Sin darse ni cuenta, había pasado casi el mes de marzo. Ya casi andaban rozando el día 30, y seguían con la sensación de que todo se había paralizado hacía 15 días. Es curioso, pero esa percepción duraría mucho tiempo.
Lana seguía su rutina, con ella conseguía no pensar mucho en el mundo exterior. Todo lo que pasaba más allá de sus puertas y ventanas era desolación en su cabeza. Cuando pensaba en “fuera”, solo podía visualizar su pueblo, su playa y, por supuesto, a sus padres, sanos y salvos, esperándola.
Todo esto que estaba ocurriendo, y que parecía una mala pasada del destino, a veces le hacía sentir pánico. Se sorprendía muchas veces limpiando de manera compulsiva, su cocina brillaba ya del exceso de limpieza. Se podía comer en su suelo. Sus cristales eran los más transparentes del edificio. Había leído hacía tiempo que aquellos comportamientos compulsivos eran normales en situaciones desesperadas. En encierros.
La incertidumbre de no saber cuando se iba a terminar aquello. El no poder bajar a la calle con total libertad. El abrir la puerta de su casa, para secar el suelo recién fregado, con miedo. El tener pesadillas casi cada noche. Era agotador.
Eran muchos los días en los que tenía que obligarse a levantar de la cama. La sola idea de hacer lo mismo cada día, por hacerlo. Sin ninguna obligación…
En la empresa habían empezado los trámites del erte. Cuando recibió el correo en el que se comunicaba aquello y el teléfono empezó a sonar, los mensajes del grupo de trabajo…todos se veían despedidos ya. No sabía como explicar aquella circunstancia a sus compañeros. Silenció el grupo durante dos días. Cuando volvió había más de diez mil mensajes.
Lana entró, dejó un mensaje de calma, un enlace de Internet donde se explicaba lo que era un proceso de erte y pidió por favor a todos que hiciesen yoga.

A partir de entonces, el trabajo se fue reduciendo, ya no había encargos que hacer, y el contacto con el gerente también. Unos pocos correos a la semana. Igual pasó con las llamadas telefónicas.
Con sus hermanos siguió haciendo las videollamadas, era una salvación la mayor parte de los días.
Muchos días se sumaban sobrinos y cuñadas. Con lo cual era un sucedáneo de reunión familiar.
En una de ellas, Lana mencionó la idea de llamar a Sebas a la hora que su madre le dijo que iba cada día, para poder ver a sus padres.
Edu les dijo que él llevaba un par de semanas queriendo ir, cuando le preguntaron sus hermanos que por qué no había ido aún, les confesó que los cuatro habían pasado el dichoso virus. Un cliente se lo había contagiado y ya se habían hecho el test tres veces, pero aún les daba, solo a dos ya, positivo.
No estaban muy mal, solo a Nana le había dado fiebre muy alta. El resto no habían pasado de los 38º. Pero Nana estaba muy débil. Todos los días llamaban al hospital, al estar todos contagiados en casa, no los admitían en el centro. Dos enfermeros, vestidos de “astronauta” habían acudido a casa. Les habían hecho pruebas para comprobar que, los que estaban peor, no tuviesen neumonía. Por el momento, nada de eso. En el caso de empezar con la neumonía, se llevarían al que fuese para la uci.
Así desbloqueó Lana un nuevo miedo en su vida. “Que ningún miembro de mi familia muera por el covid”. Que buen año, este 2020, pensó.
La idea de contactar con Sebas y así poder ver a sus padres, no dejaba de rondarle la mente. Una tarde, después de hacer la cena, entró en la app y buscó el contacto de Sebas.
-Hola, Sebas, creo que no me recordarás. Soy Lana, la hija pequeña de José Núñez, del matrimonio que en el paseo marítimo, frente a la cala grande.
El mensaje se marcó como recibido a los pocos segundos, Lana esperó algo más y enseguida se marcó con el doble stick azul. Sebas lo había leído.
Pero pasarían casi dos horas hasta que recibió la contestación. Estaba leyendo, tratando de distraerse para no estar mirando continuamente si Sebas contestaba o no.

-Hola, Lana, buenas noches. Si te recuerdo, estuviste por aquí hace poco, además tus padres me hablan de ti cada día. Ellos están muy bien, si era eso lo que querías saber.
-Gracias!!!, no, Sebas, eso lo sé, hablo con ellos cada día. Solo quería preguntarte si era posible que te llamase un día de estos cuando estés allí, en su casa, para poder verlos por vídeo llamada.
-Hombre, yo creo que sería posible, claro. Pero no se lo vayas diciendo a todo el mundo, que desde la entrevista en las noticias, todo el mundo me llama. Hay muchas personas mayores en el pueblo, Lana. Más de las que nos imaginamos.
-Si, me hago una idea. Bueno, ya tú me dices cuando podemos hacer la vídeo llamada. Te lo agradezco enormemente, Sebas. De verdad. Estás haciendo una labor que me encantaría poder hacerla yo.
-Es muy dura, Lana, no se la deseo a nadie. Muchos días llego y las personas no me abren la puerta. Tengo que llamar a los bomberos, para que abran la puerta. Y a lo mejor es solamente que se durmieron, pero el susto no me lo quita nadie. Es muy satisfactorio ver como ellos me esperan, porque soy el único contacto con el mundo que tienen, pero es duro.
-Lo entiendo. Pero me encantaría estar allí. El encierro sería otra cosa con ellos cerca.
-Bueno, Lana, ya queda menos para poder salir.
Los días iban pasando con la lentitud que pasa el tiempo cuando haces algo obligatorio o que no te gusta. Las tardes se hacían eternas. Lana se dio cuenta de que no tenía suficientes libros en su biblioteca particular para tantos días. Había descubierto un rincón en su salón donde daba el sol a determinada hora de la tarde. Tomaba su libro, el que estuviera leyendo en ese momento, y se tumbaba al sol. La mayor parte de las veces, terminaba simplemente relajándose. Dormitando. El sol le daba un estado de relajación especial. Era como una droga. Después de aquel ratito diario, se sentía muy bien.

En esos ratitos pudo observar mucho por su ventanal. Sabía que estaba mal. Pero aquello se había convertido en el deporte nacional. Había visto hasta intercambiar comida de ventana a ventana entre vecinos que, probablemente, ni se conociesen.
Comenzó a observar a una pareja que vivía enfrente, dos pisos más abajo. Ella estaba embarazada. No dejaba de pensar en esa situación. ¿Cómo se afronta esa época de tu vida en la que te ven más médicos que nunca sin pisar el hospital por peligro extremo? ¿ O sin poder salir a pasear?, se supone que las embarazadas deben andar por su salud y la del feto. Un millón de preguntas similares se le ocurrieron, sabía que nunca se las haría a aquella chica de la cual no sabía ni su nombre, pero fantaseaba con hablar con los vecinos, igual que muchos otros lo hacían.
En uno de esos ratos, estaba Lana observando a otra vecina. Una madre de familia que llevaba adelante ella sola a cuatro hijos, uno de ellos en silla de ruedas. A Lana le producía una ternura profunda cuando esta mujer terminaba de acostar a todos sus hijos y salía a su balcón a fumarse el único cigarro del día, mientras lloraba en silencio a oscuras y creyendo que nadie la veía. Bueno, al menos no la veía nadie que la quisiese.
Andaba embargada por esa ternura cuando se sintió observada. Serían las diez menos algo de la noche. Cuando buscó la mirada que la observaba, se percató en el piso justo frente al suyo. Una sombra, de la cual no se distinguían facciones ni detalles, la miraba tranquilamente, igual que ella había estado observando a aquella madre en su momento de desahogo personal.
Se sintió muy incómoda, por lo que cerró la ventana, la cortina, la persiana y porque no había nada más que cerrar, sino lo habría cerrado también.
Nunca había visto nadie en aquel piso. Bueno, a decir verdad, nunca se había fijado en sus supuestos vecinos de enfrente. No sabía siquiera que allí vivía gente.
Aquella noche se fue a la cama con la intriga, pero también con el propósito firme de no cambiar sus hábitos de observación porque alguien la miró esa noche…
Al día siguiente, como cada día al levantarse, abrió todas las ventanas para ventilar el piso. Se puso a preparar el desayuno al ritmo de Adele a todo volumen. Mientras estaba tomándose el café pudo ver varias personas de un lado a otro en el piso de enfrente. Pero no le prestó más atención. Siguió con sus cosas. Cuando estaba terminando de revisar los correos, a eso de las once de la mañana, sonó su teléfono. Cuando miró la pantalla para saber quien la llamaba, vio que era una vídeo llamada de Sebas.
Los nervios le hicieron saltar de alegría y hasta se olvidó de como descolgar el teléfono.

-Holaaaaa!!!.-gritó con alegría Lana
Al otro lado de la pantalla, un poco pixelados, los rostros de sus padres sorprendidos la miraban con emoción
-¿Lana?.-dijo su madre confusa.-¿Esa es mi niña, Sebas?
-Si, Carmela, esa es tu niña.-dijo riéndose el agente.
-Lanaaaaa.-gritó su madre sin poder contener el llanto
-Ay, que mujer esta.-dijo entonces su padre,abrazando a su mujer.-¿Cómo estás, mi niña?
-Bien, papá, estoy muy bien.-dijo sacudiendo las lagrimas de sus mejillas.-aburrida, pero muy bien de salud y ahora muy contenta de poder veros. ¡¡¡Os quierooo!!!
-Nosotros también,cariño, te queremos mucho
En aquella primera vídeo llamada, primera de muchas, se hicieron un resumen rápido de aquellas semanas encerrados,aunque hablaban cada día y había poco que contar, lo más importante era verse.
Cuando terminaron aquellos intensos diez minutos, Lana cayó en el sillón devastada. Hecha un mar de lágrimas, con mil abrazos frustrados en su pecho y un millón de besos que guardaría para el reencuentro. Una mala sensación que le hacía pensar…¿Y si es la última vez que los veo?…Al menos había podido comprobar que sus padres estaban bien de salud. Vio a su padre algo demacrado, pero, ¿quién no estaba demacrado ahora?
Al incorporarse, mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo, escuchó de repente:
-¿Hacía mucho que no los veías?

Después de muchos días, al menos para mí son muchos, vuelvo a dejaros aquí un retazo de la historia de Lana. En este capítulo, en el que vemos un recuerdo de los efectos que aquel confinamiento dejó en nosotros (pánico, miedos nuevos, no querer saber nada de las noticias…), también recordamos aquella relación que se empezó a crear de «ventana a ventana» y sus variantes.
La verdad es que aquella experiencia que vivimos es digna de ser recordada, por mucho que nos pese.
Espero que os guste y perdonad la ausencia. La salud manda. ¡Que tengáis una buena semana!




























