Lana(10)

La voz sonó tan cercana que por un momento creyó escucharla en la misma estancia donde ella estaba. Dio un respingo y buscó de donde procedía la pregunta. Sentía que su cara se había puesto roja, el rubor se siente cuando sube, porque quema tu piel. Cuando fue a ponerse de pie…

-Tranquila, he sido yo.-dijo la misma voz.-aquí en la ventana.-esta vez, elevó el tono.

Lana miró entonces hacía el ventanal de su salón. Entonces se percató de la presencia de su vecino, en el edificio de enfrente. Un hombre de unos 30 años, moreno, pelo corto. Su piel era blanca, de un color pálido. Era alto y delgado. Y tenía una mirada…una mirada profunda y oscura.

Lana observó y analizó la situación. Utilizó la misma mirada crítica que utilizaba en su trabajo. Aquel vecino estaba haciendo lo mismo que ella hacía cada noche con la madre de aquellos cuatro chiquillos o con la pareja que esperaban a su bebé en breve. Solo que él había dado ese paso que ella nunca se atrevió a dar. En su cara no veía ninguna maldad. Al menos para tener la edad que parecía tener.

-Eran mis padres, hacía casi un mes que no los veía.-dijo Lana acercándose tímidamente a la ventana.

Se sintió super extraña. Nerviosa incluso. Hablar con alguien del “mundo exterior”, tener la posibilidad de entablar una conversación con alguien nuevo. Todo aquello era extraño y nuevo.

-Yo tengo a los míos muy lejos.- dijo el vecino bajando la cabeza.

Lana pudo observar entonces que los dos se sentían igual de solos. Pero recordó haber visto esa misma mañana a gente andando por su piso, vio varias personas.

-Perdona la intromisión, esta mañana había varias personas en tu casa. No sé si lo…

-Si, han venido a hacerme el test.-dijo antes de que Lana pudiese terminar de explicar lo que vio.-llevo un par de días algo congestionado, mi jefe me dijo que me quedase en casa y que iban a venir a hacerme la prueba. Estoy limpio por ahora. Pero es cuestión de tiempo.-dijo entonces con un tono de rabia, negando con la cabeza.

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-No digas eso, hombre. Hay que ser optimista. No creo que todos vayamos a pillarlo.- dijo Lana, quitando hierro al asunto.

-Bueno, todos, no sé, los sanitarios…seguramente todos.

-Ahhh,¿eres sanitario?.-preguntó sorprendida ella

-Si, trabajo en una clínica privada. En la del Dr. Costa. Está a pocos minutos de aquí.-dijo empezando a gesticular, indicando con las manos la dirección a seguir.-¿Más o menos te ubicas?

Lana hacía unos segundos que había empezado a ver solo sus gestos. Le llamaban mucho la atención sus manos…

-Ey!

-Perdón, si, si sé donde está..-dijo Lana, volviendo a la realidad.- Creo que es una de las clínicas privadas asociadas al seguro de mi empresa. Me suena mucho el nombre.

-Seguramente, trabajamos con muchas aseguradoras. Pasa muchísima gente por allí. Por eso te digo que, seguramente, todos caeremos.

-Perdona si no te puedo contestar a muchas cosas, pero veo la tele y las noticias solo lo imprescindible. Es lo mejor para mi salud mental. Intento entretenerme en otras cosas, incluso he dejado de entrar tanto como antes en las redes sociales.

-Es lo mejor que has hecho, está el mundo muy loco por la red.-dijo él entre risas.-según dicen, ha subido la adicción a las apuestas online desde que ha empezado todo esto. Imagina como va todo.

Lana se dio cuenta entonces de todo lo que se estaba perdiendo. Pero no se arrepintió para nada, sus hermanos le iban contando algunas cosas, y ella alucinaba igualmente que con ese dato que le había dado el vecino, pero seguía sin conectarse por completo al mundo online, le daba bastante miedo en aquellos momentos.

Miró el reloj y se dio cuenta de que era casi la hora de almorzar. No quería despedirse del vecino, pero sabía que, por suerte o por desgracia, lo volvería a encontrar en cualquier momento.

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-Oye, ¿hacemos una cosa?.-se atrevió a decir, después de pensarlo un rato.-porque me voy a almorzar ya y esta conversación me está gustando mucho…¿podemos vernos más tarde o vas a salir?-dijo Lana, riéndose al terminar la frase

-Bueno, había pensado salir esta noche, ya sabes, picotear algo y después a la discoteca.- sonrió el vecino.-perfecto, nos vemos por aquí….¿tu nombre?…

-Uy, verdad, no nos hemos presentado siquiera.-se ruborizo de nuevo Lana.- mi nombre es Lana, y ¿el tuyo?

-Que bonito nombre, Lana.-la miró intensamente.- mi nombre es Abraham.

-Perfecto, Abraham, por aquí nos vemos

Después de almorzar, Lana pensó en echarse un ratito en la cama. La excitación de la mañana la había trastocado y estaba algo cansada. Se preparó una infusión y se dirigió a su habitación. Cuando se dispuso a correr las cortinas, para gozar de un ambiente más oscuro para descansar, se fijó en el balcón de Abraham. Verdaderamente, el edificio de enfrente, era un edificio de lujo. Ahora que lo pensaba, este chico debía tener unos padres muy generosos y bastante adinerados que le ayudarían con su alquiler, porque seguro que aquel apartamento, en ese sitio y en las condiciones que lo tenía (lo poco que había podido observar Lana), costaría un dineral.

La música relajante, la infusión y el cansancio de la mañana hicieron que Lana durmiese una siesta como las de antaño, sin miedos ni preocupaciones. Cuando la alarma de su móvil la despertó pensó, ese día más que nunca, que había sido muy buena idea poner la alarma…porque habría dormido tres días igual de bien que esa horita, que se le hizo bien corta.

Tuvo que ducharse para espabilarse un poco, porque no terminaba de aclarar sus ideas. El cansancio mental hacía mella en Lana y, de vez en cuando, se le notaba claramente. Tras la ducha, pasó por el salón y, disimuladamente, miró hacia la ventana…tampoco quería que nadie notase que estaba deseando hablar de nuevo con su recién conocido vecino. Pero las cortinas del apartamento de Abraham permanecían cerradas a cal y canto.

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Y así permanecieron el resto del día.

A las siete y media sonó el teléfono, como de costumbre, con una “Videollamada del grupo Familia” en la pantalla.

Lana no sabía si contar o no aquella novedad en su vida. Tampoco sabía si considerarla novedad, o siquiera considerarla. Solo había sido un rato de charla, por el momento solo se quedaría en eso.

Por tanto, decidió no decir nada en el grupo. Manu estaba charlatán e hizo reír a todos con sus ocurrencias, así que la videollamada fue bastante corta, en comparación con otros días, ya que Nana no quería que Manu molestase a sus tíos.

Todos estuvieron compartiendo impresiones de sus padres, ya que Sebas había tenido el detalle de llamarlos a todos en el ratito que estuvo en la casa familiar, y todos pudieron verlos. Coincidieron en que se les veía afectados, que este encierro no les estaba viniendo bien…pero también coincidieron en que seguro que a nadie le estaba viniendo bien.

Lana, normalmente, atendía las videollamadas desde el móvil, y tenía la costumbre de ir andando mientras hablaba…en uno de esos paseos, y de soslayo, miró a la ventana de Abraham y se sorprendió al verlo allí, como esperando.

Sus hermanos terminaron pronto, Manu no dejaba hablar a nadie, tras despedirse de ellos, Lana se asomó a su ventana y preguntó:

-Buenas noches, ¿llevas mucho esperando?.- bromeó.

-Buenas noches, creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.

La frase impactó, ambos lo sabían, pero, para quitarle hierro…Abraham empezó a reír. Él no sabía el efecto que habría producido en Lana, a lo mejor le sentó mal…o muy bien….

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-¿Que tal tú tarde,Lana?.-retomó la conversación él.

-Bastante aburrida, decidí echarme la siesta, con eso te lo digo todo.-resumió Lana.

-Vaya, ¿No te gusta el cine?¿No ves series ni nada de eso?.-preguntó extrañado Abraham

-De vez en cuando veo alguna peli, pero no todos los días, porque voy a terminar asqueando la tele.

-No es para menos, Lana.-asintió con la cabeza él.- vamos a tener tiempo para muchas pelis

-¿Tú crees que pasaremos mucho más tiempo encerrados?

-Creo que si, no pinta muy bien la cosa.-dijo apesadumbrado.-en toda Europa, eh, no solo en España…

-Pues,vaya, tela…me iba a mi pueblo este mes,¿sabes?.-bajó la cabeza Lana, recordando sus proyectos, su sueño ahora hecho añicos…

-Bueno, piensa en lo más importante…tu vida. Siempre que estés viva, podrás volver a tu pueblo. ¿Es muy bonito o qué?.-curioseó él

Aquella pregunta hizo viajar a Lana. Al mismo tiempo que describía cada rincón precioso de su pueblo, podía sentir el viento azotándole en la cara, el olor del mar en las mañanas frescas de otoño, el miedo que pasaba cuando la luz de los relámpagos iluminaba su dormitorio entero…y ella se despertaba y no podía volver a dormir, y pasaba la noche oyendo las olas romper con aquel poder que admiraba y temía a partes iguales. Pudo sentir los adoquines mojados bajos sus pies, en las tardes cuando volvía de casa de alguna amiga, con la que había estado haciendo los deberes del cole…o el perfume de aquellas flores que crecían en el parque frente al ambulatorio. Era embriagador.

-Realmente…mereces volver y disfrutar de tu pueblo el resto de tu vida..-le dijo sorprendido Abraham.-no te ves la cara cuando hablas de tu pueblo, chica…cambia tu expresión y se te ilumina…todo!

-Es que me encanta.-confesó Lana.-me he llevado casi tres años peleando y negociando con mi jefe para que me cambie mi contrato y lo ponga al 100% teletrabajo…y ahora que lo había conseguido, pasa esto.

Al igual que minutos antes, Lana había brillado de pura ilusión hablando de la belleza de su pueblo, ahora todo eso se convirtió en oscuridad y tristeza. Se volvió opaca y estuvo a punto de cerrar la ventana.

-No es por pecar de optimista….ey!…mirame!.-elevó el tono él, para llamar la atención de Lana.- pero, no has podido irte, ya podrás…pero, el destino es el destino. Y aquí estamos. Nos hemos conocido en estas circunstancias. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo ahí enfrente?

Lana echó cuentas rapidamente…

-Unos ocho años, más o menos, ¿por qué?

-Porque yo llevo diez años viviendo y trabajando aquí, y jamás te había visto..-ambos se sorprendieron.-pero, te digo más, es que jamás había abierto este balcón para asomarme. Lo tuve que limpiar cuando empezó el confinamiento, y ahora he puesto aquí hasta una mesa y una silla, para poder desayunar aquí tranquilamente. Si alguna vez quieres acompañarme, desayuno a eso de las ocho cada día.- terminó con un gesto cordial de invitación, parodiando una reverencia.

-Pues,mira, no es mala idea. .-pensó Lana.- al menos podría compartir mis malos modos de “recién despierta” con alguien más que conmigo misma.- bromeó.

-Ahhh, nooo, ya tengo bastante con los míos!!!.-contestó riéndose Abraham

Lana no podía creer que fuesen las once de la noche. Se le había pasado la hora de la cena, la hora de la lectura y hasta la hora de llamar a sus padres, menos mal que esa misma mañana había podido verlos. Pero eso no se lo perdonaba.

Cuando cerró la ventana, dispuesta ya a irse a la cama, se dio cuenta que estaba eufórica y llena de energía, imposible meterse en la cama con el propósito de dormir. Se preparó algo ligero de cena y se lo comió mientras veía una película.

Era una película que había visto un millón de veces, menos mal, porque le daba rabia cada vez que intentaba ver algo en la tele pero no podía concentrarse. Y eso le estaba pasando en esos momentos, no podía ni estar atenta a la película. Solo podía pensar en la conversación con Abraham. En hablar con él de nuevo, en lo a gusto que se sentía hablando con él. En aquella primera frase… “creo que llevo esperando más de lo que pensamos los dos.”…

Solo había sentido una vez aquello que dicen que es el amor. Fue en aquel primer noviazgo de juventud, con Jose, cuando ella creyó que estaba enamorada…pero siempre que lo pensaba, llegaba a la misma conclusión, “si hubiese estado enamorada, no habría dejado a Jose”. Ella misma ratificaba sus palabras cuando veía a su hermano Edu y a Nana, juntos desde muy jóvenes…por eso Lana pensaba que ella aún no conocía el amor.

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Nota de la autora: Lana se sorprende a si misma en este capítulo. Se conoce un poco más al dar la oportunidad, no solo al vecino, sino a si misma también, de conocer alguien nuevo…entablar conversación con él e incluso poder pensar en él durante mucho tiempo. Cosa impensable en su vida «normal».

Todos recordamos aquellos días como un período «fuera de lo normal» en nuestras vidas. Todo lo que pasaba era extraordinario. Y aquello de hablar con los vecinos a través de las ventanas no fue una excepción. Y lo de conocer vecinos que vivían junto a nosotros desde siempre, tampoco.

Sigo queriendo pensar que todo pasa por algo. Y esto también…espero que os esté gustando. Hacédmelo saber!

La suerte…

Aquella mañana, Fede, se dio la vuelta en su cama temiendo encontrar a Maya de nuevo entre sus sábanas. Siempre se decía que iba a ser la última vez, pero llega el finde, las copas, las fotos, la locura y ella termina «llevándoselo a su terreno», aunque, curiosamente, su terreno sea la cama en casa de Fede.

Pero no estaba, hoy Maya, para romper la norma, no se había quedado a despertar a Fede con un café y sexo matutino. No sabía si echarla de menos, porque era verdaderamente buena en la cama. Prefirió no pensarlo mucho más, se levantó, se duchó y se puso a desayunar, pensando que, en breve, Maya estaría llamando o enviando mensajitos con emojis, de esos que le gustan tanto a ella.

Maya y Fede se conocieron en el instituto. Ella acababa de aterrizar en España, procedente de México. Se encontraba sola, las chicas la miraban recelosas, los chicos la miraban raro. Cuando hablaba en clase, todos (o casi todos) se reían. Era diferente, por eso, su prioridad era pasar desapercibida. En la clase de al lado estaba Fede. El jugaba en otro nivel. Era el líder de los chicos, se hacía todo lo que él quería, cuando él decía y como él decía.

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Por esa razón, el día que a Maya le tocó hacer una exposición en el salón de actos, frente a todo el alumnado y profesorado, con motivo del Día del Planeta y, habiendo empezado a hablar, todos empezaron a reírse…Maya creyó que el mundo se derrumbaba a sus píes sin remedio alguno. Los profesores siseaban, mandando a callar a todos aquellos que se burlaban de ella. Maya seguía en el escenario, con la cabeza gacha y sin querer seguir leyendo su discurso acerca de la destrucción provocada por el hombre en el bosque amazónico. Entonces, más bien con todo su afán de protagonismo que en papel de salvador, Fede se puso de pie y le gritó e increpó a sus compañeros y compañeras. Les dijo que parasen ya las burlas contra Maya, «La chica lo está pasando fatal, ¿no la veis?…¿Cómo os sentiríais allí arriba ahora mismo?»

Siguió con su defensa al ver que todos y todas se callaban…pero no sintió la mirada de Maya. Ella ni siquiera lo había visto en aquellos cuatro meses de infierno que llevaba vividos entre las paredes de aquel instituto. Ni siquiera había caído en aquel chico larguirucho y desgarbado que ahora la defendía como si fuese su hermano. Ni siquiera sabía como se llamaba.

«¡Fede!».- dijo la profesora de Educación física- siéntate ya, nos ha quedado claro tu mensaje. Gracias por defender a tu compañera Maya.

Ahora si sabía como se llamaba. Tenía que buscarlo para agradecerle su gesto. Pero no fue fácil llegar hasta él. Después de la fiesta del Día del Planeta, en la que Maya se dedicó a mirar cada acción de Fede desde un rincón del patio, no se atrevió a acercarse. Al cabo de dos días quiso hacerlo, al cruzarse en el cambio de clases con él. Pero le pareció que no procedía, ya habían pasado dos días de lo que pasó…Así fueron pasando los días…Hasta que otra casualidad les unió.

Un sorteo decidió que Maya y Fede compartieran asientos en el bus de la excursión a un yacimiento arqueológico de la zona. En la primera media hora de viaje, Fede se dedicó a mirar la pantalla de su móvil como si no hubiera otra cosa en el universo. Maya, que le había sonreído al subir al bus y no obtuvo respuesta alguna, se dedicó a mirar por la ventanilla y disfrutar del paisaje, ya que al otro lado se encontraba el gran fracaso del año: un chico que la había defendido y ni siquiera se acordaba de ella…

Todo cambió cuando se acercó Amelia, la profe de Educación física, y le recordó a Fede su gesto con Maya…Entonces Fede se quedó mirando a Maya y dijo alucinado: «¿y nos ha tocado juntos en la excursión?, esto no es casualidad, Amelia», sonriendo le preguntó a Maya como le había ido en el centro a partir de aquel día. Maya le contó triste que todo había seguido igual. Que pudo hacer su exposición tranquilamente, pero que todo había vuelto a la misma tónica al día siguiente. Él se lamentó y se disculpó. Maya le dijo que no era culpa suya, evidentemente. Pero él le dio una razón más que suficiente: «Si fue mi culpa, debería haber estado a tu lado, no habría vuelto a pasar».

Aquello solo fue el principio. Fede insistió en esperarla cada día en la puerta del instituto, vigilar en el recreo y hasta consiguió su teléfono para llamarla al final de cada día, para saber como había ido la jornada.

Realmente, Fede no estaba enamorado. Al menos al principio. Maya supo que quería a Fede a su lado siempre prácticamente al mes de empezar esta rutina de vigilancia. Pero nunca se lo dijo.

En los tres años que compartieron instituto, Fede se convirtió en su mejor amigo. Porque la rutina de vigilancia se fue ampliando, la confianza fue abarcando más terreno y el cariño fue haciendo presencia. Primero fueron los besos, inocentes en la mejilla, de despedida y bienvenida. Acompañados siempre de un abrazo, claro. Hasta que un día, Fede decidió darle un besito en los labios.

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Maya se encerró en su casa durante una semana. Estaba segura que Fede se estaba riendo de ella y le dolía en el alma, después de tantos años…a los seis días, Fede llamó a su puerta. Al abrir, se asustó. Era la última persona a la que esperaba ver. El se sentó en su cama, entre pañuelos de papel y libros, y tuvieron una esclarecedora conversación en la que Fede le dijo que había empezado a sentir algo por ella. Le pidió un mes. Un mes como novios. Un mes en el que saber si ella era imprescindible en su vida. Evidentemente, Maya, se lo concedió.

Fue el mes más feliz para Maya. Su sueño se iba haciendo realidad cada día. Besaba, abrazaba, acariciaba, deseaba, peleaba y poseía al chico de sus sueños. Fue el mejor mes de su vida. El último día del mes, Fede organizo una cena. Maya rezaba porque aquel mes solo hubiese sido el primero de muchos. Pero no fue así. Fede le dijo que necesitaba conocer más gente. Necesitaba saber si le gustaban otras chicas u otros chicos.

Maya se quedó tan rota que desapareció. Se fue. Ni siquiera Fede pudo averiguar donde estaba. En su casa no, desde luego.

Fueron días raros para Fede. No sabía si realmente la necesitaba o echaba de menos a su amiga. O ambas cosas. Pero se despertó muchas noches llorando, después de haber soñado con Maya.

Pasaron seis meses. Maya apareció por el barrio y a Fede le llegó la noticia por un amigo, que le dijo que había visto a Maya bajarse de un coche delante de su casa. Decidió ir esa misma tarde.

Maya le abrió la puerta. Era otra. A simple vista, su pelo había cambiado, había perdido peso y su ropa era distinta. Sin miedo, le preguntó que quería. Con descaro. Fede se vio abrumado. Le preguntó si podían tomarse un refresco y hablar. Ella le dijo que tenía cosas que hacer. Y que ya le llamaría.

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Estuvo días esperando la llamada de Maya. Pero nunca llegó. Estaba muy claro que no le iba a llamar. Le envió mensajes, muchos, que ella veía y no contestaba. La rabia y la curiosidad se lo comían por dentro. Fue a llamar a su puerta de nuevo. Esta vez la pilló en pijama. Era tarde. Ahora no tendría excusa. La invitó a salir a cenar. Maya le puso una excusa estúpida y él la rebatió entre risas. Maya no tuvo más remedio que ceder. Le hizo esperar 45 minutos, en los que ella se duchó y acicaló para salir como una diva de su casa.

Fede la llevó a un restaurante del barrio, propiedad del padre de un amigo, allí se sentaron en un rinconcito íntimo. Él decidió ir «al grano»: «¿Dónde has estado, Maya?, te llamé, te mandé mensajes…pero no estabas en ningún sitio» …Maya sonrió. La ironía brilló en su rostro. Le explicó tranquilamente que se fue porque sabía que nadie la necesitaba aquí. Se fue a su país, a estudiar, aunque no había podido terminar, porque su madre había enfermado y por eso había vuelto.

«¿Solo por eso?».- preguntó Fede.

«Si, Fede, solo por eso. Si hubiese vuelto por ti, habría ido a verte en cuanto puse el pie en España. Pero ya no, ya no puedo sentir nada por ti.»

La cena fue solo un mero trámite que ambos aligeraron para terminar cuanto antes. Después pasaron otros cuantos meses hasta verse de nuevo. Fue en el entierro de la madre de Maya. Fede, como amigo, comprendió que debía estar con Maya. Fue recibido igual de bien que siempre por la familia de esta, algo más fría estuvo Maya, pero aceptó su presencia.

Aquella noche de velatorio fue eterna. Maya se acercó a él a eso de las cuatro. Solo le dijo: «¿Me acompañas?». Él le acompañó, claro. Sabía que debía estar en los bajos momentos en los que Maya quisiera llorar en su hombro, pero no sabía que Maya querría llorar en la barra de un bar delante de un vaso cargado de vodka o que quisiera llorar mientras hacían el amor de nuevo. Aquello fue un choque tremendo para él. Al día siguiente tenían entierro y no sabía como mirar a su amiga. Pero ella estaba muy tranquila, claro. Tan normal, vaya.

El entierro transcurrió con total normalidad, sin ningún sobresalto. Fede se fue a casa después de despedirse de la familia de Maya. Y dejó pasar el tiempo.

Maya vivía dos calles más allá. Cuando salía de su casa, pasaba delante de la casa de Fede. Él la veía salir cada noche. Una noche decidió seguirla, no sospechaba nada malo de su amiga (bueno, no sabía ya que era),pero temía que esta no estuviese llevando bien el duelo. Efectivamente, la vio entrar en aquel bar al que lo llevó la noche del velatorio. Sentarse en la barra y pedir un trago. Cuando él entró, ella ya llevaba algo más de tres vasos. Y no se dio cuenta de que Fede se sentó a su lado. Cuando se percató, dio un bote en el taburete. Creyó que estaba viendo un fantasma o algo así y empezó a reírse después del susto. Fede también se rio. La tomó en brazos, la llevó a su casa, a la de Fede, y la metió en su cama. Después, él se acostó en el sofá. Por la mañana, Maya se despertó eufórica, se lanzó encima de Fede, aún acostado en el sofá, lo besó y se fue corriendo.

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Esa fue la dinámica que se estableció entre ellos en los siguientes meses. Recordaba un tanto a aquella que les unió en el instituto, pero ahora era más grave y peligrosa. Maya se metía en peleas. Bebía. Bebía muchísimo. Incluso llegó a drogarse cuando tuvo ocasión. Siempre terminaba en su casa. A veces hacían el amor. A veces Maya lloraba. A veces solo dormía, después de vomitar toda la porquería que había consumido.

Una noche, Maya llamó a Fede por teléfono. Le dijo que todo había terminado. Que no iba a salir más, no iba a beber ni consumir más. Él le dijo que se alegraba y que si necesitaba ayuda, allí estaba él.

No volvió a verla hasta tres meses más tarde.