentando controlar el temblor de las manos y preguntándose por qué pasaba todo aquello. A las seis cruzaba la esquina Carmelita y allí estaba esperando Alfonso. Los corazones se aceleraban, las mariposas que habitan en los estómagos de los enamorados se agitaban, aunque en el estómago de Carmelita hubiera más hambre que otra cosa. Y los temblores se calmaban al comprobar que aquel otro corazón encandilado estaba a pocos centímetros.

Él siempre iba impecable. Sus pantalones tan elegantes y su camisa tan fina, que aún siendo un niño le daban porte de hombre adinerado, lo que sería en un futuro no muy lejano, claro. Sin embargo, Carmelita, iba con aquella falda, llena de manchas de barro del balneario, despeinada por la carrera y con el único maquillaje que el rubor de ver a aquel chico. Evidentemente, eran diferentes. O al menos, eso decía la gente.

Esa misma gente que trataban a Carmelita y su madre, y al resto del servicio, con la punta del zapato. Esa gente que consideraban que el servicio debía sufrir por el simple echo de serlo. Gente despreciable que se creían dignos por tener dinero.

Las primeras citas fueron inocentes, porque los pensamientos podían más que el corazón. Se limitaban a charlar, a contarse sus cosas, como habían pasado el día. La compañía del otro era muy agradable, poder decir cosas que en casa no se pensaba en decir, poder comportarse como marca la edad. Así, con el paso de las citas, fueron llenándose el uno del otro. Y sin darse cuenta, un día cuando Carmelita llego cinco minutos tarde, le estampó un beso en los labios a Alfonso que lo dejó flotando durante una semana y le hizo caer en la cuenta de que él también deseaba hacerlo. Los besos, abrazos, caricias furtivas, llegaron cuando las charlas se convirtieron en poco para alimentar aquello que había nacido entre los dos. Necesitaban más del otro. Y aquel beso de Carmelita, fue el detonante. No había culpabilidad, solo pasión. Una pasión controlada, no había sexo, no se contemplaba como una opción en aquellos días. Una pasión cálida, prohibida, calculada y muy pensada.

Tenían tiempo límite. No podían dejar que nadie supiese lo suyo, lo que quiera que fuese aquello. Y también iban cambiando de sitio, porque el miedo no les dejaba actuar con espontaneidad. Cada día el acercamiento era más frecuente, tenían más confianza y menos temor a la respuesta del otro. Carmelita le dijo a Alfonso que su hermana había visto una novela en casa de una amiga en la que las parejas se besaban y abrazaban, y era una novela de amor. Entonces aquello era amor, dijo. Alfonso se río y le hizo cosquillas. ¡Pues que sea amor!. Un grito ahogado por una mano temblorosa en la boca, nadie podía escuchar aquello. Nadie en aquellas calles podía verles e ir corriendo a D. Diego a decirle que su hijo se veía con una sirvienta del balneario.

Siempre mirando a las ventanas de las callejuelas que escogían, por si hubiera alguna vecina cotilla que les viese y revelase su secreto. Siempre huyendo, corriendo de aquí para allá. Se cruzaban en el balneario y ni siquiera cruzaban sus miradas, cuando el fuego que les nacía en el alma se podía hasta escuchar. Algún día tendremos que decirlo, le dijo Carmelita un día enfadada. Pero aquello era imposible, Alfonso lo sabía.

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Sus padres jamás aceptarían a Carmelita en su familia, en su casa, en su linea sucesoria. Pero no podía decirle eso a su amada, a su dulce niña del balneario, aquella que corría como el levante por las calles de Cádiz, con sus zapatos raídos, sus manchas de barro y su corazón palpitante por el amor prohibido. No podía decirle que solo entraría en su casa si era para servir, si era para sufrir durante toda su vida por un hombre que probablemente saldría a casarse desde aquella casa en la que ella tendría que limpiar. No podía partir su alma así.

Aquello duró, como dice la canción, lo que tuvo que durar. Alfonso partió a las tierras francesas. Carmelita se quedó esperándolo, acudiendo durante días a citas que ni siquiera habían planificado. Llorando noches enteras. Curando su carita linda de las quemaduras que le producían sus propias lágrimas. Dejando que el viento de levante le curase el corazón y le secase el alma, remojando sus pies en la orilla a la caída de la tarde y recordando por siempre la pasión que aquel amor prohibido despertó en un tiempo donde las personas valían según su cartera.

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Novedades literarias. Semana del 16 al 22 de Mayo.

Como tónica reinante desde hace unas semanas, cosa que me encanta, en esta tercera semana de Mayo también predomina la literatura juvenil en las novedades, algún que otro lanzamiento infantil y también mucho romanticismo en este mes primaveral por antonomasia. ¡La primavera la sangre altera, dicen!…aunque yo solo note la alergia…vamos al lío!

Día 16:

  • Desde Soulcial ¿con amor?, Iria G.Parente y Selene M.Pascual, Preventa AQUÍ, ( Romántica juvenil), 512 páginas. Un reportaje sobre una red social dedicada a buscar almas gemelas pondrá en jaque a Inma, Kat y Oliver. Amor, humor, apps y muchos otros temas de actualidad de la mano de dos autoras muy jovencitas. Apostemos por ellas.
  • Hasta las estrellas, relatos de las crónicas lunares, Marissa Meyer (Hidra), Preventa AQUÍ,(Fantástico juvenil). 400 páginas. Marissa Meyer nos vuelve a enamorar, mejor dicho nos sigue enamorando con sus «Crónicas lunares», esas que le han llevado a lo más alto desde las páginas del New York Times, narrando en nueve relatos más secretos y curiosidades sobre sus personajes.
  • Juntos somos magia, Arianne Martín (Kiwi), Preventa AQUÍ,(Romántica juvenil). 328 páginas. El difícil cambio en la vida que puede suponer entrar en una universidad lejos de casa, supone también, para los protagonistas del libro, un fuerte choque en sus vidas. Y eso complica todo mucho más en unas vidas planificadas…

Día 17:

  • Havenfall, Sara Holland (Puck), Preventa AQUÍ. (Fantástica).352 páginas. Sara Holland ha construido un mundo de fantasía minuciosamente detallado, en él vamos a encontrar variopintos personajes y aventuras dignas de disfrutar. ¿Te atreverás a descubrirlos?
  • Guante rojo, Los obradores de maleficios 2, Holly Black, (Umbriel), Preventa AQUÍ. (Fantástica). 288 páginas. Todo se complica en esta segunda entrega de los obradores de maleficios. Magia, mafia, maldiciones, engaños…Holly vuelve para embaucarnos con su magia.
  • El rey oscuro, C.S. Pacat, (Umbriel), Preventa AQUÍ. (Fantástica). 448 páginas. Con esta nóvela trepidante la autora empieza una trilogía que nos llevará al Londres del s.XIX, tiempos oscuros de venganzas, conspiraciones, aventuras, magia y mucha acción. Te enganchará desde la primera página.
  • Libérame, Destrózame 2, Tahereh Mafi,(Oz Edit.), Preventa AQUÍ. (Romántica).360 páginas. La vida de Juliette sigue dando tumbos, mientras que ella se va desmoronando por dentro al entender que nunca podrá estar con el amor de su vida mientras que no controle su don: matar a quien toca.
  • Cómo casarse con un marqués, Agentes de la corona 2, Julia Quinn. (Titania). Preventa AQUÍ. (Romántica). 352 páginas. El sobrino de Lady Danbury se ofrece voluntario para ayudar a Elizabeth en su particular formación para conquistar a un hombre rico. Claro que siempre existe el riesgo de que el juego inicial pase a pasión en cuestión de minutos…
  • Sucedió un verano, Tessa Bailey. (Titania). Preventa AQUÍ. (Romántica).384 páginas. Cuando Piper llega a Westport, castigada, sin dinero y con la única condición (puesta por un padrastro harto de sus excesos y caprichos) de hacerse cargo de una bar, nadie cree que pueda hacerlo. Tendrá que demostrar a todos, incluido ese capitán de barco barbudo, guapo y gruñón, que puede hacerlo como la mejor.
  • Un linaje oscuro, Las crónicas de Ravenswood 1, Victoria Vilches (Titania). Preventa AQUÍ. (Fantástica).480 páginas. El origen de muchas historias de brujas está en Salem, en aquellos juicios donde murieron tantas acusadas de practicar la brujería. Lo que nadie sabe es que aquellos juicios fueron propiciados por otros brujos. Desde allí, las dos escuelas de brujería, siguen enfrentadas…

Día 18:

  • Cuando te conocí, Crush 1, Estelle Maskame (CroosBooks). Preventa AQUÍ.(Romántica juvenil). 288 páginas. Un castigo en forma de «verano en la casa del pueblo con el abuelo» no pinta como el plan más agradable para Mila, pero es el único que tiene. Así comienza esta saga de la famosa autora de la serie You.

Día 19:

  • Consejos para días azules, Trilogía Ellas 3, Paula Ramos. (Edic. B). Preventa AQUÍ. (Romántica). 504 páginas. De la mano de Nagore, viviremos una etapa de su vida en la que hay de todo, pero sobre todo consejos… muchos consejos para días de todos los colores, no solo azules!
  • La ingenuidad de apostar con Lord Beckett, Ruth M.Lerga. (Selecta). Preventa AQUÍ (solo EBook).(Romántica). 165 páginas. El eterno dilema de enamorarse de dos hombres vuelve en esta deliciosa novela de Ruth M.Lerga. ¿Quién ganará: el corazón o la cabeza?
  • Todas esas cosas que te diré mañana, Elisabet Benavent.(Suma). Preventa AQUÍ.(Romántica). 504 páginas. El sueño que todos tenemos de cambiar algo que hemos vivido…¿y si no fuera un sueño?¿y si pudiese ser real?¿y si pudiéramos cambiar nuestra vida gracias a ello?
  • Aqua Marina 4, El embrujo de Drakania. Susana Isern. (La Galera). Preventa AQUÍ. (Infantil). 184 páginas. Aqua y su pandilla acuden al rescate de Nuba que ha caído en el embrujo de Drakania. ¿Llegarán a tiempo de salvarle?, acompaña a Aqua, el dragoncito Tatsu y sus amigos en esta trepidante aventura.
  • Asesinato en Fleat House, Lucinda Riley.(Plaza y Janes). Preventa AQUÍ.(Novela negra).416 páginas. Un presunto accidente en Fleat House, uno de los internados del famoso colegio St. Stephens, hace que la detective Hunter descubra más secretos de los que jamás hubiera imaginado.
  • Galatea, Madeline Miller. (Alianza Edit.). Preventa AQUÍ. (Ficción). 80 páginas. Una visión del mito de Galatea y Pigmalión como nunca lo habían contado. Además ricamente ilustrada por Ambra Garlaschelli.

Día 20:

  • Los futbolísimos 21: El misterio del Cerro de las Águilas, Roberto Santiago (Edic.SM). Preventa AQUÍ. (Infantil). 328 páginas. El último torneo de los futbolísimos los lleva hasta Almería, donde tendrán que resolver el misterio que envuelve a una niña aparecida en mitad de una tormenta. Nadie sabe de dónde viene ni cómo llegó. ¿Lo resolverán ellos?

Como siempre, os deseo una semana genial. Llena de páginas repletas de aventuras, emociones, intriga y mucho de aquello que os despegue de este mundo.

Ya habréis notado que la semana pasada no escribí el post de los jueves. Esta semana intentaré tenerlo listo para ese día, si la inspiración que no vino a verme entonces tiene a bien visitarme. Prefiero no escribir a hacerlo, publicarlo y no estar conforme con lo que he hecho.

¡Buena semana!

La memoria…

Hoy me apetecía escribir sobre una de las autoras que he leído últimamente. Gracias al grupo de intercambio de libros (si tenéis Facebook, AQUÍ os dejo enlace) que os mencioné hace unas semanas, conseguí un ejemplar de «La memoria de la lavanda» de Reyes Monforte. Anteriormente, había leído «Un burka por amor», de esta misma autora, por eso mismo quise hacer el intercambio.

Me gusta mucho la narrativa que practica Reyes, una narrativa dulce, que fluye incluso, a veces, empalagosa. En el caso de «Un burka por amor», esa narrativa se vuelve por momentos dura y chocante…pero el tema lo requiere.

En «La memoria de la lavanda», Reyes nos cuenta la historia de una pérdida, la historia de una vida después de la pérdida de un ser muy querido. Una vida que «es sin ser», como ella misma explica en el libro. Realmente, ahora os hablo como persona que sufrió una gran pérdida hace unos años, la vida nunca se recupera. Se inventa una nueva vida. Se va haciendo una nueva vida a partir de los «cachitos» que puedes recoger después de la explosión que supone algo así. En este libro se plasma perfectamente el sentimiento que podemos llegar a tener en cada momento. Es duro incluso, porque te identificas tanto con Lena, la protagonista, que duele.

Lena vuelve, tras unos meses, a esparcir las cenizas de su marido en el pueblo natal de este. En plena Alcarria, en pleno festival de la lavanda, con todo el pueblo en fiesta, emanando el peculiar aroma de la lavanda (que unos odian y otros amamos), y teniendo que afrontar reencuentros gratos y no tan gratos. Teniendo que revivir momentos con su marido fallecido. Teniendo que hacerse fuerte ante los recuerdos que hacen que Jonas esté más vivo que nunca.

Si has sufrido una pérdida, Lena te enseñará a remover los recuerdos, a sentir olores y recordar momentos, a escuchar sonidos y que vengan imágenes a tu cabeza. También te enseñará a reírte ante situaciones que, a lo mejor, nunca hemos confesado…pero que todos hemos tenido.

Tanto dolor, envuelto en el aroma adormecedor de la lavanda, recuerdos, secretos familiares, rabia y venganza, todo deliciosamente tratado y contado por una Reyes Monforte que escribió este libro en pleno duelo de su marido.

Si no lo habéis leído ya, es un libro que vio la luz en 2.018, os lo recomiendo. Tanto si habéis sufrido una pérdida como si no. Y si lo habéis leído y sois seguidores de la autora sabréis de sobra que tiene nuevo titulo en las librerías: «La violinista roja», que pinta muy bien, y que ¡¡estoy deseando pillar!!

Algunos datos más sobre Reyes Monforte:

Nació en Madrid en 1.975, por tanto tiene 47 años, es periodista y, por suerte, escritora. Esta última pasión podemos decir que es consecuencia de su oficio en la radio, ya que «Un burka por amor», su primera novela, nació a raíz de una llamada a su programa de radio por parte de una oyente. En el año 2.007 se publicó la primera edición de este, su primer libro, el cual se ha llevado incluso a la pequeña pantalla, en formato serie. Ella, Reyes, ha seguido compaginando su profesión con su faceta de escritora, lo cual ha enriquecido mucho su narrativa con muchos y diversos temas. Centra sus libros en historias de amor, mujeres que sufren, secretos familiares e injusticias, pero, como ya decía antes, con una narrativa, una manera de contar las cosas, muy bien estructurada y deliciosa para los sentidos. La verdad es que podría contar algunas cosas sobre su vida personal, pero no creo que nos interese mucho, así que nos quedamos con lo que tenemos aquí.

Bibliografía:

  • Un burka por amor (2.007)
  • Amor cruel (2.008)
  • La rosa escondida (2.009)
  • La infiel (2.011)
  • Besos de arena (2.013)
  • Historias de amor que dejan huella (2.013)
  • Una pasión rusa (2.015)
  • La memoria de la lavanda (2.018)
  • Postales del este (2.020)
  • La violinista roja (2.022)
Reyes Monforte

Dicen que nunca muere quien siempre vive en la memoria. Es una frase preciosa y muy cierta. Pero muy dura, también. Tener que acostumbrar a tu alma a vivir solo con el recuerdo de quien tanto has querido en vida es desgarrador. Vivir sin aquella persona que era importante para ti puede llegar a ser un lastre para siempre, si no sabes hacerlo bien. Los recuerdos son bonitos, pero hay que saberlos manejar para no vivir en ellos más que en tu presente. La muerte es algo tan cierto como la vida y nos han educado en la creencia del miedo hacia ella, en la absoluta negación de que va a llegar y como nos gustaría que llegará. Todavía hoy en día es tabú para mucha gente hablar sobre ese tema, cuando es muy necesario. Viéndolo desde la distancia, ahora creo que es imprescindible hablar sobre la muerte…con los hijos, con la pareja, con los amigos. Es algo natural. Pensadlo: hablamos sobre violencia, guerras, secuestros, maltratos…pero no sobre nuestra muerte. Debemos superar esas barreras, esos tabúes y conversar con los nuestros sobre la muerte.

Sin más, os deseo un buen fin de semana, lleno de relatos, libros e historias. Aprovechadlo bien.